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Ignacio Álvarez | Autores |






 



Para leer «La sangre y la esperanza» en un día como hoy[1]

Por Ignacio Álvarez



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Tal vez podamos entrar en La sangre y la esperanza por medio de dos palabras muy cargadas de historia: poesía y proletariado. Es que el principal interés de la novela, me parece, es precisamente confundirlas, y ofrecer una representación de la vida proletaria que esté tocada por la belleza de la palabra poética.

En 1943, cuando la novela se publicó por primera vez, intentar esta mezcla era un proyecto difícil. Los relatos criollistas, que hasta ese momento dominaban el campo cultural, no habían podido —y muchas veces no habían querido— descubrir ninguna belleza en el mundo popular. Los escritores del criollismo, estudiosos hombres de ciudad, postulaban que la identidad chilena se fundaba en el mundo rural, e hicieron un esfuerzo sistemático para acercarse al campo. Es cierto que se maravillaron con el paisaje, pero con frecuencia opinaron que sus habitantes llevaban vidas demasiado atrasadas y demasiado brutales como para que de allí surgiera algún material poético.

Un escritor como Baldomero Lillo, que a principios de siglo había logrado reconocer y denunciar la explotación de los obreros del carbón, estaba mucho más cerca de lo que Nicomedes Guzmán buscaba. Pero Lillo solo podía mirar a los obreros desde fuera, y al exponer las condiciones inhumanas de su trabajo a veces los representaba como si fueran niños o, peor aún, como si la dura explotación los hubiera vuelto incapaces. Otro espíritu afín es el de Manuel Rojas: por la década del cuarenta había logrado en sus libros de cuentos cierta maestría para pintar algunos sectores de la vida marginal. En los ladrones y los jóvenes de Rojas ciertamente había pobreza y belleza, pero la aérea libertad y la movilidad trashumante de sus personajes no es la vida sólida que a Nicomedes Guzmán tanto le importaba, la que surge alrededor del trabajo asalariado.

Poesía y proletariado. La pobreza de los trabajadores de la ciudad, de sus familias, pensada como un espacio en donde puede surgir lo hermoso. Ese es el proyecto de La sangre y la esperanza.

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Dice Lon Pearson, que llegó a convertirse en profesor de literatura en la Universidad de Nebraska, Estados Unidos, y en el mejor conocedor de Nicomedes Guzmán:

La primera vez que yo leí esta novela que presentamos aquí era 1964, el año de la muerte de Nicomedes, quien sufría los últimos meses de su propia tragedia de alcoholismo. Yo, chofer de camión de una barraca, empecé a leer La sangre y la esperanza a las seis de la tarde, después de mi día de trabajo, y no la pude dejar hasta las seis de la madrugada, cuando ya terminé de leerla. Me impresionó más que cualquier otro libro que hubiera leído. De hecho me cambió por completo la vida.[2]

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El sujeto proletario

Al escribir una novela proletaria Nicomedes Guzmán hacía una declaración explícita: su trabajo literario debía colaborar con la construcción de una sociedad más justa para Chile, siguiendo en particular el camino de la revolución. La sangre y la esperanza, por lo tanto, es al mismo tiempo un retrato y una acción política o, si se quiere, la pintura interesada de una clase social. Que sea una pintura interesada no tiene nada de particular, y ese dato no se le escapaba a ninguno de sus lectores de la década del cuarenta. Un mundo en pleno proceso de democratización, como era la sociedad chilena en la primera mitad del siglo XX, era consciente de que todas las obras literarias, aun las que se declaran descripciones objetivas de la realidad, responden a un interés político. La prevención es más importante para nosotros, en realidad, para los lectores situados setenta años después, porque debemos reconocer esos dos polos de la escritura, el retrato y la acción política, si queremos entender el gesto de Guzmán.

