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Nicanor Parra en tanto archiduque
Alocución retocada en el (anti)homenaje a Nicanor Parra, en su siglo de existencia, organizado por
los estudiantes de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile

Septiembre de 2014

Por Joaquín Trujillo Silva


 



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Agradezco humildemente haber sido humildemente convocado a dirigirme a esta audiencia tan señalada. No tengo nada que ver con Nicanor Parra. No lo digo a pito de advertencia.

Nunca he ido a visitarlo ni iré así viva mil años (él y yo). En general no me aproximo al borde costero. Seguramente me aproximaré —confieso— al monumento que habrá de erigírsele en la Plaza de la Nueva Constitución, en unos cien años más, cuando haya que decirle otra vez felizcumplesiglo, puesto que, gracias a los exitosos gobiernos recientes, la expectativa de vida continuará aumentando tanto como el per capita, lo cual unido a posibles permisos abortivos hará que en ese entonces sea una población anciana y desenfadada, entre algunos niños a modo de reliquias, la que rinda ese, espero, no póstumo homenaje. Será una época de posibles inmortales, en la que nadie se negará a nadie.

Advierto sí, que no soy, en estos casos, partidario de las liviandades (tirar flores) ni de las pesadeces (tirar frutas).

Pues bien, no traigo hoy día una alocución a la manera de un discurso de sobremesa, sino más bien un pelambre para ser susurrado bajo la mesa.

Dichas las negaciones de rigor, comencemos por el principio.

Se sabe que algunas religiones milenaristas —por las cuales siento un miedoso respeto— han visto señalética de tiempos bíblicos en el aire. Se señala, por ejemplo, que el fin del mundo sobrevendrá antes que muera el último sobreviviente de la especie humana “vivo” —digo— al tiempo de la gran fecha, esa fecha es 1914. Como ustedes saben, Nicanor Parra nació precisamente en 1914, semanas después del asesinado del Archiduque a manos de un revoltoso. Sabemos también que ese asesinato fue como el despertar de una salsoteca de nunca acabar, fue algo así como la guinda de la torta puesta antes de la torta. En realidad, la torta sigue escalando sobre sí misma, acumulando capas de bizcochuelo, como una torre de Babel que se encumbra hacia el cielo, o mejor dicho, hacia la ausencia del arriba y el abajo.

Lo del archiduque no lo digo por libre asociación de ideas. Las ideas que siguen las creo perfectamente concadenadas. Creo sinceramente que al ser escuchadas por ustedes, no podrán sino encadenarse a ellas, junto conmigo.

Hay que decir que Parra no anda solo. Nuestros dos representantes, esto es, Mistral y Neruda, muy por el contario, sí andaban solos.

¿En qué sentido sostengo cosa parecida?

Andaban solos porque no arrastraban consigo a las familias chilenas, que son una especie de gens romana. A Huidobro, Lihn, Teillier les conocemos la familia: sus mismos apellidos —que conservaron cuales monjas carmelitas que no renuncian del todo al mundanal ruido— autodenuncian estas genealogías tan a cuestas, a pesar que Huidobro se haya borrado lo García- a fin de no ofender de buenas a primeras. Mistral y Neruda no. Neruda eligió el apellido de Jan Neruda, escritor checo que siempre miró hacia Chile enfrentado a los mapamundis, e hizo famoso el apellido, tan así que —se dice— la familia Neruda checa se ha preguntado si acaso sea este un hijo perdido, investigación que no ha arrojado resultados verosímiles. La familia Reyes Basoalto pertenece ligeramente a la gravitación universal. Mistral, por su parte, se designó así —lo sabemos a ciencia cierta— por Frédéric Mistral, y Gabriela por Gabriele D’Annunzio. El primero fue el poeta de una lengua provincial, tan provincial, que la lengua es la Provençal, palabra emparentada con la voz “provincia”, o sea lo provinciano. D’Annunzio es el gran referente de la estética fascista, redactó una constitución “gourmet” —como ha dicho un prestigioso jurisconsulto— y fue muso inspirador de Filippo Tommaso Marinetti, a quien debemos la proclama futurista: “Queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo— el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las bellas ideas por las cuales se muere y el desprecio de la mujer”. Se trataba —como se ve— de un modelo de corrección política. Quedan a la vista las peculiares genealogías que se creó la señorita Mistral. Esta falta de obviedad para seleccionar sus ingredientes hace de ella la hermana mayor de Chile. De nuevo, la familia Godoy Alcayaga tiene escasa figuración. No forman parte de ningún directorio de empresas y la política les provoca sana indiferencia.

Neruda y Mistral se crearon genealogías hasta en el propio nombre, se inventaron una familia europea.

