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"Mis documentos" de Alejandro Zambra

Por Lorena Amaro
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En su nuevo libro,  Mis documentos, Alejandro Zambra vuelve sobre varios de los temas abordados en sus novelas y cambia de género literario, aventurándose con libertad en el cuento. Se podría decir que incluso lo cuestiona, remarcando tanto en el primer como en el último relato que los bordes de las ficciones son difusos y, como lo hizo antes en  Formas de volver a casa, proponiendo interesantes reflexiones sobre lo escribible (“El que escribe es otro”, finta el narrador de “Hacer memoria”). El título,  Mis documentos, apela al carácter móvil, abierto de las narraciones; de algún modo constituye un guiño a ficciones anteriores, como si varios de los cuentos incluidos aquí formaran parte de las notas o apuntes para sus tres novelas. Los cuentos “Mis documentos”, “Camilo”, “Instituto Nacional” bien podrían formar parte de  Formas de volver a casa, así como “Recuerdos de un computador personal” y “Larga distancia” están de algún modo instalados en el universo Bonsái. “Yo fumaba muy bien”, suerte de diario/apunte sobre el cigarrillo, calzaría perfecto en  No leer, ese excelente libro de ensayos en que la crítica literaria tiene tanto de autobiografía (y al revés)“Gracias”, quizás el único cuento que parece salirse completamente de órbitas anteriores y también uno de mis preferidos del volumen, parodia en cierto sentido la voz de Bolaño, no sólo porque se sitúe en México la acción; el sentido de la frase, su insistencia ríspida, son bolañeanas (“cuando llegan y abren la puerta, el español, un chico flaco y cordial, con los ojos quizás demasiado grandes, está escribiendo, y el chileno dos no está –no queda más remedio que llamarlo el chileno dos, esta historia es imperfecta porque en ella hay dos chilenos, debería haber sólo uno, y mucho mejor sería que no hubiera ninguno, pero hay dos, aunque el chileno dos no está, el chileno uno y el chileno dos tampoco son amigos, en verdad son más bien enemigos, o lo eran en Chile, porque ahora coincidieron en México y ambos son, a su manera, conscientes de que seguir peleando sería absurdo e innecesario…”).

Pero más allá de estas observaciones sobre hermandades, ritornelos, ecos y géneros, me parece interesante apuntar a tres temas que este libro, menos prolijo en su escritura que los precedentes y más cruel también (particularmente en su tercera parte), instala en nuestro horizonte. El primero, que resulta ya algo manido, dice relación con la presencia de un discurso “de los hijos” en el panorama narrativo actual. El segundo, menos visible aunque también tocado, refiere a la reflexión que Zambra hace sobre la clase media o, mejor dicho, sobre cierta clase media. Y tercero, la formación de la masculinidad, espacio indagatorio que Zambra recorre con inteligencia y madurez narrativa.

La infancia: hace unos días alguien me preguntaba en una mesa de diálogo si era posible detectar un “hito”, un momento en que se hubiese instalado claramente la “literatura de los hijos” en Chile. Recordemos que los textos de los hijos de quienes vivieron la violencia política no son novedad chilena, está buena parte de la literatura del cono sur en ello y muy adelantados y provocativos observamos a los argentinos, cuya dictadura, afortunadamente para ellos, fue más breve. Pero me planteaban la pregunta pensando en Chile. Sin dudarlo (creo recordar que fue así), contesté que de haber un hito (son ingratos los hitos, también pueden ser muy mentirosos) éste podía ser  Formas de volver a casa.  Es cierto que ya 15 años antes, en 1996, Alejandra Costamagna publicó una novela,  En voz baja, en que se contaba una historia de represión política desde la mirada de una niña. Más tarde, en 2002, Nona Fernández publicaba  Mapocho, que daba cuenta también de las relaciones filiales, del exilio, de la violencia en Chile, no sólo la de la historia reciente, también la que atañe a nuestro drama fundacional. Un libro de ensayos de Andrea Jeftanovic,  Hablan los hijos (2011), instalaba en su título ese concepto, el de las relaciones filiales, aunque remitiéndolo a diversas ficciones, de distinta procedencia, y no a la literatura chilena reciente. Si me refiero a todos esos libros, es para decir que no basta con que hayan existido: para que un problema exista en el mundo del pensamiento, de la cultura, alguien debe darle nombre y ese nombre no llegó ahí, con ellos, sino que llegó más bien con la novela de Zambra, una novela que en otros artículos he llamado “de tesis”. Es el momento en que se nombra, el que moldea un problema, lo hace visible. Alejandro Zambra ocupa ese espacio con su novela del 2011, con un talento –o una visión- que revelan al crítico que hay detrás (o incluso por sobre) el narrador. Una mirada que este nuevo libro refuerza y hace incluso más consciente, más dura también, como si Zambra respondiera con él a algunas críticas despertadas por  Formas…, las que apuntaban a la dominante melancolía, la que hacía de su entrada en los temas políticos una forma edulcorada o light de confrontar la historia de los ‘80.