“Proletariado” es uno de varios nombres que la sociedad chilena barajaba para hablar de un mismo grupo social. Como Marx y Engels explicaron en 1848, los proletarios son quienes dependen únicamente de su trabajo y viven un asfixiante circuito de explotación: “el trabajo asalariado […] solo puede multiplicarse bajo la condición de producir nuevo trabajo asalariado para explotarlo una vez más”.[3] A ese mismo segmento un demagogo como Arturo Alessandri lo llamaba “mi querida chusma”, reconociendo su existencia pero al mismo tiempo denigrándolos. La iglesia católica los llamaba simplemente obreros y les pedía mantener “el respeto a las autoridades y el amor a la Patria y a vuestros hermanos, la dedicación honrada al trabajo y la defensa ordenada de vuestros derechos”.[4]

Los miembros de la familia Quilodrán, el centro de La sangre y la esperanza, son los sujetos proletarios por definición, y representan en concreto lo que el Manifiesto describe de manera abstracta. Están en medio de una contienda por la representación de su clase social, y por lo tanto su conducta deberá distinguirse tanto de la chusma alessandrista como del ordenado obrero católico.

El conflicto se da en varios niveles. El puro hecho de particularizar los lugares en donde transcurren los hechos de la novela, los barrios Mapocho, Matucana y Estación Central, es ya una toma de posición. Pocas veces las narraciones de comienzos de siglo se aventuraron más allá del centro de Santiago, y cuando lo hicieron solo pudieron ver miseria y fealdad.[5] La sangre y la esperanza quiere indicar que los lugares en que viven los obreros poseen una forma propia de belleza —“el barrio era como un perro viejo abandonado por el amo”, dice el primer párrafo de la novela—,[6] y que en ellos no solo se viven escenas de degradación sino también historias heroicas o elevadamente trágicas.

Por otro lado, si el trabajo es por definición un abuso por parte de los dueños del capital, los personajes de la novela encontrarán el modo de convertirlo en su contrario, una escuela de humanización. Quien mejor representa este movimiento es Guillermo Quilodrán, el padre tranviario de Enrique, no solo un hábil dirigente sindical y un generoso esposo, sino también un obrero que descubre cómo su trabajo se puede volver significativo: “un hombre tiene que ser feliz”, señala, “cuando ve que la lucha consciente por un hogar, por una mujer y por unos hijos, con un aliento como el que una mujer como tú puedes dar, también encuentra frutos, si se amplía al campo social, a lo colectivo…”.[7]

Un tercer nivel es el de la familia, y aquí lo que a Guzmán le importa es construir un núcleo que pueda servir de modelo para su propia clase y que al mismo tiempo desmienta a quienes declaraban que la dureza de la vida obrera producía la degeneración de las costumbres. Así es como se describe a los padres, por ejemplo: “Era un amor singular el suyo. Un amor que, acaso, ganándole tiempo al propio tiempo, encontró el molde preciso donde plegar sus alas para precaverse de tormentas inútiles. Un amor sencillo, humilde como trigo o como pan. Y como trigo o como pan entibiecido por dones de azules reflejos estelares”.[8] Pese a que Enrique, el narrador, indica que el libro contiene sus recuerdos del pasado, en realidad la familia Quilodrán es una construcción utópica, una apuesta tendida hacia el futuro, una posibilidad más que una realidad.

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Escribe Carlos René Correa, crítico literario del Diario Ilustrado de Santiago, en enero de1943, a propósito de la aparición de La sangre y la esperanza:

¿No habría sido más digno para el escritor, todavía de un mayor efecto, el que se hubiesen suprimido casi totalmente las expresiones groseras, que encontramos a menudo con la lectura de La sangre y la esperanza? No cabe duda de que en tal forma debió obrar Nicomedes Guzmán y así su novela habría ganado mucho en todo sentido. Pero tenemos que prefirió un realismo crudo, maloliente como el conventillo.[9]

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La belleza de los pobres

Tan importante como su dimensión política, en La sangre y la esperanza hay una fuerte apuesta literaria: se trata de encontrar un lenguaje que aspire a la belleza y que pueda al mismo tiempo hablar con propiedad del mundo de los trabajadores. Cada escritor de su generación, la del 38,[10] encontró una solución propia para este dilema. Juan Godoy, en Angurrientos (1940), apuesta por una escritura que acoge y estiliza radicalmente el habla popular; Carlos Droguett, desde Los asesinados del Seguro Obrero (1939) en adelante, decide centrarse en las víctimas de la historia de Chile sin hacer una lectura de clase, y describe su sacrificio como imagen del sacrificio de Cristo.

