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Alrededor de ella
"La Poesía y sus problemas en Chile"

Por Juvencio Valle
Aisthesis 5 / Año 1970

 



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¿Qué pasa con la poesía? ¿Por qué día por día pierde preponderancia entre sus lectores? ¿Por qué las casas editoras —defendiéndose del asedio de los poetas aseguran que la poesía no cuenta con la vigencia que tuvo ayer? ¿Acaso este desapego por el libro de poemas obedece a un deterioro de la poesía de hoy?

No creemos en los deterioros de la poesía de hoy. Todas esas aprensiones no pueden ser más que sospechas gratuitas. Ningún servidor reverente de la poesía podría admitir que ella cayera en una situación contradictoria o ajena a su autenticidad. La poesía sacude su melena (herencia antigua) y sus antenas se reparten por el mundo. Explora, examina, reconoce, descubre. Y lo que ella distingue y pone en alto en sus exploraciones —por insólito o desusado— desagrada sobremanera a las muchedumbres que esperan desde la orilla.

Pero no existen filosofías, religiones o afirmaciones científicas que pudieran modificar a su favor el milagro poético. El milagro poético es celoso guardián de sus albedríos. Está siempre dispuesto a sobrepasar los avances del tiempo, a colocarse a la vanguardia de la maravilla. En medio de esos vértigos dibuja aureolas, establece luces y, por donde la reina pasa volando, el mundo esponja su cuerpo material. La poesía trasciende por dentro y fuera de la aventura, se la reconoce por el frufrú del aire y por el resplandor que deja sobre la piel del paisaje y de las criaturas. La poesía no cabe dentro de un uniforme común, a la manera de la mujer elegante; sus ornamentos de ayer no pueden seguir constituyendo sus atuendos de hoy.

En otros tiempos la poesía tuvo su público multitudinario. Vestida de túnica y sandalias se fue de pueblo en pueblo y las multitudes hicieron silencio a su alrededor para escucharla. Con regocijo de su numerosa grey cantaba las excelencias del cielo y de la tierra. Dioses, semidioses, reyes y vasallos se entremezclaron en sus estrofas. Moviéndose en un mismo plano iban las divinidades y los hombres sin distinción de jerarquías. Presente en las hecatombes el humo de los sacrificios nimbó su frente y, a su vez, las exaltaciones del vino le dieron vigor y altura a su canto. Y, cosa de celebrarle, a pesar de la diaria convivencia con los dioses, no perdió su contacto con el hombre. El hombre fue su punto de partida y su puerto de arribo. No le cegó la luz divina y tuvo conciencia de su origen humano y terrenal.

Anduvo tras las huellas del rey de Itaca y le acompañó en sus trabajos de vida y muerte. Supo de las debilidades y grandezas del corazón del hombre, de su peligrosa pasión por la belleza y cómo, por los ojos de la bella Helena, ardió Troya por los cuatro costados. Se detuvo junto a las tiendas de Salomón, el rey poeta, y escuchó sus soliloquios: "Oh, si ella me besara con ósculos de su boca porque mejores son sus amores que el vino", y a la oreja de su Sulamita: "a yegua de los carros del Faraón te he comparado, amiga mía". Nada de desmayos de salón. El poeta apela a las fuerzas primarias para coronar a su amada, y de sentirla tan joven y de buena salud, evoca a las bestias del campo y las compara con ellas. A veces la poesía se viste la malla guerrera y cabalga a la par de Mío Cid y sabe cómo son de mortales los golpes del caballero.

En toda época y lugar, la poesía estuvo siempre al lado del hombre. Fue su aliada inseparable, y cuando los golpes parecían demasiado brutales, ella, con su sola presencia, le hacía más humano el semblante. Hombre y poesía se pasearon por aquellos caminos de oro como marido y mujer, insuflándose a la recíproca sus alientos potenciales. ¿Y no sería del caso preguntarse si las postergaciones que hoy sufre nuestra buena amiga pudieran deberse a los muchos entusiasmos de la metafísica o a las abstracciones a que la obliga una época desesperada?

En todo tiempo la poesía ha vivido, al igual de todo organismo que crece y se desarrolla, en una permanente metamorfosis. Sus diferentes estructuras, ropajes, épocas y escuelas están en lo suyo. Sería como torcerle la nariz a su destino el obligarla a tomar una dirección impuesta. Pero la verdad sincera no tiene corazón y es dura como un puñal. Y en este caso la verdad de hoy dice que la poesía vive enclaustrada, mesándose los cabellos y desgarrándose la larga túnica. Cautiva en un gabinete tiene un aspecto de producto de laboratorio. ¿Cómo hacer para que la cuitada salga a invadir la calle?

