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Pura Palabra

Por Jaime Pinos
Leído en el encuentro de editores independientes Pura Palabra. Isla Negra, Julio de 2011

Ilusos pero con ilusión

Parto agradeciendo la invitación de los organizadores de este encuentro, Pura Palabra. Más aún, encontrándonos en un lugar tan significativo para la literatura chilena y universal como esta casa. Lo que sigue son algunos apuntes escritos con la intención de aportar al debate. Algunas ideas sobre el asunto de esta mesa, las políticas de las editoriales independientes.

La situación

La situación es adversa, qué duda cabe. Se edita en un país que parece entregado al poder del dinero y los ritos del consumo. La literatura no existiría en la sociedad capitalista, sino se la hubiera encontrado hecha, escribió Ricardo Piglia. Palabras aún más válidas a la luz de la historia cultural chilena de las últimas décadas.

Consumidores en vez de lectores. El libro como mercancía antes que como bien cultural. Predominio de la edición comercial que concibe el libro como un mero producto que se oferta igual que un electrodoméstico o un par de zapatos. Y se consume con la misma banalidad.

Se explica. Las multitudinarias manifestaciones sociales de los últimos meses, si algo han dejado en evidencia es todo lo que no se hizo después de la dictadura. Entre otros, en los planos de la educación y la cultura. Una dictadura que, no hay que olvidar, tuvo como una de sus escenas inaugurales la proscripción y la quema pública de libros.

Esta herencia negra podría describirse a grandes rasgos.

Una crisis a nivel educacional que, respecto a la lectura, se ha traducido en niveles de lectoría y comprensión paupérrimos entre los niños y adolescentes chilenos. Los niños chilenos no leen. Y si llegan a hacerlo, no entienden lo que leen. Triste futuro para la literatura y la edición chilenas el de  existir en una especie de  desierto. El desierto de un país sin lectores.

La carencia de políticas públicas, consistentes y efectivas, para fomentar la lectura y el libro durante estos años explica también porqué estamos donde estamos. Esa carencia o debilidad, dejaron el espacio libre para el mercado que, como era previsible, se ha convertido en un espacio de censura y exclusión. Para el mercado, los discursos críticos, es decir, todos aquellos que se alejan del sonsonete monocorde del pensamiento único, no son negocio. Lo que no vende, no existe. La poesía no vende, por ejemplo. Lo que vende, y muy bien, es la degradación de la literatura en mera entretención o divertimento. Libros no para comprender la realidad, sino para evadirse de ella. Lo que Jorge Herralde, el mítico editor de Anagrama, llamó la Edición Espectáculo.  

Finalmente, la concentración editorial, otra de las consecuencias de la intervención mercantil sobre el espacio cultural, ha reproducido a escala local lo que el editor de New Press, André Shiffrin, anticipara como un proceso mundial en su libro La edición sin editores. Grandes grupos transnacionales o consorcios de la comunicación adueñándose de la escena. Desaparición de la edición nacional o con vocación cultural o alternativa. Desaparición de las librerías de librero desalojadas por las grandes cadenas.

En un país como el actual, más allá de las diferencias de época, parece inimaginable una trayectoria como la de Carlos Nascimento, por ejemplo. 6000 títulos editados, las primeras ediciones de Pablo Neruda y Gabriela Mistral. Lo mejor de la literatura chilena en su catálogo. Un editor como un constructor influyente y respetado de la cultura y la identidad nacional, desde sus letras.

La situación es adversa, decía al principio. Sin embargo, justamente en medio de este contexto adverso, asistimos a una paradoja. El surgimiento de una vigorosa y multifacética escena de edición independiente.

La política

Hace poco asistí a una mesa de discusión en Santiago sobre edición independiente. La convocatoria era a discutir la función política de la edición independiente. Me parece pertinente insistir aquí en el punto de vista que expuse en esa ocasión. La edición independiente no debe cumplir una función política. La edición independiente es una política, en sí misma.

Frente al oscuro panorama ante nosotros, la emergencia de un movimiento vital y diverso de edición independiente ha sido una contestación concreta al actual orden de cosas. A la amenaza real de desaparición que el mercado hizo pender sobre la literatura, los discursos críticos y los registros de realidad contradictorios o alternos a la narrativa del poder.

Do it yourself, reza la vieja consigna punk. Creo que esa es  una de las consignas comunes que alienta un abanico increíblemente diverso de proyectos y emprendimientos editoriales. Seguramente, el auge de las editoriales cartoneras, un movimiento que ha alcanzado ya escala latinoamericana, es una de las expresiones más visibles de esta poética y esta política de autonomía. Hacerlo uno mismo, publicar lo que se quiere publicar. Aún a contramano de lo que el mercado dicta que no existe o no debe existir porque no se vende.

