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Hernán Valdés: "No soy un fantasma indiscreto"

Por María Teresa Cárdenas M.
Publicado en Revista de Libros de El Mercurio. 8 de Abril del 2018


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El sol empieza a calentar tímidamente después de un duro invierno en Kassel. Ya no hay nieve, pero Hernán Valdés (1934) aún no puede pensar siquiera en cultivar su huerto. "La tierra es un barrial, y todas las plantas están a la espera de más calor", dice. El ánimo tampoco lo acompaña. Ulrike, la joven que conoció en Hamburgo en los años 70 -cuando ella ya había leído y traducido al alemán su libro Tejas Verdes -, con la que se casó y tuvo a su hijo Fabio -matemático y especialista en informática-, debe someterse en estos días a un complejo tratamiento médico. "Siento esta mezcla de malas y buenas noticias", escribe en uno de los tantos correos electrónicos intercambiados en los últimos seis meses, después de visitarlos en la acogedora casa que construyeron a su gusto, en un entorno paradisíaco. Entonces contó que habría una nueva edición, aumentada y revisada, de ). Hoy, el libro ya está a la venta.


"Entonces se discrepaba casi de todo"

En 2005, los críticos celebraron la aparición de este logrado ejercicio de memoria que traía de vuelta la bohemia literaria santiaguina de los años 50, 60 e inicios de los 70. Teófilo Cid, Enrique Lihn, Nicanor Parra, Stella Díaz Varín, el Chico Molina, Enrique Bello, fueron algunos de los "fantasmas" que acudieron entonces. Ahora se suman otros nombres y el mismo Hernán Valdés protagoniza algunos pasajes, como los relacionados con sus novelas Cuerpo creciente (1966) y Zoom (1971), que también será reeditada en fecha próxima por el Fondo de Cultura Económica.

"En esa versión yo era un observador, algunas veces implicado. Sobre todo era un libro acerca de los otros y su tiempo, un documento testimonial", señala Valdés. "Pasado el tiempo, advertí que quienes habían escrito sobre el libro no habían mostrado ninguna curiosidad por mí y mis propios trabajos literarios. Casi todo lo que se dice de mí está en relación con Tejas Verdes, que yo considero una obra accidental. De modo que no me quedaba otra que ponerme un poco en el lugar que creo debería corresponderme. Estimo haber escrito un par de libros que no están nada mal respecto de lo que existe en la literatura actual, de la que estoy bien informado. Para hacerse apreciar en Chile, al parecer hay que estar ahí, encima, empujando, cultivando simpatías, haciéndose el gracioso; en suma, usando los codos".

Y Valdés no ha estado desde 1974, cuando logró salir del país y escribió Tejas Verdes. Diario de un campo de concentración en Chile para contar su experiencia como prisionero y denunciar la situación de tantos otros. También conocido como poeta - Poesía de salmos (1954) y Apariciones y desapariciones (1964)-, premiado y antologado, en el exilio publicó la novela A partir del fin (1981) y en 2007 se tradujo del alemán La historia subyacente (1984). Hace siete años, en tanto, apareció Tango en el desierto. "Creo que en todo lo que escribo hay un trasfondo autobiográfico", reconoce. Pero advierte: "Escribir sobre la propia intimidad directamente sería un puro exhibicionismo de mal gusto".

Después de tantos años lejos, él mismo pudo "materializarse" a través de Fantasmas literarios. "Fue el descubrimiento, para muchos, de una época, una sociedad y unos valores bastante olvidados, incomprendidos o tergiversados. Felizmente ese descubrimiento me valió un cierto aprecio. Me gustó y sigue gustando que mucha gente acceda a gente desconocida, a temas y experiencias que de otro modo ignorarían. Hacer saber que entonces se discrepaba casi de todo, que se respetaban otros valores. Esta reedición me ha llevado a darme cuenta de que yo, al parecer, soy el único que conserva la memoria de todo eso. Qué soledad. Ya no importa hasta cuándo, el libro queda ahí, libre de mí".

