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Los rebaños del cíclope
Autor: Sergio Infante
(Novela 2008, 286 págs.  Editorial Catalonia) 

Por Juan Mihovilovich


“¡Cómo le gustaba, cuando niño, tenderse boca arriba
a descubrir  figuras en las nubes!” (Pág. 79)


Se podría decir a priori que la novela gira en torno a Ximenez, un pintor de segunda que vive en las dimensiones de lo excelso, en ese plano al que solo los grandes pueden acceder a pesar del desconocimiento, la ignorancia o el simple olvido; y se podría decir que ese es el "meollo” de la novela, su centro, nervio o motor....y en parte sí, lo es.  Pero, ¡cuidado!  Hay demasiada intensidad literaria, demasiada vida, real o imaginada, en esta novela admirable para creer de buenas a primeras que toda ella reside en las vicisitudes de un pintor genial relegado a la trastienda. 

Cierto: he ahí a Ximenez, a “Chaguito” en "La Piojera" mimetizado con sus "iguales", homenajeado por los "ninguneados" de siempre por el simple hecho de alzar una copa  y compartir el presente y el olvido mismo, accediendo a ese artista que no golpeaba puerta alguna, pero que esperaba atravesarlas todas; o que esperó inútilmente que alguien se las abriera. Y luego, ese hilo conductor subyace en una trama múltiple, las historias colaterales se yerguen con una fuerza inusitada, potente, desoladora a veces, entristecida en otras, angustiante incluso, no obstante ese tono hilarante y tan chileno cruzado con frases de humor negro o agrio, que realzan la inmediatez de lo efímero y que llevan esas historias a insertarse en nuestra memoria como si alguien las esculpiera en nuestro corazón a pesar de nuestra torpe y debilitada voluntad. 

Cómo no emocionarse entonces con  las digresiones de Cordero o el extravío perpetuo de Ximenez; con la grisácea lealtad de Latour, un actuario de tribunales en retirada; con la irrestricta fidelidad  de Olga, compañera del pintor; o de la nostálgica presencia de Mafalda que desnuda de vez en cuando al narrador con su invisible índice condescendiente.  Como no identificarse con los requiebres de un narrador que mira la brújula del mundo hurgando en los bolsillos de su angustia personal; helo allí enrevesado en el desarraigo, no sólo de un país, de sus añoranzas tan indivisibles, de sus relaciones tan queribles y atormentadas, sino de su carencia de ubicuidad existencial, anonadado por un tiempo que pareciera nunca haberle pertenecido y que se yergue como una muralla que le obstruye la luz, o su propio destino o el destino de los otros; y oh, hermosa paradoja, descubriendo en cada detalle de los demás su desolada historia personal. Como no identificarse con esos rasguños de una divinidad intuida, que revolotea a veces en esas pinturas olvidadas (¡ah, el prodigio del arte, la suprema confabulación de la belleza que salva, aunque pareciera hundir!); cómo no sensibilizarse con los manoteos de un ahogado que no perecerá jamás si ha logrado desmenuzar hasta el más nimio detalle el padecimiento configurado en un cuadro, la representación más cabal de la vitalidad humana, del desorden mental, de la bestialidad de una época que nos persigue como un estigma y que todos quieren relegar a los desvanes del olvido para no ver ni recordar cómo  se “desgarraron” las maravillosas obras de Ximenez.

 Pero no.  A pesar de las “Andujares” (Loreto Andujar es uno de los personajes centrales, dueña de una galería de arte que promete eternamente la exhibición de las obras de Ximenez) que pululan por el mundo postergando con ventajas al genio soterrado, a pesar de los pesares y pesadeces de la inhumana naturaleza que nos cobija en una materialidad decadente, hay “algo” en esta novela que salva: “cuando se está perdido en el callejón, el callejón es la salida…” (Roa Bastos, quizás…) Y allí  radica, precisamente,  la salvación de ésta novela:  los lectores despiertos leerán entre líneas y verán -quiérase o no-  que tras la velada mirada tenebrosa de los personajes ocultos que mueven al mundo aparente y su desgaste irremediable (sea un suicidio o un golpe militar de por medio) es preciso transitar en la oscuridad, porque después de todo, siempre      -esa oscuridad- resulta temporal…aunque nos duela esta novela y nos deje mirando desde las alturas a una ciudad desechable y su porfiada luminosidad gastada  bajo un  sol eterno, que a duras penas disipa la niebla de este país y nuestras vidas…
Una gran novela, sin duda.


 

 

 

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Los rebaños del cíclope.
Autor: Sergio Infante.
(Novela 2008, 286 págs. Editorial Catalonia).
Por Juan Mihovilovich.