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Daniel Muxica
“Aprenderá que es soberbia
agregar adjetivo alguno a la muerte”

Por Jorge Polanco Salinas
Valparaíso,  junio de 2009

a Gabriela Pais y Ricardo Rojas

Es difícil comenzar a conjugar los verbos en pasado. Recién vuelvo a casa, y llega a mí una de esas noticias que remecen como un relámpago ciego: “murió Daniel Muxica”. Y como si no alcanzara a entender, modulo la sorpresa con los labios. Busco qué pasó con él, si quizás es una broma, pero no encuentro ninguna noticia, salvo un mail escueto y una nota en un blog.
 
A Daniel lo vi en febrero, y supe que viajaba invitado a un encuentro de poesía a Estambul; bromeamos con las odaliscas danzando –como en su libro sobre las bailarinas- mientras el poeta recitaba. Después de su paso por Europa trataríamos de que viniera a Chile con su amigo, casi hermano, Ricardo Rojas Ayrala. Conversamos mucho rato, como le gustaba a él. Es -insisto en presente- el típico argentino que habla en extenso, con gracia y humor narrativo, a lo que suma un puro a la boca. En Argentina he encontrado mejores personas que en Chile, seres humanos que no tienen ese recelo clasista, con dosis de resentimiento y desconfianza, tan típica de nuestro país. Se nota en algo que nosotros hemos perdido: el trato. La cortesía, esa forma de acogida gratuita, es una hospitalidad que la clase media argentina conserva. No pienses que soy un “maleducado”, me dijo Daniel, cuando una vez se colgó –como dicen allá- y olvidó dónde nos íbamos a reunir. Esa palabra –“maleducado”- no la escuchaba desde mi niñez, como varias palabras que uno oye en Argentina, dando cuenta no sólo de la resistencia a la tecnología propia de la vejez de Buenos Aires, sino también de ciertas formas de trato que persisten en su vida cotidiana.

Las veces que nos encontramos charlamos horas. Daniel tenía una manera característica de delinear su capacidad discursiva, unía la última palabra de una idea con otra, sin desmayo, de tal modo que cuando uno pensaba que podía intervenir, ya estábamos en un nuevo giro de la conciencia. Una vez, por ejemplo, cuando pasaba por Corrientes, calculando precios y libros como típico extranjero receloso, lo encontré de improviso en una mesa al medio de la calle; me invitó algo de beber y conversamos por largo rato junto a Ricardo Rojas sobre la escritura y la relación con la política (unión que es imprescindible en la mayoría de los escritores argentinos). Pasamos de Perón a establecer relaciones entre Racing y Wanderers, algunos poetas interesantes de nuestros respectivos países y la política de derecha que gobierna Chile. Daniel se esforzó en todas nuestras conversaciones por explicarme con detalle el peronismo; intentando, creo, exponer su relación con la izquierda peronista. Creo, porque todavía no comprendo exactamente la diferencia entre los movimientos políticos de Argentina.

En mi segundo viaje a Buenos Aires, me invitó a la noche para comer un asado. Su casa estaba ubicada en un sector áspero, cerca de Avellaneda, en Barracas. Llegué sin hablar una palabra tanto en el colectivo (así le dicen a las micros) como en la calle para que no notaran el acento, intentando reconocer la dirección. Allí estaba su esposa, la poeta Gabriela Pais, Luis Tedesco y su familia, además de dos enormes perros que giraban alrededor de la parrilla y unas columnas griegas que me llamaron la atención, tal vez porque irrumpían de pronto en medio de la casa haciendo eco con la bella arquitectura anacrónica de la ciudad. Más que conversar de poesía, estuvimos hablando de política y, por ende, de Fútbol. Dos temas que a la larga terminaron unidos al ejercicio de la escritura. Había publicado hace poco su libro La conversación, y aparecía una reseña en la revista Hablar de poesía, escrita precisamente por Tedesco. Un poemario interesante en varios aspectos, que me propuse releerlo como un homenaje a Daniel, y tomé algunos, breves, apuntes afectivos.

Llama la atención, en primer lugar, la apelación constante al lector, hablándole directamente como si estuviera en una conversación -tal como el título del libro- pero no una cualquiera, sino una referida a la imagen, los deseos, las palabras, la muerte; es decir, un diálogo metafísico escrito desde la soledad. Porque a pesar de que el libro llama a una conversación, hay una voz desperdigada en la página con un tono reflexivo e interrogante de su extravío, asemejándose tal vez a algunas narraciones de Samuel Beckett.  “EN EL FINAL/ querrá hablar/ aprenderá que el lenguaje es la última soledad/ tomará el teléfono para llamar a nadie (…) y no hay sótano más oscuro/ más húmedo/ más minucioso/ más ninguna parte/ que lo que cada uno dijo”. Y ese es el fin de la conversación.

Para alguien como Daniel, una persona tan llana, que desplegaba una amistad franca y acogedora, asombra el resultado de este libro, el tono de monólogo extraviado al que conjuga la mirada y la visualidad, junto con la inserción de frases autorreflexivas puestas entre paréntesis y cursivas, cerrando con una contraportada en que se incluyen solamente “X” y una pintura de Francis Bacon. En la gacetilla de prensa que acabo de encontrar en mi ejemplar, dice: “una poemática singular, un juego dialógico entre la imagen del sujeto camino a la muerte y el sujeto conversando con ella”. Cierto, pienso ahora, quizás la única manera de charlar con la imagen de la muerte, que es asimismo el paso del tiempo, sea el monólogo, el sin sentido al que queda uno expuesto en las vísperas. También muestra que, a pesar de la amistad y el cariño, la conversación y las palabras, hay algo de intenso monólogo como remanente de la experiencia. Algo que nos dice que no conocemos cabalmente a quien se encuentra a nuestro lado, algo no mencionado. Algo que me hace pensar en el Daniel que nunca conocí.

Sin embargo, en el mismo ejemplar que tengo de La conversación está el tríptico que anuncia el Encuentro de poesía donde nos conocimos en la ciudad de Tandil, el año 2006. Y da cuenta de varios datos que generalmente uno puede mencionar de una persona. Por ejemplo que publicó la revista Los rollos del mal muerto, una edición bellísima que se confiesa como una publicación incómoda, como de hecho lo es; fue director de La bohemia, una editorial dedicada a la poesía, hasta que dejó su cargo. Publicó varios libros de poesía y narrativa, y podemos agregar que estaba a punto de publicar un nuevo poemario por el hermoso sello editorial Bajo la luna, y una novela por la conocida editorial Mondadori. Las dos publicaciones debieran salir entre julio y agosto de este año. Esas cosas se pueden mencionar, pero lo más importante es que de sus conversaciones puedo decir que era un amigo afectuoso, era uno de esos poetas que recogen a través de sus palabras el aprecio y la admiración sin retorcimientos. Era una de esas personalidades de la celebración, con responsabilidad política y capacidad de escucha. Era, y es difícil decirlo, porque la muerte deja la sensación de un fraude, la indignación por una injusticia que quiere revocarse. O como acuñan sus propios versos: “estará usted entonces en la sensación misma/intentará sobreponerse/ distinguir detrás el relámpago que ciega”.

 

 

 

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Daniel Muxica.
“Aprenderá que es soberbia agregar adjetivo alguno a la muerte”.
Por Jorge Polanco Salinas.
Valparaíso, junio de 2009