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ASCENSO Y MARAVILLA DE UN LIBRO SUDACA: SOBRE “CALDO DE CARDÁN”
DE CARLOS CARDANI

Por Jaime Huenún




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¿Qué pretende Carlos Alberto Cardani Parra, de voraces y capitalinos 28 años, publicando este inusual y potente mamotreto cronístico y poético de más de 200 páginas? ¿Quiere fama Cardani?¿Quiere papel couché? ¿Quiere televisión? ¿Quiere tal vez una visa eterna para residir  a cuerpo de poeta en el remoto y volado Estado Plurinacional de Bolivia? No bucearemos en las ansiedades y/o profundidades mentales de este aún joven y encarnizado autor, pero diremos lo que a  propósito de Rimbaud, el muerto Gonzalo Rojas bramaba hace algunas décadas: “un puntapié nos diera en el hocico”. Una patada voladora, un seco y traidor jab de izquierda, un puntazo con lezna en la tetilla y en la espalda, eso y más ofrece a la galuchalectora este libro extraño, anómalo en el concierto poético joven, parsimonioso y rabioso a la vez. Y es que Cardani, más allá del aventurerismo laboral o turístico, más acá de la madrastra poesía nacional, arrastra el poncho literario ahí donde las papas queman, ahí donde ahoga la puna y la coca alivia, ahí donde una ciudad se ha construido sobre los huesos todavía palpitantes de una gigantesca fosa común.

Nada sabemos acá de Bolivia, nada de La Paz, nada de El Alto. Todo eso es, para nosotros, vulgar e inútil tierra incógnita. El Mercurio y Copesa se ríen de Evo, de las cholitas de postal, del lago Titicaca. ¿Y qué? Pasa que el victorioso pueblo chileno vive hoy en los cuernos babilónicos de la luna posmoderna, blanqueado hasta la transparencia por las tarjetas de crédito, sanitizado por la banca y el retail, tercerizado y globalizado hasta el pihuelo. Recordemos que en los chistes de Pepo, Titicaco siempre pierde. Su ponchito altiplánico y sus orientales ojos aimaras son las únicas gracias del perenne subalterno. Y nosotros -¿chilenos todos?- ya dimos el salto, pues, ya somos OCDE, los fenicios de la América del Sur. El Producto Interno Bruto anual per cápita en Bolivia es de poco más de 2.000 dólares y el de Chilecasi de 20.000. Así, nada explica que un ciudadano ilustrado, un poeta santiaguino en plena etapa productiva se largue a buscar poesía al tercer mundo. Pero claro, la explicación posible no está en la economía, sino en la poderosa imantación que produce la otredad.

Al respecto, vale la pena mencionar a Lucio Mansilla, un escritor argentino decimonónico que publicó en 1870 un libro epistolar titulado Una excursión a los indiosranqueles. Diríamos que en parte tal volumen se conecta con “Caldo de Cardán”, el texto que hoy nos convoca y provoca sin pausa alguna. En “Una excursión a los indios ranqueles”, escrito con un estilo frívolo y solemne a la vez, Mansilla hace alabanza de la barbarie y menosprecio de la civilización. Comparativamente, Cardani incursiona por las ciudades, barrios, pueblos, paisajes y personajes de una Bolivia todavía indomada, cruzada por las maldiciones y bendiciones del tercer mundo, tomando en tal periplo azarosas y precisas notas de usos y costumbres urbanas y rurales, cual cronista de indias, cual etnógrafo suelto de cuerpo y ocasional. A diferencia de Lucio Mansilla, Cardani no es sólo el “blanco”, el chileno que observa desde el panóptico cultural letrado, sino el sujeto que adquiere poco a poco la prosapia del rotocolla, involucrándose volitivamente en la cotidianidad de aquello que el gran cineasta Jorge Sanjinés llamó La nación clandestina. Bolivia, la nación ajena, clandestina, indeseada a ojos de la chilenidad uniforme, el vecino derrotado en 1879 -que según nuestro Estado nada tiene que pedir ante el peso civil de los tratados y la jurisprudencia internacional-, es descrita aquí desde la subjetiva objetividad de un poeta, un poeta que sabe -cómo no lo va a saber- que juega con fuego transfronterizo, atávico,  es decir, con el dolor y el rencor de los vencidos y la soberbia de los vencedores.

Cardani, por otra parte,  metaforiza culinariamente la deseada y ancestral barbarie en ese guiso de criadillas torunas que se zampan al amanecer los trasnochados y los perdedores- el caldo de cardán-, que en el Chile indio y mestizotiene su símil ritual y vampiresco en el ñachi mapuche. Las criadillas y la sangre como alimentos que otorgan resistencia física y resurrección espiritual, son insumos recurrentes en las juergas y ceremoniales de los llamados pueblos pre mordernos y originarios de Latinoamérica. Dicho esto, Cardani ofrece este condumio feroz a todos los que aquí padecemos la borrachera neoliberal, el largo peso de la noche impuesta por las castas que corrieron los cercos a balazo y bayoneta, que pacificaron el norte, el centro y el sur para crear un país imaginario y monocromo,  pero de altos réditos oligárquicos  y económicos. Tengamos entonces a bien cucharear este insigne y picoso calducho boliviano y chileno a la vez, a ver si espabilamos, a ver si de veras despertamos. Buen provecho.

(Leído el 20 de diciembre de 2013 en Balmaceda 1215)



 



 

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