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Niños. Textos de María José Ferrada. Ilustraciones de Jorge Quien
Grafito Ediciones Santiago de Chile, 2013

Por Lorena Amaro
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La intensidad con que se vivió mediáticamente el aniversario de los 40 años del golpe militar en Chile acabó por agotarlo todo: programas televisivos que se regodeaban en contar minuto a minuto la desgracia del 11 de septiembre, libros de reportajes y reediciones de libros, ventas especiales en las librerías, nuevos testimonios, nuevas y no tan nuevas imágenes. Se trató de la orquestación –la artillería- más ensordecedora, para anunciar con platillos y bombos, tan ruidosos como violentos, una verdad de feria o de parque de diversiones, una verdad que a fuerza de ser “impactante” se ha convertido ya en un cliché absurdo del periodismo y la sociedad chilena. De un bombo hecho para acallar otros sonidos, otros disturbios, las desgracias posteriores, la falta de justicia que prima aún en el país.

No puedo dejar de mencionar ese contexto que quizás ya pocos recuerdan, para la aparición del libro Niños, de María José Ferrada, con ilustraciones de Jorge Quien, que incluye 34 poemas breves, cada uno de ellos dedicado a un niño o niña birlado por la dictadura de Pinochet. Treinta y dos ejecutados. Un desaparecido. Un niño recobrado el 7 de agosto de 2013, Pablo Athanasiu, a quien la autora dedica el libro y en particular este poema: “Cuando crezca será un árbol, / una nube, / una ola, / un caracol. // Y todas esas formas / que se distinguen en las nubes que ha aprendido a mirar fijo. // Un  árbol, una nube, una ola, un caracolCuando aprenda a hablar, será lo primero que dirá”. Signos de la persistencia, de la vida, del retorno y también del cambio y la metamorfosis.  Y en la protección del caracol: la esperanza, el avance lento, también el hogar.

Y no puedo dejar de mencionar el contexto ruidoso que precedió a la aparición de este libro breve en la primavera de 2013, precisamente porque se trata de un libro silencioso, quizás demasiado, porque merecería haber sido más comentado. De tapa azul e ilustraciones transparentes, Niñosemplea sobre todo la contención y el silencio que no es cómplice, sino que arrasa, revelador, para emocionar y apelar estética (y con eso digo políticamente) a los lectores. Sencillo e inteligente. Amablemente parco, duramente bello: “Será poeta. // Y hará un poema que rime / con el clap clap de las suelas de los zapatos / sobre los charcos”. (Dedicado a Hugo Abraham Rodríguez Mena, ejecutado a los ocho años).

En los días del aniversario recuerdo haberme quejado porque recién en ese minuto me daba  cuenta de la ausencia de textos que hablaran especialmente a los niños acerca del Golpe y sus consecuencias. En el ámbito anglosajón, quienes estudian las relaciones entre literatura e infancia consideran que la literatura en que aparecen niños es literatura “infantil” y me parece oportuno hacer esta salvedad para hablar de  Niños, un libro que desde una óptica mezquina podría parecer reservado más bien a los adultos, pero que creo que tiene aún mayor mérito pensando que se trata de un libro legible para los niños, que podría ayudarnos a reforzar, entre las muchas materias cojas de la educación chilena, nuestra cada vez más debilitada memoria.

Tiene razón Vila Matas cuando escribe que hay que “acabar con los números redondos”. Por eso escribo en el 2014 sobre este libro, el que debiera instalarse de modo permanente, sin fechas, en las lecturas personales y también escolares. En las bibliotecas, en los incipientes clubes de lectura, ya que es un poemario que permite referir con sencillez todo lo que se perdió en esos días terribles, también todo lo que se viene perdiendo en un país que históricamente ha dejado morir a sus niños por razones políticas. La desprotección de la infancia (sólo para comenzar por ahí, sabemos que las fragilidades de nuestra sociedad son muchas más), es atávica. Y Ferrada escoge un modo de decirla: a través de imágenes en que la inminencia de algo, una  pequeña  cosa que debe ocurrir necesariamente, como la primavera, como los tenues y a la vez fantásticos deseos de cumpleaños de una niña de seis, como el conocimiento del mundo y el lenguaje por parte de un niño que comienza a ver y balbucear, se deja en suspenso y se ve liquidada en el epílogo que explica qué pasó con cada uno de esos niños y niñas: los que, como Alejandra, Jaime y Sergio, esperan el paso de las estaciones y la llegada inequívoca de septiembre, el mes de las flores: “Por primera vez la verá llegar. // Su madre la hace dormir / con una canción en la que le cuenta que vendrán las flores. / Una canción de cuna que dice que vendrán los pájaros y que el sol / será un pequeño abrigo. // Por primera vez, la primavera” (dedicado a Alejandra del Carmen Berríos Valencia, ejecutada con un mes de edad).

El germinar de una planta o la caída de una hoja, los pasos inaudibles de un amigo imaginario, el desfile de los animales blancos escondidos en las nubes, todo en estos poemas remite a esos temblores del momento que vendrá, o, por el contrario, en el otro polo de la inminencia: a la huella, al paso, al rastro del pasado. Así, el poema dedicado a Carlos Patricio Fariña Oyarce, ejecutado a los trece años: “Cada vez que mira la luz de la lámpara / se pregunta si su luz hablará en el mismo idioma / que el de las estrellas de dos millones de años. // Si su lámpara será un susurro antiguo. // Y se queda dormido así, sin apagarla”

Carlos se duerme y detrás de este texto, como de los otros que incluye este libro, el lector adivina, en su reverso, el peso de la oscuridad, sus amenazas, su despotismo. El acto fallido de esa primavera: germinar entre tanta muerte. La desgracia que sufrieron muchos niños de entonces.

Los poemas de Ferrada pueden ser leídos por todos. Explicados y comprendidos, también, por  quienes deseen entender estas pequeñas historias de niñas y niños que no llegaron a ser adultos, pero que en este libro encuentran un rincón, entre otros posibles, para dejar una marca de vida. Para susurrarnos “algo antiguo” que no debiéramos olvidar. A diferencia del ruidoso desfile de las imágenes y el correr de los discursos televisivos, por aquí pasan, inaudibles, una y otra vez, los animales blancos del cielo, “dos elefantes, / tres pájaros / y una salamandra”, dice el poema dedicado a Claudia Andrea Valenzuela Velázquez, ejecutada a los seis años, en que una niña se pregunta si otra niña como ella podrá verlos.

Yo se los mostraré a mi hija. Y le hablaré de Claudia.



 


 

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