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Memoria y despedida de José Donoso

Por Blas Matamoro

Publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, N°560, febrero de 1997



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La muerte ha querido que el último libro de José Donoso (1924-1996) editado en España, sea el de sus memorias (Conjeturas sobre la memoria de mi tribu, Alfaguara, Madrid, 1996, 349 páginas). Quedan por conocerse en el mercado español Nueve novelas breves y El Mocho, aparte de unos diarios cuya posibilidad de exhumación desconozco. En todo caso, la más honda exploración que Donoso hizo de sí mismo (del insondable sí mismo, tan difícil de acotar) se cumplió en los umbrales de la muerte. El examen de la vida casi al final de la vida misma.

Declaro que prefiero a Donoso como cronista y memorialista frente al Donoso narrador de ficción. Memoria personal del boom y el libro antes mencionado recuperan una tradición fuerte de la literatura chilena, la de los memoriosos redactores de historias personales, familiares, patrias, del siglo XIX, con Vicente Pérez Rosales a la cabeza.

En Conjeturas... está todo el universo donosiano: los límites de su espacio, sus raíces, la razón de ser de su vocación, las fascinaciones obsesivas que fueron construyendo esa mitología personal que es toda literatura. Y, ante todo, el autorretrato del escritor como situado en ese «lugar sin límites» que, citando al barroco inglés, Donoso, en su relato homónimo, señala como el infierno de la historia humana.

El escritor, en la personificación de Donoso, es hijo del deseo materno: la madre, en efecto, una excluida que se encierra en el círculo de familia y se permite escapadas aventureras (memorable es la referida a sus relaciones con un negro en Barcelona), es la que desea tener un hijo en el cual se reencarnen los antepasados como escritura, un hijo escritor capaz de inventar el pasado. Sólo quien experimente eso que Donoso define como fisura social, puede hacerlo: el desclasado, el socialmente inclasificable, el traidor a su clase, el bastardo, lo que un esnob de aquéllos denominaría raté.

En efecto, la peripecia donosiana es un perpetuo desclasamiento que desemboca en el único lugar propio: la escritura. Para evitar convertirse en un «facsímil» del mundo que lo rodea, se traslada a otro lugar social, el de trabajador. Pastor en el sur de Chile, camarero en Buenos Aires, nunca termina de enclasarse, pues los proletarios, que lo ven leer a Proust rodeado de ovejas, por ejemplo, no lo reconocen como a uno de los suyos.

¿Qué desea la madre? Más que el ejercicio de una memoria personal, la constitución de una memoria de la tribu. Donoso se ve como uno de esos fotógrafos del siglo XIX, con sus cuidadísimas composiciones de estudio, sus marcos tallados, sus firmas en letras de oro. Han sustraído a la muerte el minucioso fantasma de un retrato, pero han olvidado nombrarlo. El escritor, por medio de la ficción, da nombre, al darles historia, a esos rostros de nadie. Reinventar la propia historia es hacerla. Y vivir es sobrevivir, que es escribir. Cuando la memoria ha dictado su última palabra, llega la muerte, que es lo ocurrido, con patética certeza, en la parábola biográfica de José Donoso.

La familia paterna es, por redundancia, patricia y venida a menos, como si el padre, un médico epidemiólogo (tal el doctor Adrien Proust, ejemplo al caso, por la constante referencia proustiana de Donoso) hubiese dejado el ejercicio del deseo en manos de la madre. Y Proust, de nuevo, ese Proust que, como Donoso, se vio a sí mismo como un niño viejo y un viejo aniñado, obsesivo en la consulta de los ancianos, un pelele enfermizo y un ser incompleto.

La ruina ronda a los Donoso y se convierte en una moral. El cambio de casa, el encierro («...soy un hombre de casas —tal vez también de ciudades— rara vez un hombre de paisaje y de campo...»), la constante situación limítrofe, el pedido de ayuda familiar, colocan al futuro escritor, aunque criado en colegios ingleses e imbuido de identidad infantil británica, siempre en el confín de su clase. Ello, con la peculiaridad de que los patricios chilenos no conforman una oligarquía, sino que se mezclan con gentes pobres y modestas, todos descendientes de los mismos fundadores españoles, todos nombrados por los mismos apellidos iniciales.

Dos rasgos primordiales organizan el mundo de los Donoso: permanecer en la decadencia y evadirse en la extravagancia. La tía Mina y Álvaro Yáñez (Pilo para la familia, Juan Emar como pseudónimo literario), que escapan al París de los años locos y el surrealismo, son los extravagantes supremos. El resto, las tías agónicas, los abuelos tiránicos que apalean a los negros como esclavos, las monjas de clausura, los suicidas, los maniáticos recluidos en sus ruinosas mansiones, conforman la complacencia gótica y melodramática de los personajes donosianos que han invadido su propia autobiografía.

Donoso, aparte del decreto materno que lo impulsa a la crónica bautismal de la tribu, tiene otro gran paradigma: la criada favorita, una analfabeta que le cuenta argumentos de ópera. Esas dos mociones femeninas lo ponen en su lugar, la dorada marginalidad del escritor. Analfabeta o simplemente ágrafa, la mujer está escindida de la escritura. El cronista ha de ser un varón, aunque narre las peripecias de una irremediable decadencia, protagonizadas por mujeres y casas y claustros conventuales: figuras y espacios femeninos. El cronista es la persona simétrica y opuesta al otro Gran Marginado del clan, el chivo expiatorio. En lugar de pagar las culpas de la tribu, hará su inventario.

«Todo destino conlleva como corolario una nostalgia por lo que no pudo ser», dice Donoso en sus memorias. La escritura resulta, por fin, el diseño de ese no-poder-ser, el objeto del deseo, que construye, ahuecando el mundo, un destino, una historia. El punto final, el silencio final, lo pone, como siempre, la gran correctora de pruebas, la muerte.


 



 

 

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