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La obra narrativa de Juan Mihovilovich: una apuesta a lo indecible

Cristian Montes Capó
Profesor Universidad de Chile


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Si hubiese que proponer una nominación aproximativa para referirse a la obra de Juan Mihovilovich,  una definición apropiada  podría ser la de novela existencial, expresión utilizada  por el filósofo Julián Marías, en su célebre libro sobre Miguel de Unamuno, para aludir  a un tipo de obra donde se consolida una reflexión sobre la vida, la persona y el ser humano en su integridad. Se tematiza, en consecuencia,  la soledad del alma individual, la búsqueda de sentido, la tensión constante entre la vida y la muerte, la dualidad autenticidad / inautenticidad, lo pulsional y lo tanático, entre otros ámbitos temáticos afines. Autores como Kierkegard, Kafka, Dostoievski, Rilke,  Unamuno, Camus, Sartre, Sábato, entre otros, son representativos de una filosofía que se traduce, principalmente,  en la vivencia de  situaciones límites, en términos de Karl Jaspers, es decir, condiciones extremas que el individuo no puede cambiar ni explicar, como el sufrimiento, el sentimiento de culpa, la finitud, la idea de la vida como lucha y sufrimiento y  la inseguridad ontológica respecto a sí mismo y hacia los demás. Es elocuente que Juan Mihovilovich, se identifique más con la genealogía de autores mencionados que con alguna determinada tendencia de la literatura chilena. Es en la novela existencial donde se inserta fluidamente una escritura en la que quedan inscritas interrogantes vitales acerca de la condición humana, las que nunca son respondidas en la textualidad,  puesto que no se elaboran hipótesis que puedan otorgar  reposo al siempre exigido lector. Es el acto de lectura  el que estimula a  volcarse dentro de sí mismo para que tales inquietudes resuenen internamente. 

Desprendidas de esta matriz de conocimiento, la presencia de nuevos núcleos temáticos se articulan a un  procedimiento constructivo en que  diversas  oposiciones  son neutralizadas y deconstruidas  por un lenguaje signado  por la indeterminación.  De esta manera, opuestos como cordura /locura, realidad/ irrealidad/ conciencia/inconsciencia, identificación /desidentificación, vida/muerte, son interferidos  semánticamente para terminar mostrando que estos términos no solo se oponen sino también se retroalimentan y contaminan, viviendo uno dentro del otro,  generando desde allí nuevas intensidades y amplificando su virtud connotativa. La naturaleza humana adquiere así un rango indescifrable y las circunstancias descritas y el tipo de sujeto comprometido en ellas, desacreditan cualquier intento de definir objetivamente lo real o de leer desde una clave realista.

El carácter de novela existencial, se expresa aquí en un afán  indagatorio que desmantela las certezas construidas por la sociedad y  relativiza la materia del mundo con interrogantes tales como ¿Qué es la locura? ¿Qué la genera? ¿Dónde radica realmente la grandeza del ser humano? ¿Cuál es el sentido de la vida y cuál el de la muerte? ¿En qué consiste poseer una identidad?  El discurso narrativo se hace así portador de  una visión de mundo compleja y con múltiples niveles de significación. En el espesor textual son convocadas inquietudes filosóficas, sociológicas y antropológicas, que denuncian los circuitos del poder  omnímodo en la subjetividad de los seres humanos, la intervención en la intimidad de los dispositivos de alienación del capitalismo,  la deshumanización del ser humano, la hostilidad del mundo, la competitividad desenfrenada, la soledad personal en medio de la multitud,  la violencia generalizada,  el afán de  dominio del otro y el individualismo a ultranza. Según Guilles Lipovetsky, en su libro La sociedad de la decepción: “En las sociedades dominadas por la individuación extrema, la esfera de la intimidad es la que sufre la decepción de manera  más inmediata e intensa”.  Es justamente una decepción profunda respecto al orden de cosas lo que se observa en las novelas de Juan Mihovilovich, un particular estado de ánimo, entendiendo por ello, la tonalidad emocional no solo personal, sino social, que está siempre presente en todo  texto ficcional y que permite  comprenderlo como parte vital del presente.

