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Presentación de "Domingo", de Natalia Berbelagua

Juan Cameron
12 de julio de 2015



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Para nosotros el domingo es el último día de la semana aunque en la liturgia, nos repetían, es el primero, puesto que un dios había hecho el mundo en siete días y el primero aprovechó de descansar para tomar impulso o algo así.

No son buenos los domingos para los solos. Salvo que uno se dedique a escribir, se entiende. Cuando niño los domingos eran más bien curiosos. Mis padres comenzaban a escuchar, en el radio receptor, Discomanía, un programa de Radio Minería conducido por Raúl Matas, y luego peleaban a gritos y la casa y nosotros retumbábamos metidos bajo las sábanas.

En verdad, no eran agradables esos domingos de la infancia. Ya al atardecer, cuando salía del Estadio Sausalito, aparecía la desazón, el fantasma del colegio y las tareas del día siguiente. Y Everton, como siempre, había perdido. Era el fin de la fiesta.

O esos días, después de almuerzo, solo frente a una máquina electrónica llena de luces y coloreas y tintineos, sin otro proyecto que el de regresar a casa y de pronto, ver a una tía que entra y en lugar de reprocharme me pasa un billete con una mirada de ‘pobre niño; qué será de él’ en esos momentos en que uno se muere justamente por sentir un consuelo, un abrazo.

Algo así debe haber ocurrido -ya con unos pocos años más- al comenzar a escribir. Leía yo un texto horrible, guitarreado casi, en un almuerzo con otra tía y una amiga de aquella. Tenía el texto un epígrafe peor, de un poeta llamado Lajos Javor -seguramente húngaro- que decía “Domingo en el que late mi corazón desierto/ desbordante de lágrimas y de fúnebres cantos”; y luego venía el mío, tan elemental y único y donde la muerte me esperaba, que al escucharlo esa dama, mayor y soltera con seguridad, comenzó a llorar sin consuelo.

A estas imágenes nos remite Natalia Berbelagua en estas páginas azules, que a ratos me parecen de un verde claro parecido a los vestidos de mis hermanas revoloteando por la casa. Natalia está en el mismo escenario; sólo que aparece treinta años después y no podríamos verla, por entonces, porque se esfuma en otra sintonía: Me parezco a mí misma hace diez años, pero desdibujada, nos dice.

En este pequeño e inmenso volumen la autora nos entrega momentos inolvidables también. Como aquella visita a la poeta Cecilia Casanova ya en su última residencia. Seguramente es un domingo reciente, fechado entre la aparición de la Poesía Reunida de nuestra poeta de los 50, y su fallecimiento ocurrido en noviembre de 2014. Hay allí una hermosa descripción. Cito: “¿De qué te acuerdas al leer tus poemas?” , digo. Ella mira un punto fijo, como si ya estuviese en otra parte. “Se me pasa la vida como en una película”, me dice. “¿Y cómo es esa película?” “Triste. Muy triste”.

Los textos de Natalia Berbelagua son una lección de escritura. Así de simple. No vengo acá yo a elogiarla -aunque es de buena educación hablar de maravillas de una obra en la ceremonia de presentación y lo correcto sería desmenuzarla en la página de la crítica- sino a describir con objetividad un hecho palpable a simple lectura.

Anoto: economía de lenguaje. A diferencia incluso de esta página laudatoria, Natalia evita en lo absoluto el adjetivo innecesario. Como narrador, como testigo de una realidad de la cual ella deja registro, se limita a los hechos enfrente a su vista. No opina; no califica. Las cosas están frente al lector y ella sólo opera de puente: La imagen más fuerte de este viaje: el insecto que está en el límite entre ser polilla y mariposa, que acaba de instalarse en la ventana.

Técnica de montaje: las frases claras, precisas, describen un hecho. La siguiente describe otro y así sucesivamente. Y como ciertamente las palabras hablan por si mismas aún desde el silencio, al hacerlas dialogar estas crean una nueva realidad. Como en el cine, exactamente: Veamos: Me encierro a  llorar en el baño mientras se parte la torta (punto aparte). Por la noche trazo las primeras palabras en el cuaderno: ‘20 de noviembre de 1994. Para mí todo es distinto aunque sea domingo’.

Precisión de significado: Como en toda muestra literaria, las palabras son precisas en su significado; tanto en la denotación señalada por la dictadura del diccionario, como en las connotaciones -o evocaciones, si se quiera- impuestas por el habla cotidiana y nuestra propia experiencia en el mundo. El ubicación precisa de una palabra en la oración abrirá todas sus posibilidades.

Y otra de las cuestiones a resaltar, a propósito de Domingo, es la condición de sinécdoque que se ha destacado en las últimas décadas en la producción de muchos y variados escritores. La sociedad nuestra -y tal vez toda la actual civilización- fue reducida a escombros después del asalto y la consagración de los mercaderes al templo. El creador intenta recomponer ese todo para darle unidad y sentido, a partir de los fragmentos esparcidos. En poesía es notoria esta manifestación. Se da, por ejemplo, en La Ciudad que no es, de Roberto Bescós (que presenté en la semana en el Centex) y en los mayores de la generación del 80, como es el caso de José Ángel Cuevas y su estética de la derrota, o en Claudio Bertoni, en su recargado minimalismo. Pero también lo veos en autores de la promoción del 96 y en esta reciente del Bicentenario. Sin precisar aún la correcta pertenencia a ella, cito aquí a Gladys González, con Pequeñas Cosas, a partir de los restos de lo cotidiano, y, de ello hablamos, de este Domingo, cuya recolección nos da una imagen general de esta esperanzadora desesperanza, como es la escritura y el registro vital.



 



 

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