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Nota sobre Santos de mi devoción, de Roberto Rivera Vicencio

Por Jorge Etcheverry

 

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En este volumen de cuentos del autor Roberto Rivera Vicencio se nos ofrecen diversas facetas del espacio psicológico y social del Chile contemporáneo, preferentemente urbano. Su prosa es de una factura que podríamos calificar sin problemas como realista, pero este realismo sirve de base para ciertos toques experimentales que enriquecen la lectura. Así por ejemplo, y a primera vista, en el cuento Santos de mi devoción, uno tiene la impresión de que los títulos de sus breves secciones o capítulos son una parodia de un proyecto para obtener fondos para algo, o un plan económico o de gestión: Proyecto-Presentación-Ejecución, está subdivida en Primera etapa. Al como sea, Segunda etapa. Sin asco Tercera Etapa, La verdadera riqueza, Cuarta etapa, La respetable consolidación y Quinta etapa, la muerte de la Tita. En general hay una parodia que en diversas modulaciones permea estos cuentos y su objeto son los ires y venires de los personajes, algunos de ellos representando a la nueva/vieja clase burguesa que profita del milagro chileno o los individuos que simplemente se las barajan en su interior. Pero la narrativa de Rivera tiene también otro elemento bastante distintivo que la aleja un poco de la narración realista a secas, y que le da un aire levemente distorsionado. Se trata de un tratamiento del contenido y estilo que por momentos enrarece esa narración bastante canónica—sin que cambie su registro—para ofrecernos una atmósfera que sugiere una opacidad densa del mundo, a través de un efecto de distorsión que va de leve a abrumador, que nos lleva de la mano hacia situaciones grotescas e insólitas, pero arraigadas firmemente en una cierta naturaleza humana, que no se tematiza explícitamente, sino se mantiene subyacente y que junto o más allá o más acá de la realidad social, se revela como un nódulo de instintos biológicos ciegos y de afanes de progreso social y económico, de reconocimiento y estatus. Este aspecto ya se encontraba presente en otras obras importante de este autor que he leído y comentado, como A fuego eterno condenados (1994) y Piedra azul (2001), sobre todo, y con un carácter casi programático, en la primera de estas novelas.

Esta impresión de extrañeza que a veces brota en esta escritura básicamente realista es lo que primero atrae la atención de este lector. En estos cuentos—en unos más que otros—se representa un universo denso de concreciones, sensaciones y objetos en que a veces los detalles del mundo y los personajes parecieran bañarse en espesas miasmas como un inmenso mamífero ficticio. Se advierte también una calidad espesa y quizás chocante por momentos de las experiencias ligadas al sexo y en general vitales, en la trama intrincada que asumen en el ámbito de los cuentos esas situaciones gatilladas básicamente por necesidades simples, de las que los personajes no son necesariamente consciente. Situaciones, en que los individuos bregan para ganarse el sustento o satisfacer sus apetitos, en que el sexo y las relaciones interpersonales conexas suelen ocupar un lugar central como realización, gratificación y felicidad—quizás las únicas posibles—que rescatan a los individuos de la vida cotidiana y de un teje y maneje existencial más bien degradado, y les ofrecen un respiro en medio de la rutina, el desgaste o la sordidez:

“...los senos de Rita en punta, me sacan de la mecánica habitual, los libros, Leonor, la novela, para llevarme a la cama obseso... (Fotografía por encargo)”.

Esto en un mundo matizado a veces por una crudeza a veces patente, que parece intencional y buscada, pero que sin embargo fluye con naturalidad, que llega a asomar su nariz hasta el borde la vulgaridad, la obscenidad, lo grotesco, calidades que no se disfrazan ni se absuelven en aras de una axiología social, la que sin embargo está presente, aunque opere en forma implícita, desde abajo, en el teje y maneje de la urdimbre cotidiana—desde las pulsiones sexuales hasta las aspiraciones económicas—en que se debaten los personajes. Pero que nunca es objeto de la elaboración temática del narrador o de un personaje, tentación de explicar que malogra a tanta literatura social.

Entonces, se trata de un libro profunda y enraizadamente chileno, que así pareciera quererse, sin concesiones a la moderación ni a los remilgos, audaz y visceral, pero no exagerado, en su tratamiento del erotismo y el sexo y carente de proclamas y saludos a la bandera dentro de su descarnado ‘realismo crítico’. Prosa sin las concesiones facilistas o programáticas destinadas al lector, presentes en otros autores de su generación.

En estas narraciones, sin embargo tan lejanas al naturalismo, los antihéroes se debaten en un mundo complicado, impulsados como se decía a la brega por la subsistencia o el provecho, las ciegas determinantes del ámbito urbano global surgido de décadas de milagro chileno y la economía de mercado, como en El castigo contable del señor Muller, relato breve que nos instala de repente en medio del diálogo de la transacción financiera en que consiste el cuento—más unas escuetas e imprescindibles intervenciones de narrador objetivo—y en que el trasfondo le pone un contexto familiar para los lectores: la omnipotencia del crédito y su peso definitorio en la vida de la gente en el Chile contemporáneo. En el ya mencionado Santos de mi devoción, que intitula el libro y que es en realidad una mini novela de formación (bildungsroman), se nos presenta el desarrollo de un empresario desde sus orígenes en la confluencia de tradición y modernidad de sus apellidos vasco y alemán, su matrimonio por interés, su vida sentimental semiclandestina—su única autenticidad— y su consolidación acompañada por un dejo de anonadado vacío,. La sexualidad se desencadena en el cuento Viejos perros, a la vez apodo familiar en el habla coloquial y denotación biológica, en que el hecho de hacer las compras en un supermercado se va volviendo absurdo en una sexualidad exacerbada. Respecto a este escenario del sexo en el supermercado, combinación de lo alimenticio y lo sexual (me la comería) propio de la urbe contemporánea, me tomo la libertad de mencionar una situación análoga en Sex and Samosas, una novela reciente de la autora canadiense de origen étnico paquistaní Jasmine Azíz , en que la personaje—excitada al vestir unos calzones abiertos en la vulva—examina y manipula diversos artículos alimenticios, momento para mí culminante de esta exploración sexual humorística y paródica en un ámbito urbano contemporáneo, en este caso en las antípodas (Ottawa) del Santiago de Rivera. Extrapolación que va a cuento de la acertada exploración de este autor de la vida en Santiago, tan igual en cierto sentido a otras metrópolis desarrolladas y menos desarrolladas, aparentemente análogas—Mc Ondianas. Y sin embargo tan diferentes.






 

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