La escritura de Nicomedes Guzmán tiene dos rasgos estéticos fundamentales: un estilo que se acerca a la poesía y en el que hay abundantes metáforas, y una cierta preferencia por la descripción de situaciones crudas y personajes ruinosos. Algunos ejemplos: “los días pasaban como carretas cargadas de pesadumbre”;[11] “el otoño estaba a las puertas de aquel día con su rostro de mendigo enjuto y lánguido”;[12] “la calle, arrugada, tenía una cara de vieja dolorida, con amarillentas canas de sol estriadas por la frente”.[13] Conviven en estos fragmentos una conciencia exquisita de la realidad material, de su dureza y aun de su crueldad, y al mismo tiempo un intenso deseo de elevación, como si las metáforas ofrecieran altura a estas tristes escenas de la pobreza.

Como se puede adivinar por el juicio de Carlos René Correa, hay una discusión bastante ruidosa sobre la escritura de La sangre y la esperanza. Pese a que apreciaba su contenido, Ricardo Latcham criticó duramente la prosa de la novela y lo que llamó la “implacable repugnancia de su realidad”;[14] Lucía Guerra, en cambio, conjeturaba que algunos lectores rechazaban esta escritura simplemente porque no conocían el mundo popular, descrito sin eufemismos y con entera naturalidad en la novela.[15] El fondo del problema consiste en saber si este lenguaje es un intento fallido del escritor o un estilo intencional que requiere que el lector se adapte a él.

No es sencillo saber si existe una intención o un proyecto. Lo que no se puede negar, en cambio, es que Nicomedes Guzmán posee una escritura propia, característica, y que esa escritura produce un efecto que es muy identificable. Esto es claro, por ejemplo, en los brochazos enérgicos con que se describe al “Cabeza de Tope”, cliente habitual de un prostíbulo proletario: “Grande, pesado, de enormes espaldas, tenía un rostro de idiota, sanguinolentos los ojos alcohólicos, salivosos siempre los bigotes lacios”.[16] No hay aquí el puro gusto por lo feo ni tampoco, creo yo, una descripción neutra o natural. Lo que se puede leer es una estética: la estética de la ruina, del contraste entre la familia Quilodrán, el ejemplo idealizado de sujeto popular, y los otros personajes del drama, los que encarnan las posibilidades menos felices del hombre, los caminos degradados que la explotación del obrero también puede producir.

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En julio de 1971 y con un inédito tiraje de cincuenta mil ejemplares, La sangre y la esperanza fue publicada como el primer volumen de la colección “Quimantú para todos”, uno de los más importantes esfuerzos culturales de la Unidad Popular. El poeta y periodista Raúl Mellado Castro, que entonces dirigía la sección cultural del diario El siglo, saludó su aparición con un recuerdo y una imagen del futuro:

Casi niños leímos La sangre y la esperanza y encontramos allí, lo mismo que en La madre de Máximo Gorki, la fuente de nuestras primeras rebeldías. ...Hoy que Chile comienza a vivir los días de la esperanza que ansiaba Nicomedes, su presencia está latente en la construcción de la patria nueva que soñamos.[17]

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Las limitaciones del tiempo

La influencia de La sangre y la esperanza ha sido duradera en la historia de Chile. Fallecido en 1964, Nicomedes Guzmán no pudo vivir el gobierno de la Unidad Popular ni tampoco conocer en qué medida una generación completa, la que gastó su juventud en ese proyecto, construyó su sensibilidad política y social gracias a novelas como la suya. En esos primeros años de la década del setenta el mundo entrevisto por Guzmán parecía coincidir casi completamente, por fin, con la experiencia cotidiana. A setenta años de su primera edición y a cuarenta del golpe de estado, sin embargo, la situación es distinta. Es cierto que el análisis básico de la situación de los trabajadores ha cambiado poco (y puede extenderse sin dificultad a los migrantes, por ejemplo), pero es posible advertir también algunos valores que ya no coinciden con los hábitos y las costumbres de hoy.

