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Entrevista con Mario Verdugo:
La teoría del Chile horizontal

Por José Tomás Labarthe
Publicado en Pálabra Pública, N°27, noviembre-diciembre 2022



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La siguiente introducción puede sonar rimbombante, pero Mario Verdugo (Talca, 1975) es uno de los secretos mejor guardados de la literatura chilena actual. Sus últimos dos libros de “ensayo” —Arresten al santiaguino (2018) y Curepto es mi concepto (2022)— maduran algunas de sus más peludas obsesiones: la representación de la provincia desde una perspectiva metropolitana, los mitos fundacionales de lugar (la maulinidad, la porteñidad, la elquinidad), la sospecha sobre cualquier retórica canónica a la hora de categorizar generaciones, corrientes, sistemas de conjunto literario. Es posible que por esa actitud descreída y por esa “vocación de margen” (como le llama Claudia Donoso a la debilidad por las historias border), el mismo Verdugo haya contribuido a sabotearse en los rituales consagratorios por los que debe peregrinar el escritor nacional. Su posición ha sido la del observador oblicuo, espectral: el poeta que publicó con seudónimo —Canciones gringas (2013)—, el editor que no firma lo que edita, el militante de un colectivo de pueblos abandonados. Alejado del autobombo, su propio proyecto también confabula con el enigma, en un juego de espejismos ninja que pone en duda si los (casi) diez libros publicados fueron escritos por el mismo autor, a ratos excelente, a ratos tímido, soberbio o derechamente enloquecido. En sus críticas en el diario The Clinic y en sus crónicas en la revista Medio Rural, era uno, en tanto lector, el que se sentía en falta por haber desatendido las lecciones claves de algún curso de historia freak de la literatura dictado por un profesor sabelotodo. Luego, en varios de sus más recientes poemarios, se torna chistoso, absolutamente moderno y de un pop más bien triste.

Forma parte del Colectivo Pueblos Abandonados, un grupo de escritores con espíritu político, conformado por Rosabetty Muñoz, Óscar Barrientos, Marcelo Mellado, Cristian Geisse, entre otras y otros ilustres. El martinrivismo es uno de sus conceptos más notables y lo emplean para designar las ambiciones provincianas de quien arriba a Santiago en busca de fama y fortuna. En la primera pregunta de una entrevista que Verdugo dio el año pasado en el suplemento literario La Palabra Quebrada, se apura en responder que si bien nació en Talca, y que aun cuando siempre criticó a los provincianos que viven en Santiago, reside actualmente en la capital “sin ningún ánimo martinrivista”, afirmando sobre las disputas metropolitanas que “no sé si tienen mucha validez fuera de Paine. Se empiezan a difuminar por la carretera del Maipo, llegando al Maule han desaparecido por completo. Eso es parte de la conformación vertical de la cultura chilena, que es configurada como única”. Esa teoría suya es fundamental: quizá la patria nuestra se leyó mal desde el principio y llegó la hora de repensarla, no a la Panamericana (de arriba abajo, de sur a norte), sino en horizontal.

 


¿De qué hablamos cuando hablamos de territorio? Óscar Barrientos dice que hablar de regiones es algo miliquero y que decir “provincia” suena nostálgico. Te hago la pregunta porque en tu último libro utilizas el término “territorio” como si fuera un concepto más denso que la sola idea de lugar.
—La provincia suena a nostalgia y a otras emociones peores, es cierto, pero quizá exista aún una fuerza latente en el término. No lo daría por liquidado. Tenemos buenos ejemplos de cómo dar vuelta un sentido peyorativo o insultante, como el de las teorías crip y queer, pero también hay casos dudosos, como el de los Amarillos por Chile. “Territorio” ya venía siendo una palabreja en disputa antes de que, curiosamente, la comenzaran a chacrear personas que no se ocupan tanto de nuestras chacras. Sería largo enunciar aquí una definición precisa, pero un asunto fundamental es que el territorio, según aparece en Curepto es mi concepto, siempre implica una idea de espacio ocupado, tanto en el sentido de uso como de ocupación. Ocupación geopolítica y a veces hasta “miliquera”, como diría Barrientos. Otro asunto importante es que, por lo general, se trata de un territorio de dimensiones kilométricas, cuyo nombre oficial es nación, pero que también está plagado de topónimos más antiguos, sobrenombres cariñosos y etiquetas fragmentarias mucho más bonitas.

