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«Las Fiestas Patrias del Elefante», novela de Lila Calderón:
QUITARSE LAS ESTACAS Y REINVENTARSE

Por Lilian Flores Guerra.



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Conocí a Lila Calderón en el verano de 2014 cuando coincidimos en la Feria del Libro de La Serena, su ciudad natal. Ella era una poeta, narradora y artista visual ya consagrada en el ambiente, y yo daba mis primeros pasos en el espectro literario con la promoción de mi libro debut, una novela infantil. Inmediatamente enganchamos en una secreta comunión de rulos al viento, y entre lanzamientos y regadas celebraciones se sembraron las bases de lo que sería un par de años después Ediciones del Gato. Debo mencionar que la primera publicación que salió al mundo bajo este sello fue justamente una novela infantil de Lila, llamada “Lily y el Conejo Dorado”, y después de esta historia de un peludo protagonista que sufre con el sol inclemente mientras busca trabajo, han tomado forma física con nosotros otros tres libros para “niños de toda edad” de esta autora.

Pero cuando llegamos a la quinta obra de Lila Calderón con Ediciones del Gato (porque entre todos los sellos con los que ha publicado ya van más de una docena de libros) hubo un gran cambio. No solo por el público objetivo, que dejó de ser infantil, sino por la forma de trabajo. Anteriormente, lo que llegaba a mis manos era una obra completa, terminada, a la cual yo como editora daba algunas recomendaciones menores. Con Las Fiestas Patrias del Elefante lo que vivimos fue un proceso. Porque Lila tenía clara la historia que quería contar, pero no había plasmado en la pantalla de su MAC la totalidad del contenido. Este iba a ser un recorrido de largo aliento, y nos lanzamos a armar como un rompecabezas el periplo de un elefante que pierde su trabajo en el circo y debe hacerse un lugar en la sociedad.

En lo personal no tengo mucha onda con los circos. Fui alguna vez cuando niña a un pobre espectáculo itinerante en la playa, y lo único que recordé siempre fueron las bancas rotas de la galería. Mi hermano mayor dice que había perritos y una llama; a mí no me consta. Después nunca me atrajo ver animales amaestrados, por más que me dijeran que estaban bien cuidados. Entonces, enfrentarme a este elefante que había dedicado toda su juventud a deslumbrar en el negocio del señor Corales fue un desafío importante.

A poco andar entendí que el circo que despidió al elefante era más bien una pista (o tres, dependiendo del tamaño del emprendimiento) que encarnaba el sistema laboral que a tantos nos ha oprimido durante buena parte de nuestros mejores años. La empresa, estatal o privada, aunque de las primeras casi ya no quedan; el sueldo a fin de mes como única satisfacción, la maqueta de la pertenencia que se resquebraja cuando los números pasan de azul a rojo y hay que despedir gente porque son los dueños y accionistas los únicos que nunca pierden.

Y desde este mundo de fantasía que apaga los reflectores y expulsa al elefante obligándolo a reinventarse cuando ya las canas asoman entre sus grandes orejas africanas, Lila Calderón nos lleva de la mano a través de nuestras propias calles y barrios previo al estallido, con la mirada aguda y la voz satírica de alguien que percibe la desesperanza escondida bajo máscaras de indiferencia, rechazo y engaño. La ingenuidad amable del protagonista, que al principio exaspera pero luego va dando pautas de que no es más que otro antifaz, una manera de protegerse y sobrevivir, es puesta a prueba por un tardío encuentro con el amor, ese que siempre deseó en secreto pero que descartó excusándose en el espejismo del trabajo y las obligaciones. Ella miró hacia donde estaba, y él bajó la vista y comenzó a hacer como que buscaba un libro en su bolso. Pensaba cómo hacer para encontrarse con ella al día siguiente o hasta invitarla a cenar esa misma noche, aunque no quería parecer demasiado ansioso. El corazón comenzó a palpitarle de prisa y empezó a ser asaltado por los pro y los contra de esta posible futura amistad. ¿Cuánta diferencia de edad habría entre ambos? ¿Sería casada? ¿Tendría hijos? ¿Se fijaría en que le faltaba un dedo? Mientras observaba su bella figura sus pensamientos fueron un poco más lejos. ¿Sería capaz de amar a una sola persona o le interesaba el poliamor como a la gente más joven? Al menos eso decían en la oficina, que todo había cambiado mucho, aunque no era claro si ahora era más difícil o más fácil enamorarse porque sus colegas decían que era algo personal. El amor definitivamente era un misterio para él y quería vivirlo. Se sentía dispuesto a todo.

Lila fue entregando un capítulo tras otro a ritmo a veces frenético, a veces calmado, y a medida que avanzaba en la lectura iba entendiendo que la historia de Don Elefante, que así lo llaman sus ex compañeros de oficio, iba girando en un espiral hacia el interior, donde la orfandad y el desarraigo de su matria, de la que conserva vívidos recuerdos infantiles, desencadenan una avalancha de emociones y despertares. El elefante nos habla desde el quiebre de su conformidad, desde su propio abismo, donde se combinan en una voz delirante el deseo de la libertad con la imagen poderosa de la elefanta que lo llama a ser parte de un todo.

El resultado final de este proceso es una muestra más del amor de Lila Calderón por la creatividad y el trabajo artístico bien hecho, a lo que nos tiene acostumbrados, y como editora le doy gracias infinitas por haber tenido la gentileza de invitarme a ser parte de este proceso. Espero que en las páginas de Las Fiestas Patrias del Elefante encuentren ecos sus propias experiencias y travesías.

 

 



De izq. a der. Hugo González, Lila Calderón, Luciano Ojeda y Lilian Flores Guerra
Presentación en XXI Feria del Libro de Ñuñoa. 8 diciembre, 2019.

 



 

 

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