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DESENCIERRO”  Y ALGUNAS DE SUS CLAVES

Por Eugenio Mimica Barassi

 

En una entrevista que le hiciera el periódico “The Clinic”, en septiembre de este año, el periodista le pregunta a Juan Mihovilovich ¿qué de este país lo indigna, lo enfurece?  y responde Juan:  “La mediocridad. El mediocre siempre está pendiente de trepar a algún cargo o puesto de relevancia. Su apetito voraz los hace enquistarse en ciertos sitios de poder, sean públicos o privados, creyendo que su entronización será eterna. Son los que impiden que los países surjan o progresen, en el buen sentido de la palabra. Cuando los idealistas logran las democracias, los oportunistas las administran y los sinvergüenzas las aprovechan. ¿Quiénes son los mediocres? Cualquiera puede deducirlo, y es muy fácil identificarlos. Creen que los cargos son eternos y no se percatan que su mísera condición se asemeja a la invariable corrosión de una materia putrefacta”. 

No debiera asombrarnos este encono. Será por eso, por su contrariedad a lo mediocre, que los personajes de Juan se desenvuelven, por lo general, en ese espacio, en el espacio de lo anodino. Como si quisiera desenmascararlos, permanentemente, en sus narraciones. Como si quisiera revelarlos, para que no pasen ignorados y que no se nos escabullan cobardemente. Nos los presenta así, poca cosa, y por lo tanto no les queda alternativa que desembocar en la locura, en lo onírico, en la exhuberancia mental, como único recurso para tratar de ser alguien o de decirnos existimos, estamos en el mundo, igual a los normales o a los que se creen normales. Es un reto, ya que no pueden mimetizarse se revelan con toda su nadería a cuestas. Porque físicamente, y esta es una opinión muy personal que no tiene por qué tomarse como un axioma ni ser compartida por otros lectores, ellos, la mayoría de los personajes adultos de Juan, y muchos de los personajes infantiles o adolescentes también, son muy poca cosa en el concierto de una comunidad. Son grises, de cuerpo y vestimentas. Alguno, para sorprendernos, podría contarnos, en un alarde imaginario, de fiestas y carnavales pasados, de protagonismos llenos de color y divertimiento. Pamplinas.  No hay jolgorios, no hay resplandores ni resplandecientes, no hay héroes, ni siquiera antihérores. No le ganan a nadie, ni pierden ante nadie, como los políticos después de una elección. Por supuesto, no se puede perder lo que no se ha atesorado, mejor dicho, cuando ni siquiera existe la voluntad de vencer. Son personajes menos que del montón. Lo expresa el propio protagonista, y sin rodeos, totalmente de frente: “procedo de un pozo negro y la nada misma es mi antecedente”.

Yo no he podido dejar de asociar estos personajes con el moho, con humedad de sótanos, con rumas de archivadores, y con seres luciendo sus ternos brillantes de tanto planchado dominical. Un planchado para quitarles las arrugas de la semana laboral que pasó y para enfrentar igual a decenios la que se viene, y en un cuartucho oscuro y maloliente de tiempo, para todo el tiempo, para la eternidad. Patéticos, pequeños e insignificantes, que caminan sin ser vistos, porque no ameritan que se pierda ni un momento para fijarse en ellos. La sociedad está en otras cosas. ¿Qué salida les queda entonces? Ya está dicho: rebelarse, pero hacia el interior de ellos mismos. Se sacuden su modorra, su nadería, y desembocan en el delirio, en la alucinación, en el frenesí afiebrado. ¡Algo tienen que hacer para llamar la atención! Pero, eso sí, poseen valores a su favor: son inofensivos, casi inocentes, no buscan hacerle daño a nadie ni rehúsan el saludo. No cambian el pelaje ni botan la escama. No buscan subir de categoría gracias a prebendas de distinta especie. Son sinceros, muchísimo más que el común de los personajes de carne y hueso que transitan por nuestras calles. 

Dice el crítico literario José Promis:

“Las novelas y relatos breves que Juan Mihovilovich ha venido publicando desde mediados de la década de mil novecientos ochenta -específicamente desde 1983, cuando apareció “La última condena”- lo definen como un autor que ha hecho suyo el proyecto narrativo de observar los laberintos más recónditos y oscuros de la personalidad humana, aquellos espacios que normalmente quedan fuera de las representaciones superficiales ya sea porque no interesan en una narrativa de pura entretención o porque exigen manejar un lenguaje cuyo dominio escapa a los novelistas de buena voluntad y mucho entusiasmo”.

De acuerdo. Totalmente de acuerdo. 

Sigamos con lo opinado por el crítico Promis:

“La novela (Desencierro) adquiere la forma del relato testimonial que pretende justificar una culpa cometida y utilizar el lenguaje como instrumento de expiación. Contemplamos el extenso soliloquio con que un individuo innominado responde a las preguntas de un interlocutor (cada uno de nosotros) que lo visita en el lugar donde este personaje ha sido recluido, un lugar al que la voz narrativa no permite escapar de su bruma. Puede tratarse de un asilo de ancianos, una habitación de un hospital psiquiátrico, la celda de una cárcel para presos políticos o su propia conciencia enajenada”.