Se habla mucho contra los amigos imaginarios y se dice, con desaforada impudicia, que Dios es uno de ellos, pero Mistral y Neruda no es que se hayan inventado un amigo imaginario, que era algo común y silvestre cuando la televisión no había aún derribado el bastión de la soberanía privada: se crearon una familia imaginaria, que es algo más bien preocupante y, en su caso particular, digno de alabanza.

¿Se puede decir lo mismo de Nicanor?

No, es más, Nicanor Parra no es el auténtico don Nica, él tan solo es Nicanor Parra Jr. Y, en virtud de ello, el pater familias por primogenitura.

Como se verá, este es un asunto de genealogía, pero de genealogía de la moral, así que no se lo desdeñe por aristocratizante.

Pues bien, no se trata, sin embargo, de cualquier familia.

A diferencia de las “familias chilenas” —que conformaban un circuito semicerrado y semiaristocrático que, según Alberto Edwards, obedecía francesamente al esquema de una fronda de elementos antimonárquicos, de señoritos dados a la conspiración y amigos/enemigos entre sí—, a diferencia, digo, la familia Parra no cae en estos deportes ociosos deformadores de la personalidad, lastres del feudalismo.

Y es que esta es una familia real.

Cuando digo “real” no lo hago en el sentido de la “realidad” (que es la infraestructura de “la verdad”); lo digo en el sentido —digámoslo— primigenio, preclásico, sumerio del término. Es una familia Kennedy antes de ser absorbida por algo semejante a las familias de Boston que describió Henry Jaimes. Es una familia a la cual las demás familias están dispuestas a considerar la “la familia chilena”, familia real que podría liderar una monarquía constitucional si la gente abandonara supersticiones legadas por la familia Carrera. Es una familia algo fuera de las redes más urdidas pero que hace familia pese a sus distancias intrafamiliares. Es la familia del “Chile profundo” —como dicen quienes creen que el agua tiene orillas—, de la vida común que se perdió —como dicen los que se perdieron—, la familia hija de la educación pública y a la vez de la educación popular oral, esa sin santones revolucionarios que quieren llevársela a su molino. Tal como en la mitología griega las familias reales —verbigracia, la de los atridas— se asesinaban, comían y fornicaban mutuamente, siempre en el curso de una eternidad ahistórica, nuestra familia Parra constituye una verdadera mitología de casa real en la cual la imaginación chilena se la representa guitarreando y bailando cueca, en un zapateo per saecula saeculorum. Y es que en Chile se había cantado y bailado mucho, no únicamente durante las fiestas patrias.

A su llegada a Chile, Ignacio Domeyko recuerda que encontró un país bastante pobre, pero por donde todo el mundo andaba cantando y bailando: en la calle, dentro y arriba de las casas, a pleno sol, todos sobre la tierra y no a resguardo del frío bajo ella como era el caso en tantas ciudades europeas, infiernos del hacinamiento. Esta alegría inmemorial continua, alguien tenía que preservarla a nombre de todos, ya que los parlamentarios están muy ocupados representándonos en asuntos de bien común.

Volviendo a las carmelitas descalzas: se dice que ellas rezan por los pecados de las humanidades y que el mundo no se acaba porque ellas hacen el trabajo de purgar culpas ajenas mediante sacrificios y oraciones reiterativas. Así mismo, la familia Parra zapatea a nombre de todos los chilenos. Esa es la familia real.

Tal familia está constituida por una reina fugitiva (Violeta), por un “vizconde” bueno para los tugurios de la mala muerte, “casa llena e puertas” que transforma en los ambientes de una de las mejores óperas propiamente chilena que se haya escrito (Roberto), y, en resumen, por una especie de burgués, profesor universitario y candidato al Premio Nobel de Física (que por razones físico-políticas se le niega), rey Lear debajo de un paraguas, que dirige los negocios de la familia de manera seria aun cuando pose del menos serio de todos sus hermanos, el archiduque, Nicanor Parra.

Si queremos ponernos graves —es decir, hegelianos— podemos decir que esta familia es la síntesis que resulta de muchas contrariedades, de varios desencuentros enojosos, y Nicanor Parra es la fotosíntesis. Y es que en él la luz, esto es, la superficie es fundamental. Parra es nuestro más grande poeta neoclásico, una proeza de la nitidez.

