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José Donoso, en el retorno

Por Blanca Berasategui
Publicado en ABC, Madrid. 5 de septiembre de 1981


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Tiene José Donoso, quizá por su barba recortada y encanecida, como bañada por arroyuelos de plata; su alta corpulencia, casi majestuosa; sus andares y ademanes lentos y esa indumentaria habitual suya, entre austera y desaliñada, un corte de sabio distraído y disidente y un algo mesiánico, de gran profeta, en su mirada penetrante y en el ir y venir de su voz y de sus gestos. Tiene también José Donoso una cabeza válida, posiblemente, para doblar en el cine la figura de Trotsky. Un físico, en fin, notable, una expresión serena y una palabra lenta y persuasiva, tejida muchas veces con giros y expresiones anglosajonas y bañadas siempre por la cadencia de las gentes de sus Andes, perdidos tantos años y ahora hallados en el templo de su vida y su literatura. Después de veinte años de distancias y añoranzas, el. escritor ha vuelto a Chile, su país, fundamentalmente para retomar raíces, para enchufarse en la vida chilena, porque —dice— eran muchos años para no tener una entidad nacional y una vida estable y sosegada. Y ha vuelto también —literariamente— a sus orígenes. A los orígenes realistas de los que partió su escritura antes de emprender el vuelo, cual inquieto pájaro de la noche, hacia otros mundos fantásticos, lugares sin límite con sus casas de campo y sus marquesitas. Ahora, José Donoso se ha posado en el jardín de al lado; un jardín-novela bastante preciso y patético por cierto, creado en su casita de Calaceite que aún conserva, momentos antes de volver definitivamente a Chile. Una coincidencia esta, la de su doble retorno: a su país y a la literatura realista, que no parece tal. De todos modos sospecho que el escritor no va a parar allí mucho tiempo, en los parajes realistas, me refiero, y que muy pronto volará de nuevo hacia lugares remotos y desconocidos. Porque casi todo menos dejarse caer en el encasillamiento literario, del que tanto huye. Es la única manera —repite convencido— de mantenerme vivo y joven, con la atención siempre alerta. Alerta está siempre la atención de la crítica de aquí y de allá ante un nuevo libro de José Donoso, ese escritor cosmopolita y curioso, plástico y mitómano, un tanto escorado del dudoso boom autor de una espléndida decena de itinerarios fantásticos y vitalistas.

El caso es que hace diez meses que se fue Donoso a su país un si-es-no-es arrepentido por haberse perdido la sísmica política de Chile durante estos cuatro lustros y desde entonces ha cruzado ya cuatro veces los océanos. Ahora; dentro de unos días, retornará de nuevo con nosotros para asistir como Jurado al Festival de Cine de San Sebastián. Antes fueron otros pretextos los que le hicieron salir: que sí un simposio sobre su obra en una Universidad de Carolina del Sur, que si una serie de conferencias en otro centro de Atlanta, luego a Nueva York para corregir la versión inglesa de Casa de Campo de aquí a París, otra vez Madrid, Barcelona, Calaceite...

—Me fui, efectivamente, persiguiendo una vida más estable, y de estabilidad nada. Pero es que, en realidad, llegué en Navidad a Santiago y esos días, ya se sabe, anda todo el mundo de cabeza. Después vinieron dos meses de verano en la costa, que tampoco es una vida que podamos decir normal. Así que hasta mi salida para Estados Unidos y Europa sólo transcurrieron dos meses, que es poco tiempo; creo yo, para conectar con la vida chilena y saber algo de mí en Chile. Y de mi familia. Y de un hogar fijo. Porque llevo sobre mí veinticinco años casado y veintiún casas diferentes habitadas. Y ya no soy tan joven como para andar por ahí, dando vueltas sin rumbo fijo...

