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Travesías del hombre lobo, o una nueva historia de la impunidad
Lucía Guerra. Zig Zag, 2015

Por Lorena de la Paz Amaro






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¿Novela gótica, literatura fantástica, novela policial? Travesías del hombre lobo, de Lucía Guerra, nos coloca frente a estos múltiples y diversos caminos. Habría que responder, quizás, que se trata de un libro que tiene algo de todo eso, pero que ofrece, también, más: gótica, fantástica, policial, esta novela actualiza todas esas posibilidades narrativas en el Chile de hoy, en la prosa una autora que vive desde hace décadas en Estados Unidos, pero que quizás por eso mismo, por ese desplazamiento espacial, ha mantenido intactos en la memoria los recorridos urbanos, las maneras de hablar, las costumbres domésticas de las familias chilenas, anteriores al 11 de septiembre de 1973. Las suyas son imágenes de un recuerdo enquistado no solo en el pasado, sino también en una especie de lejanía o bruma, la de un Chile irrecuperable, en que la discusión política y el encuentro familiar constituían dos caras de una sola e insoslayable moneda social.

En esta novela el protagonista, Antonio, joven de familia acomodada que estudia literatura inglesa y desprecia con toda el alma a los “rotos”, comienza a sufrir una transformación violenta y fantástica en las vísperas del 11. Las travesías a las que alude el título son muchas: primero, aquellas que lo llevan, en las noches de luna, a deambular por los barrios bravos de Santiago, travesía contada en tercera persona; luego, la travesía que narra él mismo, la huida enloquecida desde la capital hacia Río Bueno, en que él hará a su vez un viaje por los recuerdos de esos días anteriores al golpe, en que cometió más de un crimen; finalmente, las pequeñas travesías que realizará ya instalado como profesor destacado de un colegio y ciudadano modelo en el sur de Chile, donde sus violentas necesidades lo llevarán a cometer, durante cuarenta años, un mismo y único crimen.

 Mencioné, muy intencionadamente, la cifra de los cuarenta años. Esto tiene, obviamente, un sentido. Recuerdo que en 2014 se transmitió en Chile una teleserie titulada “Secretos en el jardín”, en cuyo guión participaron, entre otros, los escritores Nona Fernández y Simón Soto. Allí se contaba una historia basada en el caso de los psicópatas de Viña del Mar. Aunque aquella teleserie y el libro de Guerra son dos formas narrativas distintas, veo en común no solo el hecho de que se aborde la figura del asesino serial, sino algo bastante más hondo, algo a la vez compartido con numerosas otras narraciones de impronta testimonial y ficcional que se han publicado en los últimos diez años en nuestro país. En el último capítulo de la teleserie se podía ver al psicópata pasar sus días tranquilamente en un fundo, jardineando, libre de toda culpa y sin ningún remordimiento por los crímenes cometidos. Un detective tozudo, que siempre lo creyó culpable, lo persigue durante años y finalmente, en la última escena de la teleserie, lo encuentra y le pega un tiro. Hace justicia por su propia mano. Al ver esa escena entendí que la serie completa, más que hablar sobre los oscuros ochenta, lo hacía sobre el problema de la impunidad. Con una trama muy distinta y sobre todo con un cierre tristemente más verosímil, Lucía Guerra apunta a un mismo conflicto, diciéndonos que efectivamente no hubo un final para la dictadura. Antonio, el hombre lobo, revela sin complejos sus crímenes, se diría que incluso jactándose de ellos y de su propio relato, que cierra con estas palabras: “Un crimen impune es una historia suspendida porque jamás tendrá un desenlace. Y ahora que me he puesto de pie para volver a la casa, me imagino mi historia de asesino nunca descubierto, como círculos en el agua que permanecen sin moverse de su lugar, pese a la fuerza de su caudal. Círculos detenidos aquí en el agua y en tantos otros ríos”. Una frase bellísima y a la vez terrible, porque remite a la enormidad de su injusticia. Esta enormidad mueve la maquinaria de la narración, la impulsa y la hace incesante. Travesías del hombre lobo evidencia, como muchas otras narraciones que se construyen con la mirada de los 40 años del Golpe, la necesidad de justicia que sufre un país como el nuestro, donde, a diferencia de lo que ocurrió en Argentina –donde Videla murió en prisión—, el dictador se pavoneó durante años en el Congreso, antes de que la justicia lo rozara en Londres.