En cuanto a la clase media: si bien el tema no es nuevo en la narrativa de Zambra (la crítica Rubí Carreño se ha referido a esto en sus dos últimos libros de ensayos), llama la atención cómo lo articula en el cuento “Hacer memoria”, exponiéndolo como problema: “la clase media –esto lo piensa sin ironía- es un problema si se quiere escribir literatura latinoamericana”. La extracción de clase media es un obstáculo difícil de salvar al narrador de este cuento, quien necesita moldear un cuento policial y también una denuncia que en muchos aspectos requiere de una ambientación más “pobre”. En el cuento tiene que haber ciertas poblaciones, dealers, detalles que lo acercan más a ese mundo. Y es que la clase media de los textos de Zambra se encuentra en una frontera. Se trata de la clase media que en los años 80 preparó a sus hijos para ser la primera generación de profesionales; una clase media que vivía en poblaciones construidas a fines de los sesenta, provincianos advenedizos, periféricos, hijos o nietos de inquilinos, que sin embargo tenían en su agostado horizonte la profesionalización de sus hijos y el ascenso social de la familia. Una clase media de la que formamos parte muchos de quienes nos dedicamos a la literatura, la crítica y la enseñanza hoy. Los hijos de esa clase media crecieron, crecimos, como remarca Zambra, sin libros, orfandad simbólica que vuelve aún más difícil hablar sobre esos niños entregados al novedoso impacto de la televisión. Sin embargo, y aunque parezca un contrasentido, hoy como nunca se quiere hablar de esa clase media, y es esa misma televisión con que nos criamos (cerrando los ojos al panorama político) la que hoy insiste en su melancólico revival. Se trata de una clase media que ya no existe: sus hijos de pronto comenzaron a viajar, a salir a comer, a hacerse de objetos que les dieron estatus, en tanto sus padres se aferraban a modos de vida anteriores al consumo desatado. El propio Zambra grafica muy bien este cambio social en el desarraigo del protagonista de Formas de volver a casa, quien viaja con su auto entre Maipú y La Reina, imposibilitado de “volver” realmente.

El tercer tema, el de la masculinidad, me parece una de las cuestiones más emblemáticas de este libro y de su relación con la restante producción de Zambra, en que la construcción de los personajes femeninos y las relaciones amorosas caía a ratos en una cuestión esquemática. “Al final, ella muere y él se queda solo”, comienza  Bonsái,  formulación machista que replica penosamente la figura de la “bella muerta”, tan cara al romanticismo y al modernismo. Pienso que en este nuevo volumen Zambra toma conciencia de esto y rehúye ese tipo de construcción de lo femenino, poniendo en jaque sobre todo la identidad sexual de los protagonistas. Así como construye sus articuladas reflexiones metaliterarias, aquí Zambra también parece estar comentándose a sí mismo, pero ahora desde esta perspectiva de género, borrando, deshaciendo y encubriendo, desmantelando y haciendo nuevos caminos, en que la masculinidad no tiene en absoluto pergaminos de “hombría”. El homoerotismo, la masturbación, la paternidad son algunos de los temas que aborda. Hay incluso líneas muy tenues, en que los conflictos de identidad afloran, como en el texto “Yo fumaba muy bien”, donde construye una imagen del fumador que tiene que ver con la potencia (una potencia que tiene que ver con la literatura, finalmente). Tomo una escena rápida, en que atraviesa el relato la figura del doble: “…vi a un hombre aproximadamente de mi edad y de mi altura y también de mi color que venía fumando (…) Encuentro solamente parecidos, salvo cuatro diferencias bastante obvias: el color del pantalón (yo nunca usaría prendas de ese tono llamado barquillo), un aro en forma de garfio que colgaba de su oreja izquierda, mi barba incipiente versus su cara despejada y, bueno, la importante presencia en su boca de ese cigarro que antes yo también tenía”. Sutilmente Zambra forja un mundo de representaciones que se desmarcan de las exploraciones más habituales de nuestra literatura. Pienso al menos en tres vertientes: la representación del niño/joven artista, hipersensible o enfermizo, perteneciente a una élite social, cuyas conductas eróticas son homosexuales (pienso en personajes de Benjamín Subercaseaux, Adolfo Couve, Mauricio Wacquez, algún cuento de Alberto Fuguet); la presencia igualmente elitista de los “machos” de la hacienda y su erotismo desenfrenado (en Donoso y Huneeus) y las representaciones del roto, varón libre y valiente, siempre en movimiento, que se forja a sí mismo en la solidaridad de la calle (los personajes de Manuel Rojas). Los personajes de Zambra nos colocan en nuevos escenarios, en que un niño que miente para ser monaguillo se toqueteacon otro durante la siesta maipucina, o un joven telefonista nocturno recibe sorprendido el beso de su adinerado aprendiz de literatura, gestos en que se conjugan diversas crisis de identidad, no sólo sexuales, también de orden social. Conflictos que tienen que ver (también) con la pertenencia a esa clase media. “Recuerdo haber pensado, sin orgullo ni autocompasión, que yo no era ni rico ni pobre, que no era bueno ni malo. Pero era difícil ser eso: ni bueno ni malo. Me parecía que eso era, en el fondo, ser malo”, dice el narrador de Formas de volver a casa sin orgullo ni compasión, pero con culpa.

