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NADINE GORDIMER EN CHILE
Evocación e imagen de la escritora sudafricana,
Premio Nobel de Literatura 1991, recientemente fallecida

Por Jaime Quezada




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Delicadísima en sus gestos y sus acciones, delgada como un junco de invierno y aparentemente frágil, pero de un aura  o potencia de espíritu que salía a flote tan pronto se estuvo junto a ella o se le escuchaba ese arrobamiento de su  hablar a medias en español y más inglés en la ternura original de sus palabras. Se diría que aun quedaba en ella la imagen física de la  bailarina de ballet que quiso ser en su adolescencia, sueño artístico no cumplido a causa de un agitado ritmo de su corazón. Ritmo que en definitiva se quedó en la literatura como vocación y oficio permanente. Tal fue mi revelación primera cuando tuve la sorprendente y feliz oportunidad de encuentro con la escritora sudafricana Nadine Gordimer.

Inolvidable aquella semana inicial de noviembre de 1998. La escritora sudafricana, y a quien la Academia Sueca había otorgado el Premio Nobel de Literatura 1991 “por su magnifica obra épica y por sus eminentes servicios prestados a la humanidad”, estaba de visita en Chile gracias a las pacientes gestiones diplomáticas y culturales del embajador chileno en Sudáfrica, Jorge Heine. El activo diplomático, incluso, la acompañó, y a manera de anfitrión naturalmente, durante su admirativa estadía en nuestro país, incluyendo, por cierto, su tan dignificadora presencia en la Feria del Libro de Santiago, además de animados diálogos con gente de la cultura y encuentros muy plurales y fraternales con escritores e intelectuales nacionales.

Aun siendo ella una narradora de narrativa total, se mostró vivamente interesada  por la poesía chilena y sus poetas, sobre todo de un Neruda (de quien recordó de memoria recitando unos de sus versos inglés), declarándose, a su vez, una “devota” de Gabriela Mistral  (“mi muy noble antecesora en lo del Premio Nobel”) por aquellos textos pacifistas que la autora de Desolación evoca en su poesía y en su prosa. Resultaba, así,  un privilegio singularísimo el de compartir con ella el distendido conversatorio literario o la reunión social durante sus jornadas santiaguinas de todo mérito. Agréguese,  además, que por esos mismos días cumplía ella sus 75 de edad. La escritora había nacido un noviembre de 1923 en la ciudad minera de Springs, cerca de Johannesburgo, Sudáfrica.

De su vida y de su obra hablaba con una natural familiaridad y gracia, sin otro pudor que “el discurso de mi lengua”, es decir, “mis excusas por hablar en mi inglés sudafricano”. Aun así, escucharla en palabra tierna y en alma viva relatar sus experiencias vivenciales de escritora, era otro original capítulo de una novela toda realidad, tanto en sus circunstancias cotidianas como en el remirar su propia misma obra. Autora de una obra por la cual ha sido llamada “el pequeño gigante de la literatura sudafricana”, según la elogiosa y calificada versión de algunos críticos de su ladera. Frase, que más allá de lo alegórica y referencial, bien bastó a la escritora para decir con resuelta ironía, y gracia también crítica: “Lo de pequeño debe ser por mi estatura, mi físico de muchacha blanca en crecimiento; y lo de gigante, por aquello de sobreponerme al esfuerzo de escribir a pesar de los males de este mundo en mi Sudáfrica. Sea lo que sea, soy una escritora fiel a mi oficio y a mi tiempo, y sin ocultar en mi escritura ese tiempo”.

