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La memoria de los fantasmas: Teillier, el narrador

EL MUNDO DONDE HABITO. PROSAS COMPLETAS. Jorge Teillier. Ediciones UACH, 672 páginas

Por Roberto Careaga C.
Publicado en Revista de Libros de El Mercurio. 1 de enero de 2023


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Reconocido como uno de los grandes poetas chilenos, Jorge Teillier fue también un prolífico prosista, y el libro El mundo donde habito recoge todos sus textos para diarios y revistas. Son 600 páginas en que el escritor hace una defensa de la poesía lárica, deambula por bares y cafés, y rescata a escritores perdidos en los recodos de la memoria.


En la adolescencia había entrado a clandestinos en La Frontera a tomarse una malta con huevo o un "clery", y cuando llegó a estudiar a Santiago, en el Pedagógico, se sumaba a un grupo de compañeros que iban a restaurantes como Las Lanzas o Los Cisnes para seguir las instrucciones del profesor Ricardo Latcham: "Empecemos el cañoneo a babor y a estribor, muchachos", pedía el crítico literario e invitaba un par de rondas, mientras hablaba en contra de sus colegas y se explayaba sobre el acontecer literario de la época. Corrían los 50 y el poeta Jorge Teillier aprendía lo que iba a ser prácticamente un modo de vida: sentarse en un bar y acompañado de un par de copas de vino hablar sin pausa ni destino sobre poesía, pero también sobre todo lo demás.

"Confieso que me duele la desaparición de los bares tradicionales de mi 'lugar metafísico' que es el centro de Santiago", anotaba Teillier en una columna que publicó en "El Mercurio" en noviembre de 1980. Sobre todo era una reivindicación del que por entonces parecía ser el último bar de esas características legendarias, la Unión Chica. Ahí se reunían "profetas y poetas", decía el escritor, que contaba que entre la barra y las mesas se formaba una tertulia literaria. Braulio Arenas, el "Chico Molina", Juan Cameron, Enrique Valdés o Stella Díaz Varín se contaban entre los parroquianos de ese espacio que como los mejores era un lugar "lleno de humo y ruido como los grandes navíos".

Figura esencial de la poesía chilena del siglo XX, Teillier (1935-1996) hizo de su vida un derroche lírico y bohemio en la que apenas lograba lidiar con los asuntos prácticos. Se le hacía dificilísimo pagar una cuenta de luz, llegó a decir en una entrevista. Lo que se le daba bien al autor de Poemas del país de nunca jamás fue la escritura, y no solo la de poesía. Teillier fue un prolífico autor de crónicas, columnas y críticas literarias, tal como lo demuestra el libro El mundo donde habito. Prosas completas, que acaba de publicar Ediciones UACH. Es un volumen de más de 600 páginas que recoge todos los textos en prosa del poeta, aparecidos en múltiples diarios, revistas y prólogos de libros, desde 1959 hasta poco antes su muerte.

Se trata de una reedición aumentada del libro Prosas, que editorial Sudamericana publicó en 1999 y que ya no está disponible. La misma editora de aquel volumen, Ana Traverso, es también la de este: en la década de los 90, Traverso buceó en los archivos de la Biblioteca Nacional buscando los textos de Teillier y también entre los del mismo poeta, cuando aún estaba vivo. Así El mundo donde habito es un enorme muestrario de los intereses que movieron al autor: desde episodios de la historia de los mapuches en su tierra natal —Lautaro y sus alrededores—, hasta los bares y cafés de Santiago donde se reunía la escena literaria, pasando por perfiles de escritores que lo formaron (de Baudelaire a Charles Dickens), notas a libros ineludibles del momento y el rescate de autores olvidados. En conjunto y leído hoy, el Teillier de las prosas es un recolector de fantasmas en los recodos de la memoria.