A eso apunta la revisión de estos temas. A la culpa. Zambra sin duda destaca entre sus compañeros de generación y es uno de nuestros escritores más lúcidos, una especie de médium conectado con lo que relampaguea en el ambiente (quizás también en el ambiente futuro) y que sabe cuajar en su escritura esos mensajes que están en el colectivo, pero que no todos advierten; uno de ellos tiene que ver con la culpa. Hace unos meses se realizaba un encuentro de narradores en la Universidad de Chile, vinculado con los 40 años del Golpe Militar. Todos leyeron textos que apelaban a esa memoria. Alejandro Zambra presentó un fragmento de “Instituto Nacional”, relato que está articulado por dos textos distintos (heterodoxia de estos cuentos de Zambra), uno de ellos publicado antes en la antología .Cl. Textos de frontera, con el título “El 34”. El fragmento que escogió leer estaba en asombrosa sintonía con los que leyeron Álvaro Bisama, Nona Fernández y Alejandra Costamagna. Estos escritores, interesados todos ellos en la descripción de esa clase media “tan problemática” para la literatura, apuntaban al sentimiento de culpabilidad de sus personajes. En el caso particular del texto de Zambra, el hecho de haber ignorado el drama de un compañero de colegio que finalmente se suicida, gatilla ese sentimiento en el narrador. Me pregunté, en esa oportunidad, por qué. Y pienso, al leer  Mis documentos, que esa culpa, condensada en este libro y presente en la mayoría de los cuentos (pienso en “Camilo”, en “Instituto Nacional”, en “Hacer memoria”, en “Recuerdos de un computador personal”) tiene que ver, precisamente, con la infancia, con la clase media, con la masculinidad hegemónica que Zambra cuestiona.

La literatura de los hijos en Chile, a diferencia de lo que ocurre en Argentina, donde existen otros humores para enfrentar el tema -sin exceptuar el desparpajo-, es una literatura cargada de culpas. Quizás porque la dictadura fue tan larga que dio tiempo a que los niños crecieran y entendieran lo que estaba ocurriendo, pero no duró tanto como para que pudieran combatirla realmente. Como estudiantes secundarios esos niños alcanzaron a movilizarse tardíamente, en el borde de un tiempo nuevo que los traicionó. Quizá la culpa en estas historias tiene que ver con la falta de realizaciones, con la ausencia de lo político en un tiempo que debió seguir siendo de luchas. Culpa en el gesto conformista de esa clase media que se esforzó por mandar a los hijos a la universidad y que votó por el No masivamente, pero que tras el cambio de mando hizo la vista gorda y aprobó los “consensos”. En el caso de las narraciones de Zambra se puede observar también cierta culpa (a veces disfrazada de orgullo) por esa forma de desclasamiento que fue acceder a la universidad y renunciar al mundo de los padres y sus economías modestas, sus aprensiones, su servilismo. Inesperadamente aflora aquí también el problema de la masculinidad: en su libro  Ser niño huacho en la historia de Chile (siglo XIX), Gabriel Salazar habla de algunas formas de paternidad en el mundo popular decimonónicas: la del peón gañán, siempre ausente, abandonador y mítico, y la del inquilino, presente pero humillado por el señor de la hacienda, servil con los patrones, borracho y violento al interior del rancho. No me parece atrevido trasponer estas imágenes a la actualidad y decir que la clase media sobre la cual escribe Zambra proviene en parte de este último rincón. Carga consigo ese mutismo, ese miedo atávico del que ha conseguido un pedazo de tierra, y esa complicidad con el poder, atavismo que hizo su trabajo silencioso pero efectivo en los años de la dictadura, la que duró en Chile ni más ni menos que 17 años. Toda la infancia y adolescencia de quienes hoy estamos en los 40.

Cuando fue publicada la antología  Volver a los 17  (Planeta, 2013) me llamó mucho la atención el título: se trataba de un juego de palabras que claramente vinculaba la canción de Violeta Parra, los 17 años que duró la dictadura y la experiencia de quienes la vivieron como niños y jóvenes. Ahondando en la idea, no se puede ver menos que una ironía, la de plantear la penosa voluntad de volver a la juventud o a la infancia en que jugamos y vivimos momentos felices, a pesar de la violencia y el miedo. A pesar de todo. Y este a pesar de todo es el que asordina las voces y produce la culpa, referida obsesivamente por nuestros escritores en el último lustro.

Culpa por haber estado. Culpa por no haber estado. Contradicciones que tensionan las narrativas actuales y que en la obra de Zambra están recogidas sin aspavientos, con una prosa directa y a la vez compleja. Sobre todo autoconsciente y, a su modo, visionaria.

Mis documentos
Alejandro Zambra
Anagrama. Barcelona, 2013

 



 



 

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