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Un poeta chileno
Jorge González Bastías

Por N. Yañez Silva
Publicado en El Nuevo Tiempo Literario. Bogotá, 14 de abril de 1912




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Mucho tiempo hacía que no me preocupaba de libros; diré más bien, que no escribía sobre libros. Han llegado éstos a mi mesa en circunstancias especiales, en esas circunstancias de un trabajo casi ajeno totalmente a la labor práctica y artística.

Cuando vi entre mis papeles una portada que decía "Misas de Primavera", aunque un bello título casi siempre anuncia un buen contenido, acaso no me hubiese llamado mucho la atención si no hubiese visto encima de aquel título tan sencillo como evocativo, la firma de Jorge González.

—¡Ah! Jorge González -pensé, y vino a mi memoria el recuerdo de dos o tres veces que estuve con el autor en "Zig-Zag", en aquellos tiempos inolvidables de mis primeros cuentos, recordé sus versos tan sencillos como sentidos, las muchas veces que allá en la revista le decían a González sus amigos con nostalgia:

—¿Y cuándo publicas tus poesías, cuándo imprimes tus versos?... Y el poeta modesto respondía con dulzura, como aludiendo a una fecha muy lejana que acaso no llegaría nunca:

—¡Ahí saldrán, ahí saldrán!...

Como queriendo significar: "Ya llegará alguna vez el día en que estas mariposas de oro que tengo guardadas, emprenderán el vuelo, para que vosotros podáis apreciar el brillo de sus alas, y verlas como van a dejar en labios femeninos mis estrofas y en almas sensibles sus sentimientos."

Y ese día ha llegado, con alegría para los que conocemos a González desde hace tanto tiempo.

Recuerdo que fue Pedro Gil, quien por primera vez me habló de Jorge González con entusiasmo. El elogio de Gil correspondía al valor de los versos del poeta, y desde entonces lo leí con agrado. Sucedió que muchas veces lo perdí de vista, los poetas, generalmente aunque no sean bohemios decididos, tienen afición a la bohemia, con todo su cortejo de circunstancias: épocas de brillo, de alegría, de obscuridad, de producción fecunda y de etapas de esterilidad. González, como todos, debe haber cruzado por esas épocas, y se eclipsaba para los que lo seguíamos en su producción.

He leído las "misas" de este joven poeta como quien, sentado bajo un sangal, oye pasar la brisa de una silenciosa tarde de estío. Ella nos canta a media voz, adormeciéndonos, ella nos refresca, ella nos trae de campos distantes ecos de sencillas canciones y valiéndose de la ramas, como de un cordaje ideal, deja caer sus notas en sordina, que se destruyen en medio de la paz campesina.

Ni un momento he sentido ese sopor que algunos libros de versos provocan, ya sea por indecisión en el sentido de las cosas, ya sea por exceso de colorido, por vaguedad.

Nada hay escrito en "Misas de Primavera" por el gusto de escribir; sino todas esas estrofas obedecen a un sentimiento, a un estado de alma especial.. Leo por ejemplo ''Egloga del camino". Nada más sencillo y fuertemente evocativo que aquellos versos octosilábicos que cantan los recuerdos y la melancolía que dejó en el alma infantil el camino por donde cruzámos tántas veces, en circunstancias distintas.

Hace tánto tiempo, tánto,
Que conozco tus orillas;
En tus yerbas amarillas
Cayó alguna vez un llanto.

El poeta en esta sencilla estrofa tiene un verso de tanto poder de evocación plástica, que inmediatamente surgen a nuestros ojos esos viejos caminos por los que cruzámos en la niñez: "En tus yerbas amarillas" - "Cayó alguna vez un llanto", Dos versos maravillosamente engarzados. Uno es revelación de un sentimiento; otro de un paisaje.

Nunca tuvo para mí
Ningún camino tu encanto.
Sé de la sangre y el llanto
Que han vertido sobre tí.
.......................................

