El narrador trasandino César Aira (55) nació en Coronel Pringles "un lugar con grandes cielos, sin paisaje, salvo el del vacío" cuenta. De visita en Chile durante los primeros días del año por la premiación del concurso de cuentos de la revista Paula, Aira advierte que las fotos se tomarán después de la conversación. El autor de relatos que desbordan la realidad, como Mil gotas donde la pintura de la Gioconda ubicada en el Louvre se hace literalmente mil gotas, parece molesto.
La sobreexposición y la disputa que sostuvo el año pasado con su compatriota Ricardo Piglia por preferencias literarias (Piglia apostó por Julio Cortázar y Aira por J. L. Borges) lo tienen aburrido. Aira tiene un rostro parco y demencial a primera vista, nunca mira a los ojos y su voz es sumamente baja, como el aleteo de un mosquito.
EL TIEMPO PERDIDO
Durante años Aira se ha ganado la vida traduciendo. El 2004 no tradujo nada y hoy está algo dolido: "En realidad estoy haciendo el duelo de este trabajo, pero tengo la dicha de ser un gran lector. Todo el secreto de la traducción está en la velocidad. Yo era de esos que traducía un libro en quince días y esa facilidad me permitía hacerme un sueldo", señala.
—¿Qué es lo último que tradujiste?
—Fue un libro precioso. Una recopilación de las cartas de Raymond Chandler. Este era un hombre muy solitario y bebía mucho, sufría de insomnio y en la noche con un grabador 'escribía' a sus agentes, amigos o hacia observaciones. Al día siguiente su secretaria pasaba a máquina estas 'cartas'. Cuando murió Chandler se encontraron miles de esas grabaciones.
—¿Qué es la trascendencia?
—¡Qué pregunta tan difícil! Yo lo veo en Buenos Aires, en estas iglesias evangélicas y la cantidad de gente que hay allí, ubicadas en viejos cines. Son generalmente gente humilde, y me pregunto qué van a buscar ahí. Y pienso que van a buscar un poco de poesía. En cambio en mi propia religión, la literatura, ya hay poesía.
—¿Has releído el Quijote?
—Lo leí con mucha pasión a los 20 años. Incluso hubo un proyecto de hacer mi tesis sobre 'El Quijote como novela dialogada'. ¡Las novelas de caballerías no tenían diálogo! Cervantes fue una gran innovación en ese aspecto. Bueno yo no hice la tesis ni seguí en la universidad. He hecho tres relecturas del Quijote y ahora con esto del aniversario he vuelto al libro. Yo tengo el defecto de tener muy buena memoria para los libros que me han gustado como a Proust, que ya no vuelvo a releer. Siempre me acuerdo de esa frase famosa de Pessoa que decía 'La mayor tragedia de mi vida fue a ver leído The Pickwick Papers de Dickens porque ya no la voy a poder leer', y eso yo lo siento. Yo me reservo La guerra y la paz de Tolstoi, para algún día de lluvia.
—Enrique Vila-Matas ha dicho que tu escritura es "ficción radical".
—Radical viene de raíz. Sí, puede ser. Siempre digo que el arte debe ser radical, en ese sentido volver a las raíces. El arte verdadero es radical.
—¿Cuál es tu poeta preferido?
—¿A cuál de tus hijos quieres más? Pero como la respuesta es una, Charles Baudelaire. Siempre vuelvo a él.
—¿Has soñado con Roberto Bolaño?
—No, pero una cosa curiosa que nos pasó es que deberíamos habernos conocido, pero había una especie de hechizo que impedía que nos encontráramos. Yo venía a Chile, él había estado en Chile, yo iba a Barcelona, él se había ido a otro lado. El iba a Buenos Aires, yo no estaba...
—¿Cuál es la Novela Total de occidente?
—Para mí La búsqueda del tiempo perdido de Proust. El más grande cuento de hadas ¡que novela tan enorme! Me gustan las novelas largas, y esa es una de mis frustraciones, el no haber escrito ese tipo de novelas; terminé escribiendo estas novelitas un poco chistosas. Si quisiera consolarme tendría que pensar que todas mis novelas forman una gran novela loca, pero sería uno de esos pensamientos consolatorios que uno tiene para no suicidarse todavía.
—¿Conoces escritores obsesivos?
—Adolfo Couve, pero más que obsesivo estaba bastante loco. Hace siete años en Argentina no teníamos idea de su existencia. Claudia Donoso me habló de él poco después de su muerte y me deslumbró.
—¿Conociste a Borges?
—A fines de los años '60 ya era un ser mitológico. Sin embargo lo veía en institutos, en la calle Florida donde vivía. Las conferencias eran extraordinarias porque el hablaba como escribía. Además, había una cosa muy curiosa que todos notaban, y es que las conferencias duraban una hora y Borges sin reloj (obviamente) ¡terminaba a la hora exacta! ¡Era asombrosa su percepción del tiempo! Borges era un superdotado, un extraterrestre.
—Has ganado algún concurso literario.
—Nunca. Es curioso, de joven mandaba a todos los concursos, pero nunca gané. De pronto hubo como un paréntesis y empecé a ser jurado de concursos. Pasé de perdedor a jurado, no pasé por esa etapa tan linda de ser ganador.




