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El viejo que subió un peldaño, de Jorge Calvo
Signo Editorial, 2015. 94 págs.


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“El viejo que subió un peldaño” nos lleva a un eximio músico que, retirado hace mucho tiempo de los escenarios y sumido en la decrepitud física y en un voluntario ostracismo, es convocado a volver a enfrentar al público por una vez más. Sabe perfectamente que por sus limitaciones se expone a destruir lo único que le queda: ser una leyenda. Quienes lo incitan a que corra el riesgo de hacer el ridículo en ese regreso fugaz son sus antiguos compañeros en el conjunto folklórico, a quienes también el tiempo les ha ido mermando sus capacidades. La negativa de El viejo que subió un peldaño será rotunda, sin embargo, poco a poco se irá minando al surgir los recuerdos de un pasado glorioso, cuando él y su grupo no solo gozaron de una merecida fama, sino que también vivieron la epopeya de enfrentar, como ciudadanos y artistas, la represión dictatorial. Así la propuesta, absurda a primera vista, da señales de verdecer y concretarse. 

Jorge Calvo, entre otras de esas preguntas que un texto literario debe estimular en el lector, nos lleva a indagar sobre la fuerza de nuestro pasado cercano en un presente que, como la mente cansada de un anciano, parece carecer de proyectos que puedan sacarlo de su aletargamiento. Se me ocurre que quizá aquí esté la metáfora que engloba la novela. Obra breve aunque notable, por la profundidad de sus temas y de su pericia narrativa que hacen de sus páginas un universo humano digno de incursionar.

Sergio Infante Reñasco
Estocolmo, noviembre de 2015

 

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Palabras  al  inicio

Jorge  Coulón
Uno de los miembros fundadores de Inti Illimani.

 

“…en Comala comprendí
que al lugar donde has sido feliz
no debieras tratar de volver”
Joaquín Sabina


“El Viejo que Subió un Peldaño” toca tantos puntos sensibles en mi propia experiencia de vida, que leyéndolo no pude apartar de mi alrededor, en ese entorno imaginario que creamos o se nos crea en complicidad con el autor,  la presencia de la obra maestra de Juan Rulfo.

Espectros y fantasmas de realidades que se sobreponen, de lugares habitados en épocas diferentes, (tres por lo menos), en el caso de esta breve obra de Jorge Calvo…

Trata el Polaco y la búsqueda de sí mismo, de su espectro en dos ciudades fantasmas y una real, tres ciudades que son la misma ciudad; la ciudad que le expropiaron, la ciudad ya ocupada y la ciudad de la que huyó, viva, concreta, feroz, extraña y doblemente ajena.

Lo trae de vuelta un espejismo o, lo que es peor, su imitación: la esperanza. En las florecientes ruinas de la(s) ciudad(es) de sus fantasmas se ha abierto un espacio para la memoria, un lugar donde tal vez tiene sentido reencarnarse como El Polaco y reencarnar los fantasmas de Amparo, Héctor y el Profesor Sevilla.

Un lugar donde tal vez hay dignidad, en el modo en que Chile se enfrenta a su historia. Un concierto que justifique el dejar, al menos momentáneamente, su exilio rural, pero sobre todo ético. Un lugar en el que la memoria sea grito desgarrado pero no inútil, testimonio digno, reivindicación de los olvidados, de los no reconocidos, de los que fueron quedando en el camino.

Es Santiago de Chile, la Comala de Jorge Calvo. Los fantasmas nunca murieron, así como la ciudad nunca dejó de existir en el contaminado valle del Mapocho. Los tiempos de la narración son breves, medidos en tiempos de la historia; no abarcan más de medio siglo, sin embargo, tres países, tres realidades aparecen marcadas por dos fechas que preceden la subida de ese peldaño: el 11 de septiembre de 1973, y el 5 de octubre de 1988.  Tres etapas; la esperanza, el horror y la desilusión parecen acompañar la historia de El Polaco y su búsqueda de sí mismo y de sus compañeros de canción.

El Polaco busca y recuerda. Nos conduce en paralelo a situaciones exaltantes, manifestaciones, lugares, personajes y estados de ánimo. Su capacidad de recordar es como una sonda que, penetrando la tierra, nos entrega muestras de las capas sobrepuestas; plaza Artesanos, la Unctad, el Teatro Caupolicán, están allí, en distintos primeros de Mayo, en diferentes conciertos, en circunstancias de euforia, represión o rebeldía, como un geólogo que nos enseña a leer en los dibujos de la piedra, en la sobreposición de vidas que han hecho nuestra vida, la vida de Santiago, la vida de un género musical que hasta hoy marca la identidad musical del país.

Ante nosotros, el protagonista sobrepone lugares y situaciones, su observación, simultánea a la búsqueda del consenso de sus compañeros para hacer parte del rito de la memoria, es una mirada testimonial, seca, lapidaria. No se abandona a lamentaciones, simplemente relata y el relato es un reproche, simplemente recuerda y el simple recuerdo es una protesta, simplemente pregunta si valdrá la pena, a su vez le preguntan: ¿Para qué?  Y, esa simple pregunta resuena en el terrible vacío moral de veinte años de colectiva cobardía.

 ¿Para qué?   Es la pregunta que recorre esta novela breve de Jorge Calvo, como el azadón del arado, esa pregunta se entierra en el campo de la conciencia y la remueve, devela los estratos del palimpsesto de una generación que ha escrito por lo menos tres relatos en su pergamino, renegando a la vez de lo vivido y de lo aprendido.  Pero nos dice al mismo tiempo: hay quienes estuvimos, hay quienes recordamos, hay quienes testimoniamos, hay quienes “todavía cantamos”.

Asqueado tal vez, derrotado quizás, El Polaco huyó, se refugió en las cercanías de Talca después de haber visto asesinada la esperanza, después de haber luchado contra el horror, en una época de tinieblas que tantos fueron capaces de iluminar con la más pura luz del amor por los semejantes.  Creyó como tantos que el No era un No en toda la línea, una negación del terror y de las razones que lo impusieron, pero no resistió la desilusión, la total falta de reconocimiento, la justicia en la medida de lo posible, huyó, o dijo No; sin mi complicidad.

El Polaco está de vuelta. El autor no nos dice si se quedará, no nos dice si ha vuelto como una pieza de museo, como una reliquia del museo, nos dice sólo que subió el peldaño junto a sus compañeros, que volvió como Juan a una ciudad rutilante que contiene en si misma el espectro de otras ciudades que eran la misma y se llamaban igual. El Profesor Sevilla, Héctor Amparo y el mismo Polaco son ellos y su fantasma, son ellos y los espectros que los habitan, su regreso es su triunfo sobre la muerte y el olvido, pero es tal vez, al mismo tiempo, la derrota de la sociedad que les sobrevivió.



 



 

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El viejo que subió un peldaño, de Jorge Calvo
Signo Editorial, 2015. 94 págs.
Prólogo: Jorge Coulón
Reseña: Sergio Infante