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Blanca nieves y el enano arlequín

Javier Campos

Regresé  dos semanas después al mismo cine a ver “Forrest Gum”.  Era domingo. La había visto pero es una película  para ver más veces.  Una buena película siempre está llena de detalles escondidos. Una mala película no. Yo pienso lo mismo, me dijo Ani.  Es la historia de un hombre mentalmente incapacitado que se enamora de una mujer a través de toda su vida. Desde la adolescencia hasta que ambos son  mayores. Y pasan por varias décadas que cubren parte importante de la historia de un país donde me tuve que venir a vivir.  Fue otra bella conversación sobre esa película. Somos privilegiados de ser normales, inteligentes, sanos, mentalmente sin problemas para darnos cuenta de la complejidad de la vida. Eso dijo Ani luego de comentar ambos por dos horas la película. Fue esa vez que empezamos nuestra relación de amigos. A la salida de esa película nos encontramos de casualidad en el lobby y nos saludamos. No fue difícil ir de allí a tomarnos un café en Dunkin Donuts que muchas veces después fue nuestro lugar para conversar sobre películas. Ambos analizamos esa aparte donde ambos hacen el amor. Entre una mujer bella, inteligente, creativa, compleja, con un hombre que quizás jamás podía terminar de leer media página de una novela o entender un artículo de un periódico. Ni siquiera analizar lo que nosotros hacíamos en ese Dunkin Donuts. Es un misterio el amor, me dijo Ani.  El deseo, la pasión, lo que te dicta el corazón no tiene ningún explicación científica única. No tienes que ser un premio Nobel para enamorar a alguien.  Y no por ser premio Nobel todos se enamorarán de ti. Yo pensaba lo contrario. Que esa parte de la película era muy irreal. Se necesita cierta inteligencia para llevar una relación sana, permanente y así se llega finalmente a la pasión. Pero Ani no estaba de acuerdo. Nunca fui a ver películas sobre bailes porque nunca me interesaron. La única que vi fue una llamada “Bailando en la lluvia” con un actor que bailaba todo el tiempo. Otra fue la película más horrible sobre bailes latinos que vi.  Era “Copacabana” o “A la Habana me voy”  con la actriz portuguesa-brasileña Carmen Miranda. Más interesante fue la película de Woody Allen, “Los días de la radio” donde aparecía Carmen Miranda cantando  música latina en este país. Fue allí que Ani me habló un poco de su país cuando mencionamos  “El Tropicana”. Me dijo que sus padres a veces iban a ese club nocturno  en Habana a ver cantantes norteamericanos que llegaban allí como Nat “King” Cole en 1958. También  Frank Sinatra, Edith Piaf y  Pérez Prado.  Un día por casualidad encontré una vieja película en un remate y pensé en Ani  y la vimos  juntos en mi apartamentito que arrendaba. Era  “Nuestro hombre en Habana” que se había filmado en 1959 cuando Ani tenía como trece, dos años antes de salir de Cuba. Era impresionante como su memoria recordaba, viendo esa película, filmada en las calles de esa Habana que había caminado con sus padres en algún momento. Me decía que su padre se acordaba de Nat “King” Cole cantando “El bodeguero” en aquel club nocturno. Fue la primera vez que hablamos de Cuba y de películas sobre bailes.  Eso me trajo el recuerdo cuando pasé mi tercer Halloween en este país. Pero el primero donde asistí a un fiesta de disfrazados en un bar y vi  un baile que quizás por eso no me interesó para nada ningún tipo de danza.