Pone el gesto cansado Donoso cuando se refiere a este ajetreo llevado durante tantos años y parece que le salen las palabras con desgana, con cierta apatía, en todo caso con trabajo. El escritor ha repetido muchas veces que estuvo demasiado lejos, geográficamente, cuando la sacudida de Freí, la revolución de Allende, el episodio del golpe y la dictadura de Pinochet e insiste ahora en su sensación de haber olvidado escribir en chileno. El hablar, desde luego, no lo ha olvidado: combina todavía el tú, el vos y el ustedes con demasiada frecuencia y le trasciende constantemente el poso intelectual de la cultura francesa y anglosajona en la que se empapan desde niños los sudamericanos más o menos burgueses, «y todos, o casi todos, los escritores latinoamericanos procedemos de familias burguesas». Donoso se educó en Estados Unidos y, por tanto, tiene una fuerte ligazón con aquel país. Allí se tradujo su primer libro y, aunque ahora ya están traducidos a diecinueve idiomas, allí acude continuamente para enseñar en sus Universidades, recibir alguna que otra beca o, simplemente, empaparse la retina en inmersión más o menos prolongada de otras realidades que las suyas. Pero también mira mucho a Europa. José Donoso se siente auténtico cosmopolita.

—¿Que si es necesario mirar tanto afuera? Quizá no sea necesario, pero sí es preferible. Sobre todo cuándo se vive y se es de un país tan remoto cultural y geográficamente como el mío. Entonces no hay más remedio que salir fuera para ver pintura; cine, literatura, teatro... Cosas, en fin, que no hay mucho por allá. Además, la presencia del escritor en los distintos países en los que se editan sus libros ayuda mucho a su lanzamiento. Y, al fin y al cabo, uno siempre escribe para que se le lea. Así que a París fui con motivo de la edición de «La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria» y aquí estoy por «El jardín de al lado».

Aun gustando mayoritariamente a la crítica este último libro de José Donoso, la verdad es que no ha cosechado juicios tan unánimemente favorables como con «Casa de Campo», por ejemplo, por el que le otorgaron el Premio de la Crítica de hace tres años. Es esta una novela diferente, menos experimental que las anteriores y formalmente más sencilla, que viene a enlazar, como ya he dicho, con la primera de sus novelas, «Coronación», escrita todavía desde su país natal. Parece, pues, como si el escritor acabara de cerrar un círculo comenzado hace casi un cuarto de siglo.

—«El jardín de al lado» tiene, efectivamente —dice— muy poco que ver con mis obras anteriores, pero mucho, en cambio, con la idea del «bandazo» literario que yo tengo. Espero siempre escribir novelas que sean siempre una la contradicción de la otra; novelas que abarquen todos los mundos, fantásticas, psicológicas, político-sociales, mitológicas, novelas de trascendencia, de lo desconocido, de toda la parte oscura que existe en el ser humano. Esta última tiene un carácter más psicológico que las anteriores y retrata a una pareja, pasada la cincuentena, de exilados políticos chilenos, que vive un momento muy difícil de fracaso matrimonial frente a ese otro caos de fracaso de un proyecto político. No es una novela más biográfica que las otras, como he oído decir, porque yo ni soy político ni soy fracasado. Pero conozco a esa gente, la comprendo, y siento el problema con mucha fuerza. He observado que los lectores se han identificado más con esta novela que con las otras, que se ha reconocido más fácilmente, y, respecto a la crítica, no creo que haya tenido peor acogida que «Casa de Campo»; al contrario.

—Debe tener alguna relación su salida de Chile y de la literatura realista y su retorno a la realidad y a su país, ¿no?
—Puede que tenga algo que ver, pero no lo sé exactamente. Es curioso que cuando salió mi novela «Coronación», una novela muy realista, fue allí, en mi país, muy bien aceptada y sólo la última parte del libro, que ya se despegaba de la realidad, fue rechazada por la crítica. Entonces salí de Chile y cogí rumbo también hacia otros derroteros literarios. Hasta ahora. Pero, de momento, he de quedarme en Chile; una tarea nada fácil, porque sé que pasaré tiempos duros, y, sin embargo, no pienso quedarme en la realidad. Volveré a volar aunque todavía no sepa adonde.

