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La herencia viva de Joaquín Edwards Bello

Por Pedro Pablo Guerrero
Publicado en Revista de Libros de El Mercurio, 11 de Febrero de 2018



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Daniel Cádiz se estaba recién levantando para ir a la oficina donde hacía la práctica de constructor civil cuando sintió un disparo. "¡Daniel, tu papá!", le gritó Marta Albornoz, quien estaba tomando desayuno en el living. Corrieron al dormitorio, pero no lograron abrir la puerta. Cuando dieron la vuelta para entrar por el baño, Daniel apartó a su madre y no la dejó pasar. Lo que encontró en esa habitación se le olvidó totalmente, quizá como un mecanismo de defensa psicológico. Tenía 25 años. Mucho tiempo después, Salvador Benadava -experto en la vida y la obra de Joaquín Edwards Bello- le mostró el parte judicial y las fotos que tomó la Policía de Investigaciones cuando llegó al lugar. "Las veo y en ese momento se me viene todo a la memoria", dice Cádiz.

Joaquín Edwards Bello se había suicidado con el revólver Colt calibre 32, regalo de su padre, que llevaba siempre encima para defenderse. Conmocionado, lo primero que hizo Cádiz fue llamar a la casa de Camilo Mori, gran amigo del escritor. El artista llegó poco después junto a su esposa. Luego avisó a la Asistencia Pública y a Carabineros.

A las diez y media de la mañana, su madre llamó a la redacción de Ercilla. "Joaquín se mató", le dijo a Alfonso Calderón, compilador de sus crónicas en varios libros que publicó Editorial Zig-Zag en la década del 60. El director de la revista no lo dejó ir a la casa de calle Santo Domingo, donde vivía el escritor, antes de que entregara una crónica sobre su muerte.

"El verano es el momento en que hay más suicidas, ¿sabía usted?", le había comentado una vez Edwards Bello, según recordaría Calderón en el documental "Pesquisa sobre J.E.B." (2009), de Carlos Pérez Villalobos. Lo mismo le dijo Calderón a Benadava en una entrevista: "Fue un suicidio anunciado". Era un tema, en efecto, del que Edwards Bello hablaba siempre. Había escrito sobre la muerte del almirante español José Manuel Pareja, la de Hemingway y la que dio origen a La novela de Balmaceda (1981). La tarde del 18 de febrero de 1968, el propio narrador había dejado dos breves notas de despedida para Marta, su segunda esposa, con la que estaba casado desde 1953. Una la había escrito en un ejemplar de Recuerdos de un cuarto de siglo y otra en Nuevas crónicas. Pero había una tercera, muy anterior, en una hoja del diario La Nación, redactada en septiembre de 1960, después de sufrir el ataque cerebrovascular que dejó paralizado el lado izquierdo de su cuerpo.

"A lo que más le temía en la vida era a la hemiplejia. Decía que si le diera se pegaría un balazo, y fue exactamente lo que pasó", dice Roberto Merino, editor de sus Crónicas reunidas (Ediciones UDP), recordando las palabras de su abuelo, amigo del escritor.

"La idea del suicidio es permanente en toda su vida", afirma Carlos Pérez Villalobos en su lúcido documental, rastreándola hasta sus libros de ficción. "¿Para qué sufrir si no sabemos el objeto de tanto trabajo y miseria? ¡Si me suicidara! El suicidio es el fin y sirve para dignificarse y explicarse. ¿Si fuera al canal San Carlos, donde se zambullen las penas santiaguinas, y me arrojara a esas aguas barrosas?", reflexiona la protagonista de La chica del Crillón (1935) mientras vaga, de noche, por las calles de Santiago.

