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José Kozer
Claroscuros de emoción e inteligencia

Por Jaír Cortés
Publicado en Suplemento Cultural de La Jornada, Num: 1051.
Domingo 26 de abril de 2015


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El caso del poeta José Kozer (Cuba, 1940) es excepcional en el panorama de la poesía hispanoamericana contemporánea. Autor de más de diez mil poemas (hasta la fecha), es un poeta que ha transitado diversos caminos escriturales (de la poesía al ensayo, del género epistolar a la escritura de sus diarios), y que ha confeccionado intrincados caminos y veredas verbales, redes de conceptos, anécdotas, personajes históricos y ficticios: claroscuros de emoción e inteligencia en el manglar de su poesía. José Kozer es dueño de un espíritu barroco; sin embargo, creo que su escritura va más allá del horroris vacuis (principio fundamental del barroco), porque hay en su propuesta una búsqueda de la vacuidad, una persecución constante de ese vacío al que nos conduce a otra experiencia, también frecuentada y declarada por el mismo autor: el budismo zen. Kozer es un poeta que no cifra su escritura en el conflicto sino en la resolución de éste; escribir de manera diaria no es una obligación mecánica ni un vicio de su (admirable) disciplina; es un acto vital, más cercano a la oración que al mero ejercicio estético. Esta aparente oposición entre el barroco y el vacío es parte esencial en el aliento poético de José Kozer: el claroscuro en los poemas de Kozer se expresa como una conciliación de ambos extremos por medio de una salida de dos puertas: la poesía y su compañera sentimental, la querida Guadalupe. José Kozer pasa de la página en blanco (un primer vacío) al poema, y del poema a la otra blancura (el segundo vacío), el reposo momentáneo antes de continuar esculpiendo la realidad con una carga de signos y sentido. No hay que olvidar que en Kozer coinciden tradiciones muy diversas: la judía y la caribeña; idiomas: español, inglés, francés, italiano; la cultura occidental y la oriental; partes del mundo que acomoda en su infinito rompecabezas literario.

Hace unos meses platiqué con José Kozer (y con Guadalupe) en su departamento de Miami y constaté, una vez más, que la generosidad es una parte fundamental de su personalidad: al hablar de la poesía y de los procesos que la generan, los ojos le brillaban, se emocionaba, me ofrecía consejos de oro para caminar en un mundo lleno de lodo; “por eso escribe tanto, porque tiene tanto que dar”, me dije en silencio al despedirnos. En esa plática habló de su visión de un exilio que lo llevó a escribir poesía cuando muchos otros parloteaban; a mancharse las manos de tinta, no para cambiar el mundo sino para inventarse uno nuevo. Kozer es un poeta que vive al margen en muchos sentidos: cubano en Estados Unidos y descendiente de judíos; es un hombre que dedicó muchos años de su vida a la enseñanza, escribiendo siempre desde la periferia. En 2013 recibió el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, un reconocimiento que, estoy seguro, será una dinámica natural en los próximos años, ya que su obra, vasta, enorme como un continente, es un territorio que invita a la revelación del lenguaje desde la experiencia más íntima del ser humano reflejado en el espejo de lo literario. Entre su abundante producción se encuentran  Padres y otras profesiones (1972),  Y así tomaron posesión de las ciudades  (1979),  Bajo este cien  (Antología, FCE, 1983),  Trazas de lirondo (1993), Ánima  (FCE, 2002), Ogi no mato  (2005) y Una huella destartalada  (reedición en Bonilla editores, 2014), entre otros. El hambre de escritura de José Kozer está motivada por la conciencia de la vida y la muerte, expresada a manera de pregunta y de respuesta y, una vez más, de interminable cuestionamiento: “¿Y la Muerte? ¿Y el vil gusano que trepana? Ese hijo indigesto del dios, o de ese dios indigesto, ¿qué? ¿Y qué de qué? Maestro, Maestro, ¿por qué nos has abandonado?”

Una de las grandes virtudes de la poesía de José Kozer es la capacidad para conciliar una retórica de altos vuelos con lo terrestre de lo conversacional, como en el maravilloso y entrañable poema “Te acuerdas, Sylvia”: “Te acuerdas, Sylvia, cómo trabajaban las mujeres en casa./ Parecía que papá no hacía nada./ Llevaba las manos a la espalda inclinándose como un rabino fumando una cachimba corta de abedul, las volutas de humo le daban un aire misterioso.” Kozer también indaga en la densidad del pensamiento y en su monólogo que zumba como el vuelo de una mosca en la mente; así podemos leerlo en “Home Sweet Home”: “Ya pasaron: aquellos días de verdadera agitación./ Hay una gotera en el cuarto de la niña, dejó de rezumar (pese a que llueve) (llueve) está ahí la gotera, no rezuma: el Bendito./ En casa, hay cinco relojes: detenidos./ No obstante el que funciona, espeluzna: son así estas cosas estas noches (lapsos) o la luna a franjas por la persiana o el respaldo en sombras a travesaños de la silla, en la pared (una reja)./ Sonó el teléfono, no contesta el vecino qué le pasa.” El uso de paréntesis, signos de puntuación, peculiares disposiciones espaciales en la página, versos que se cortan abruptamente o que se alargan en un hálito sostenido, son sus instrumentos más socorridos porque son las formas en las que la vida misma se manifiesta: una obsesión por ciertos temas, la construcción de una mitología personal, la búsqueda del pasado (no desde la ventana de la nostalgia sino desde el presente), la conformación de libros como un calendario orgánico, el tiempo fugitivo pero siempre vivido: “Hemos salidos de las trojes, mi hermano: y tal parece esta vejez que acabáramos de entrar.”

La poesía de Kozer no es lineal, es un entramado tejido a lo largo de muchas décadas, y acercarse a su poesía es asomarse a un caleidoscopio: leer un nuevo poema reacomoda todos los demás y reestructura la visión que tenemos de su obra; su poesía es hija de la luz de la palabra, en confabulación con las sombras y el poderoso efecto que alcanza sobre todo lo que nombra.


 

 

 

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Publicado en Suplemento Cultural de La Jornada, Num: 1051.
Domingo 26 de abril de 2015