Eso es, en esencia, una editorial independiente. O mejor, un editor independiente. El que publica lo que quiere, contra viento y marea. Muchas veces, contra el dinero y el poder. Ese viento y esa marea. Sin embargo, creo que es justamente en esa voluntad y en esa convicción donde radica su fuerza y su relevancia.

La pregunta es en qué sentido va a evolucionar el movimiento de la edición independiente. Esbozo algunos elementos, problemas a resolver en distintos planos.

Desde luego, me parece vital promover espacios de contacto y cruce de experiencias. Este, y otros encuentros similares, son parte de ese esfuerzo. A partir de la especificidad de cada proyecto, de su particularidad territorial, genérica o estética, producir instancias de encuentro y confrontación de puntos de vista. Estas instancias de conocimiento mutuo son la base para explorar a futuro formas de coordinación en niveles más concretos: producción, distribución, visibilidad.

En este sentido, la edición independiente no debería convertirse en un mercado más. La edición independiente, esa forma de hacer literatura, debería ser capaz de construirse a sí misma completamente ajena a la lógica del sistema. En vez de reproducir esa lógica, constituirse en un espacio comunitario y democrático. Donde el mercado ha impuesto la incomunicación, restaurar el diálogo. Donde ha impuesto la competencia, practicar la colaboración. 

Las nuevas posibilidades tecnológicas son otro tema. De hecho, su utilización ha sido importantísima para las editoriales independientes al abrir un nuevo campo de circulación de contenidos y comunicación con los lectores. Un camino útil para saltarse o vadear la obstrucción del mercado. Seguramente, asistimos a un cambio de proporciones equivalentes a la invención de la lectura privada en el siglo XVI. A la época en que, ya generalizado el uso de la imprenta, empieza a democratizarse el libro y a volverse cotidiana una escena que hoy parece trivial: un libro frente a un lector. Las redes sociales, el libro electrónico, la impresión digital, están cambiando la forma de leer. Veremos si los editores independientes siguen siendo capaces de enfrentar estas nuevas posibilidades, complementarias al libro impreso, con inteligencia y desprejuicio. Sin olvidar que el sentido de una herramienta, cualquiera sea, lo da su uso.

Carlos Nascimento y su editorial homónima, Joaquín Gutiérez, Quimantú, David Turkeltaub, Ganímides, José Paredes, Sin Fronteras, Cristian Cottet, Mosquito Ediciones.  Algunos nombres, entre muchos otros. Editores chilenos de distintas épocas. Pienso en la rica tradición de la edición chilena y en el escaso o nulo conocimiento actual respecto a sus experiencias. El olvido es uno de los deportes nacionales, se sabe. Sin embargo, creo indispensable el rescate de esa historia de creación y resistencia cultural para alimentar los esfuerzos del presente.

Finalmente, creo que la propia comprensión del oficio del editor es fundamental para articular cualquier política. La tarea de un editor es leer y hacer leer. Leer la cultura de su época como un texto cuya interpretación marca el sello de cada editorial y su catálogo. El trabajo, a menudo detectivesco, de pesquisar las nuevas corrientes e identidades contraculturales y de rescatar y reinventar sus antecedentes. Las nuevas formas literarias engendran nuevas formas de vida, y es por ello que son tan repulsivas para las mentes conservadoras, escribió Chejov.El oficio del editor es, justamente, estar atento y persistir en la exploración de esas nuevas formas, vencer la resistencia de las mentes conservadoras. Hacer leer. Abrirle camino a las nuevas expresiones y reponer aquellas injustamente ignoradas.

Al principio hablaba de la paradoja entre la dificultad del contexto y la emergencia de una vigorosa escena independiente. Una escena que, frente al dominio casi absoluto del mercado, puede verse como una anomalía o una forma de guerrilla cultural. Respecto de estas anomalías editoriales, dice Jorge Herralde: podrían verse como síntoma de un malestar profundo, a veces explícitamente políticas, o bien en pos de otros horizontes intelectuales y literarios, un Gran Rechazo también al vigente modelo cultural, o más precisamente acultural, papillas predigeridas bajas en calorías, una escritura light, un menú único, que nuestros nuevos héroes, quizás un tanto ilusos pero con ilusión, se niegan a consumir.

Seguramente, en ello radica la fuerza y la vitalidad de la edición independiente en el Chile de hoy. En ese Gran Rechazo. En la negativa rotunda a participar de un modelo que ha depredado nuestra cultura casi hasta el límite de la extinción. Pero sobre todo, en el esfuerzo cotidiano de aquellos que siguen apostando a su resurgimiento. Ser editor en Chile siempre ha sido una cuestión de generosidad y de fe. El futuro posible de la cultura y las letras nacionales se juega ahí. En el trabajo y los aprendizajes de los editores independientes. Ilusos, como dice Herralde. Pero ilusos con ilusión.


Valparaíso. Julio de 2011


 

 

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Leído en el encuentro de editores independientes Pura Palabra. Isla Negra, Julio de 2011.