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Jocelyn-Holt y la elección del enemigo

Por Joaquín Trujillo
En Revista Hueders, Nº 6, Noviembre 2009

 

El historiador y esteta Alfredo Jocelyn-Holt Letelier ha visto reeditado este año La Independencia de Chile: tradición, modernidad y mito, su tesis doctoral de Oxford, después de los tres tomos (de seis) que conforman la Historia General de Chile, obra de proporciones hoy desacostumbradas, a la cual ha dedicado parte de la última década. Conforme a un espíritu crítico que le ha granjeado una numerosa asamblea de detractores, según una actitud suya muy anglosajona que en Chile aparece como una especie de absurda hazaña, Jocelyn-Holt ha realizado un ejercicio historiográfico de sugestiva refundación de los mitos mediante un examen inspirado, al efecto de aquello que T.S. Eliot llamaba la poetización de un mundo despoetizado. Muy en la línea de un romanticismo escéptico –atributo que Jocelyn-Holt descubre en el Portales de su Peso de la noche (quizá a modo también de diagnosticar su propia psiquis)–, la reconstitución íntima de aquéllos llega más allá de los objetos mitológicos obvios. Se instala en el tratamiento mítico, incluyendo la historiografía chilena misma sin incurrir en la burda invectiva de desmentirla. Como busca una pinacoteca en la mente de esos grises personajes descritos por la corriente positivista, acaba por reencontrar un inusitado claroscuro en un pasado que se había vuelvo de una opacidad preocupante. A este respecto, alumbra su formación de historiador del arte en Johns Hopkins.

En El Retorno de los dioses (tomo I), sirviéndose de la clásica oposición debida a Hegel, según la cual la historia es europea como la geografía es americana, Jocelyn-Holt instala la lente pictórica que reconfigurará simbólicamente espacios necesitados, según la mente europea, de un orden cosmológico. Ese orden del sacrificio, de la momia de El Plomo, será absorbido por el orden del paisaje, ese paisaje que es obra –dirá Jocelyn-Holt ya en Amos, señores, y patricios (tomo III)– de la nueva perspectiva pero también de la descripción inédita que le dio el clasicista Alonso de Ovalle. Esa fue la descripción lírica sobre la cual se desarrolló el campo chileno. A falta del oro, ya en Los césares perdidos (tomo II), exhaustos por el desplazamiento permanente hacia el sur del Perú ideal –ese lugar paradisíaco todo de oro, no el que fue finalmente–, los primeros habitantes españoles de Chile se habrían visto obligados a actividades creativas de la naturaleza (agricultura) y no de mera extracción, de explotación de la naturaleza.

En el contexto de un imperio de aspiración universal, la épica de Ercilla se vio tan frustrada como la perpetuidad de esa moderna catolicidad imperial de Carlos V. ¿Cuáles fueron las causas de esa frustración? La aparición de un enemigo, un guerrero a la manera clásica greco-latina, que sin embargo no pudo ser vencido. Ese era el mapuche. Y la épica –La Araucana de Ercilla– necesitaba clausurarse en la realidad de su objeto poético. Es muy interesante que para Jocelyn-Holt sea la dignidad absoluta del enemigo, finalmente, la posibilidad de una guerra de amor. Toma en función de esta tesis El cautiverio feliz de Pineda y Bascuñan, y así rescata a esa frustración, de consecuencias pesimistas casi obligatorias. Aquí estaría la primera dignidad del enemigo en la formación de Chile. Pero no sólo eso.

En su relación con la obra de Gabriel Salazar, Jocelyn-Holt ha descubierto a un contrario simétrico. Es por eso que plantea Amos, señores y patricios como el bajo continuo de Labradores, peones y proletarios (uno de los textos clásicos de Salazar), o viceversa. Una doble imagen donde el espejo no hace de contrario –como diría el poema de Ajmátova–, sino de amigo.

El sesgo clasicista ­–la apoteosis de la simetría– es una riqueza singular en Jocelyn-Holt, con la que ha desentrañado un espacio de la historia de Chile entregado a una historiografía “clasista” de libros de genealogía mecenada, de una apología adicta al capital de turno. Ha hecho, en su última entrega, del sentido aristocrático de la historia de Chile un enemigo feroz de los dominadores de Chile, aquellos que lo tratan como un territorio de estancia reciente. Ello, en la línea del Balance patriótico de Huidobro. Así, la insistencia de Jocelyn-Holt en el criollo como el sujeto histórico chileno por antonomasia ha sido una advertencia sobre el pasado y más aún, el futuro, que, de tan importante, conviene a muchos pasar por alto.

Ese sujeto –lo había llevado a su sitial mucho antes con La independencia de Chile–está conformado por familias que se levantan y se hunden pero que no se agotan en la privacidad de un mundo que sólo atañe a sus descendientes. Es el mundo donde familias están dispuestas a enemistarse a muerte por su cultura pública, a empobrecerse en función de campañas políticas, a mantener el monopolio meritocrático de la institución universitaria, en vez de servirse mutuamente como meros contactos. La sociedad apareció cuando se prohibió el incesto, dijo Levi-Strauss.

Una épica frustrada, una revolución que se pospuso hasta la reforma agraria, y el patricio urbano y rural en su duplicidad al centro, son los grandes engranajes de una historia que admite el espacio de otras historias, allí donde pueden darse los grandes enemigos en tanto bien demasiado escaso. La historia de Jocelyn-Holt es abundante en ellos, y la historia en la que él se vuelve historia quizás no esté a la altura de los libros.


 

 

 

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