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Neocolumnismo estítico

Por Jaime Collyer

La Tercera Cultura, sábado 27 de enero de 2007



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No parece que la respuesta de los lectores a las novedades habidas en la narrativa local durante el último  año sea, hasta aquí, muy contundente. Zambra desapareció rápidamente del primer plano con su Bonsái. Bisama fue aplaudido por los pusilánimes de rigor y apaleado por otros que escriben con seudónimo. Estos cabros tan "aniñados", que hace apenas unos meses se iban a deglutir la escena editorial, han aprendido a golpes de indiferencia -como nos ha ocurrido a casi todos en el eriazo remoto y presuntuoso- que la cosa no es tan fácil.

La movida en su totalidad ha sido, se diría, un mero arrebato, de momento. Incluido el no Premio Nacional para Germán Marín. Sugiero a su entorno un objetivo más ambicioso para la próxima: el Nobel de Literatura o en su defecto el Cervantes, pero el propio Marín deberá evidenciarse un poco más en sus ambiciones, no vale esto de jugar al Don Corleone -la imagen era sugerida hace unos días en este suplemento- entre bastidores y mandar a pelear a los "nenes", hay que echarle cojones al asunto, aunque no sé si a estas alturas le queden energías, cojones puede que sí. Poco se obtiene con jugar al gran iconoclasta al margen y luego aparecer dando entrevistas de lo más conciliadoras, incluyendo algún trallazo al bulto, guardándose sus mejores armas.

Un dato adicional que cabe señalar a los "nenes", ahora en escena, es que una generación literaria en ciernes no se fabrica a partir del propio voluntarismo o el narcisismo solapado. Es la diferencia de esta desfalleciente hornada "emergente" con la muy denostada Nueva Narrativa: que esta última, por denostada que fuese, dígase lo que se diga a estas alturas, tenía una obra sustancial que exhibir y mostrar, a lo que el público lector y los editores reaccionaron, y aún reaccionan, con presteza. Una segunda lección a extraer es que no vale de mucho refugiarse, antes de haber publicado nada, en esa tribuna siempre tan caprichosa que es la critica literaria o el periodismo de opinión.

El columnismo de opinión, ya sea que ejerza o no el reseñismo literario, es un género bastante menor, tan pretencioso como insustancial. Lo sé, porque he sido un verborreico cultor del mismo durante años. Hoy el procedimiento se ha transformado en un pasaporte a la gloria literaria en su variante ensayística o de ficción, como si emitir una opinión en el diario lo hiciera a uno un émulo espontáneo de Platón o Hemingway. Buena muestra de ello son los textos seleccionados por la crítica como los mejores a fines de 2005. Casi nadie dejó de mencionar a Carla Cordua o Roberto Merino por las recopilaciones que cada uno hizo, en formato libro, de sus opiniones vertidas por escrito en años precedentes. Y nadie se arrugó ni un mínimo al proclamar a la primera como una variante criolla de un Heidegger o el compendio del segundo como una "novela disfrazada de crónica". Dicho sea de paso, esta asimilación de la columna de opinión a una "crónica" no es nueva y ya fue utilizada en el caso de Joaquín Edwards Bello. Como que ser un "cronista" y no un mero columnista de opinión otorga un mayor pedigrí intelectual, le sube el pelo a lo que es un arrebato apresurado en el computador a altas horas de la noche, para cumplir a tiempo con la entrega del día siguiente. Ninguno de esos asiduos practicantes del columnismo había hecho, hasta hace poco, nada muy relevante en otros géneros, salvo la difusión de algún poemario escueto en años pretéritos, lo que no es una hazaña demasiado exclusiva en estas latitudes. Cabe inferir, pues, que lo que les acomodaba era la concisión, la brevedad a ultranza, esta práctica de reducir su pensamiento a unas pocas parrafadas esenciales.

El problema es la duda que ello deja en el aire. Uno sospecha cierta ineptitud transitoria de abordar los géneros mayores, una incapacidad de alargarse, más que un amor a la concisión: cierta propensión estítico-retentiva, digamos, cierta inhabilidad para multiplicar sus ideas en el largo aliento, algo que podríamos rotular como "neo-columnismo estítico". No es de extrañar, pues, que varios de esos columnistas hayan desarrollado antes la crítica literaria, aprovechando, desde ese sitial, de destrozar a algunos narradores vigentes hasta entonces, a quienes se encargaron de silenciar y mandar para la casa antes de irrumpir, ellos, con sus libritos de columnas compendiadas.

Se dirá, como suele ocurrir en estos casos, que respiro por alguna herida subrepticia, pero no es así: todos mis libros del último tiempo recibieron de esos reseñistas la mejor opinión, no tengo de qué quejarme. A lo más se me podría acusar de ingratitud. No les tengo, pues, ninguna inquina solapada, más bien al contrario. Lo que me preocupa ahora no atañe a la esfera personal y es cierta distorsión del medio editorial suscitada a partir de esos esfuerzos aislados -por lo demás comprensibles- de nuestros ex-columnistas por arrogarse un título de ensayistas o ficcionadores que les queda ciertamente grande, demasiado ancho para sus aportes hasta ahora escasos.



 

 


 

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