El destino del arma suicida fue insólito. Daniel Cádiz recuerda que también estuvo a punto de usarla. "Tuve tres veces el Colt amartillado. La última, me pongo el revólver acá, en la boca, y me pregunto: 'A ver, ¿por qué me voy a matar?'. Llego a la conclusión de que por problemas económicos. Entonces siento una vocecita que me dice: 'Vende el revólver, poh, hueón'. Me largué a reír. Y no es chiste, ¿ah? Es verdad. Se lo vendí a Salvador Benadava", recuerda.

Muerto en 2010, el investigador se lo heredó a la Universidad Diego Portales junto con otros objetos personales del escritor, como su bastón y varios manuscritos que le compró a Cádiz.

"Yo, en una época toqué fondo", explica este último. Hacia 2001 estaba sobreendeudado. Tenía que pagar la universidad de su hijo y el colegio de la hija menor. El sueldo no le alcanzaba. "Tenía una depresión espantosa", recuerda. "Un día que estaba en el garaje digo: 'papá, ayúdame', y de repente siento un chancacazo. Salté del golpe y traté de ubicar el origen del ruido. Venía de unas maletas que mi mamá nunca quiso vender. Abro una y me encuentro con una serie de manuscritos de mi papá. Así que empecé a venderlos. Salvador Benadava me ayudó a ordenar todos los documentos que había en las maletas y se los presentamos a la Biblioteca Nacional, que los adquirió. Mi papá, desde la tumba, me siguió ayudando. Y sigue, porque ahora sus derechos de autor los tengo yo".



Su legado literario

A cincuenta años de la muerte de Joaquín Edwards Bello, su obra continúa encontrando nuevos lectores. "Hay ediciones que se han agotado", dice Roberto Merino. "Siempre ha existido un estrato de lectores de chilenidades. Yo creo que ese conglomerado no se acaba nunca y a él pertenecen distintas generaciones. Un tipo de lectores que no mete bulla, pero está al aguaite de cosas chilenas. Los libros de Edwards Bello que hemos sacado con la UDP han sido exitosos".

Como cronista, ¿dejó discípulos? "Me aventuraría a decir que no", responde Merino después de pensarlo mucho. "No conozco a nadie que siga después de su muerte. Lugares aledaños había. Estaba Filebo, pero más inclinado a la crítica literaria. Y Martín Cerda, a la cuestión intelectual. Ambos eran tributarios de Edwards Bello. Martín Cerda, a diferencia de la Generación del 50, tenía el ojo puesto en Joaquín. Había problemas ventilados por él que le interesaban. Siendo un antiintelectual había una reflexión permanente en Edwards Bello sobre la condición nacional y sobre temas universales. Yo no creo que alguien haya retomado esos temas con la misma intensidad y diversidad ".

Jorge Edwards, autor de la novela El inútil de la familia, inspirada en la figura de su tío, piensa que Edwards Bello pudo haber hecho escuela. "La crónica es un género que se ha dado con frecuencia en Chile, incluso desde antes que él. Yo creo que en sus crónicas hay una forma de chispa, de ironía, de broma, hasta de sorpresa, que se ha seguido repitiendo".

Merino advierte su influencia esporádica en cierta actitud de lucha contra los mitos nacionales. "Algo queda de eso", admite. "Antonio Gil, en algunas crónicas. Leonardo Sanhueza, de repente. El mismo Rafael Gumucio. Edwards Bello sabía el tipo de reacciones que podía generar. Incluso, hacía advertencias: 'Aunque me desmientan los tontos de La Serena'. O generalizaciones como: 'En el norte son todos ladrones'. En ese sentido, había en Lafourcade una adopción consciente de un personaje incómodo: el tábano socrático".

Sin embargo, lo que toma de Edwards Bello en sus propias crónicas va más por el lado técnico. "En momentos de confusión, hay algo que me viene a la cabeza: la solución rápida", dice Merino. "El cambio de tema, la frase corta. La arbitrariedad digresiva, sobre todo. Cuando él corta un tema y dice 'pero eso lo sabe todo el mundo', y sigue hablando de otra cosa. Las transiciones. Para eso invoco a Joaquín Edwards Bello".