Seguramente nos resultará difícil aceptar la distribución de roles que la novela asigna a hombres y mujeres. El trabajo productivo, la militancia política, incluso la conciencia ideológica parecen estar reservados únicamente a los varones; para la mujeres queda la cocina, la maternidad y los terrenos del afecto. Es posible que tampoco compartamos la moral sexual de esta familia proletaria, y quizá no podamos identificarnos con su dificultad para elaborar situaciones que hoy en día nos parecen corrientes, como un embarazo antes del matrimonio.

Ambas son, en parte, limitaciones de época, y haríamos mal en juzgar las prácticas del pasado con los valores del presente. Pero solo en parte son limitaciones de época. La ética proletaria que nos propone La sangre y la esperanza es suficientemente rigurosa como para que incluso en los años cuarenta pudiera haberse considerado estricta. Un personaje como Abel Justiniano, por ejemplo, comprometido con la lucha de los tranviarios pero artista y poeta a la vez, se convierte en un dolor de cabeza para el mundo de la novela, que solo puede reconocer el valor del obrero. En palabras de los Quilodrán, y pese a que le conceden un compromiso político sincero, Justiniano no es “hombre de trabajo” sino “un poeta metido a revolucionario”,[18] lo que contradice el sentido común, porque “siempre vale más ser un buen obrero que un poeta” y, por cierto, “¡una mujer no puede vivir de versos!”.[19]

Son los riesgos que entraña representar política y artísticamente a un grupo social. Mientras más se lo idealice y más se enfaticen sus virtudes, mejor servirán para la discusión ideológica: conociendo a los Quilodrán, ¿cómo podría alguien aceptar que los obreros son incultos, que no buscan el progreso? Esa misma idealización, el mismo énfasis en sus virtudes los va volviendo menos reales, sin embargo, cada vez más lejos de los imprevistos y los accidentes de la experiencia cotidiana de su propia clase. En ese difícil equilibrio La sangre y la esperanza siempre estará más cerca del idealización.

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Santiago, mayo de 2014. Los jóvenes profesores de lenguaje Edder Pino y Catalina González, salidos recién de la universidad, están terminando una película documental sobre Nicomedes Guzmán. Les pregunto cómo se les ocurrió hacerla. Esta es su respuesta:

Para nosotros Nicomedes Guzmán fue un gran hallazgo. Su literatura comprometida y militante nos impactó, primero, en su crudeza y en su ternura; nos hizo saber que hay quienes, a pesar de los correazos y el hambre, reinventan en su imaginación la posibilidad de vivir de otro modo. Esta experiencia, atizada por los conflictos sociales, por los migrantes extranjeros que vuelven a habitar los conventillos, y por los problemas de vivienda y habitabilidad que se hacen cada día más patentes, fueron razón suficiente para profundizar nuestra lectura y compartirla a través de nuestro trabajo documental.

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El día de hoy

La sangre y la esperanza es la novela de un grupo social secularmente marginado que se arma de una voz reconocible para poder entrar en el debate acerca de su propio destino. Al hacerlo debe organizar una identidad clara y definida, a veces más clara y definida de lo que son las identidades en la experiencia real o cotidiana.

Vivimos un momento parecido, qué duda cabe, pero no idéntico. También hoy es momento de construir identidades con sentido político, también hoy se debate nuestro destino en la discusión social. Jóvenes que buscan una mejor educación, minorías sexuales, trabajadores inmigrantes, de eso se trata el presente. Esta novela fundamental de Nicomedes Guzmán, que habla de compromiso y de poesía, vuelve sin duda a ser actual. Como lo hizo en los cuarenta y los setenta, seguirá formando la sensibilidad de quienes están dispuestos a pensar y crear una sociedad más justa para Chile.