Tras de andar y andar, me pierdo
Mirando tus lontananzas
Y un perfume de añoranzas
Surge de cada recuerdo.

Miro tus huellas, y leo
En ellas una leyenda...
Los poemas de la senda
Que no adivina el deseo...

Con penetración de pupila y sensibilidad de alma, González ha visto y sentido esa única y melancólica poesía de la carretera, que a veces vemos en algunos cuadros de nuestra pintura, esa melancolía suave y llorosa de la perspectiva que huye ante nuestros ojos entre enredaderas, zarzamoras y murallones caídos, en cuya base crecen esas "yerbas amarillas" de que nos habla el poeta.

Continuamos leyendo, que es delicada y suave esta lectura como un crepúsculo vivido entre flores.

Nos encontramos con "El jardín del claustro", y al terminar los versos, nos sentimos transportados bajo la arquería de aquellos corredores claustrales que vieron deslizarse los primeros años de nuestra infancia.

El corredor está en silencio. Sube
Del claustro aletargado una plegaria
Y hay no sé qué consuelo en cada nube
Que recorre la esfera solitaria..

Ya vemos, la misma clara visión de pupila, la misma delicada visualidad de las cosas, en esta composición como en las otras, lo que revela en Jorge González una definida personalidad. Si nos fijamos en la rima, es rica y sencilla, pareciéndonos que no se la ha buscado, sino que ella se presenta fácil al técnico, al terminar un verso.

Los corredores lentamente baña
La sombra Se obscurece lentamente.
Y una música fúnebre y extraña
El aire llena con su són doliente.

En esta estrofa podemos apreciar una estrecha relación entre la palabra y la sensación de paisaje. El primer verso tiene esa silente quietud necesaria y se engarza admirablemente con el segundo, en el cual se repite el adverbio para dar más riqueza de colorido.

Poco aficionados a entrar en esta clase de detalles críticos, lo hacemos en esta ocasión para hacer ver cuán fácilmente se esboza el paisaje en la pluma en González.

"En la aldea," nos deja también esa misma exquisita sensación de poesía plástica, mezclada sobriamente con la poesía sentimental.

La traducción de "El buey" de Carducci, nos parece una joya. La copiaremos íntegra:

¡Piadoso buey! al verte mi corazón se llena
De un grato sentimiento de paz y de ternura,
Y te amo cuando miras inmóvil la llanura,
Que debe a tus rigores ser más fecunda
. . . . . . y buena

Bajo el pesado yugo tú no sientes la pena
Y así ayudas al hombre que tu paso apresura;
Y a su voz y a su hierro contesta la dulzura
Doliente con que gira tu mirada serena.

De tu ancha nariz brota como vaho tu aliento
Y tu afable mugido lentamente en el viento
Vibrando como un salmo de alegría
. . . . . se pierde...

Y en su austera dulzura tus dos verdes
. . . . . pupilas
Reflejan cual si fueran dos lenguas tranquilas
El divino silencio de la llanura verde.

No necesita esto comentario. A mi ver, es sencillamente maestro.

Y el amor, ¿cómo siente González el amor? A mi entender es el más genuinamente poeta para entenderlo; lo siente con melancolía desolada, lo siente con la sonrisa en los labios... mientras en el corazón brotan lágrimas. Y pienso así al leer "Balada de Otoño". Hay en los versos una honda y resignada tristeza. Se recuerdan los primeros besos, las sonrisas, se recuerda el pasado alegre en el presente de dolor, y termina el poeta con esta estrofa:

Los húmedos ojos a un tiempo volvímos
Al cielo, por donde la luna subía...
Y juntos lloramos y juntos seguimos!
Mientras que caía, caía, caía
Una lluvia de hojas en lenta agonía,
Sobre aquellas sendas que nunca más vimos

Las "Misas de Primavera" son dignos de su título. Jorge González debe haberlas oficiado entre recuerdos de cariño, perfumes y tristezas que por serlos, tienen el encanto distinguido del dolor.


 

 



 

 

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