En el nuevo prólogo, Valdés cita lo que dice Polanski en su autobiografía respecto de los cambios ocurridos en los medios artísticos e intelectuales de Estados Unidos y Europa desde la década de los 60, y -"salvando las distancias"- lo relaciona con Chile, donde también en esos años, dice, se vivía en una sociedad más tolerante y culturalmente inquieta. ¿Cómo sabe de su país? "En la red se puede leer casi la totalidad de las publicaciones chilenas, a veces echo una mirada. Luego están los conocidos que viajan y cuentan. Hay temas sobre los cuales los intereses privados, defendidos por todos los gobernantes, como oposición a la gratuidad de la educación, a la inviolabilidad de la constitución golpista, a los privilegios militares, siempre producen pena. Y luego la gazmoñería respecto del aborto, por ejemplo. Me parece que existe una negligencia inquietante respecto de los temas culturales, de la discusión intelectual de un cierto nivel, del cuestionamiento de sí mismos como entidades históricas, de los cuestionamientos en general. Y déjeme expresar mi respeto por Polanski, denigrado por un puñado de feministas maccarthistas, ignorantes de su versión de los hechos expuestos en su autobiografía.


Su comentada pelea con Enrique Lihn

Usted recupera historias de Chile, pero no ha querido volver.
No tengo nada que hacer allí. Toda la gente que conocía ya no existe. Me imagino descender de un avión. ¿A quiénes encontraría? Hago un repaso de nombres y solo encuentro ausentes. Quizás queda algún conocido en insospechadas condiciones. Y los lugares, viendo algunas fotos actuales, me serían difícilmente reconocibles.

"No. No iría -enfatiza-. Porque es otro país, que no tiene nada que ver con el que yo conocí. Es un tipo de desarrollo político y social que no me gusta. Pero fundamentalmente, no tengo ningún amigo en Chile, no tengo familia. Además, no aguanto más de dos o tres horas sentado en un avión".

¿Ha llegado a sentirse usted mismo un fantasma?
Los fantasmas existen solo si se les invoca, y ello me ha ocurrido raramente. No soy un fantasma indiscreto, uno que hace crujir puertas y ventanas para despertar el interés o pánico de comentaristas literarios.

En un capítulo nuevo, Valdés recuerda la falta de atención que recibió su novela Zoom. Ahora explica por qué ha decidido darle otra oportunidad: "El responsable, en parte, de esta reedición, o más bien de su reescritura, es Lihn, quien publicó un pequeño ensayo sobre ella en 1971, y que las circunstancias tensas de la época y la indiferencia por el libro entre aquella sociedad izquierdista empapada de sociología me llevaron a desatender. Redescubrí el trabajo de Lihn hace un par de años, lo que me llevó a releer la novela y a descubrir sus méritos y a comprobar sus defectos. Pensé que merecía ser desempolvada, así que me puse a reemplazar lo inepto por escenas o situaciones que complementaran más significativa y coherentemente el sentido de la novela. Espero que aparezca este año y que esta vez encuentre sus lectores".

Sin embargo, su amistad con Enrique Lihn no terminó bien. Después de una de sus tantas rupturas amorosas, Lihn se instaló en el departamento de Valdés con unas cajas llenas de libros, papeles y otras pertenencias. Valdés le pidió que mantuviera el orden, y al volver de la calle, Lihn se encontró con todas sus cosas en el pasillo. La anécdota aparece en la primera edición de Fantasmas Literarios, pero ahora el autor agrega más información y hace sus descargos. ¿Por qué? "Debido simplemente a que me han llegado un par de libros que mencionan aquel incidente con alguna malevolencia, y sobre la base únicamente de rumores, chismes, anécdotas de tercera mano", explica Valdés. Y agrega: "El propio resentimiento de Enrique me parece ahora algo infantil, desmesurado. Yo podría haber mencionado desaires suyos peores que eso de llamarle a un poco de orden con sus papeles. ¿Para qué? No conozco a nadie que haya escrito fielmente sobre el Lihn anterior a la dictadura a partir de la propia convivencia y experiencia con él. No es serio reproducir cuentos oídos por ahí".

