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JUBILACIÓN[1]

Por José Baroja


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«Teme a la vejez, pues nunca viene sola.»
Platón

El día en que Gonzalo Benavides cumplió los sesenta y cinco años, durante la mañana, después de apagar un viejo despertador de cuerda que no le había fallado nunca durante el tiempo en que trabajó en esa mediana empresa de telefonía, propiedad de dos judíos ortodoxos poco dados a escuchar, creyó sentir en su nariz un leve olor, muy parecido, tal vez, al de la carne a punto de quemar. Tras estirarse un par de veces, decidió apurar el paso rumbo al baño, donde orinaría con molesta dificultad, al mismo tiempo que un poco amable espejo acusaba los años cayendo de golpe sobre su desnudez.

—Realmente llegó la hora —pensó—. ¡Qué viejo estoy!—Remató intentando imitar algo similar a una sonrisa.

Después de ducharse, Gonzalo se sentaría al borde de su enorme cama, donde guardaría sacro silencio durante unos segundos para finalmente asumir que era su cumpleaños.

—Feliz cumpleaños —se dijo con aire socarrón—. No tardes—. Serían sus palabras junto a un profundo suspiro de resignación.

Vestido solo con un slip blanco y calcetines negros se dirigió al viejo ropero. Buscó su mejor traje, uno que no utilizaba desde antes de un penoso divorcio. La verdad es que se sintió muy bien de volver a utilizarlo, sobre todo porque hoy era su cumpleaños y también el día de su jubilación. Hora de salir rumbo al trabajo.

Cuando Gonzalo Benavides llegó a la oficina, ya anticipaba que sus compañeras y compañeros lo felicitarían, no por genuina amistad, sino porque la empresa acostumbraba como política enviar un correo electrónico a todos avisando qué «peones» cumplían años. Además, en su caso, la celebración sería doble. ¡Cuánta importancia! ¡De cumpleaños y jubilado! Por ello, no lo sorprendió que al rato de instalarse en su oficina fuera citado formalmente a la sala de reuniones: Gonzalo ya conocía el protocolo. Al entrar en esta, se encontraría de frente con fingidas sonrisas y con uno de los gerentes generales de la empresa mirándolo gozosamente, un tal Rodrigo Stein, quien rápido lo invitaría a sentarse en su propio lugar, ese destinado solo a la «familia». Luego comenzaría el forzoso y sentido discurso.
—Compañeros, compañeras, quiero que todos le regalemos hoy un aplauso a nuestro querido Gonzalo, quien, con sesenta y cinco años cumplidos se retira a una vida mejor después de... ¿cuántos años? —se interrumpió.

—Treinta y cinco —respondió Benavides.
—... Treinta y cinco años, por eso hoy como empresa hemos querido reconocer su ardua labor regalándole para recuerdo de su familia este galvano de madera que simboliza nuestro respeto por su trabajo y dedicación, y esta ánfora que nos comprometemos a hacer llegar a quien guste —finalizó.

Aplausos complacientes se escucharon dentro de la sala de reuniones, mientras don Rodrigo Stein le entregaba el reconocimiento con extremada pompa.

—Gracias —atinó a decir Gonzalo antes de que el gerente general invitara a todos a disfrutar del mínimo cóctel preparado en honor del jubilado y cumpleañero.
—¡Qué gran jefe! —algunas y algunos murmuraron entre galletitas.

Treinta minutos después, acabado el festejo y, en particular, la comida, Rodrigo Stein llamó al verdugo oficial de la compañía. Al llegar, todas y todos aplaudieron nuevamente; él, en cambio, con esa celeridad propia de quien disfruta su trabajo, no tardó en identificar a Gonzalo Benavides como el feliz jubilado. Bastó solo un gesto amable para que Gonzalo se pusiera de pie, agradeciera a los presentes, estrechara la mano de don Rodrigo y le dijera respetuosamente que el ánfora no era necesaria, así que la donaba para una siguiente jubilación.

—El galvano, por favor, que le llegue a mi exesposa —dijo, antes de salir por la puerta principal en compañía del gentil verdugo.

Seis pisos descendieron antes de llegar a una habitación enorme, similar a una bodega, con varias tuberías visibles que probablemente proveían de agua a todo el edificio. Era la primera vez que Gonzalo estaba ahí. Lo siguiente que vio fueron tres camillas, mucha ropa apilada en una esquina y al fondo, tres hornos enormes, cuyo propósito era evidente.

—Desnúdese, por favor. —Fue lo siguiente que escuchó.

Asumido ya de sus sesenta y cinco años, Gonzalo no dudó, por lo que tardó pocos minutos en quedar completamente desnudo.

—Recuéstese, por favor —dijo el verdugo apuntando a una de las camillas, a lo que Gonzalo asintió.

Ese hombre, pese a ocultar su rostro, le transmitía cierta e inusual tranquilidad. Cuestión que interpretó como un gesto de indudable profesionalismo de su parte, por el que agradeció sinceramente, un momento antes de que sus tobillos y muñecas fueran amarrados con firmeza a la camilla sobre la que ya se había recostado. Después, unos segundos de silencio seguidos por un sonido metálico de lo que suponía la compuerta abierta de uno de los hornos que había visto al entrar.

—¡Feliz jubilación! —Fue lo último que escuchó.

Dos días después, el galvano llegaría a manos de su exesposa.

 

 

 


[1] Publicado en No fue un catorce de febrero y otros cuentos (Terra Ignota Ediciones: Barcelona, 2021)


 

 



 

 

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