Era común que en Halloween (era en West Virginia donde yo viví un tiempo)  los bares se llenaran de gente disfrazada en la noche de la celebración. Yo tenía una novia medio tiempo si se puede decir que se llamaba Karen. Las otras dos que conocí antes de Karen en Estados Unidos fue cuando pasé dos años en California y luego me fui  a West Virginia.  Karen  era muy atractiva pero muy independiente. "Mira, me decía, tú y  yo lo pasamos bien, pero yo a veces quiero salir con mis amigas a divertirme."  ¿Qué iba a hacer yo?  Pues decirle que sí. Que yo también era liberado y que entendía su punto aunque no quería admitir que lo entendía hasta cierto punto. Así que ese día en la noche me quedé sin pareja pues mi amiga se iba a pasar el Halloween  con sus amigas. Probablemente irían a un bar. Yo me imaginaba que iría disfrazada de Eva o algo por el estilo.  Así que me comían los celos latinos que no se sobreponían a eso que le dije a Karen: "Sí, sí, yo también soy liberado. Te entiendo y no te preocupes". A Karen le gustaba hacer el amor pero diferenciaba el mal gusto y la perversidad sexual. Yo le ponía mucha atención y luego cuando estaba solo le daba vueltas a sus frases. Me decía “me gusta más lo erótico que lo sexual animal”. Esto último lo anduve pensando varias semanas sin poder encontrar la diferencia. Yo era un tipo que leía novelas de ficción, algunas bien pornográficas,  pero casi todas escritas por autores hombres y allí no se explicaba esa diferencia.  Ella me conoció trabajando en un restaurante argentino donde yo era el segundo maestro de cocina. Karen era más culta. Había viajado mucho a otras partes del mundo y con ella aprendí muchas cosas mientras ella aprendió de mi cómo hacer una perfecta parrillada argentina. Hace un año que estaba por este lugar que ni tenía idea que existiera. A mi me daba igual con tal que tuviera trabajo seguro y pudiera enviar algún dinero a mi familia  en mi país. Claro, luego me di cuenta que nuestro restaurante era el único de la ciudad y más allá del pueblo todo era campo y montañitas. Los dueños eran más o menos pariente de un amigo mío. El era argentino y escritor. Por eso me recibieron y me dieron el trabajo de ayudante de cocinero principal. Yo era medio campesino y en un dos por tres hacia unas parrilladas que volvían locos a los clientes. Y por allí un día apareció Karen con su grupo de amigas. Todas lindas. Yo a veces salía con mi inglés macarrónico y chapurreado a preguntar a los clientes si la carne estaba bien que si los chorizos  que si la morcilla. Cosas así. Yo me hacia el chistoso así que por ahí Karen y yo nos gustamos. Ella no era de pegarse a un tipo sino que, como dije, le gustaba su libertad. O sea salir a divertirse con sus amigas por eso aquel Halloween, el segundo o tercero  para mí en Estados Unidos,  me quedé sin salir con ella. Más aún, me dijo directamente que tenía planeado salir con su grupito. Que lo sentía mucho. Me dio un beso y  me dijo en inglés ´That's the way it is”.  Asi que esa noche de Halloween estaba solo. Tampoco tenía  ganas de mirar la televisión.  Luego decidí ir a un bar del pueblo. Claro que no fui disfrazado pues para qué. Ir solo y más encima disfrazado, sentado en un bar,  resulta un cuadro patético. Al entrar me encontré con un payaso que vendía entradas. Al lado una bailarina entre amazónica y árabe ponía los timbres en el dorso de la mano para saber que habíamos pagado y por si queríamos volver a entrar. El bartender, o el tendero del bar (bueno es una mala traducción mía)  pero el que vendía tragos en el bar estaba disfrazado de gorila. Me imaginaba el calor que tendría el tipo  por dentro con esa máscara, pero él parecía de lo más contento con su mirada  estúpida de gorila. A mi lado otra bailarina árabe. Quizás había  un Harén aquí me preguntaba y comenzada la libido a funcionar  al estilo latino. O a lo mejor era únicamente mi propia imaginación patética. Algunos disfrazados me miraban diciéndome, “Y tú, huevón, ¿no estás disfrazado”?  Claro que el “huevón” se me ocurrió a mí pues muchos en esas circunstancias de Halloween no son groseros. Así que sentado en el bar, con una cerveza, miraba pasar a los disfrazados. Pasó uno vestido de elefante. Otro de Tarzán arrastrando de una cadena gigante a un mono falso de peluche. Pasó otro vestido de pollo monumental como ése del  programa “Plaza Sésamo”.  Pasaron y pasaron disfrazados como si fuera un circo sin fin.  