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Adelanto de la primera novela de Juan Carreño: Sueño que soy Vadim Budnik

Publicado en The Clinic, 26 de febrero de 2016



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1.
Sueño que soy Luis Alderete y tengo 19 años, sueño que soy José Aros y tengo 27 años, sueño que soy Federico Cabrera y tengo 24 años, sueño que soy Jovino Cárdenas y tengo 29 años, sueño que soy José Flores y tengo 19 años, sueño que soy Arnoldo González y tengo 34 años, sueño que soy David Montiel y tengo 34 años, sueño que soy José Santana y tengo 64 años, sueño que soy Wilibaldo Vargas y tengo 31 años, sueño que soy Róbinson Montiel y tengo 9 meses. Sueño que todos nosotros fuimos asesinados por Carabineros de Chile el 9 de marzo de 1969 en la Pampa Irigoin, en Puerto Montt.

2.
Sueño que soy Edmundo Pérez Zujovic y tengo el cuerpo tapizado en balas de metralla. Me reventaron a tiros el Mercedes y el rostro de mi hija, que me acompaña, es la antesala de un infierno perentorio en donde visualizo, por toda la eternidad, el futuro del país.

4.
Sueño que soy Vadim Budnik y nunca he realizado una promesa. Soy el hijo menor de una pareja joven de inmigrantes rusos llegados a Valparaíso en la década de 1940. Estudié en el colegio Saint George, desde donde me gradué a principios de los 70. Allí conocí el amor y la desventura. Allí conocí al Francisco, hijo de uno de los ministros de Frei, y junto a él apedreé al cantante Víctor Jara por cantar un tema en el que inculpaba a su papá de una matanza en el sur. Yo nunca he escuchado música y siempre he sido fiel a mis estudios. Pero debo confesar que lancé esas piedras por mi amigo, por las borracheras en la playa junto a las chicas más guapas de la década y por aquel grupo de hombres predestinados a subsanar el orgullo y destino de la patria. Mis antepasados fueron exiliados por el marxismo y no estaba dispuesto nuevamente a marcharme. Y quizás esto era lo que más nos unía con mi amigo: la abdicación de la historia nos obligaba a ser héroes. Yo asistía con abnegación a los servicios litúrgicos de la iglesia ortodoxa rusa desde mi infancia, pero la adolescencia y la preexistencia inmanente de la instauración marxista en la república me abocó junto a mi compañero Francisco, el Pancho, al uso del linchaco, al sabor de las calles y a la sangre proletaria en las manos. Por lo mismo abandoné un tiempo la liturgia lacerante de la ortodoxia, hecho observado críticamente por el Arcipreste Antipov, que me hizo jurarle antes de su muerte, estando él en conocimiento de ciertos affaires sodomitas en los que incurrí evidenciando mi falta de fe, como también de mi pronto ingreso a la carrera de arquitectura de la Universidad Católica (adonde más podría ir en Chile, si no era en el Moscú Imperial), fue que le prometí al Padre Antipov que me encargaría en el futuro de levantar la Parroquia de la Santísima Virgen de Kazán, le dije que el futuro de nuestra congregación dependía de esta edificación y que todas mis fuerzas profesionales irían en destino del templo.

Pero la ciudad y la furia me engulló en las labores conjuntas con los patriotas, desde un principio, en derrocar la patria popular. Y lo logramos con eficacia. Yo pronto me hice cargo de la sucursal de la American Screw Chile, enfocado en la fabricación de herramientas de sujeción (pernos, tuercas, etc.) para levantar nuevamente el país de entre las ruinas. Me enaltecí como uno de los íntimos dentro de la Junta Militar, tanto, que fue Ricardo Claro el que me aconsejó mantener contentos y satisfechos a los obreros ofreciéndoles asados y moderados licores en El Arrayán. Fueron ellos, la Junta, los que me empujaron a crear una nueva sucursal norteamericana en Chile, y gracias a sus ínfulas, a la fianza que me dieron, fue que levanté Pfizer Chile, donde pudimos crear una dinámica producción de antibióticos para consumo interno y de exportación. Para la gran cena de aniversario de la empresa viajaron directamente desde Norteamérica los emisarios de la Pfizer International y allí, entre las mesas engalanadas, en profusa alabanza a la carne y al vino chileno, conocí a Kate, mi maldición y ruina.

