Daniel Plaza, la escritura como poética espacial: arqueología de una opacidad. Presentación de “Desierto”, Por Juan Pablo Sutherland


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Daniel Plaza, la escritura como poética espacial: arqueología de una opacidad

Por Juan Pablo Sutherland
Texto de presentación de la novela “Desierto”, de Daniel Plaza, BiblioGAM, 19.07.2018




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Preludio: lo que procede y sirve de entrada, preparación o principio de a una cosa. Lo que se
toca o canta para ensayar la voz, probar los instrumentos o fijar el tono, antes de
comenzar la ejecución de una obra musical. Composición musical de corto desarrollo y libertad
de forma, generalmente destinada a proceder la ejecución de otras obras
LA RAE.


Daniel Plaza ha pensado la metáfora del desierto como señuelo, como título y como camino incierto y misterioso de un territorio donde nada es seguro, aridez afectiva como llave, incertidumbre como pliegue y juego espectral en las vidas de 4 voces que acompañan esta novela. Desde El corredor, su primer texto, por cierto, fundacional de su poética, Plaza ha corrido y ha vuelto sobre ese imaginario espacial. Desde El corredor como huella de su primera narrativa, donde lo espacial es fundamental como materialidad y como delirio de otro tiempo, o como cita de un posible imaginario, nos encontramos con Desierto, que actuaría como campo extendido donde las vidas precarias o nuda vida, o biografías en suspenso, construyen un diario colectivo, o de narrativas que configuran cierto modo de habitar el mundo. El autor, entonces se ha valido de 4 voces que actúan como puntos de fuga o puntos ciegos en una historia que se piensa como un fractal, cada vida expuesta a un juego que supone las vidas como centros o periferias de los otros, algo así como vidas paralelas, donde el privilegio de mirarlas recae en los lectores como únicos autorizados para despejar la traición de cada una de las voces. Un juego polifónico bajtiniano donde no es posible pensar en una narrativa central como economía del acontecimiento. Un policía, un hombre del locutorio, la mujer de los mensajes, el narcotraficante, son los encargados de configurar el territorio que cita la aridez de la vida precaria, del oficio subalterno, incluso del policía como archivador de las huellas. Me interesa pensar el texto de Daniel Plaza como una escritura que se revisa a sí misma. Las voces de los personajes actuando como vidas desechables, picadas en la máquina del buitre, personaje que desata el universo presente en esta novela. La escritura como performatividad del asesinato, de la desaparición.  Quizás, aquí no existan personajes centrales, diría que la centralidad es la forma de construcción de la historia, el abandono de la linealidad, una retórica que funciona contra la interpretación inoculando el posible horizonte en cada huella. Me interesa Desierto por la forma de contar, por el procedimiento de habitar el mundo. La frontera de lo ilegible como riesgo. Que nos interesa saber. Pudiéndose inscribir el género policial en este texto, creo más bien que esta novela realiza el gesto del etnógrafo, o del crítico literario, que busca el procedimiento interno, la artesanía del relato como fetiche. Ese lugar por cierto es mi apuesta de lectura, la criminalidad es la forma, una narración fatídica, otra voz precarizada o definitivamente excluidas. El fantasma que recorre el texto de Plaza no es el crimen, más bien es la forma en habitar el mundo, la forma de percibir al otro, la violencia de la vida propia, el lugar del crimen esta en todos lados y por cierto en un lugar específico, de donde saldrá el olor que señala el cuerpo. Las voces como cuerpos sin esperanzas. Una novela de procedimiento, pero también una novela de vidas abandonadas donde no hay dirección fija. Es decir, vidas migrantes, desplazadas, anónimas y desechables que se refuerzan en una estética del fracaso, de la ruina. La productividad negativa de la derrota, exposición de una cotidianeidad sin deseo, sin futuro, finalmente no como metáforas sino como materialidades que exhiben lo disarmonico de las vidas sin horizonte.

Una narración entretejida en cuatro voces, algo así como el cuarteto de Alejandría de la migrancia, o del desmantelamiento del futuro. Narrativa que extiende una sensación, la metáfora del desierto como campo árido donde no existe ni la camanchaca que pudiese refrescar el tiempo y la rudeza de las voces.


Poéticas de género o la violencia como simbólica de la derrota.

La voz de una mujer a través de sus mensajes, la mediación a través de una máquina, su angustia como folletín del deterioro, de la marca cuando la pobreza solo es un horizonte para el que no tiene horizonte. La marca de género se profundiza aquí en una secuencia biopolitica (madre, operaria, migrante) donde todo se convierte en una huella. El trabajo, el hijo o el niño, el amante, todos lugares donde su precarización se profundiza, hilos del relato que juegan a exponer cierta morbosidad del deterioro. Plaza ha expuesto el procedimiento, como si quisiera que el resto diera el veredicto. El negro rodeado de la injuria, del trabajo al borde del maltrato constante, dimensiones que destaca esta narrativa donde todos pueden hablar, pero que hablen no significa nada. Aquí el subalterno hablo y qué, pero su habla no tiene decisión, su historia no importa, su vida es un espejismo que se pasea por la ciudad. En el imaginario del texto, no se nombra país, no se nombra ciudad, pero sabemos que esa espacialidad remite a un lugar que existe, es una cita anónima de uno de los anillos del infierno. No se marca localidad pues la espacialidad crea el anonimato, aunque cada vida sea una que se multiplica por millones. Es un chile fantasma, pero sin nombre, sin ciudad, como si quisiéramos evitar la molestia que ese paramo existe.

Gracias a la droga he logrado hacerme camino dice uno de los personajes de Desierto, economía al margen cruzado con la imposibilidad de otros horizontes, masculinidades no hegemónicas que vuelven siempre a la derrota en medio de la ferocidad del capital. Vuelo a insistir, ¿Cuál es el crimen? ¿Cuál es el delito? Quizá el cadáver, los muertos, o el olor del cuerpo ya ido, solo viene siendo una forma de presentar la obscenidad cotidiana del fracaso, del no lugar. Los personajes de DESIERTO, pueblan efectivamente el páramo, espacio donde no hay dirección, la geografía sin marcas, solo con las señas del norte o sur, o de pueblo o capital son señas o formas que retratan una espacialidad. En el corredor primera novela de Plaza, el personaje se desplaza, corre y no para de correr. Existe además el co-relato como un espacio distinto, donde la la simultaneidad de la historia ofrece la posibilidad de gestionar otra forma de ver el tiempo. En DESIERTO, el tiempo es circular, cada uno se toca en el otro posible. Dice Georges Gusdorf “Nadie es propietario de su vida ni de su muerte, las existencias se solapan de tal manera que cada una de ellas tiene su centro en todas partes y su circunferencia en ninguno”

En ese camino árido, las vidas de todos estos personajes se tocan como si fuesen un circulo virtuoso de lo ominoso (aunque rime) Circulo donde las vidas se tocan en un momento para construirse finalmente como un caleidoscopio. Desierto novela de Daniel Plaza, tiene el ánimo de contar algo mucho más brutal que un crimen, la vida nuda es el crimen, la excepcionalidad convertida en sistemática máquina de no-futuro. Una novela escéptica, nihilista, desértica, bien escrita, donde los personajes no escapan. Finalmente, el desierto no tiene límites. Quizás estamos al centro y todavía no lo sabemos.



 

 

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Daniel Plaza, la escritura como poética espacial: arqueología de una opacidad
Por Juan Pablo Sutherland
Texto de presentación de la novela “Desierto”, de Daniel Plaza, BiblioGAM, 19.07.2018