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La evocación de la experiencia es un acto vivo

"Mundo visible. Poesia reunida 1995-2020" de Ismael Gavilán. Ediciones Altazor, Viña del Mar, 2021.

Por Miyodzi Watanabe
Publicado en WD40, N°4, Valparaíso, invierno 2022


.. .. .. .. ..

¡Ah, el pasado en el recuerdo
El futuro en el temor
Y la esperanza aún
La esperanza en que algo acaezca
¡Qué puede valer un poema ahora
En el mediodía de mi vida
En el jardín estival!

Rubén Jacob


Mundo Visible (Altazor, 2021) del poeta Ismael Gavilán responde, en sus palabras, a una recopilación de su obra, con exclusiones y adiciones que impiden la formulación de una poesía completa. Cinco de los títulos incluidos ya han sido publicados, por sí solos o como parte de la antología Estanque desnudo (LP5, 2020), y dos inéditos: Voz de ceniza y Rompiente. Si bien en la nota previa el poeta insiste en esta publicación como “la heterogénea y disímil naturaleza de la escritura que se me ha dado”, como lectora elijo la porfía.

Mundo Visible invita a ser leído no solo como reunión de poemas, de 25 años de poemas, sino la posibilidad de hallar en ellos una vinculación. Si bien es imposible no advertir los distintos momentos entre cada poemario, la diferencia temporal a veces significativa entre ellos, no deja de haber un pulso, una corriente oceánica que posibilita comprender y apreciar en esta poesía reunida a Gavilán como un poeta de obra. Esta reseña será el intento de apuntar a ese pulso que reúne a los poemas como trayecto indisoluble. El pulso que, en mi lectura, ha sido el faro que cada cierto tiempo aparece para encandilar la barcaza la cual, de noche y en verano, es empujada por la marea hacia la promesa de otro reyno.

Este rayo lumínico indica ante todo que la escritura reniega del acto de soledad del hablante como único afectado por la palabra y su puesta en habla en el poema. Y es que habría que decir que en esta obra no es el poeta en absoluto el único habitante. De poemario en poemario, iniciando con Eurídice como motivo, pasando por el uso del personae y la adopción de la voz de otro, hasta la apelación de un tú cada vez más presente, los poemas nunca dejan de decir nosotros. El poeta rehúye del ensimismamiento poético, del cierre del hablante hacia sí mismo.

Así, las experiencias de lectura que se testimonian en el uso excelso de referentes no apelan tanto al yo como sí a una puesta en escena donde la subjetividad propia adopta el cuerpo leído en un intento de distancia, pero a su vez, y sobre todo, de comunicación más íntima con la lectura. Mundo visible es tanto la poesía reunida como la constatación de una cartografía literaria para el poeta que está plagada de otros, ya sea como referentes, como experiencias o como afectos, mas estas tres posiciones conviven en la escritura de manera homóloga. En ello también la insistencia de nombres en la antesala del poema: entre los epígrafes, los títulos y las dedicatorias ya se ha colmado el poema de moradores.

No es casualidad que el libro inicie con Eurídice y Orfeo. El poeta va al encuentro de sus muertos y les da el aliento –ya sea en ceder la voz, en incluirla o en interpelarla–, mas el motivo de Euridice no deja nunca de estar presente y, en este sentido, también la conciencia de un fracaso. Este aliento anima, pero no perdura. Quizás de ahí la prevalencia del verso de arte mayor y del poema extenso, como gesto e intento de perdurabilidad de estas figuras.


Para nosotros es la certidumbre de saber callarnos
en medio del bosque inútil del lenguaje
cuando la claridad de los ojos de la muerte
nos hace creer en esa bella ficción que es el beso de Eurídice.


Quizás de ahí también que se presenta uno de los aspectos más complejos en la pluma de Gavilán: imágenes que rehúyen de la referencialidad concreta, imágenes que se construyen siempre hacia un sentido no asible en la experiencia material y que de alguna forma apuntan a evitar que este testimonio caiga en la tentación de ser solo “migajas de experiencia embotelladas en el corsé del lenguaje: / silencio y desazón como fruta madura e indigesta”. Y que más expresamente se devela en estos versos:


Nuestra experiencia se hallaba corroída
como el barniz de un mueble antiguo,
pero en la necesidad de plasmar ese viaje imaginario
. . . . . . . . . . . . . . . .con que todo poema se justifica,
la realidad puede tolerar la irrealidad.


Cabe decir sí que esta cualidad, digamos, fantasmagórica de la poesía de Gavilán, en cuanto el poema rehúye de la posibilidad de ser asido en un lenguaje material, no es siempre igual. Comulga esta diferenciación con lo ya dicho: esta obra está plagada de habitantes. El nivel de concreción –entendiéndolo no en términos de logro, sino de sentido concreto– en la construcción versal dependerá también de las voces evocadas. Desde ahí que en “Elegía para Ximena Rivera” la evocación y el diálogo con la poeta se da desde la lectura de su obra: “Tú entendías que afirmar la posibilidad / era volverse experiencia y despojamiento”; en cambio en Claro Azar, donde el hablante adopta la voz propia, sin dejar el nosotros y el tú que lo constituye, la fantasmagoría se manifiesta también en la construcción versal “en la inercia que motiva el desprendimiento bajo la intuición / de instalar un fragmento encendido […] / que la distancia emplea como representación de la nostalgia” (las cursivas son mías). La nominación es hecha mediante palabras abstractas, porque de esta forma permiten imaginar la experiencia que se busca constatar en el lenguaje, la experiencia de reinos visitados y extraviados al levantar la mirada de la letra y reorientarla en el presente a contra voluntad. Pero es también esa lejanía insalvable, como otro de los motivos de la obra, la que permite el respiro de largo aliento, el horizonte que tanto poeta, lector y todos los habitantes conjurados en esta poética son invitados a presenciar.

Artificio soñado y recobrado,
juego en la memoria sacudida por un vacío de rosas.
A esta hora veo la lejanía tras de mí,
al mar en la sangre desplegándose
ensanchándose el atardecer.


Voz de ceniza, ya hacia el final, es más íntimo en el hurgar de la memoria, pero prontamente el yo vuelve la vista hacia el otro, como si estuviera imposibilitado de pensar la escritura como acto solitario, es un acto vivo que se concreta en el reino imaginado. Es sí más difícil evocarlo y sostenerlo, quizás por ello el nombre, que recuerda a los versos ya declarados en Claro Azar: “hipotecar las huellas del laberinto sería apostar a ese beso / que Eurídice aguarda en el sabor salino de nuestros labios / para en su ceguera, no confundirlos con ceniza”. El poeta está cansado de imaginar, y ocurre aquí el gran vuelco formal en Rompiente (2020), poemas breves que permiten ser pensados como una continuidad dentro de las secciones que se dividen, pero que asimismo invitan a ser vistos como islotes en el espacio que los separa uno de otro. Versos cortos, de una palabra incluso, pero no por ello el intento ha claudicado: siguen en su forma en este mar, en este pulso.

En este horizonte, con brazada corta e interrumpida, la respiración ahora entrecortada, el poeta insiste:


Escribir
en el visible círculo del aire,
en la inminencia que presiente
el enrojecido soplo de las olas.
Escribir
sobre el rostro de la sombra,
en ese borde oscuro
que vuelve inaudible el cristal del eco.


 

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