Yo, al igual que mi otrora compañero de escuela Pancho, logramos instalarnos en los negocios de abastecimiento y producción industrial del gobierno militar. Amasamos fortuna, desenfreno y quiebres. Todos, obviamente, contábamos con la protección y financiamiento suficiente para no caer en la clase media. Pero el agua y los cuerpos corren por debajo de los puentes. Si pudiera retroceder el agua de los ríos. No estoy muerto. Retrocedo. Luego que el papá del Pancho fuera asesinado en manos de extremistas de ultraizquierda, algo se trizó. A él, que había sido mi compañero de calle y de lucha, lo quebraron. Lo hicieron, y disculpen la palabra, pero pico. Lo dejamos de ver en las reuniones de curso, solía telefonearme por las noches, borracho, diciendo que este mundo valía callampa, que adónde había quedado nuestra juventud, que estos guachos culiaos de los comunistas nunca nos dejarían tranquilos.

Me fastidié. Por un tiempo dejé descolgado el teléfono durante la noche por el temor que yo sentía hacia su locura. Debiera hacerse ver, pensé. Yo por mi parte cumplí 50 años, hacía 5 que no veía al Pancho y tuve la maldita ocurrencia, por mera remembranza, de invitarlo a navegar en mi ferry por los fiordos del sur junto a mi tercera esposa, la joven estadounidense y químico-farmacéutica Kate Durand, que había conocido años antes en la cena de la Pfizer International y con la que mantuve una relación algo discreta antes de poder separarme del barril de cerveza que tenía como esposa. Los tres juntos recorrimos por un par de semanas los mares de Magallanes. A mí me pareció extraño que Francisco (allí dejó de ser Pancho para siempre) insistiera que visitáramos sus haciendas, que se solazara tanto con el hecho de volver a ser millonario en una transacción que consistía en comprar vertederos, recubrirlos con tierra y revenderlos al Estado (su hermano Edmundo era ministro del Interior) para construir ahí, bajo la tutela de la misma empresa de Francisco, una cantidad irresoluta de viviendas sociales en altura. ¡He vuelto a ser rico gracias a los pobres!, gritaba borracho en la cubierta de la embarcación, alzando copas de whisky con hielo de glaciares y hablándole a distancias irrisoriamente cercanas a los labios de mi mujer. Pero éramos amigos. Los amigos se respetan. Los compañeros de lucha se respetan.

Él podrá decir ahora que estuvimos los tres, junto a Kate, desnudos en la cama, como serpientes apareándose, navegando por los fiordos. Él podrá ahora desmentir que apedreamos juntos al imbécil de Víctor Jara en la escuela, que fui yo, Vadim Budnik, el que le prestó dinero e insumos de mi fábrica de prefabricados de cemento (mi última empresa antes de morir) para la construcción de las casas Copeva, esos departamentos de blocks en la Villa El Volcán, y que a causa de este fracaso me fui a una quiebra moral que me abocó al cáncer. Pero lo único que no podrá decir este hijo de puta, este conchesumadrísimo, es que jamás pudo evitar con gracia los golpes y charchazos que le propiné en el centro de sky La Parva, al verlo junto a Kate tomados de las manos y con relucientes bronceados de nieve, pelea que me llevó por primera vez a la cárcel y a pensar que de ahí en adelante, y por mi edad avanzada, sólo me quedaba contratar prostitutas y obreros con el síndrome de Kawasaki para construir el templo definitivo a nuestra santísima Virgen de Kazán, razón de mi exterminio.

5.
Sueño que soy Francisco Pérez Yoma y le ofrezco piscolas a todas las niñas que saco a bailar en el restorán La Tuna, pendejas chulas a las que les guste el pico y la plata, nunca me han gustado mucho las putas, con ellas todo es sencillo y predecible, aparte, como a uno lo ven con plata, todo se vuelve un teatro raso y sin sabor. Pero con estas cabras pobres es distinto. Esos sostenes y calzones de feria, estampados con monitos chinos tan ingenuos y de tanta gracia. Me gusta decirles, juguetón, directo y con piel, que vivo en Puente Alto, por el sector de Bajos de Mena, así, bailando y con roce, pero cuando las invito a fumar en mi Audi y me las paseo por Vitacura, quedan convertidas en minas inoperantes que se dejan atacar por cualquier lado. Están claras (porque hay que chantarles la moto desde un comienzo) que la aventura dura poco tiempo, que mientras se tomen las pastillas todo estará bien y no saldrá nadie herido. Son cosas del amor, tú sabes. Por lo mismo, entre mi grupo de amigos, pertenecientes a una generación noble e intachable, nos repartimos como cartas de brisca a estas pobres cabras que les gusta pasarla bien, tomarse sus buenos copetes, piscina, casa en la playa, nieve, líneas de merca desde el ombligo hasta el comienzo de la humedad, si hasta hongos una vez nos mandamos. Si se ponen jugosas o amenazantes, no tienen por dónde agarrarnos. Las más tiernas terminan de nanas para entrenar a nuestros hijos a controlar la eyaculación precoz y darle ese sabor casero a las cazuelas.


 



 

 

 

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Publicado en The Clinic, 26 de febrero de 2016