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El ojo afectado de Jaime Pinos
Trabajo de Campo, de Jaime Pinos (Arica: La Liga de la Justicia Ediciones, 2016)

Por Gastón Carrasco



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Parto de una premisa ética y estética: “no desviar la vista / pase lo que pase / sostener la mirada”. Jaime Pinos cierra su libro con estos versos, como advertencia al lector, pero también como recordatorio, para sí mismo. Una forma de no olvidar ni perder la valentía. Se sabe, la realidad puede devolvernos la mirada y obligarnos a mirar hacia otro lado, convertirnos en piedra si acaso la miramos directamente a los ojos. Aun así el poeta mira, anota y filma, a riesgo de perder uno o ambos ojos.

Este trabajo de registro no es objetivo a la manera positivista o científica, con la clásica separación kantiana entre sujeto y objeto, entre individuo y realidad, sino la afección de ese objeto en el sujeto, la permeabilidad de la realidad en el individuo, es decir, la manera en que el poeta ve esa realidad y no otra: “la descripción de lo visto por mis ojos / traza los contornos de mi retrato”. Entonces podemos concebir el trabajo poético - documental como una forma de entender no tan solo la realidad, sino también al autor y su visión, la manera en que esa realidad lo afecta y cómo eso cristaliza en el poema.

Es en esta cristalización donde vemos el cuerpo del poeta recorrer las calles, leer los diarios, dejarse permear por el tiempo y la historia de un país en llamas. En este punto parece sensata o justa la apropiación de los discursos oficiales (sistémicos, modernos) y volcarlos hacia ellos. Denunciar su desmesura y sus silencios, su constante ejercicio de protección hacia unos pocos y denuncia hacia los mismos de siempre. El poeta cumple con ampliar la mirada y entregarnos un plano general, con todas las directrices en torno a la vida de un criminal o a la historia cronológica de un país atrapado en la violencia. Ciertamente, una postura ética, forma de valentía o resistencia: “A pesar de todo, / estoy aquí, / escribiendo”.

En “Poética” de 80 días Pinos da cuenta de su vuelta al mundo y lo que queda de él: “Aquí, en este momento (este momento es la Historia) en esta época, bajo el polvo de estas ruinas”. Como el ángel de la historia de Benjamin la voz hablante de este poema es capaz de mirar hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo, entendiendo que los monstruos de la razón se apoderaron de nuestros sueños, de nuestras utopías. En el deambular por la ciudad enajenada, sacada de un imaginario tipo Hooper, no hay posibilidad de redención, no hay rechazo ni asombro. El flaneur baudeleriano no tiene ojos en donde ver la miseria, porque se fue todo un poco a la mierda.

Ni siquiera hay tedio. Solo algunas imágenes desperdigadas de otro tiempo. Pasajes, galerías, bares, vitrinas, todo reflejando caras sin expresión, gestos radicales de violencia. Imagino al poeta caminando con la luz tenue de un cigarro entre las manos, única emisión de luz en un Santiago vacío, destruido. Como ese personaje tellieriano que se queda contemplando los cohetes (en un cierto homenaje a Bradbury) en el poema “Cuando todos se vayan”.

De ahí la afección en el ojo de este documentalista de la realidad que “por buscar el asombro, / por masticar la rabia” sigue registrando. Pura porfía, pulsión de muerte incluso. Morir con las botas puestas, con el lápiz amarrado a la mano. Mientras la ciudad es sometida a la violencia radical del capitalismo, donde todo es imagen, sí, pero imagen publicitaria, donde todo es competencia, estadísticas y probabilidades. Ni siquiera la imagen de la carnicería basta, una procesadora industrial donde meten a la bestia con todas sus vergüenzas: pezuñas, pelos, dientes. Puro embutido. Ese tipo de violencia, industrial, en serie, untada en el pan de cada día.

No sería raro entonces concebir que cada texto de este libro es un ensayo, un informe, o como dice Carlos Henrickson en el postfacio, un “catálogo”. No una obra, gesto que parece imposible en nuestros días. Sino una forma de mirar o enfocar, una ética y estética documental afectada por “la ciudad, esa trama inabarcable, en el espacio reducido de la textualidad”.

Y acá un giro o cierre. El ojo afectado de Pinos no es tan solo afección de la realidad y cristalización en el poema. También es afección por el otro. Afecto, ese impulso “por demarcar el territorio donde se reconoce el silbido de los semejantes, ésa música”, añado, esas voces, reconocibles y queridas. Los otros donde generosidad, comprensión, sinceridad y valentía se materializan. Tener compasión por el dolor de los demás, no dejar a los muertos en el olvido, pero también celebrar, leer con los amigos, caminar y registrar pensando en los otros, con afecto, la última utopía que nos queda. 


 

 

 

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"Trabajo de Campo", de Jaime Pinos (Arica: La Liga de la Justicia Ediciones, 2016)
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