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Antítesis: revista de poesía: apuntes sobre un proyecto

Por Ismael Gavilán M.

En algún momento del verano de 2006 con el poeta Gonzalo Gálvez y nuestro común amigo David Letelier, decidimos dar vida a un proyecto del que no sabíamos su destino ulterior y que titulamos como Antítesis. La idea era sacar una revista de periodicidad variable –dos o tres veces al año- que tuviese como tema central la poesía: su comentario, su creación, su discusión, su traducción, su rescate. No era una idea peregrina surgida como mera ocurrencia: desde hacía un tiempo –y en mi caso, desde hacía un puñado de años-, nuestras conversaciones giraban en torno a la necesidad y conveniencia de una publicación así. Por lo demás, desde nuestros tiempos estudiantiles –Letelier y yo habíamos estudiado Letras en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso a principios de los años 90, Gonzalo, más joven que nosotros, era estudiante de Derecho que cursaba su último año en la misma universidad- iniciativas similares habían tocado nuestra puerta e incluso en algunas ocasiones, traspasado el umbral de nuestra disposición para convertirnos, de la noche a la mañana, en virtuales colaboradores, columnistas o comparsas apasionados y escépticos de una serie de proyectos revisteriles o editoriales que, en el mejor de los casos, llegaban al primer número o agonizaban ad portas del segundo.

Algo para nada raro en nuestra pequeña sociabilidad literaria, salpicada de infinitos casos parecidos donde proyectos, iniciativas e ideas para levantar una revista conformaban y, siguen conformando, una constelación enorme e inabarcable para la mirada de cualquiera que se atribuya ser un buen conocedor. Sin duda, ello es prueba irrenunciable, tanto del entusiasmo de todo aprendiz de escritor, como también piedra de toque de muchos más, para erigir un espacio donde puedan llevarse a cabo reivindicaciones de la más variada índole, ya sea para la gratuidad de la literatura, ya sea para el ansia tan legítima de opinar, mostrar y decir algo de todo y sobre todo. En algunos casos particulares, estos proyectos sirven para aglutinar y difundir la producción de una generación o grupo, para ayudar a escritores noveles estrenar sus primeras armas y darles un temple necesario en las siempre recurrentes escaramuzas que el medio requiere como rito iniciático o también para establecer diferencias con otros proyectos análogos al interior del mismo campo literario que, como bien sabemos, se define por oposición y complemento, cosas muy propias de una dialéctica donde se evidencia la vitalidad como necesaria sanidad espiritual del cuerpo social y literario.

Ahora bien, en Valparaíso y sus alrededores no han sido pocas las iniciativas similares o parecidas como la que teníamos entre manos Letelier, Gálvez y yo: si se hace la excepción evidente de Santiago, donde es posible hallar una superabundancia de recursos tanto materiales como humanos para desarrollar este tipo de proyectos, para nosotros era cosa de levantar la mirada tanto en la cercanía temporal como geográfica de Valparaíso para apreciar lo que estaba aconteciendo en nuestro entorno y así justificar la necesidad de sacar adelante una revista como la que pensábamos: revistas de una alta calidad –tanto por el material editado, como por su impecable soporte gráfico o por ambas cosas a la vez- tales como El espíritu del valle (iniciativa del poeta Gonzalo Millán y el editor Patricio González) o Libertad 250 (órgano oficial de la Sociedad de Escritores de Viña del Mar, revista a cargo del poeta Ennio Moltedo) habían dejado de editarse a fines de los años 90 y constituían un referente de alto vuelo a tener en cuenta. Asimismo, la tristemente malograda revista Botella al mar, sacada a luz a mediados de los años 90, en formato de tabloide y poseedora de un muy buen equipo de redacción y que se veía como un futuro promisorio para la poesía regional y hasta nacional con un tiraje más que generoso –cerca de 1000 ejemplares- no sobrevivió al segundo número. Y si bien entre fines de los años 90 y la primera mitad de la década de 2000, revistas tales como Valpoesía, Tambor o Maniobra cubrían, cada una a su manera, ya sea en la peculiaridad de sus respectivas políticas editoriales, como en el azaroso ritmo de su aparición y formato, el vacío referido a la creación poética, como a su crítica y comentario, la verdad es que nos daba la sensación que esas publicaciones apuntaban a objetivos disímiles en las eventuales políticas distributivas de sus materiales como a la idea de lector que buscaban articular.