 

 

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NOTAS

[1] Este texto es también la introducción a la edición de La sangre y la esperanza realizada con ocasión del centenario del nacimiento de Nicomedes Guzmán. (Guzmán, Nicomedes. La sangre y la esperanza. Santiago: Lom, 2014).
[2] Pearson, Lon. “Prólogo a la nueva edición de La sangre y la esperanza”. Guzmán, Nicomedes. La sangre y la esperanza. Santiago: Lom, 1999. pp. 6-7.
[3] Marx, Carl y Friedrich Engels. Manifiesto Comunista. Trad. Pedro Ribas. Madrid: Alianza, 2010. p. 60.
[4] Campillo, José Horacio. “Introducción”. León XII y Pío XI. Las enseñanzas sociales de la Iglesia. Rerumnovarum. Quadragesimo anno. Santiago: Imprenta Chile, 1931. p.5.
[5] Grínor Rojo comenta un ejemplo notable en Casa grande, de Luis Orrego Luco, cuando el desesperado Ángel Heredia se adentra por la calle Carmen hacia Matta. Tras caminar por un “laberinto de habitaciones pobres y menguadas, en donde la miseria parece brotar de los techos destartalados y hundidos, de las ventanas bajas y de las anchas puertas coloniales”, se devuelve rápidamente a la Alameda. Ver Rojo, Grínor. “Casa grande. Escenas de la vida en Chile”. Las novelas de la oligarquía chilena. Santiago: Sangría Editora, 2011. p. 32.
[6] Guzmán, Nicomedes. La sangre y la esperanza. Santiago: Lom, 1999. p. 21.
[7] Guzmán, Nicomedes. La sangre y la esperanza. Santiago: Lom, 1999. p. 97
[8] Guzmán, Nicomedes. La sangre y la esperanza. Santiago: Lom, 1999. p. 175.
[9] Correa, Carlos René. “La sangre y la esperanza” (Reseña). El Diario Ilustrado (Santiago): 23 de enero de1943. p. 12.
[10] Es la “Generación del 38”, los escritores chilenos, narradores y poetas, para quienes el triunfo electoral de Pedro Aguirre Cerda y el Frente Popular en la elección de 1938 es una marca determinante. Según Luis Muñoz, la generación del 38 estaría constituida por “grupos de narradores como el de los ‘Angurrientos’ de Godoy, el de “El verdadero cuento en Chile” de Miguel Serrano, el de los ‘Nuevos cuentistas chilenos’ de Nicomedes Guzmán; y por grupos de poetas como el de ‘La Mandrágora’, el de los ‘Poetas de la claridad’” (Muñoz, Luis. “La generación de 1938: reseña histórico-literaria”. Acta literaria 9 (1984): 93-108.p.93). Los límites son difusos, sin embargo, y ni siquiera se restringen a la pura literatura: Ted Lyon, especialista en la obra de Juan Godoy, registra como miembros a figuras difícilmente clasificables, como Armando Roa Rebolledo, Eduardo Frei, Félix Schwartzmann y Roberto Matta (Lyon, Ted. “Presentación de la generación chilena del 38: una perspectiva de cincuenta años”. Ibero-Amerikanisches Archiv vol. 15,núm. 5 (1989): 19-31. pp. 24-7).
[11] Guzmán, Nicomedes. La sangre y la esperanza. Santiago: Lom, 1999. p. 40.
[12] Guzmán, Nicomedes. La sangre y la esperanza. Santiago: Lom, 1999. p. 23.
[13] Guzmán, Nicomedes. La sangre y la esperanza. Santiago: Lom, 1999. p. 54.
[14] Latcham, Ricardo A. “Una novela del conventillo”. 1944. Guzmán, Nicomedes. La sangre y la esperanza. Tomo I. Santiago: Quimantú, 1971. p. 8.
[15] Guerra Cunningham, Lucía. “Estética y compromiso en la Generación de 1938”. Texto e ideología en la narrativa chilena. Minneapolis: The Prisma Institute, 1987. p. 130.
[16] Guzmán, Nicomedes. La sangre y la esperanza. Santiago: Lom, 1999. p. 35.
[17] Mellado Castro, Raúl. “Reencuentro con Nicomedes”. El Siglo (Santiago). 15 de noviembre de 1971. p. 2.
[18] Guzmán, Nicomedes. La sangre y la esperanza. Santiago: Lom, 1999. p. 109.
[19] Guzmán, Nicomedes. La sangre y la esperanza. Santiago: Lom, 1999. p. 110.



 

 

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