Cortazar relata una anécdota que nos revela la profundidad inesperada de lo aparentemente ligero. Los cronopios no eran un manifiesto político, pero se convirtieron en refugio, en oxígeno para quienes luchaban por la libertad en los duros años 60.
Hoy más de sesenta años después, esta anécdota resuena con fuerza en un continente otra vez amenazado y pisoteado por la intervención externa que se salta todas las reglas internacionales, particularmente las descaradas políticas trumpistas que, bajo el pretexto poco creíble de "salvar" a Venezuela, buscan en realidad imponer un control desmedido, desestabilizando gobiernos y sofocando soberanías en lo que siguen considerando su eterno "patio trasero". Porque no se trata de rescatar a un pueblo, sino de satisfacer su insaciable voracidad petrolera o por cualquier otro recurso que Estados Unidos siga viendo como propio por "derecho histórico".
En tiempos donde la resistencia vuelve a ser imprescindible, los cronopios nos recuerdan que la lucha también necesita de lo lúdico, de lo poético, de la alegría que humaniza y renueva fuerzas. Porque incluso en la oscuridad y el desamparo, una página mordida por un perro puede ser suficiente para seguir adelante.
Cortázar en Berkeley no solo enseñó literatura; enseñó que la verdadera provocación no está en la denuncia directa, sino en la capacidad de lo aparentemente inútil para acompañar, sostener y, a veces, salvar a quienes más lo necesitan.
Alumno:¿Esos estereotipos tienen alguna vinculación con lo que usted llama su etapa histórica, o están totalmente divorciados? Cortázar: No, porque para estar divorciado hay que estar casado antes... y no estaban ni siquiera comprometidos. Como les conté, los cronopios empezaron en un teatro de París al poco tiempo de llegar yo a Francia — habrá sido en el año 52— y casi todos los cuentos los escribí cuando estaba trabajando al año siguiente en Italia.
Alumno:¿Qué función tienen estas historias para la gente de América Latina en estos momentos, es decir qué validez, que importancia puede tener leer esas historias para una gente que está en Nicaragua, ahorita, reconstruyendo un país? De ahí venía la pregunta. Cortázar: Esas historias fueron escritas sin la menor intención de que tuvieran un sentido histórico, como acabo de mostrar. Lo que sucede es que las obras literarias cumplen a veces destinos muy extraños, azares muy extraños que escapan completamente a su autor. Por ejemplo — y para contestar directamente su pregunta— es obvio que para alguien que está enfrentando procesos políticos e históricos dramáticos y en general trágicos en América Latina estas historias de cronopios no tienen ningún sentido, no le pueden interesar. Pero ahí entran el azar y lo lúdico porque la gente que lucha y enfrenta muchas veces la muerte, en los momentos de descanso, de reposo, busca lo lúdico porque lo necesita y con mucha frecuencia lee textos y escucha músicas que nada tienen que ver con su trabajo inmediato. El Che Guevara llevaba en el bolsillo de su chaqueta los cuentos de Jack London que no son precisamente cuentos militantes, son aventuras en Alaska, en la selva, historias de gentes que luchan contra la muerte, contra los animales y contra las fieras. Los llevaba como podría llevar también un libro de poemas como compensación en los momentos en que su trabajo personal aflojaba. Me alegro mucho de su pregunta porque es algo que nunca les hubiera dicho si usted no me hubiera provocado y eso es lo bueno porque a mí me gusta que me provoquen como yo trato de provocarlos también a ustedes.
Estando en Cuba una noche me vino a buscar un amigo de toda confianza diciéndome: “Hay un grupo de personas que quieren hablar contigo”. Digo: “Bueno”. Como yo sospechaba que ese grupo de personas estaba de paso —esto sucedía muy al comienzo de la Revolución cubana, en el 64 o 65— pensé que no eran cubanos, que eran gente que estaba de paso allí y que no podían dar sus nombres. “Qué bueno, si quieren hablar conmigo, llévenme”. Este amigo me llevó a una casa y me dijo: "Mira por razones que comprenderás, vas a encontrar a esta gente en la oscuridad”. Dije: “Claro, lo comprendo perfectamente bien. Si ellos me quieren ver, no me van a ver físicamente pero me van a oír y yo los voy a oír a ellos”. Entramos, después de atravesar una serie de pasillos, a una habitación totalmente a oscuras. Por las voces alcancé a calcular que ahí había cinco muchachos y dos muchachas, todos ellos muy jóvenes, con acentos de un país que no voy a nombrar pero latinoamericanos, por supuesto. Esos muchachos me dijeron: “Mira, te queríamos ver y hablar un momento contigo para decirte que en los intervalos de algo que estamos haciendo (que yo me podía imaginar por el secreto que había en esa entrevista) nos encanta leer tus historias de cronopios. Siempre hay alguno de nosotros que las tiene en el bolsillo”. Además, una de las chicas me dijo en un momento dado: “El libro se nos perdió y después lo encontramos medio mordido por un perro; quedan solamente quince páginas y cada uno tiene una página en el bolsillo”. No sé si le contesto a su pregunta pero me da gusto relatar esa anécdota.
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