Comenta José Donoso, reiterativamente, mientras se seca los húmedos surcos de la frente, mientras mira, incisivo, desde las alturas de sus gafas, mientras revuelve parsimoniosamente su café, su temor y su evidencia de que, pese a todos sus intentos de cambio, siempre, por debajo, hay estructuras incambiables, Y que, en este sentido, sí, tienen razón los cincuenta profesores que se congregaron en Carolina del Sur en torno a su obra y que afirmaron rotundos esa realidad, no por tópica menos cierta, de que el escritor siempre está escribiendo el mismo libro. «Pero lo que también es cierto —señala— es que cada novela mía ha pasado una aventura diferente, que cada una cuenta con una biografía distinta. La última la escribí absolutamente arrebatado y en sólo tres meses, cosa que a mí mismo me cuesta creer. "El obsceno pájaro de la noche", sin embargo, me entretuvo ocho años de mi vida, y "Casa de Campo", cuatro, mientras "La marquesita" la escribí en un mes. Y es evidente que, con cada una, el escritor se mira desde un ángulo distinto del espejo, en cada una hay siempre un aspecto de uno mismo. El escritor es su propia limitación, podríamos decir, para reflejar todo esto.»

No parece José Donoso pertenecer al tipo de escritor, de hombre, arrebatado por las dudas, las inseguridades o los desconciertos. Tiene traza de hombre de temple, seguro de lo que se trae entre manos, aunque depresivo: «mas o menos». Y de hombre reservado y de pocas palabras, aunque tampoco rehúya en ningún momento la charla. Escritor al que hay que acercarse —como a casi todos— conociendo su obra, «habiéndola visto», dice él, porque «yo soy un escritor de ver, hago una literatura muy plástica, para lo cual he tenido incluso que estudiar pintura y, desde luego, haber leído numerosos análisis sobre pintura».

—Quizá por eso sean sus novelas fácilmente transportables al cine...
—Sí, se han hecho guiones de casi todas mis novelas, pero de algunas no me he quedado satisfecho. Ahora está en proyecto llevar a la pantalla «Tres novelitas burguesas» y un grupo de jóvenes directores neoyorquinos tiene entre manos a «El obsceno pájaro de la noche». Por eso, porque mis novelas son muy plásticas.

Y escritor de confesadas y enormes influencias literarias: «Sobre todo de los norteamericanos, de James, Joyce, Faulkner; también, claro, Proust y Virginia Wolf. Últimamente también estoy notando a Beckett. En realidad ellos son los fabricantes de la novela contemporánea. Y nosotros, los americanos, los leímos muy pronto, posiblemente antes que ustedes, que estaban demasiado ocupados con guerras y demás. Recuerdo que a Virginia Wolf la leí en el año cuarenta, porque ya digo que nosotros, los escritores latinoamericanos, que en general somos burgueses, aprendimos muy pronto el francés y el inglés y leímos a todos estos escritores en su idioma. Yo ahora soy completamente bilingüe».

—¿Se siente también próximo a los escritores latinoamericanos de su generación?
—Muy vinculado. Vinculadísimo. A Carlos Fuentes, sobre todo. Y también a García Márquez, que veo que nos hemos influido mutuamente, y a Vargas Llosa. Porque, por muy cosmopolita que uno sea, y yo creo que lo soy, nunca se escribe en un vacío cultural. Siempre hay interdependencia, que, además, es necesaria. En definitiva, estas cosas suceden a pesar de uno mismo.

De todo modos, José Donoso ha dejado echada el ancla de su casa de Calaceite en España y mantiene en vigor el contrato con la editorial española que lanza sus libros en español por todo el mundo. Así que a nuestro país, «en el que fui feliz trece años», seguirá viniendo siempre. «A partir de ahora —dice— podré escribir con mayor libertad y perspectiva cosas de España. Y, por supuesto, seguiré atento a su literatura.

—¿Qué escritores españoles le merecen mayor respeto?
—En general conozco bastante bien toda la literatura española contemporánea. Me gustan muchos autores; el que más, Luis Goytisolo. Pero ustedes tienen una ligazón excesivamente fuerte con la tradición. Y eso no es bueno para la literatura, porque la tradición puede convertirse fácilmente en prisión. Recuerdo ahora que Eliot decía que la única forma de mantener la tradición era romper constantemente con ella. Y ustedes han roto poco, aunque cada vez lo estén haciendo más. Bueno, pues me gustaron también las primeras novelas de Bonet y también las de Juan García Hortelano.