De nuevo el acuerdo es absoluto. Y es que de eso trata esta novela. Ni más ni menos.  

Y bien dice en otro comentario Claudio Godoy, del Área de Arte y Literatura de la Universidad Católica del Maule :

“En medio de este monólogo explicativo confesional en que por momentos se transforma la obra -asistimos a la puesta en escena de parte de la vida del protagonista- nos enfrentamos a situaciones profundas y terriblemente humanas que en más de algún momento nos dejan una sensación de nock out técnico, es decir, absolutamente mareados y confundidos; en ocasiones podríamos decir, incluso, algo asqueados”. 

Curiosa capacidad la de Juan Mihovilovic, esta de perturbarnos, esta de borrarnos el entorno o trasgredirlo, o soslayarlo apenas, como asimismo las ambientaciones de extramuros, las familias y sus orígenes,  la historia, la naturaleza, el clima. Confieso que me intrigó la lectura de “Desencierro”, una intriga muy sospechosa, y muy perturbadora. Salvo las aves.  

Dice Pedro Pablo Guerrero:

“Gaviotas, colibríes, golondrinas, gorriones. En sus libros la locura se asocia a las aves. ¿Qué representan?-Ya Kafka señalaba que "el escritor que no escribe es un monstruo que invita a la locura". En “Desencierro” el delirio abarca dimensiones metafísicas. Anclado a un espacio asfixiante, para el personaje central la libertad del vuelo de las aves se vuelve un lastre, pero también una aspiración”. 

Perfecto. Pero no por ello es una narración desambientada, fuera de contornos geográficos. Si “La Ultima Condena” se situó en Yumbel o “El contagio de la Locura”, en Curepto, esta se sitúa en el recuerdo infantil y juvenil de Punta Arenas. De allí que cueste concordar  con esta  otra apreciación:  “la supresión de descripciones espaciales y la escasa entrega de referencias temporales”.  La verdad es que no es tan así. “Desencierro”, como otros libros de su producción, muestran a un autor muy claro en su espacio temporal. Lo que sucede es que lo utiliza en su justa medida, no abusa. Al menos el espacio aquel en que se han desenvuelto sus personajes durante la infancia, es decir, la propia infancia de Juan Mihovilovich, para decir las cosas por su nombre. Lo contrario es  desconocer nuestra “magallanidad”. Así como la han desconocido muchas y muchos analistas y comentaristas de la novela “La vida intima de Marie Goetz”, de Mariana Cox Stuven, editada en 1908, por ejemplo, a la que le han negado su geografía, sin saber que esa novela resume a Punta Arenas y a Magallanes hasta por los poros, y de manera admirable, por lo demás. 

En “Desencierro” está claro el origen del protagonista. Valgan estas señas:“Era viejo mi abuelo y más bien triste, aparte de su hosquedad……desde abajo podía ver sus pupilas celestes….como venía del mar Adriático conocía la otra cara del mundo…me decía que visitaríamos la tumba de su padre y así la cadena de la vida no se cortaría….me insistía en conocer el origen….me había dicho que allá la gente de cien años esperaba la muerte en una gruta semejante a un santuario ubicado en lo alto de la isla”.

Hay más frases similares. Es la ascendencia del propilo autor la que habla, la que sale a flote. Los abuelos nuestros dálmatas, los queridos nonos eran más bien tristes, melancólicos, añoraban volver al lugar de origen desde donde habían partido, a esa isla que no puede ser otra que Brac. Y lo de la cadena de la vida, ni más ni menos que el orgullo familiar, el conocimiento de la propia historia. Esa herencia tan arraigada en los inmigrantes eslavos. 

De esa magallanidad está llena este “Desencierro”. Muchas narraciones anteriores de Juan también. Y aquí se percibe una insistencia en volver a motivos ya soslayados, como en la novela “Sus desnudos pies sobre la nieve” o a cuentos como los de su libro “El ventanal de la desolación”, principalmente aquellos asociados a la niñez que tanto marca a las personas. A propósito, qué título. .¿Desde qué ventana se puede mirar la desolación, la misma de Gabriela Mistral, si no es desde una de por acá?  Pues vuelve a los anteriores desarrollos creativos en párrafos de esta novela cuando habla del viento, de la  nevazones, de la lluvia helada, de las olas del Estrecho, del barrio, de las gallinas en el patio. 