Al principio se dudó si era un disfrazado más  o no, pero de repente entró un enano vestido de arlequín. Muchos, o casi todo el bar, miraron  al disfrazado. O sea todos los disfrazados miraban al enano disfrazado de arlequín que llevaba una capa azul, llena de perlas brillantes que por supuestos serían falsas. El enano se paró en medio de la pista de baile que aún estaba vacía porque todos los disfrazados estaban tomando algo. Y empezó el pigmeo a bailar solo y a jugar con su capa que le cubría desde el cuello hasta los zapatitos de arlequín. En eso entró a la pista una mujer disfrazada de princesa y con un antifaz rojo. Llevaba un vestido transparente que dejaba ver un cuerpo hermoso, semidesnudo. Seguro tenía un traje de baño debajo.  No sé porque pensé que yo conocía ese cuerpo y me entraron unos celos raros. Pedí nerviosamente otra cerveza porque supuse  que era mi amiga Karen. Desde fuera de la fiesta cinco otras mujeres disfrazadas, amigas de la princesa que realmente se parecía a Blanca Nieves se reían como locas por la escena entre un enano que se movía lascivamente muy cerca de la princesa que también bailaba. Por varios minutos todo el bar de disfrazados comenzó a reírse como si fueran a derrumbar el edificio. Yo no me había enterado de nada pues sólo trataba de reconocer si la princesa era mi amiga que andaba allí disfrazada y que viéndome en el bar, la muy cabrona,  no le importaba que yo estuviera allí. Más celos me daban. Hasta el gorila, el bartender,  secaba un vaso una y otra vez.  Su cara de King Kong  babeaba por la rubia que imaginaba le rascaba la palma de la mano como en la película clásica.  Miraba hacia la pista viendo como se contorneaba Blanca Nieves. Entonces fui cuando me di cuenta  que el enano abría su capa azul y dejaba ver un gigantesco pene de cuero. Parecía una salchicha polaca o alemana colgando de su cintura y la levantaba, inmenso miembro erecto, con sus manitos el enano y la mostraba a la princesa. Y la princesa como si nada bailaba media sonámbula. Sus amigas casi se caían al suelo riéndose de la escena como todo el mundo en el bar.  La princesa rubia, despertando de un sueño,  al ver aquel objeto inmenso, parecido a un largo chorizo hinchado, donde el enano parecía desaparecer detrás de la inmensa pinga, amarrada a su cintura, con un reflejo de una karateca  cinturón negro,  Blanca Nieves  dio una vuelta casi en el aire y le sentó con el dorso de su pie (bailaba a pie descalzo) un increíble golpe en medio del espectacular miembro falso. Y sonó como si se reventara un globo gigante. Como si alguien hubiera dejado caer en medio de la pista una puerta al suelo. Y de entre medio del enano arlequín, o de entre sus piernas diminutas, salía aserrín molido, mezclado con papeles de colores. “Parece que le reventaron una piñata al buey enano ése”, me dijo un mexicano, sentado a mi lado en el bar y sin disfraz como yo.  Yo finalmente no pude dejar de reírme como todo los que estaban mirando la escena. Hasta el King Kong se reía como mono, con hipos, que me causaban más risas. Luego el enano desapareció de la fiesta como por encanto. Y siguió Blanca Nieves bailando. Pero luego me puse a pensar que algo había de extraño en la reacción de Blanca Nieves. Era la velocidad con la cual dejó en ridículo al enano. Realmente era la velocidad de una karateca que  dio un golpe preciso dejando al pobre arlequín como una piñata rota (en la versión del mexicano). Entonces me vinieron unos celos casi incontrolables que moviéndome como un autómata me dio por aliviarlos pidiendo un whisky doble a King Kong. El gorila idiota se tomó su tiempo en servírmelo porque seguía limpiando el mismo vaso y mirando a esa mujer rubia en vestido transparente. Hasta el mexicano a mi lado me decía  “Este buey está por saltar a la pista y robarse a Blanca Nieves”. Me reí como autómata echándome la mitad del vaso de whisky a la cabeza para que se me calmaran los celos. Sabía que Karen practicaba hace años el karate y una vez me había mostrado un cinturón café. Nunca la vi entrenando pero sabía que esa era su deporte favorito. Ella decía que no era un deporte sino un arte marcial que tenía milenios de antigüedad. Yo como no sabía nada del Oriente porque no más me la pasaba pensando en Argentina, cualquier otro país me era como una estrella  muy lejana que no me interesaba entender ni menos visitar.  Pero aún así no pude confirmar si era Karen la vestida de Blanca Nieves aquella noche en West Virginia cuando celebré por segunda o tercera primera vez el día de  Halloween.  Mientras un arlequín enano bailó pegada a ella y King Kong, detrás del mesón del bar,  pasó mirándola toda la noche y estuvo a punto de raptarla y esconderse con ella en la punta del edificio Empire State de Manhattan.

 

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Javier Campos, poeta, narrador. Este es un fragmento de novela inédita con otro título

 

 

 

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Blanca nieves y el enano arlequín.
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