Aunque parezca una aberración o se nos acuse de entregar al enemigo la herramienta profesional o las llaves de la casa, creemos que no son los poetas quienes pudieran darnos luz en este intríngulis. Ellos son parte en la pelea, están en medio de la batahola y si se trata de buscar una lucecilla vendría a resultar que, por obra de las lucubraciones de los poetas, de las tinieblas en que estamos viniéramos a caer en la noche profunda.

En este asunto deben intervenir los estudiosos de la poesía, los graves ensayistas, los implacables críticos. Y en una arremetida más global, casi de masas, los profesores de literatura. Los jóvenes profesores que, por un contacto más asiduo con los nuevos contingentes, están mejor compenetrados del ambiente de hoy, y podrían, por tanto, entenderse en un mismo idioma generacional con los muchachos. Porque —para mayor salud de la poesía son los muchachos quienes, con mayor primor, revuelven el gallinero y le vuelven indigesto el pastel a los viejos.

La poesía no sólo constituye un problema para el lector anónimo, lo es también, y en grande, para la gente del oficio. Parapetados los poetas en su viejísimo torreón —cual los moluscos en su concha se vuelven sordos y ciegos a los rumores que le llegan del horizonte abierto. No quieren tener ojos ni oídos para acentos que ellos sienten ajenos a los de su propia creación.

Es difícil encontrar un poeta que no se crea depositario de la verdad absoluta. Esta peligrosísima enfermedad es más aguda en aquellos que se sienten capitanes de grupo o creadores de escuela. Aquello que no encaja bien en el excluyente casillero individual, pasa, desde la partida, a considerarse —por el poeta de turno—, rotundamente malo. Muy engreídos y muy anchos con sus descubrimientos, se ha apoderado de los poetas la soberbia y, en su adorable vanidad, miran con conmiseración al compañero de la casa del frente. Es como si vivieran asustados de sus concepciones increíbles, y no atinaran a explicarse la indiferencia de sus vecinos ante el paso del genio que ellos representan.

Lo justo es que las posibilidades de creación se multiplican con el tiempo. Y está bien que así sea, porque la imaginación y la fantasía todavía no son estáticas y viven en permanente estado de ebullición. Cada día que pasa afloran innumerables maneras nuevas de cantar y, lo increíble, es que todas esas formas de expresarse son valederas. Lo que con frecuencia no suelen ser valederos son los frutos que llegan al amparo de esos conductos. ¿Quién podría, entonces, con autoridad legítima y erguido sobre su olimpo, alzar la voz tonante para instar a su hermano a arriar la bandera propia en reconocimiento de la bandera ajena? Creemos que los poetas debiéramos hacer un alto en el camino y estudiar seriamente la situación. Echar las cartas sobre la mesa y tratar de mirar bien las cosas debajo del alquitrán. No para llegar a una solución definitiva, porque no creemos que el problema tenga solución alguna, sino para verificar el hecho y tomar conciencia de él.

¿Por qué la poesía no llega hoy al público? Pero si no llega siquiera a todos los poetas, que son los iniciados, ¿cómo pudiera llegar al grueso público? Es más fácil educar para la poesía —a la poesía considerada en globo— al lector profano, carente de tienda propia y que nunca ha leído poesía, y, por lo tanto, no tiene prejuicios contra ella, que al poeta atornillado en su feudo. Los poetas por naturaleza son intolerantes, absurdos, concluyentes, excluyentes y perentorios. El poeta es monarca y señor de horca y cuchillo en sus dominios, y hacerlo salir de sus encandilamientos propios para que, como visita, entre en la incendiada casa del vecino, es tarea arriesgada e inútil. En cambio, el hombre de la calle vive deseoso de entrar a esa cabala misteriosa, que él observa desde fuera por encima de las alambradas.

A manera de catecismo inicial pudiéramos adelantar algunos preceptos elementales. Lo hacemos con mucho recato, al igual que el fraile que explica a sus feligreses el misterio de la purísima concepción.

—La poesía no es para entenderla. Es para gustarla, sencillamente, y punto. Compenetrarse de ella por la vía misteriosa del deslumbramiento inmediato.