 Sí, hay que ser magallánico para entender las claves magallánicas de un escritor nacido en estas tierras. Mucho más evidente todavía resultan estos alcances al azar: “Un río partía en dos a mi ciudad…..¿conoce los calafates? Son unos sureños frutos silvestres que crecen entre arbustos espinosos…en mi ciudad el sol  es excesivamente luminoso en primavera…..Lo que sí me costó entender sobre mi abuelo fue su condición de matarife. Se me hacía un mundo imaginar que ensartara corderos con un gancho y destripados los colgara de unos fierros”. La verdad es que ante estas especies de cuadros de costumbres no hay nada que explicar. Más que suficiente descripción geográfica y de hábitos, de vivencias, y hasta composición social, netamente magallánicas, mejor dicho puntarenenses, al menos en el recuerdo de su protagonista, cuando nos esboza su procedencia sanguínea: “Mis padres se encontraron o se reconocieron por esos equívocos que el destino se empeña en forzar. Ella provenía de esas islas perdidas en un archipiélago sureño, cerca del golfo de Penas….Se vino lavando los pisos de tercera clase en un buque mercante que demoraba una semana en llegar a destino….Mi padre era todavía un niño apaleando vacunos en el matadero de la ciudad…..ah, un dato anexo: mi abuelo paterno llegó a la ciudad la segunda década del siglo. ¿Desde dónde? Tómelo como algo casual: desde un archipiélago en el mar Adriático. También vía marítima y lavando piso de un buque de tercera”. 

Lo otro, la causa del encierro, puede tener distintas aristas, más allá de lo visible o previsible. Más allá de ese algo dentro de un cambucho de papel que el protagonista arroja a las aguas del río, que no puede ser otro que el río de Las Minas. Porque allí puede estar el cuerpo del delito, la clave total o un simple detalle atrapa incautos en el complejo entramado de esta novela. Lo que queda más o menos claro es el cambio de escenario. El protagonista cuenta desde un lugar distinto al de su infancia y al de los sucesos que le marcaron la vida. Su reclusión no la vive en el mismo espacio geográfico dónde presumiblemente se cometió la falta, pues intenta recordar cada mañana cómo despuntaba el alba en el Estrecho, y cómo le temía en días de temporales, imaginando maremotos que dejaban peces boqueando en la arena tras el retiro de las olas. Porque ve las ramas de un avellano desde su encierro, y los avellanos no son de por estos lados. En cambio sí lo son robles y coigues, donde buscaba doncellas que jamás se le presentaban, allí en la ciudad de la infancia, la Punta Arenas limitada por ese mar desafiante y esos cerros cambiando sus colores. Una ciudad que confiesa siempre le provocó reacciones encontradas. Una especie de amor y odio. ¿Quién se sincera al fin de cuentas, el protagonista o el autor? Mejor todavía, ¿es el autor que se vale del protagonista para expresar estos sentimientos paralelos? Si así fuere no sería el único. No son suficientes los dedos de una mano, para contabilizar autores conocidos por este tipo de antagonismo con la ciudad que los vio nacer. Y estoy hablando muy claramente de autores australes, por supuesto. 

Juan Mihovilovic nos entrega un madurísimo relato. Redondo en su concepción, bien armado, aunque uno se pregunta si acaso algún libro anterior suyo está falto a estas características, desde la ya nombrada “La Ultima Condena” hasta “El contagio de la Locura” o “Restos mortales”. Pregunta que es muy fácil de contestar con otra interrogante: ¿Es que hay algo que se aparte de esta norma? Y es que Juan es un escritor muy regular, (regular en términos de equilibrio), puesto que su producción no tiene mayores y evidentes altibajos, ni tampoco el estilo de entregarnos sus historias, por lo general con total desafección por los puntos apartes. Difícil y envidiable condición la suya, la de narrar confesando y de confesar narrando. Pocos pueden ostentar características similares. Y de ser tan íntimamente autobiográfico, casi radiográfico, pero confundiéndonos en creer lo que  fue con lo que no sucedió, o que tal vez aconteció pero con algunos matices diferentes. 

Dice el propio Juan: “Gran parte de esta novela corresponde a la realidad, luego es verdadera; y gran parte de ella es fruto de fuerzas físicas, emocionales y mentales del autor unidas a su imaginación, lo que de alguna forma obedece a su personal e interna realidad, en cuyo caso tampoco, dicha parte, deja de ser verdadera”. 

Por ello es que auguro una sonrisa de Juan cuando termine de presentar y de analizar esta novela. Una sonrisa con la que me dirá diste en el clavo, una correcta apreciación, dentro de lo equivocado que estás. Claro, como para sentirse un perfecto idiota. 

Y una última consideración: a más de alguien asombra su condición de juez y escritor, como si la balanza se desequilibrara siendo lo uno y lo otro al mismo tiempo. Incomprensible, cuando un escritor vive juzgando. Y vive haciendo lo que se le ocurre frente a la hoja de papel o a la pantalla del computador. El escritor es el que finalmente decide, sentencia, condena. Es juez y verdugo de sus personajes, porque cuando llegan a molestarle en demasía simplemente les quita la vida, y ni se molesta en saber si van a tener o no una digna sepultura. Con la diferencia que en Juan Mihovilovic su profesión de juez de personas le sirve para comer, y la vocación de juez de personajes literarios, para alimentarse. Y entre comida y alimento hay una buena distancia de por medio.

Punta Arenas, 09 de diciembre de 2009

 

 

 

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