Y aunque los textos de El mundo donde habito tienen distintas procedencias y responden a diferentes contingencias, de fondo se revela una estética que Traverso plantea así: "Más allá de cierto tipo particular de escritura, a Teiller le interesa cierta postura crítica hacia la sociedad capitalista: un rechazo al modo de vida oficial y a un productivismo neoliberal, seriado y de consumo. Cualquier forma de resistencia —fuese el bar, la amistad o la poesía, o modos igualmente políticos como la lucha medioambiental, la práctica ecológica como el trueque y el reciclaje, por ejemplo— es aplaudida por Teiller en sus prosas", dice la investigadora en el prólogo del libro.


Poesía lárica

"Ninguna poesía ha calmado el hambre o remediado una injusticia social, pero su belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias", escribía Teillier hacia fines de los 70, exponiendo la idea central que movía su escritura, y acaso también su vida. En ese ensayo, llamado "Sobre el mundo donde verdaderamente habito o la experiencia poética", el escritor contaba que fue a los 16 años que escribió su primer poema. Fue en la sala del colegio donde empezó a anotar los versos que formaron Para ángeles y gorriones, que publicó en 1956. "Mi mundo poético era el mismo donde también ahora suelo habitar, y que tal vez un día deba destruir para que se conserve: aquel atravesado por la locomotora 245, por las nubes que en noviembre hacen llover en pleno verano y son las sombras de los muertos que nos visitan", añade.

Para Teillier, su mundo poético también se transformó en una estética: la poesía lárica. Y por esos mismos años, cuando él se instalaba como escritor después de atravesar la Generación del 50, proponía una visión que enhebraba nostalgia y romanticismo: "Frente al caos de la existencia social y ciudadana los poetas de los lares pretenden afirmarse en un mundo bien hecho, sobre todo en el del mundo del orden inmemorial de las aldeas y de los campos, en donde siempre se produce la misma segura rotación de las siembras y cosechas, de sepultación y resurrección, tan similares a la gestación de los dioses (recordemos a Dionisos) y de los poemas", anotaba Teillier. Y agregaba: "Por omisión, se repudia entonces el mundo mecanizado y estandarizado del presente, en donde el hombre medio solo aspira a las pequeñas metas del confort como el auto, la televisión".

Entre sus compañeros láricos, Teillier listaba a poetas como Efraín Barquero, Pablo Guíñez, Alberto Rubio, Rolando Cárdenas y Alfonso Calderón. El texto, que a veces parece un manifiesto, se llama "Los poetas de los lares" (1965), y ahí sostenía que esa tendencia le había dado la "fuerza de la tierra" a autores que parecían estar en otras sintonías, como Braulio Arenas, Teófilo Cid, Luis Oyarzún, Gonzalo Rojas, Carlos de Rokha o incluso Nicanor Parra. "Se empiezan a recuperar los sentidos, que se iban perdiendo en estos últimos años, ahogados por la hojarasca de una poesía no nacida espontáneamente, por el contacto del hombre con el mundo, sino resultante de una experiencia meramente literaria, confeccionada sobre la medida de otra poesía", escribe Teillier.


Un bohemio

En realidad, los hermanos de Teillier eran muchos más que los láricos. A esos les guardaba un cariño literario profundo, especialmente de joven, pero con los años en sus textos y anotaciones fueron poblándose de una enorme masa de poetas y escritores, maestros y amigos que veía en bares y cafés. Juvencio Valle, Romeo Murga, Rubén Azocar, Salvador Reyes, Joaquín Edwards Bello, Hernán del Solar, Luis Enrique Délano, Enrique Molina Ventura, Jorge Edwards, aparecen en esa lista de figuras que resonaron a mediados de siglo y en la que la única mujer es Stella Díaz Varín. Entre todos ellos, el poeta tenía especial predilección por el surrealista y maldito Teófilo Cid (1914-1964), que en El mundo donde habito aparece frecuentemente como una verdadera leyenda.