—Nunca se debe llegar al poema como quien va a resolver un problema aritmético, sino como quien se acerca a una flor. Si la flor no nos entusiasma no se nos ocurrirá decir que no la entendemos. La poesía no es para entenderla: es para embriagarse de su vino.

—Por otra parte, no es posible desnudar la poesía, mirar a ras de cuerpo en ella y descubrir sus secretos profundos. Los poetas saben de sobra que eso no es posible. A la poesía le corresponde su velo de misterio. Es como el bosque intocado. Mirado desde fuera y a la distancia, el bosque aparece como un cofre cerrado. Pero así como el hombre se va adentrando en sus entrañas, ese misterio huye como poseído de temores pánicos. Así los árboles cumplen su papel milenario y "no dejan ver el bosque".

—Muchas veces el lector rechaza la poesía porque quiere llegar a ella por caminos pedestres y mortales. Quiere llegar directamente, de golpe y porrazo, como quien va a Roma o París. El camino que debemos seguir no se ve con los ojos de la cara. A ella se debe llegar pasando por encima de las estructuras materiales, inundando el conjunto con un golpe de ola o de lámpara. Que no os detengan, queridos feligreses, los ensambles del artesonado. Mirad por debajo de la piel pétrea, pasad por encima de la realidad engañosa. Y si todavía no se os abren las puertas de la poesía, practicad el exorcismo: moved las orejas y encomendaos de lleno a San Cipriano.

—El poema no es una novela, un cuento, una narración. El lector no busque entre los versos argumentos, anécdota, historia. El poema es una situación mental, una alegoría sostenida en el aire, un salto del hombre a lo desconocido. ¿Por qué ten dría la poesía, con lo orgullosa que es, invadir los territorios de la prosa?

—Ninguna palabra de nuestro idioma tiene menos o más jerarquía que otra. Y ninguna de esas palabras deja de tener permanente vigencia para la poesía. Pero esa palabra, en el momento dado, no puede ser otra que la precisa. Si ella no está sirviendo su oficio con dientes y muelas, es como un peñasco en el camino: estorba.

—A veces una palabra al parecer sin resonancias, cobra vida inusitada en su vecindad con otras. La alianza de palabras que generalmente se repelen y con las cuales no se ha hecho buena amistad, produce resultados mágicos. Es la circunstancia providencial la autora del milagro, es el designio poético el que las hace darse la mano y olvidar sus odios reconcentrados.

—En este empeño el poeta renueva el idioma, le da nuevo lustre a las palabras. Aquellas voces ya gastadas por el uso y que pudieran parecer vulgares o manidas, cuando desempeñan bien su cometido cobran vitalidad inesperada. Ellas se desprenden de su vieja casaca y comparecen a la faz del mundo como acabadas de nacer.

—En algunos viejos léxicos era frecuente leer al pie de la voz estudiada la explicación acomodaticia: "poética". Es decir, se ha creído en la existencia de palabras privativamente poéticas. Cuando los viejos poetas se disponían —según su lenguaje particular— a pulsar la lira, recurrían a su vocabulario regalón. Les era muy difícil juntar dos versos seguidos sin hacer uso de su idioma propio. Eran poetas temerosos. Vivían defendiéndose, como del mismo diablo, de las asechanzas de las palabras "antipoéticas".

Pero, felizmente, lo cierto es que no existen palabras poéticas ni antipoéticas: todas tienen las mismas posibilidades y, estando inactivas en sus casilleros alfabéticos, ninguna de ellas sobresale un milímetro sobre el nivel de la otra. Y lo que una no pudo expresar en circunstancias determinadas, la otra lo hace cumplidamente como un ángel. Del mismo modo, no existen voces mudas o neutras; el remedio para hacerlas resplandecer es destacarlas en el punto crítico o neurálgico.

—Con esa práctica del idioma poético la poesía del siglo XIX giraba en torno a un remolino de palabras repetidas hasta la majadería. El grueso del idioma que daba sin uso para esos viejos poetas. La intención de esos santos varones no era otra, según parece, que quintaesenciar la poesía. Hacerla más densa, depurarla, utilizar para su aderezo únicamente elementos pasados por un tamiz. Pero con ello limitaban el lenguaje y, de movilizarse y dar vueltas alrededor de un pequeño número de voces, se repitieron, coincidieron unos con otros, perdieron personalidad y resultaron todos parejos. La poesía se volvió insulsa y limitada.



 



 

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