Por su parte, Jorge Edwards dice que si es que le enseñó algo, fue "una manera de mirar las cosas sin formalidad, sin academismo, a escribir sin miedo". A su juicio, no se puede decir qué parte de la obra de Edwards Bello ha sobrevivido mejor, si sus crónicas o sus novelas. "Esas diferenciaciones de género son, en general, arbitrarias, porque las novelas de él son como crónicas y a veces las crónicas son como novelas", advierte. "Yo creo que una crítica moderna tiene que ver ese aspecto de las cosas. Para mí, el ancestro literario mayor de Joaquín es Stendhal, y él lo que tiene, precisamente, es que cuando escribe una carta hace una novela, y cuando escribe una novela hace una gran crónica política, social, amorosa".

La obra de Edwards Bello es una de las más vastas de la literatura chilena. Publicó unos 12 mil artículos en la prensa, aunque muchos de ellos eran reelaboraciones de crónicas precedentes, método que utilizó sobre todo en sus últimos años, cuando su movilidad estaba reducida.

Valparaíso, la ciudad del viento (1931) fue objeto, asimismo, de sucesivas revisiones, lo que demuestra la importancia que le asignaba. Para autores como Armando Uribe y Roberto Merino, es una de las mejores novelas que se han escrito en Chile, aunque otros no estén tan seguros de que se trate realmente de una novela. ¿Memorias? ¿Crónicas? ¿Biografía de una ciudad? Hasta hoy, su género literario es objeto de discusión, como suele ocurrir con las obras de autores igual de inclasificables que ellas.

 


Más vigente que nunca en sus libros

Hace diez años, Ediciones UDP comenzó a publicar las Crónicas reunidas de Joaquín Edwards Bello. El "ideólogo" del proyecto, según recuerda Daniel Cádiz, fue Salvador Benadava, quien convenció de realizarlo a Cecilia García-Huidobro, decana de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales. Asumió el proyecto Matías Rivas y como editor a cargo fue designado Roberto Merino.

El plan es editar, en 15 tomos, una amplia selección de los artículos de Edwards Bello aparecidos entre 1921 y 1964. El quinto volumen se publicó en 2014 y, luego de un largo receso, Merino anuncia que en marzo o abril de este año se publicará el sexto tomo, que abarca los años 1938 y 1939, periodo de gran interés porque marca el inicio de la Segunda Guerra Mundial. El séptimo volumen de las Crónicas reunidas debiera salir a fines de este mismo año. Daniel Cádiz también firmó con Matías Rivas un contrato por la publicación de tres novelas de su padre en el mismo sello. Ya apareció Valparaíso, la ciudad del viento y quedan pendientes El roto y La chica del Crillón.

Por su parte, Ediciones Biblioteca Nacional, que dirige Thomas Harris, publicará Metamorfosis, el único poemario de Edwards Bello, escrito en su fugaz etapa dadaista. El próximo número de la revista Mapocho, en tanto, estará dedicado a la crónica y en él se considera un dossier sobre el escritor chileno que incluirá algunos originales atractivos y su obra de teatro inédita "Rapanui".

Por último, Editorial Nascimento, que prepara su regreso de la mano de Pablo Farba George-Nascimento (nieto del fundador), reeditará Don Juan Lusitano (1934), en el marco de su proyecto de recuperar obras clave en la historia del sello y acoger nuevos libros. Como indica el subtítulo del casi desconocido volumen, se trata de "Ejercicios portugueses dedicados a los lectores de Eca de Queiroz con una carta del Dr. A. Ferreira d'Almeidan, escritos por Joaquín Edwards Bello como un juego con los personajes y temas del escritor portugués. Jorge Edwards, quien lo considera un "ensayo literario bastante curioso", fue contactado por los editores con la intención de pedirle un prólogo.



 

 

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