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Perro verbal, de José Tomás Labarthe
Pequeño Dios editores, 81 páginas

Por Matías Ávalos
Publicado en Grado Cero. Noviembre 2019




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Escribo perro y el olor de mi mañana sigue siendo el del mate, el sonido sigue siendo el canto de los mirlos que viven en el palto del fondo, escribo perro y nada me lame ni me huele ni se rasca junto a mí. Sin embargo mis problemas continúan rodeándome, y hasta hace algunos días, antes que la individualidad estallara por los aires, mis problemas eran los más importantes de todo el mundo porque eran los más cercanos.

Intuyo que Perro verbal, de José Tomás Labarthe, trata de desarmar con poemas construidos en base a algunas herramientas cercanas, estos males contemporáneos de morderse la cola constantemente y no saber quién es el causante del dolor de cola.

En la serie de poemas que abre el libro hay una tendencia casi patológica a la lista, digo patológica porque, salvo excepciones, los poemas no son deliberadamente listas sino que no pueden dejar de serlo, apenas se abren hacia otro lugar, aparece la enumeración:

«Hay múltiples formas de ser agresivo / Inagotables modos de ejercer violencia / Incontables caminos para dar rienda suelta / a una espeluznante pelea matrimonial // Mirar por encima del hombro por ejemplo / Subir de a poco el volumen de la voz / Lucir vehemente delante de los niños / Estallar en la mesa como un fuego artificial [...]»

Esas listas le/nos permiten ver los problemas de cerca, acercarnos técnicamente a ellos, no cuantificarlos sino dimensionarlos y quizás poder hacer algo, antes de eso son atmosféricos, totales, son el caos. Hay quienes prefieren eso, aguardar hasta que la armonía suceda por esa tendencia universal a la armonía, es el caso de poetas más barrocos, pero en general los humanos somos animales que ordenan [quizás por nuestra desesperante conciencia de finitud] y eso es lo que le permite al hablante de estos poemas-lista preferir lo que lo rodea en lugar de negarlo, como nos exige la época, con drogas o consumo o ideales pre diseñados:

«Antes que una casa piloto / prefiero cien veces: [...] Las cuentas, tantas cuentas, todas las cuentas / La reunión de apoderados para deliberar el uniforme escolar / El sonido incomestible de una pataleta / El tazón que finge y aconseja: / ¡Eres el mejor papá! // Ya van viendo cómo viene la mano / Ni un inacabable inventario de etcéteras / compite contra la fotografía de la familia / estampada en la pared principal»

El modelo de consumo del país durante los últimos treinta años ha hecho que Hopper sirva para reflejar ciertas atmósferas de un sector inmenso que tiende a esas pinturas que ignora, Labarthe lo sabe e ironiza con eso:

«¿así de ingrávidas son / las ficciones inspiradas / en las pinturas de Hopper?»

Perro verbal es sintomático y recursivo tanto en el sentido del lenguaje como lo indica su título, que viene de un poema de Gonzalo Millán, «Sin Hueso», donde «el perro verbal / del esquimal escarba / y escarba / en la página de nieve, / pero nunca / entierra al hueso», como en el sentido de los materiales que utiliza [películas de Hollywood, escenas domésticas, marcas, nombres propios, que se potencian con las ilustraciones de Jordi Casanueva que acompañan la mayoría de los poemas]:

«Juan Forn cumple 25 años / Bryan Adams cumple 25 años / Ryan Adams cumple 10 años / Yo recién aparecía / (Sam Shepard ya no está con nosotros) / El horóscopo para el dream team escorpión / no tiene desperdicio: / «En hombre nace, crece y se evapora»

Tiene plena conciencia que una forma muy efectiva de desactivar un cliché es no negar la participación en él. Para desactivar el cliché y la afección muchas veces es necesario dirigirse hacia ellos.



 

 

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Perro verbal, de José Tomás Labarthe
Pequeño Dios editores, 81 páginas
Por Matías Ávalos
Publicado en Grado Cero. Noviembre 2019