Me parece que en el marco de la ingente narrativa que ilustra esta impunidad, el texto de Lucía Guerra introduce un elemento muy singular. Decide escribir sobre este tema a partir de la figura legendaria, sin origen, del licántropo, una figura aparentemente ajena o extemporánea, cuya presencia, a mi modo de ver, descentra los discursos locales, proponiendo una solución narrativa alternativa y diría que incluso queer, para el tratamiento de la sublimidad del mal.

No es la primera vez que Lucía Guerra opta por recoger íconos de la cultura popular para narrar desde esa vereda, aparentemente distante, los alcances de esa presencia que es el mal en Chile. En Las pistas de Lucifer, libro de cuentos lanzado por Ceibo el año pasado, era la mano de Jack el Destripador la que prolongaba la violencia de la dictadura hasta Londres, donde la protagonista, en pleno siglo XX, se exiliaba buscando refugio de sus perseguidores para encontrar, inevitablemente, una muerte perversa.

No hay que pensar, por esto, que el hombre lobo o Jack el Destripador constituyen estrictas alegorías del dictador o de sus esbirros. Felizmente, Guerra conoce de sobra el oficio y construye una metáfora difusa, para hablar no sólo de un malestar político y de un conflicto social vinculado con la lucha de clases, sino también del machismo, de la sexualidad, de micropolíticas del poder que se practican en los rincones más cotidianos e inadvertidos de la ciudad.

Este escenario, el de la urbe, es fundamental en la novela: los buses, las esquinas, la antigua cárcel de Santiago, la virgen del San Cristóbal, la Plaza de Armas y la Plaza Italia, los alrededores del Mercado Central y también las calles del Pedagógico, son mirados atentamente por el protagonista enloquecido, dislocado, paranoico. Este recorrido imprevisto, que lo lleva a desplazarse casi líquidamente entre las sombras y la luz, se escribe como la contracara de una hagiografía. El protagonista, que estudia literatura, sabe que protagoniza un relato singular, y de hecho recuerda las vidas de santos que le regaló un tío para su primera comunión. Al leerlas se sorprende de su dinamismo, pero también constata la esquemática repetición del bien. Sabe que su travesía es diferente y muestra en su relato la fascinación estética del mal, con sus múltiples aristas. Su confesión a ratos lo acerca a las vidas de los santos, pero es realidad la historia de un hombre infame. Cito: “Era como si la santidad dispusiera de imágenes muy reducidas, un arroyo de aguas claras por aquí, unas florcitas blancas y el infaltable rayo de luz. Entonces me llamó la atención que la santidad dependiera tanto del mal. Era el enfrentamiento con el mal lo que hacía interesantes esas vidas”. Antonio, el licántropo, describe con fascinación la espectacularidad facetada del mal.

En la urdimbre de esta novela, en que confluyen el relato en tercera persona del pasado y la primera persona del protagonista en el presente, queda todavía una última línea de voz: la de una de las víctimas, que después de muerta, cuenta cómo perdió la vida. No quería dejar de mencionar esto, porque el libro entero de Lucía es un alegato sobre la injusticia. La incorporación de este último punto de vista procura dar voz al drama particular de las mujeres; en él se perfilan dilemas que durante décadas nos ha ido contando nuestra literatura a través de textos como La amortajada, María Nadie, “Piedra callada”: el femicidio y el simbolismo asociado a la dominación masculina, otra forma más de ese mal infinito, proteico y devastador del que habla el licántropo. Una forma específica del mal, que no debe quedar impune.



 



 

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