En el arte narrativo de Mihovilovich, dicho estado de ánimo está en consonancia con la situación contextual chilena, como es el caso de la experiencia de la dictadura militar, situación que generó un descalabro simbólico en la sociedad, incubando dentro de cada uno una especie de dictador intransigente y autoritario. Se alude  en las novelas al miedo inconsciente al otro y a la pérdida del sentido de comunidad.  La escritura revitaliza el tema de la memoria, tanto individual como colectiva, y la necesidad de no permitir que el olvido de lo sucedido en los tiempos del horror se superponga al ejercicio de  una  memoria activa y al imperativo de seguir procesando un duelo que parece ser interminable.

Sin embargo, en la visión de mundo propuesta aquí, se observa al mismo tiempo una contraparte a la decepción generalizada,   inscribiéndose en los enunciados una dimensión ético-social   que no solo denuncia sino también propone una revalorización de la libertad, de la honestidad del escritor como un  valor intransable y de la posibilidad de recuperar la esperanza en un mundo distinto,  donde no existan las enormes desigualdades sociales, ni tanto egoísmo ni una extrema codicia.

Esta visión de mundo  es determinante en la composición y caracterización de personajes generalmente  invisibles en el tejido social, desvalidos y marginales, tanto en lo cotidiano como en lo simbólico. Como afirma el autor: “No sé si sean o no más interesantes literariamente hablando. Creo que la opción tiene que ver con el legítimo sentimiento de compasión - amor, no lástima- que se tiene por los seres más desposeídos que, al fin de cuentas, son una extensión de la ausencia de amor (…) En la pobreza y marginalidad se encuentran valores más profundos y duraderos que en otras capas sociales, aunque las miserias humanas atraviesan la escala social”

Tal como ocurre en los distintos niveles textuales, la caracterización  de quienes componen los mundos imaginarios,  son entidades perfiladas en varios planos, con precisión descriptiva y profundidad psicológica. Al igual que lo que sucede con los narradores, los personajes se debaten entre los avatares de una entidad difusa y porosa, y la sensación de extrañamiento ante el mundo y ante sí mismos.

Respecto ahora  a ciertos aspectos del estilo literario y las herramientas de percepción de esta producción literaria, hay que destacar, en primer lugar, que el recurso formal privilegiado por la autoría implícita es  la perspectiva  interior,  ya sea cuando los relatos están focalizados en la conciencia de los  narradores o en la de los personajes. Unido a esto,  la activación constante de  subjetividades  hiperlúcidas y  agudamente reflexivas,  posibilita el devenir fluido de una modalidad narrativa que el autor  trabaja con esmerado acierto,  como es el monólogo interior. Tal estrategia de construcción discursiva potencia, desde diversos ángulos y a través de múltiples posibilidades y variantes, el orden de la representación.

La focalización interna preponderante y el monólogo interior hacen que el discurso oscile con frecuencia desde el discurso indirecto libre a lo que Robert Humphrey definió como la corriente de conciencia en la novela moderna, elemento constructivo-narrativo  que salvo Carlos Droguett, no ha estado muy presente en la literatura chilena. La elaboración de los aspectos temporales como los enclaves psicológicos comprometidos intensifican la sensación de estar en un constante descender hacia la interioridad de todos los agentes del circuito de comunicación, es decir: autor, narrador, personaje y lector.

Esta suma de recursos expresivos y compositivos redunda en la sensación lectora de enfrentarse a un discurso donde la autenticidad es la  condición fundamental de  una mentalidad autorial elaborada y consistente. Pareciera que en el gesto escritural del autor implícito –y podemos a aventurar que también del autor Juan Mihovilovich- es la intimidad del sujeto lo que otorga a un texto su condición de objeto  artístico. La idea que subyace  aquí es que es a partir de estrato íntimo y subjetivo del autor, que los demás eslabones del discurso narrativo van adquiriendo forma, por ejemplo lo que se define como el ritmo narrativo de un relato, la visión de mundo que éste configura, el carácter específico que adquiere la constelación de personajes, entre  otros constituyentes de todo mundo fictivo.

Para concluir, quisiera decir que  la obra de Juan Mihovilovich hace años ha devenido referente fundamental de la literatura chilena actual. Pocos autores han alcanzado la solidez de una Voz tan potente y  un estilo de tal consistencia. En los mundos representados, ya sea que estén centrados en el sur de Chile, en la provincia, o en los  avatares de la ciudad o del país, resuena  siempre una inquietud metafísica, una búsqueda espiritual, un deseo de otredad y un imperativo ético que otorga a su literatura un sello inconfundible. Y todo esto,  vehiculado por una escritura precisa, una técnica sumamente depurada y un encomiable virtuosismo narrativo. 



 

 

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