Hay una lectura tuya que permite repensar un seteo descentralizador ya bicentenariamente fallido: que el desarrollo de espacialización chileno siempre se concibió de norte a sur (los trenes, la Panamericana), exceptuando el Maule, que a través del ramal se desarrolló en horizontal.
—Claro, está esa idea en varios textos míos, pero yo la fui rapiñando de una pila de libros donde la dirección este-oeste era la manera de percibir lo local como un mundo complejo, no como una parte cuyo destino era rendir tributo a otro territorio mayor, impuesto por el eje longitudinal. Ahora, la transversalidad no siempre se expresa literalmente en cada río o franja del mapa-base: hay transversalidades como las de los poetas autonómicos de Mar celo Mellado o acaso en Pablo de Rokha, donde lo que prima es saltarse la escala nacional (que en realidad es el centro panóptico haciéndose el leso), con el plan de construir de provincia a provincia unas articulaciones imprevisibles. La Constitución rechazada en septiembre traía unos pasajes bien interesantes sobre los “Consejos de cuencas”, donde quizá se actualizaba un poco la misma idea, el territorio ordenado o desordenado a partir de fluvialidades, pero por desgracia terminamos pegados con la Cámara de las Regiones y otras leguleyadas neocentralistas.

“Literatura y vergüenza” lleva por nombre un texto de Curepto... que trata sobre el extractivismo, la explotación que el centro hace de la periferia. Queda la sensación de que el mismo aprovechamiento puede hacer la literatura con la subliteratura.
—Ese es el símil que se aventura explícitamente. La nación centralizada que usufructúa de las regiones, tanto a nivel simbólico como material, dejando de paso relaves tóxicos y además relaves de imágenes, visiones estereotipadas. Y, a la vez, el canon o las bellas letras convirtiendo aquello que se entiende como subliterario o paraliterario en su zona de suministros, su república bananera. Ni la región ni la paraliteratura, de acuerdo con estas jerarquías, valen sino en la medida en que fungen como tontos útiles. Igual no es que a partir de esto me interese contribuir con otro eje de lectura contenidista puritana. Ya hay suficiente de eso. No es para desembocar en una caza de brujas y brujos capitalinos. O no es para ponerse a leer como “regionazis”, un término que les escuché a unos autores de Copiapó en son de leseo. Si no recuerdo mal, un lector tan bacán como Edward Said nunca manifestó que debíamos cancelar a Conrad por el modo en que describía África: el imperialismo conradiano era parte de la complejidad de El corazón de las tinieblas, pero había mucho más ahí. Algo similar podríamos decir, modestamente, de Blest Gana o del señor (Fernando) Santiván o de Marta Brunet. Incluso si elles nos hicieron objeto de maltrato epistémico, siguen siendo textos literarios de una gran riqueza. Lo importante sería no desechar esta dimensión territorial de lectura, una dimensión que no suele aquilatarse.

Cuando se habla de literatura, siento que es una respuesta predecible de la crítica rechazar listas, ale gando que no permiten dar cuenta de realidades siempre complejas. Pero en Arresten al santiaguino elaboraste una “Biblioteca de autores regionales”, y en Curepto… desarrollas una “Veintena de mapas po sibles” que funcionan casi como un universo paralelo de la literatura chilena, en un uso del recurso de enu meración que configura al libro como dispositivo, y que enriquece además la percepción que los lectores tenemos sobre nuestra fronda literaria.
—Yo encuentro que todavía vale la pena volver a pensar más en términos de corpus que de canon. Al revisar el corpus, que es una lista a la cual nunca terminamos de conocer, el canon queda como en suspenso. Un suspenso estético, o libidinal. O sea, la idea no es llegar a proponer otro canon, o un canon “mejor”, sino la pura lista más grande. Esto es revulsivo sobre todo si uno no es precisamente un favorecido por el canon literario y por otro tipo de órdenes sociales o geográficos. Por ejemplo, los nombres y apellidos de los y las poetas no están siempre emparentados por su presunta importancia, sino por una cosa en apariencia tan para la risa como sus valores fónicos, por cómo van rimando. Me parece que es una forma posible de poner en juego los parentescos autoritarios, el orden de las familias. De todas maneras, sospecho que más de algún ordenamiento feo y de la vieja guardia debe colarse en mis listas y en cualquier otra lista o cualquier otra cosa que se piense o escriba.

