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Mi abuela, Marta Rivas González.
Rafael Gumucio. Ediciones Universidad Diego Portales Santiago de Chile, 2013

Por Lorena Amaro
http://60watts.cl/
22 de enero de 2014




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Llama la atención que un escritor llamado Rafael Gumucio, al igual que su padre, su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo, algunos de ellos inscritos en los libros de historia como activos agentes parlamentarios, todos reconocidos participantes de la vida política chilena, decida escribir no sobre esa conspicua rama familiar, sino que concentre su mirada en una mujer, su abuela, Marta Rivas González. En las primeras páginas de Mi abuela encontramos una suerte de explicación para esto, explicación que enreda el género: “Mi abuela fue, moralmente hablando –y sin que yo dudara un segundo de que estaba frente a una mujer-, el primer hombre, el primer varón que conocí, la primera imagen de valentía, de moral y de lealtad caballeresca que me fue ofrecida. O más bien fue mi abuela la primera imagen de masculinidad que yo elegí reivindicar como propia (por mucho que mi padre y mi padrastro fueran indudablemente más machos que ella)”. Se ve aquí la primera de una serie de dualidades y aparentes contradicciones que van tejiendo este texto, en parte biografía, en parte carta pero sobre todo autobiografía en que lo más importante no es la figura de la abuela, sino sus múltiples legados, su herencia compleja, la de una “aristocracia de izquierda” roteadora y de moral tribal, aparentemente enloquecida, que Gumucio ubica particularmente en Chile y en ningún otro lugar del mundo. Una clase social que el nieto sopesa y juzga cruelmente. Y que, a ratos, también defiende con indulgencia.

No es la primera vez que Gumucio escribe sobre su historia familiar. Ya en sus Memorias prematuras (2000), un libro atrevido en un país como Chile, donde casi no existen memorias destempladas y las que se publican suelen ser póstumas, el autor (entonces de escasos 30 años) observaba perplejo a sus padres y desataba su Edipo en los retratos de su madre, su padre y su padrastro. Una familia atípica, producto no sólo del exilio y la persecución política de la que fueron también objeto tíos y abuelos, sino de una historia más larga que se explica en este nuevo libro, el que merecería sin lugar a dudas mucha más cobertura: lanzado a fines del 2013, Mi abuela… probablemente sea uno de los mejores libros autobiográficos escritos en los últimos cincuenta años en Chile.

Escribía hace poco, en una reseña sobre Mis documentos, de Alejandro Zambra, sobre cierta clase media, que aparece no sólo en esos cuentos de Zambra sino que también comienza a latir insistentemente en otros textos como los de Bisama, Costamagna, Fernández y otros. Resulta curioso leer en este libro de Gumucio, coetáneo de ellos, una especie de contraparte, la voz de la aristocracia que hace tiempo dejó de ser adinerada y que sostiene su orgullo en símbolos, tradiciones, entradas de enciclopedia y modos de pensar y hacer. Quizás se deba a lo que llamamos globalización que hoy estén tan presentes en la cultura estos fuertes cuestionamientos al tramado identitario chileno, con que el poder y los prejuicios han designado ya desde la colonia las casillas sociales y políticas que debemos ocupar. Gumucio es la voz destemplada que destaza los libros de historia y quiere contarnos la historia de la élite por dentro, sobre todo de un grupúsculo de esa élite, que tuvo el atrevimiento de poner en marcha una revolución. Allende figura como el principal activista de esa revolución elitista y de origen burgués, una revolución culta y respetada en el mundo entero. Su abuela, como otras importantes mujeres de clase alta, se vio involucrada en esos cambios, y debió soportar por ello el rechazo de las otras mujeres de su condición social, las que militaban atávica, inconscientemente, en las filas conservadoras. Tuvo también que soportar el desprecio -o por lo menos la sospecha- de las y los intelectuales y activistas alineados en la izquierda, provenientes de la esforzada clase media, que sólo podían ver en mujeres como Marta Rivas la cara de la aristocracia. Fue en esa figura, sin embargo, como resalta el nieto en su discurso amoroso y violento a la vez, que la familia exiliada encontró un ejemplo de coraje. También el ingenio, la inteligencia de una mujer atrapada por convenciones sociales, roteadora a destajo, que procuraba disfrazar las marcas de su formación con retruécanos que daban nuevo sentido a la discriminación social: “Por puro miedo a los rotos –decía, resumiendo así toda la historia de Chile-, los caballeros se volvieron rotos, y los rotos, caballeros”; “Vivir mucho es una rotería sin nombre”, “Ser momio (…) es ser profundamente egoísta y es estar convencido de que es justo que los demás sufran y se mueran de hambre y de necesidad con tal de que ellos tengan sus cagonas ventajas, porque a decir verdad, los ricos chilenos son pobrísimos, austeros y rotos, y viven pésimo”. O esta otra frase, que describe sintética y brillantemente la existencia del “siútico” chileno, cuya silueta la abuela ve asomar por todas partes: “¿Sabes lo que es ser siútico para mí? La gente que se deslumbra con otro ser. Eso es algo que no me ha pasado nunca a mí”. La pasión por los apellidos (tan extendida en Chile) y la clasificación social se torna, en la mirada del nieto, una pasión por la geografía: “Porque para usted los apellidos eran ante todo eso, una especie de geografía alterna, zanjas, montañas, valles, ríos sin los cuales no podía comprender Chile, ese país que sabía que era cualquier cosa menos una pampa plana y monótona sin accidentes, un país lleno de volcanes, dunas, desiertos y glaciares”.