Hija de familia judía, de padre joyero de origen báltico y de madre de nacionalidad inglesa. “Una infancia conformista en un medio burgués de mi lugar natal,  rodeada de yacimientos de oro”. Su primera narración fue publicada en una revista literaria cuando tenía 15 años. En esa etapa adolescente se pasaba horas en la biblioteca de Springs. Ahí leyó las novelas de Upton Sinclair, el autor norteamericano de elocuente y vigoroso estilo, de temas melodramáticos y sociales. “Esta literatura despertó tempranamente en mí una conciencia social. Cuando leí esos libros –La selva, por ejemplo- y supe la forma en que eran tratados los trabajadores de la carne, comencé a mirar objetivamente a los obreros de la mina en sus enclaves no lejos de donde nosotros vivíamos, la forma en que eran tratados, como unidades de trabajo. Creo que estaba intrigada, perturbada, pero eso fue el comienzo de lo que supongo podría llamar conciencia social”, cuenta, recordando su desarrollo vocacional como escritora.

Este desarrollo se inicia con la publicación de su primer libro –Frente a frente- cuando todavía no llegaba a los treinta de edad. También revistas norteamericanas daban a conocer sus cuentos. Por la década de los cuarenta ya se le llamaba “la Katherine Mansfield” sudafricana. Pero todo ese crecimiento y desarrollo vacacional y de escritura iba a la par con un ambiente de hostilidades y de permanentes cruentos episodios de segregación racial sudafricana.

Nadine Gordimer es una escritora que muy temprano toma conciencia y milita contra el apartheid (o segregación racial) y choca con la minoría blanca que dirige el país, lo que a menudo la enfrenta a la censura, que prohibió varias de sus novelas. La autora relata que, teniendo diecisiete años y siendo la hija del dependiente de una tienda en un pequeño pueblo minero de África, pudo “leer” En  busca del tiempo perdido, la obra de Proust. El libro lo consiguió en la biblioteca municipal de su ciudad: “Podía usar la biblioteca porque yo era blanca. En consecuencia,  para mí, eso también era parte de la experiencia de la clase media. Ningún negro podía usar la biblioteca. En la conjunción de clase y color, un joven negro de mi edad estaba doblemente excluido de “leer” a Marcel Proust, tanto por falta de una comunidad de bagaje cultural como por diferencias raciales”.

De ahí que casi toda la obra narrativa de Nadine Gordimer, denuncia fundamental y enérgicamente la política de un desarrollo racial separado (apartheid) imperante en Sudáfrica. Aunque ella misma señalaba que el “apartheid no es mi tema en la literatura, sino más bien la manera en que ese sistema político aberrante afecta la trama de relaciones sociales y, por ende, la vida particular de las personas”. Pero su obra literaria hace que la mirada penetrante que arroja la escritora sobre el proceso histórico contribuya, sin duda,  a modelar ese proceso. Entre esa obra literaria (Un mundo de extrañas, 1958; Ocasión para amar, 1963; Un huésped de honor, 1970;  El conservacionista, 1974; La hija de Burger, 1979; Gente de Julio, 1981) se desarrollan  los comportamientos personales posibles en el ambiente espiritual y material de un continente en que la conciencia negra empezó a despertar, sobre todo con los acontecimientos de Soweto, la ciudad negra, periférica de Johannesburgo, como telón de fondo.

Meses antes de recibir  el Premio Nobel de Literatura en 1991, Nadine Gordimer había publicado su novela La historia de mi hijo. Obra que bien viene a resumir ese sentimiento de amor y de humanidad en medio de una evidente y dura realidad política en una sociedad inestable, de sus complicaciones y obstáculos por franquear en la vía del cambio: “Esta forma de exponer la política y sociedad complejas y a menudo trágicas de Sudáfrica hacen de Nadine Gordimer la exponente más fina en la materia”, fundamentó, entonces, la Academia Sueca, agregando “que, según lo requerido por el testamento de Alfred Nobel, la escritora sudafricana  ha prestado eminentes servicios a la humanidad”.

Ese sentimiento de humanidad, además de su épica y humana obra, fue precisamente el legado literario y de amor que nos dejó Nadine Gordimer mientras estuvo en Chile aquel noviembre de 1998. Un huésped de honor, diríamos, apoyándonos en el título de una de sus memorables obras. Y legado que nos sigue dejando por siempre para bien de esa, nuestra Humanidad.

Jaime Quezada
Santa Sofía de Lo Cañas, julio y 2014.




 



 

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