Como otros grandes poetas chilenos, Parra descubrió que su patria era una película europea inexplorada, que había que filmarla, editarla, es decir, crearla, y no quedarse, en cambio, atrapado en la trampa de la melancolía ajena, propia también por cuanto humana, pero indiferente al ahogo chileno. Si Andrés Bello, con sus “imitaciones” de Victor Hugo, tradujo esos poemas, incorporando los paisajes de Chile, situaciones personales y hasta a su propia hija difunta, Lola, en uno de ellos, Parra, por su parte y en consonancia, opuso a su madre, la hizo coser al lado de los anales definitivos de la historia universal, haciéndolos quedar algo en ridículo. También tensionó la corrección política más peliaguda. En palabras de la hija Cordelia, Parra así traduce, en la escena cuarta del acto tercero de King Lear, la intervención militar que ocurre en la tragedia:

“Padre querido
Es por tu causa que hago estas cosas
Mis lamentos mis lágrimas insistentes
Inspiraron piedad al gran Rey de Francia
No es la ambición
Lo que motiva a nuestras fuerzas armadas
Sino el amor el buen amor
Y el derecho de nuestro padre anciano.
Que pronto pueda verlo y escucharlo!”
(Lear Rey & Mendigo, Acto III, escena 4, 408-416)

Y un rey que destierra dominio extranjero; este es un tópico.

Y claro, por razones de fuerza menor, ha salido a la palestra aquí también don Andrés Bello, que nunca puede dejar de ser mencionado en un acto de esta institución tan gloriosa.

Por lo tanto, para este tema, les pido silencio de velorio y expectación de montaña rusa.

Según suele ocurrir con el neoclasicismo heredado de Bello, se diseñó en Chile un conflicto poético bajo el dominio de la mente. Este conflicto se daría entre Huidobro y Neruda, entre Neruda y De Rokha, y entre Parra y Neruda, tal cual una trinidad de duopolios masculinos (tres personas contra un solo dios) que excluía a la virgen, estorbo teológico sobrepuesto por buena crianza, o sea, Gabriela Mistral.

Pero una persona de esta trinidad —Nicanor— tenía una hermana, persona que ha declarado solemnemente haber inventando a la hermana e incluso ser ella misma (“La Violeta soy yo”).

La primera división de aguas dulces, que se reencontrarán, sin embargo, en las aguas saladas ("toda llegaríamos al mar"; el mar salado de Puerto Montt que Parra palpó de niño, cuando conoció el mar mismo) como también en las aguas insípidas y a veces tormentosas del cielo, es la más importante, aquella separación al interior de la familia misma, tal si solamente la familia real bastara y la sociedad chilena fuese un agregado, aquella entre Nicanor Parra —el hermano mayor, la disciplina contra el propio padre— y Violeta Parra.

Esta es la gran división, es el dualismo más antitrinitario.

Es la que también divide, en cierto sentido, a los chilenos, identificados, en parte, con ésta y con aquél, especialmente desde tiempos de la revolución de 1973, cuando ya Violeta llevaba seis años de difunta —como adelantándose sobradamente a cualquier nuevo sinsabor—, y a Nicanor le quedaban, y contando, unos cuarenta y tantos años a bordo del agua dulce.

Entendámoslo: Nicanor Parra ama la vida porque ama el dulce y la luz. De niño su mayor felicidad fue comerse las flores de los árboles frutales, librando así al mundo de muchos malos frutos. En tal aspecto —como diría su correspondiente polaco Wislawa Szymborska— él está excluido de cualquier pertenencia. Violeta, en cambio, vive dentro de la piedra, de las flores y los árboles.

Y bueno… frente a su hermana, como poeta prefiero a la Violeta.

Entre sus “imitaciones”, cuando Bello tradujo la Oración por todos, de Victor Hugo (que era enseñada en los viejos liceos chilenos fundados por los viejos liberales decentes), Bello escribió:

“Ve a rezar, hija mía. Ya es la hora
de la conciencia y del pensar profundo.”

Pero Violeta Parra —bien sabemos— cantó: “Volver a sentir profundo como un niño frente a Dios”, e hizo con genio lo que Bello supo hacer con inteligencia.

Violeta partió mucho antes, ella es señora de su resurrección.

El peligro de transformarse en un poeta inmortal —en el Homero del cuento de Borges— es por una parte no resucitar y, por la otra, el que al poeta se le olvida cantar, después recitar, se le olvida escribir y hasta hablar; cualquier rapsoda —nos dice Borges— conoce mejor La Odisea que ese poeta convertido en un troglodita, no en tanto viejo, sino en tanto eterno. Al final, el poeta exclusivamente puede dibujar en la arena de la playa porque ha perdido la necesidad de la mortalidad.

Con todo, el archiduque debe vivir.

Benditos los que mueren antes de hacerse inmortales y, sin embargo, benditos los longevos patriarcas, esos que murieron bajo el diluvio universal, el primer fin del mundo.

¡Viva el archiduque, viva el candidato a rey, viva quien sigue siendo el rey!



 



 

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