Estas dos últimas cosas fueron fundamentales para ponernos a reflexionar y dar con el perfil requerido para nuestro proyecto. De esta forma Antítesis se planteó como una revista de poesía y sobre poesía, es decir, una revista que acogiera tanto la publicación de obra como lo que rodea o circunvala a esa obra, en tanto ensayo, crítica, traducción y entrevistas. Este principio, un tanto ascético y en cierto sentido, riesgoso –cosa no menor, si se piensa que en varias conversaciones previas y en comentarios con otros amigos, la tentación de expandir los contenidos de la virtual revista hacia la crítica cinematográfica o musical, como hacia la columna de opinión contingente o hacia la narrativa, por ejemplo, era real y hasta se justificaba en algunos casos- no pretendía en absoluto delimitar el campo de acción sobre el cual se articularía esta publicación, sino más bien buscaba una especie de asidero para establecer una identidad tanto editorial como formal respecto a lograr una diferenciación que el eventual lector lograse captar de manera inmediata. Y fue a partir de este principio general que Antítesis se vio dirigida hacia objetivos muy concretos: por un lado, la gratuidad de su entrega al negarnos a convertirla en producto adquirible monetariamente, por otro lado, y basado en aquel mismo principio de gratuidad, fomentado, idealmente, un lector que sabía a qué atenerse respecto a esta revista: no buscaría en ella lo que podría hallar en otro tipo de publicaciones misceláneas como Tambor, por ejemplo: notas sobre las actividades y carretes artístico-juveniles que llevaban a cabo estudiantes universitarios o columnas de opinión acerca de las políticas culturales del Gobierno Regional como lo hacía la siempre necesaria revista Ciudad invisible. Esto se complementaba, quizás draconianamente, con el hecho que para colaborar en Antítesis había que hacerlo mediante invitación, donde el equipo editorial dirimía al final la pertinencia de incluir o no tal o cual material.

Pero lo fundamental y que le daba razón de ser a la existencia misma de la revista era pensarla y hacerla desde Valparaíso hacia el mundo en el sentido de una búsqueda universalista, por decirlo de alguna manera, que canalizara nuestras ideas y palabras, otorgara un peso específico a devaneos surgidos en tantas conversaciones, pero también que simbolizara y encarnara nuestras fundadas sospechas y críticas en torno al tan traído y llevado discurso sobre Valparaíso, en tanto ícono de la actual industria cultural. Así, en este dictum -desde Valparaíso hacia el mundo y no al revés-, quizás intentábamos buscar un arraigo más imaginario para nuestras obsesiones que dar cuenta de la gris realidad cotidiana de un puerto a mal traer, postal para turistas y santiaguinos afanosos de experiencias exóticas, puerto convertido en un enorme y grotesco parque temático de lugares comunes. Quizás la eterna oposición entre escribir en la provincia y escribir desde la provincia. Lo irónico de todo esto es que al ser un puerto, Valparaíso debiese ser una salida y no una llegada, un espacio imaginario para inventar un arraigo en el tránsito y no en la permanencia. ¿Un tránsito hacia dónde? Tal vez hacia algo que siempre está más allá de nuestra mirada, en el horizonte que alcanzamos a comprender cuando entendemos lo que implica la palabra “adiós” en el confín mismo del significado. Habitamos en el lenguaje, sin duda, pero un lenguaje conflictivo y herido de historia, lenguaje travestido por el afán de lucro y que se ha pretendido despolitizar y del que la poesía seguía, a nuestro parecer, otorgando una lucecita de sentido y aún, de posibilidad utópica.

Antítesis sobrevivió hasta 2009 en cinco números y en la edición de seis pequeños libros con un tiraje de trescientos ejemplares cada uno –los así llamados Cuadernos de poesía que incluyó poemas de Daniela Giambruno, Antonio Rioseco, Luis Andrés Figueroa, Sergio Madrid, Francisco Vergara e Ismael Gavilán- amén de auspiciar lecturas -como las de Oscar Hahn, Waldo Rojas, Ennio Moltedo y otros- , presentaciones de libros, concursos literarios, intervenciones urbanas y actividades análogas. Pasado el tiempo, no niego las ganas de volver a trabajar o reflotar aquel proyecto que intentó ser convergente. En el momento de mayor intensidad, con los números 3 y 4, durante 2008, la revista llegó a un tiraje cercano a los mil ejemplares y era distribuida gratuitamente en Valparaíso, Viña del Mar, Santiago, La Serena, Rancagua y Concepción. Soy de los que creen que la calidad del material recogido (entrevistas, reseñas, artículos, poemas inéditos, traducciones, etc), del formato diseñado como asimismo la colaboración de un puñado de escritores y poetas conocidos y desconocidos –Jorge Polanco, Luis Correa Díaz, Sergio Muñoz, Marcelo Pellegrini, Eduardo Jeria, Antonio Rioseco, Diego Alfaro Palma, Rubén Jacob, Waldo Rojas, Mariela Trujillo, Luis Andrés Figueroa y varios más- tanto de la zona, como de Santiago o incluso del extranjero, con un entusiasmo y desinterés a toda prueba y sin pedir nada a cambio y el tesón y porfía, unido a un rigor y capacidad de trabajo impresionantes de su director, el poeta Gonzalo Gálvez, lograron una revista de excelencia tanto en lo visual como en los contenidos, convirtiendo a Antítesis, sin duda, en un punto de referencia para la poesía de Valparaíso y, por qué no decirlo, para la poesía nacional. Sobre eso habría que escribir largo y tendido, tomando al tiempo como única medida de valoración. Por ello, tal vez hay que esperar qué sucede. Quizás hasta existe la posibilidad que Antítesis renazca en el instante menos esperado.

Viña del Mar, verano 2011.


 

 

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