Cito algún otro nombre, ya clásico de nuestra literatura actual, y José Donoso responde con una sonrisa. Está claro que con los nombres mencionados le basta, y dice después que prácticamente transcurren sus días leyendo, releyendo más bien, a sus escritores de siempre, «que son una parte importantísima de mi vida», junto a su mujer, su hija de trece años, su perro, su gato, sus plantas y su música. El cine es también una de sus pasiones. Pero todo esto da la impresión de quedar ahora relegado, palidecido al menos, ante el apasionado empeño de crecer en su nuevo jardín chileno y beber de la savia de sus plantas y sus gentes.

 

 

Juicio crítico

José Donoso escribe no tanto para buscar una palabra o una forma, sino para ser y aparecer él mismo en el contexto de la sociedad. Y esto, que es algo irreversible para todo escritor auténtico, para el gran escritor chileno es un quehacer abismante, una búsqueda existencial sin fisuras. Incorporado tardíamente al «boom» de la novela hispanoamericana, hoy Donoso propicia un claro relanzamiento de aquella venturosa realidad narrativa. Círculo concéntrico de sí mismo, cada libro suyo supone una profundización en los estratos más ocultos de la realidad sociológica y personal; pero también y sobre todo, de la realidad onírica y existencial del hombre.

En José Donoso existe una confluencia —precisamente expresada en una tensión y en una pugna personalísimas— de contrarios: ámbitos abiertos-ámbitos cerrados; sinceridad-hipocresía; individuo-familia; alta burguesía-mundo del proletariado; moral aceptada y burguesa-irracionalismo ético e «inmoral». Elementos intelectuales que propician la fragmentación de un mundo que no encuentra su homologación en las leyes convencionales, en el orden de la vida, que Donoso se ve obligado a reflejar, en un juego terrible, en los espejos deformantes por esperpentismo o pura alegoría de su técnica expositiva.

El novelista va recogiendo los cristales rotos, los fragmentos del espejo para recomponerlos en una nueva y casi delirante ordenación. Y así, a la vez que desintegra social e íntimamente a sus personajes y la ruina de un sistema de valores, alza, por una ley de sustitución, un cosmos que se atiene no a las leyes convencionales, sino a un enfoque poderoso. Donoso está en posesión de un válido mundo de ideas. En el novelista chileno hay algo más que una narrativa creadora de sí misma, subsumida en su propio oficio. Aquejado de un fuerte nihilismo, perdida toda su confianza en la sociedad, el novelista se refugia en el más radical de los desencantos.

El equipaje narrativo de Donoso es, hasta el momento, un ejemplo claro del absurdo metafísico, pero también uno de los más bellos ejercicios narrativos. Su visión del mundo no cambia en exceso en sus libros, pero sí sus recursos expresivos... que van, del naturalismo de ascendencia galdosiana de «Coronación» al bipolarismo más lineal de «El jardín de al lado». Con las anotaciones diversificadas del contrapunto huxleyano de «Este domingo», el esperpentismo de «El obsceno pájaro de la noche» y, sobre todo, el travestismo fantástico de «Casa de campo».

Técnicas, en suma, que conforman la gran baza innovadora de José Donoso. Y de su papel de cronista del fracaso: la decadencia de esa familia de clase alta, los Abalos, sin fusión posible con la clase proletaria de «Coronación»; la imposibilidad de integración en «Este domingo» de las clases sociales a las que pertenecen los señores, los criados y el «lumpen»; la vida sin salida de los personajes de «El lugar sin límites», en los que la parodia no oculta un patético e insalvable círculo dantesco; la falsedad del sueño de salvación de las asiladas en «El obsceno pájaro de la noche»; el cruel universo infantil que alegoriza el mundo de una Marulanda sin posible redención político-social, en «Casa de campo»; y, finalmente, esa imposibilidad de asumir el pasado de «El jardín de al lado» que convierte al protagonista en un hombre autodestruido.

José Donoso es, no obstante, un poeta de la decrepitud, un lírico de la decadencia. Pero en su proceso de intensificación estética, si nunca faltan los gramos de locura creadora mucho menos el último rigor de una mente crítica y lúcida. —F. M. R.



 

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