Poeta trágico, a Cid, Tellier solía encontrárselo en el café Sao Paulo, donde escribía sin pausa, jugaba al ajedrez y empezaba a tomar. Más tarde, se iría a bares como el Bohemio o El Bosco, y luego la noche se lo tragaba. "Bajo su voluntaria degradación civil y física, Teófilo Cid mantenía intacta su condición de escritor, su lucidez, su información, su erudición al servicio de la inteligencia", cuenta el poeta en una crónica en la que de alguna manera se refleja en ese hombre que dio todo por las letras y terminó muerto alcoholizado. "La imagen de 'bohemio' está desprestigiada, nos lleva a la visión de una figura zarrapastrosa que arrastra una vida de desorden, supuestamente antiburguesa, provocando la conmiseración", escribe Teillier. Y agrega: "No, veo la bohemia, tal como la practicaba Cid, unida a la idea de libertad, y de responsabilidad frente al oficio del artista, en una sociedad en la cual el artista si no se vende es un ente superfluo".

Aquejado de una cirrosis hepática, Teillier falleció en 1996 en Cabildo, cerca de La Ligua, ya alejado de los cafés, los bares y los circuitos literarios. Su trayectoria había sido intensa y casi siempre mantuvo el afecto de sus compañeros. Sus textos también están en ese tono. Como sostiene Ana Traverso en el prólogo de El mundo donde habito, "en su prosa evita las agresiones y busca, más bien, establecer puentes con autores muy variados". Eso sí, hay una excepción: la Generación del 50. A ese grupo de autores integrado por Enrique Lafourcade, Jorge Edwards, Claudio Giaconi y José Donoso, entre otros, Teillier los vio con pésimos ojos: "Ellos postulaban el éxodo y el cosmopolitismo llevados por su desarraigo, su falta de sentido histórico, su egoísmo pequeño burgués. De allí ha nacido una literatura que tuvo su momento de auge por la propaganda y autopropaganda, pero que por frívola y falta de contacto con la tierra, por pertenecer al oscuro mundo de la desesperanza, ha caducado en pocos años", sostiene en una crónica.

Era la lucha del poeta. En los 60 ya creía que la "burguesía" trataba de "matar la poesía para luego coleccionarla como objeto de lujo". Y agrega justo después de esas palabras que el poeta era un ser marginal que desde ese lugar podía "transformar la poesía en experiencia vital, y acceder a otro mundo, más allá del mundo asqueante donde se vive". Varias décadas después, en una de sus últimas crónicas de prensa, publicada en el diario La Época en 1993, Teillier planteaba un posible retiro del oficio: "Debo confesar que hacer uso de la palabra como escritor me es ya ajeno y que me es muy difícil encontrar la ocasión para hacerlo. Un poeta es un ministro del silencio necesario para curar todas las víctimas del absurdo en que yacen agonizando de alegría artificial".


 

Un encuentro con Allen Ginsberg

"Para encontrarnos con Allen Ginsberg recurrimos al azar, que parece seguir siendo el mejor medio para reunirse con un poeta", cuenta Jorge Teillier al inicio de una crónica que publicó en la revista Ultramar en abril de 1960. Narra su encuentro con el poeta estadounidense de la generación Beat, que vino a Chile para participar en el Encuentro de Escritores Americanos que organizó la Universidad de Concepción. Teillier conversó con el autor de Aullido en el Hotel Panamericano, poco antes de que partiera a Concepción. Ginsberg, cuenta, es un hombre de acción: al bajarse del avión se fue al zoológico, "donde se hizo amigo del oso hormiguero", y luego se fue al restaurante El Bosco, donde "trabó amistad inmediata con algunos poetas". Y añade: Podríamos llamarlo, sin temor al modismo, un 'angurriento', calificativo criollo que quizás le sería grato, pues durante la charla se autocalificó de 'roto choro'".

Conversan sobre escritores como William Carlos Williams, Jack Kerouac, Carl Solomon y Nicanor Parra, entre otros. Ginsberg le anunció que preparaba una expedición para cruzar a pie la cordillera de los Andes. "Me gustaba Fidel Castro, pero me parece mal que haya prohibido fumar marihuana", dijo el estadounidense, y justo antes de partir, Teillier le hizo una recomendación: si quería una droga chilena, debía buscar el chamico.

 

 

 

 



 

 

 



 

 

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