¿Nunca volvió a hablar con él?
Como conté en el libro, nos encontramos una última vez en esa librería y después no supe nada de él. Debe haber quedado tan herido con esto, que a mí me extrañaba que, sabiendo lo que me había pasado, nunca recibí de él un "lo siento". Nunca intentó decirme lo más mínimo. Es decir, yo, enojado o no con Lihn, le habría escrito o lo habría llamado, le habría dicho, qué se yo, lo que se dice en esos casos. Eso fue realmente una tontería.


"Los poetas han perdido el humor"

A pesar de la buena crítica, hubo quienes, en 2005, se molestaron con algunos pasajes, en particular sobre Lihn y Parra. "Yo no he inventado absolutamente nada en este libro", asegura Valdés. "Todo lo que dije sobre ellos es casi textual. De Parra, tal vez no ha gustado lo que escribí sobre su conducta después del golpe".

Y la descripción que hace de él...
La descripción..., ¡pero eso era Parra! ¡Por favor! A veces tengo la impresión de que la gente que no conoció a estos escritores los ha idealizado.

En esta nueva edición, Valdés reproduce algunos versos firmados por Luis Oyarzún, por él y por otros, que en la versión anterior de Fantasmas... él creía perdidos y que fueron recuperados por la Biblioteca Nacional como anexo de Defensa de la tierra, de Oyarzún. "Me emocionó mucho redescubrirlos. Son un testimonio casi tangible de aquellos tiempos con aquellos amigos. Después, no he conocido a nadie capaz de seguirme en esos juegos de improvisar versos colectivos. Los poetas han perdido el humor, y digo humor, no facilidad para versificar chistes".

Sobre el poeta Teófilo Cid, uno de los fundadores del grupo surrealista Mandrágora, dueño de una amplísima cultura literaria y quien encarnó dramáticamente su rechazo al sistema -"y el sistema lo rechazó a él"-, Valdés escribe que después de él no habrá "quién ponga orden en las letras ni quienes aprendan de él a ponerlo". Sin embargo, matiza: "No puedo opinar sobre esto con fundamentos sólidos. Pero, me parece, por lo poco que he leído o por algunos comentarios en publicaciones, que aún prevalece en Chile, a pesar de toda la comunicación universal, la noción de vivir en un rincón del planeta. Parece no existir, para los intelectuales, el distanciamiento respecto de sí mismos. Los escritores no se sitúan en un plano que les permita ver sus vidas, su medio, su historia, con toda su complejidad, su grandeza y su miseria, su dramatismo y su ridiculez. Y, sí, parece que no hay quién ponga orden en todo esto, quienes, con una cultura universal, enseñen a separar la paja del grano, a desmontar pequeños mitos literarios, prestigios prefabricados".


Gente de ideas opuestas

Hernán Valdés también estudió cine en Praga y, organizó, a comienzos de los años 60, el Festival de Cine Documental de la U. de Chile, cuyo jurado fue presidido por María Romero. Ahora rescata una emotiva anécdota con ella, después del golpe de Estado. "Me doy cuenta de que las gentes de izquierda de aquella época éramos bastante intolerantes -reconoce-. Desvalorizábamos de partida a la gente de ideas y posiciones opuestas. La ignorábamos. Habíamos llegado a un estado de beligerancia odiosa, brutal, cuyo desenlace conocemos. En la primera edición de Fantasmas... ese resentimiento me llevó quizás a no mencionar a gentes de derecha. Con el tiempo, ya se sabe, todo se atenúa. No todos los enemigos eran unos monstruos, claro. Y María Romero estaba relacionada con mi adolescencia por su revista Ecran, que estimulaba mi fascinación por el mundo del cine. Revisando el libro, saltaron a mi memoria aquellas escenas con ella. En alguna reedición quimérica, me temo que más fantasmas podrán reaparecer".

Finalmente, ¿encontró todas las razones para permanecer en Alemania?
Sí. La paz, el respeto mutuo, la discreción que, es cierto, es tan fuerte que llega a parecer indiferencia. Y la vida en un hogar, por la primera vez.



 

 

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Hernán Valdés: "No soy un fantasma indiscreto"
Por María Teresa Cárdenas M.
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