Escribir una crónica en estos días es asunto serio.
Don Alonso de Ercilla y Zúñiga puso el agua del bautismo al recién nacido Chile con este verso: la pluma entregaré al furor de Marte.
Ercilla empezó así:
No las damas, no amor, no gentilezas
de caballeros canto enamorados,
ni las muestras regalos ni ternezas
de amorosos afectos ni cuidados...
El chileno es hijo del rigor, decía mi padre. Pero hay en nuestra vida increíbles contradicciones. Del rigor pasamos a la delectación del vivir jocundo. Somos el pueblo que ríe más y que remuele con más bríos en la América de habla castellana o portuguesa. Nos reímos de nosotros mismos. No nos concedemos importancia. Nos burlamos de todo. Nos regalamos panzadas, cuando podemos.
El 21 de mayo, encarando la muerte, Condell tomó un trago, y dijo:
—All right.
Esta mezcla de burla y de tragedia es muy chilena. Ayer me saludaban en la calle:
—¿Cómo te ha ido con los temblores?
Aquí tembló poco. Ya temblará de veras. Se movieron las lámparas, que veo desde la mesa en que escribo, y de entre una porción de casualidades voy a contar ésta: Hay un retrato grande de Gabriela Mistral, colgado cerca de mi cabeza. Herido por la eterna duda, la noche anterior grité al retrato:
—¡Gabriela! Si hay otra vida después de ésta, dame una señal. ¡Que se muevan estas lámparas!
Las lámparas se han estado balanceando largo rato. Y conste que soy escéptico. Dudo a cada instante. La naturaleza, me digo, no es católica, ni monoteísta. La naturaleza es pagana. El terremoto y maremoto no es obra de la mano de Dios, sino de la garra del Diablo. La naturaleza es politeísta, o indiferente. Esto último es mucho peor. Es la Nada. Es nihil. Catástrofe sin credo destruye indiferentemente iglesias y lupanares. La mente católica hubiera ubicado la catástrofe en Rusia, ¿Por qué en este paisito sencillo y pobre?
Yo no puedo llorar con lágrimas, pero mi voz llora cuando hablo, en ciertas ocasiones. Si leo en alta voz el suplicio de Jesús, el sacrificio de la Esmeralda, o ciertas descripciones de esta catástrofe, mi voz se pone ronca, con tolondrones histéricos inevitables. Me avergüenzo.
Nunca dejaremos de contar chistes, aunque se caiga la casa. Ayer, en una librería, contaban el chiste de Chessman.
El ajusticiado llega a la puerta del cielo y pide a San Pedro:
—Deme bicarbonato.
—¿Para qué?
—Estoy lleno de gases.
El terremoto —ya lo he dicho— es un factor de unión americana práctica. La estatua de la Ciudad de Buenos Aires, derribada por los patrioteros en 1902, fue cubierta de flores después del terremoto de 1906. El terremoto repite: "Todo nos une y nada nos separa".
El terremoto detiene un momento la siutiquería. He visto a cierta dama muy pretenciosa, en ropas menores, después de un remezón. Llamó a la criada y le dijo al oído:
—Vaya a buscarme los dientes, mijita. Se me quedaron en el velador.
Apenas podía decir dientes. Las palabras se deshacían en sus encías peladas.
El chileno aprende a vivir peligrosa y cautelosamente en su abismo, dijo el escritor brasileño Assis Chateaubriand. "El destino es duro con el chileno. La tierra inquieta le roba la paz del espíritu para suspenderle en la cuerda suelta de una vida de acróbata. Chile, este nombre, por sí mismo, es equivalente de inseguridad y de incertidumbre".
Último rincón del mundo, dernier recoin du monde, han llamado a nuestro pais. Acabamiento de Tierras. Finis Mundi. Loca Geografía.
En interesante obra, reciente el señor D. Mario Duarte, representante de Portugal, dijo: "Mayor fue mi espanto al verificar cómo Eza de Queiroz es leído en este calcañar del mundo que es Chile".
En el mapamundi y en la estadística del Instituto Sismológico nuestra posición es aterradora. Entre volcanes y el mar más ancho y profundo de la tierra. "La frecuencia sísmica anual para Chile es de dos mil temblores".
A cada rato oímos decir: ¿Sintió el temblor? Nuestra vida llena está de temblores. En el tiempo antiguo las casonas con patios tenían parrones o kioscos para temblores. Los edificios "asísmicos" se caen. El puente del Bío-Bío estaba mal construido. Los contratos para hacer túneles y puentes suelen estar viciados. ¡Cuidado con el reparto de los auxilios a los damnificados! ¿Por qué no mandan aguas minerales, velas, martillos y clavos? Me preguntaba así el doctor don Juan Garafulic.
Todos llevamos el dolor escondido adentro. Hay un verso de Camilo Henríquez:
Se dice que si se incendia
o se inunda el universo
el chileno es siempre el mismo,
siempre inmutable y sereno...
Caupolicán murió callado. "Sin que labio ni ceja retorciese..
No siempre estoy de acuerdo con esto.
Nuestro gran Presidente tiene ahora el rostro de Chile. Ha debido sufrir en su jira al terreno del suplicio. Se ve el dolor en su cara.
Sería conveniente iniciar las funciones teatrales y las difusiones de noticias radiales con la Canción Nacional. Es electrizante. Cuando yo era niño hubo un momento de trágica incertidumbre en un teatro. El direсtor de orquesta ordenó tocar la Canción Nacional. Momento tremendo, inolvidable, deslumbrante. ¡Tarararam, tarán, tarán, tarán, tarán...! Todos de pie, nos serenamos, nos cuadramos. ¡Chilenos! ¡Firmes!
Supongamos que este calcañar del mundo, este último rincón, este acabamiento de tierras, se hundiera en el abismo. Supongamos que nos acabáramos. Entonces, las aguas, las nieves, los volcanes, los cielos, entonarían la última Canción Nacional, la Elegía a esta Chile que dio a Prat, a O'Higgins, a Carrera, a Rodríguez, a Riquelme, a Serrano, a Condell, y a todos sus héroes y heroínas.