Versiones
Un joc de miralls
permet veure l’altra banda del poema
Joan Brossa
I
Sobre la arena el sol desteje tus cabellos con suave indolencia, consumiendo el incienso de
tu rostro enemigo. Una mezcla fatal del veneno que emerge de tus labios. La calma
insoportable de esta tarde de domingo donde el resplandor transparente es aquel hechizo
atemorizante. Bajo el antiguo desierto seremos la soledad de ese beso que escribimos con
negras mentiras. Tu cabellera sigue siendo el cálido río de siempre donde se ahogan las
palabras. El abismo letal en que, sin temblor alguno, somos asediados por aquel vacío del
que conocemos su sonrisa, su turbia fascinación.
II
De un modo u otro, nos las arreglamos para dejar cosas inútiles arrumbadas en el desván de
mi vida. En la noche todo se vuelve a desmoronar, pero era evidente: las cosas que me
gustan, las baratijas de nuestra última salida, las partituras de la Suite Cascanueces, esas
libretas garabateadas con malos poemas de adolescencia. A veces hay cierta sintonía entre
nosotros. El efecto deseado de habituarnos a esa frialdad espeluznante que te es tan favorita
cuando regresas de la playa. Un viejo sueño de madurez emocional que está impreso en una
espléndida lápida.
III
Frente al mar la extrañeza emerge, en pleno invierno, convertida en un ave torpe que no
sabe alzar el vuelo. Alcatraz, pelícano o gaviota, el ave se cruzaba ante nosotros para
impedirnos el paso. Su huida por la arena hilvana esa pesadez que sus alas llevan a cuestas
para desaparecer al final del horizonte. No esperábamos que fuera así. Tras una épica
borrachera tampoco podíamos huir..
IV
A veces el poema es una sucesión de trampas para ese cazador derrotado que llamamos
lector. Detrás de cada trampa, un invierno crudo. Detrás de cada invierno, la reiteración del
orden del mundo. Detrás de ese orden, la imagen de un Dios sin rostro que sabemos mudo.
Detrás de la mudez, el original de este poema que jamás fue escrito.
Idilio
*
En las postrimerías de aquel verano salvaje
pocas cosas se habían desplazado:
los matorrales sin nombre esparcidos por el campo
dibujaban extrañas figuras sobre el espacio
que tratamos de esquivar cuando íbamos a la playa;
la aspereza de aquel campanario nos recordaba el encierro
sobre el cual nunca se nos explicó algo
mientras todos tomaban sol en el patio y entre risas,
. . . . . . . . hacían sus primeros ensayos de sus flirteos eróticos.
La vida no es en absoluto lo que pensaste que sería;
el rostro agrietado por la luz de un jardín
o el afán un tanto torpe para desconfiar de la fruta
. . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . brillando sobre la mesa.
Otras marejadas siempre venían tras la nostalgia
que las imágenes saben escribir con la fragmentación del cuerpo.
Tras el tiempo se derramaba el follaje nocturno
alimentando su sueño con su propia sed: una muerte
recomenzada en esa dimensión de torbellinos
. . . . . . . . .. . . . . . . . . . que marcaron extrañas puertas de salida.
Ahí, el olvido nunca decía cuándo daba inicio a su historia,
siendo difícil retroceder a las formas preescritas por la plenitud
más allá de recopilar el devaneo de las gaviotas sobre el acantilado
. . . . . . . . .. . . . . . . o la arena reseca incrustándose en nuestros pies.
Los ojos del laberinto vestían de silencio la semejanza
que pudo desprenderse de las espinas del muro
. . . . . . . . .. . . . . . . . . . . .. . . . . . . .. . ¿Ariadna, Beatriz, Eurídice?
El pulso de la tierra coronaba los bosques invisibles: entre el agua y el aire
las cosechas esperarían marzo con su ágil tintineo.
Pero siempre podía decirse algo más sobre nosotros
al acercarse el prolijo zumbido del derrumbe y todo aquel presente:
las veredas adornadas, el resultado asequible del insomnio,
las variables con las que el cielo replica la conjugación del vacío
o cuando nos atrevíamos a coleccionar chapitas descoloridas
. . . . . . . . .. . . . . . . . halladas a la vuelta de esa escabrosa excursión.
A veces, el horizonte sabe muy bien escribir la fugacidad
y contar relatos para crear el clima pertinente
en resguardo de las cicatrices que emergen
. . . . . . . . .. . . . . . . . desde nuestra frágil conciencia.
En las postrimerías de aquel verano salvaje
pocas cosas se habían desplazado:
tal vez porque la vida no es en absoluto lo que pensaste que sería:
una soga tensa la definición de esas ebrias confesiones
. . . . . . . . .. . . . . . .que rara vez admitíamos con gesto razonable.
El amor, después de todo, puede ser una aventura que va de puntillas
. . . . . . . .arrimándose a las efímeras palabras dibujadas en la arena.