Confiesas en el epílogo que Arresten al santiaguino inicialmente formó parte de un plan académico de lo más serio (“indagar en las narrativas estereotípicas de las provincias de Chile”), pero que el resultado tendió a duplicar flagrantemente los esquemas del colonialismo interno.
Curepto… quiere hacerse cargo de eso, un poquito, al menos. Encuentro que el libro ofrece materiales para repensar una porción de la literatura chilena respecto de sus condiciones de geopolítica interna, o sea, dentro de la nación: cómo gravita la situación espacial en los discursos y las prácticas, en la escritura y la lectura, cómo se han ido entronizando una serie de tópicos, algunos muy persistentes y otros más bien epocales, los estereotipos de la provincia, por un lado, y luego una secuencia que va del criollismo al larismo y después a lo que llamo regionalismo. Sobre lo que yo veo que está pasando ahora, hay también algunos párrafos, pero ahí la verdad es que me quedó harto paño territorial que cortar. Mi impresión es que hay perspectivas nuevas. Una de ellas, harto menos colonia lista, es todo el asunto del flujo y del desplazamiento. Es frecuente que el tema reaparezca hoy en la forma del viaje interprovincial, del ir y venir constante del campo a la ciudad o entre la capital y la periferia y viceversa. Commuters, como planteaba Raymond Williams. Los buses, por ejemplo, son un locus repetido en la narrativa contemporánea que alude a estos temas, lo cual no es muy difícil de explicar si uno cae en la cuenta de la evolución de los transportes y las comunicaciones.

Gocé tanto Arresten… que lo he regalado para navidades y cumpleaños, incluso, a lectores no-tan-lectores. Tiempo después me han llamado para comentar que se rieron mucho, pero no saben si contigo o de los escritores…
—O se rieron de mí, porque la persona que habla en ese libro se pone en evidencia ridícula también, como un caballero contradictorio y antojadizo, que más encima ope ra desde Santiago y, en ocasiones, ¡desde Ñuñoa! El humor no viene dado en el texto, en ningún texto, y en realidad es un acontecimiento de lectura que puede no darse jamás. Es difícil para mí cachar qué tipo de risa es la que se genera con esos perfiles, si es una risa a lo Bergson, a lo Freud, a lo Parra, a lo Hannah Gadsby o a lo Guardianes de la galaxia, de verdad no sé. Pero ese no-saber no deja de re sultar significativo, porque podría estar reafirmando un punto clave: lo provinciano como una aporía de lo woke, lo provinciano como algo de lo cual es posible abominar o burlarse aún sin ninguna clase de remordimiento.

¿Qué tal si la identidad de un espacio, igual que la de una obra o una persona, no fuese una cadena perpetua?
—Hace tiempo nos entusiasmó una especie de ofertón posmoderno: nadie ni nada iba a estar fijado nunca más a una identidad eterna. Con los años, parece que no resultó mucho: a uno lo siguen poniendo en su lugar a cada rato o jorobando hasta por lo que dijo al despertar de una anestesia. Respecto de quien escribe, la propia biografía con sus vergüenzas puede ser un obstáculo para la obra, para la propia obra. Incluso la misma obra deviene obstáculo para la obra, y hasta la literatura en su conjunto acaba obstaculizando. Con eso quiero decir que cualquier imagen o autoimagen que se haya perpetuado puede transformarse en un lastre e impedir que aparezca lo que debería aparecer. Respecto de las provincias, la versión más reciente de aquel tópico que habla de retraso esencial o de antimodernidad fatalmente pueblerina es la que se vale de las preferencias electorales, no solo en Chile. Hoy se trata al provinciano de fascista tal como antes se lo tildó de poco patriota o de pavo o de cochino. ¿Pero y qué tal si a veces, oídas desde el otro lado, estas voces de vanguardia suenan como las mismas voces de siempre, esas que antes decían “sé hombre” y ahora dicen “deconstrúyete”, o que antes decían “quema tu bosque para poner vacas” y ahora dicen “pásanos tú bosque para poner un ecolodge”? El mismo tono, la misma piel, capaz que hasta los mismos gestos de patrón o patrona o patroncito. Digo patrón también en el sentido de modelo o medida. Y si existe eso del retraso, cosa que dudo, convengamos en que no podría ser intrínseco y que el mismo orden centralista debe contarse entre sus causas.

 

 

 

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