En los momentos más íntimos de su brillante elegía, Gumucio le pregunta a la abuela por qué: por qué quiso morir en Chile, qué significó para ella, dos veces exiliada por los militares chilenos, este país. “¿Su infancia?”, pregunta el nieto como si en las respuestas al enigma que es toda persona, procurara precisar las suyas propias. La abuela ya no puede responder: su silencio es el de los espectros, aquellos sobre los que escribe Jacques Derrida, esas presencias inscritas en la ausencia cuya perseverancia en el tiempo es un desorden, una turbulencia, una intervención ineludible en el presente y el futuro de los vivos. Sobre eso escribe Rafael Gumucio: sobre esas huellas, también sobre los mandatos de su herencia, entre ellos el mandato de la escritura, un legado que la abuela dejó no sin crueldad, sobre todo cuando rechazaba los primeros textos de su nieto y transformabasin miramientos su primera novela, escrita a los 16 años, en una crónica, en otra cosa, en algo que le negaba la posibilidad de la ficción. Una venganza feliz, la de Gumucio, que le devuelve la mano a la abuela escribiendo esta especie de fábula biográfica, imaginando escenas de la juventud de su abuela, de sus amores, de sus decepciones, y publicando este texto, quizás más novela que nada, en una colección (“Vidas ajenas”) destinada a los géneros referenciales como la autobiografía y la biografía. La narración de Gumucio de hecho podría inscribirse en la categoría “relato de filiación” (récit de filiation, término acuñado por Dominique Viart en 1996), en que el tema de la herencia familiar o lo que Viart llama “la anterioridad” del sujeto (a diferencia de su “interioridad” autobiográfica) es fundamental en el relato. Algo muy francés, como la propia propuesta literaria de Gumucio. Por supuesto, esa anterioridad puede ser documentada (en parte Gumucio lo hace cuando cita los diarios de su abuela), pero por otra parte suele ser narrada con grandes dosis de ficción, ya que el heredero sólo puede suponer o inferir de los silencios familiares o de sus incompletos recuentos, los hechos reales que se supone dan base a toda autobiografía. La especulación y las digresiones –interesantísimas en el caso de Mi abuela- alimentan o glosan la incierta narración biográfica.

Con humor cruel y melancolía, Gumucio, el heredero, no deja nada fuera en su recuento de la vida de la abuela ni tampoco del trecho que les tocó experimentar en común, el cual se inaugura en el exilio, con la partida de su padre de París y la asunción que la abuela hace del rol paterno. Ambos viven la condición de transterrados, ambos también la huerfanía (del padre, del hijo). Y es así, identificándose con ella, que nos hace oír la voz de la abuela en sus momentos de sabiduría estoica, también en los de patética decadencia, en que la vejez se muestra con ribetes donosianos.

Ni buena ni mala, claroscura como somos todos, la abuela vive más de noventa años. Nacida en los años de la Primera Gran Guerra, ni más ni menos que en 1914, su historia está teñida por las grandes batallas del siglo: el parlamentarismo y luego el gobierno de Alessandri en Chile, el exilio de su padre conservador, la guerra civil española, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, las revoluciones latinoamericanas, las dictaduras, la cobarde transición democrática, hasta la fecha de 2009, en que muere ya inconsciente de quién es y privada de su lengua materna. En viaje hacia los funerales el narrador de esta historia declara su odio hacia los chilenos, sobre todo hacia “los que no son como yo”, reclamo identitario que es el centro de este relato. Pero el odio se resuelve finalmente en el diálogo trunco con la abuela: “Tantos años llevo mintiendo, abuelita, tantos años. Para salvarme, para ser feliz tanto tiempo llevo protegiéndome de esa verdadera desnudez que su muerte ahora me pide de vuelta. ¿Me duele? ¿Me molesta? Hasta que de pronto, cuando dejo de intentarlo, lloro como niño, lloro porque lloro, como un juego que asusta. Estoy orgulloso de mi llanto que le daría tanta vergüenza a usted, abuela. (…) Lloro sin control alguno, lloro con los niños, río de tanto llorar, lloro como un niño, por primera vez en mi vida lloro como lloran los adultos”.

El nieto asume la biografía como un acto de restitución, de crecimiento, de extraño equilibrio. Como gesto de madurez. Lejos del tartamudeo y del odio, la belleza del texto de Gumucio anuncia su plenitud como narrador.



 



 

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Mi abuela, Marta Rivas González.
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