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La narrativa chilena arrinconada
¿CUÁL ES LA SALIDA?


Por Pedro Pablo Guerrero
Revista de Libros de El Mercurio, 31 de julio de 2016


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Si alguien hubiera querido enterarse de cuáles son los libros de narrativa chilena más vendidos, la semana pasada habría encontrado solo uno en el ranking : "La muerte tiene olor a pachulí", de Hernán Rivera Letelier, en el cuarto lugar. El libro publicado por Alfaguara llevaba ocho semanas en la lista de los diez títulos más vendidos de ficción. En enero de 2005, por elegir una fecha al azar, había cinco novelas de chilenos: "El inútil de la familia" (Jorge Edwards), "Madre que estás en los cielos" (Pablo Simonetti), "Halcones de la noche" (Roberto Ampuero), "Hasta siempre, mujercitas" (Marcela Serrano) y "2666", el primer libro póstumo de Roberto Bolaño, que completó siete semanas en el listado.

Si retrocedemos a 1992, en pleno auge de la nueva narrativa, cuatro autores se disputaban los primeros lugares de la lista, cuando todavía no se distinguía entre ficción y no ficción: "Mala onda" (Alberto Fuguet), "Nosotras que nos queremos tanto" (Marcela Serrano), "El plan infinito" (Isabel Allende) y "La ciudad anterior" de Gonzalo Contreras, que estuvo desde el 19 de enero hasta el 6 de diciembre, y llegó a vender 36 mil ejemplares en dos años.

"Mañana", la última novela de Contreras, publicada en el sello Seix Barral a fines del año pasado, nunca entró al ranking , y los autores que sí lo hacen, como Alberto Fuguet, salen al cabo de unas semanas. "Sudor", su más reciente novela, ha vendido tres mil ejemplares en el mercado local. Apenas mil más que la última novela de Carlos Franz, "Si te vieras con mis ojos", que tuvo mucho menos promoción. Franz, a su vez, vende lo mismo que un autor joven como Diego Zúñiga: dos mil ejemplares de "Camanchaca" y la misma cifra de "Racimo".

Nuevos géneros y el auge de la no ficción

Se percibe un malestar, especialmente entre los escritores de mayor edad, por la pérdida de terreno frente a tendencias editoriales como el auge de los líderes de las redes sociales y el avance arrasador de la no ficción, con superventas como "Historia secreta de Chile 1", de Jorge Baradit, que lleva más de un año en ranking y 100 mil ejemplares vendidos. Lo mismo que "Un veterano de tres guerras", de Guillermo Parvex.

En casos extremos, estos fenómenos masivos se ven como amenazas terminales de la literatura. "Hay una visión catastrófica y elitista desde los escritores minoritarios, que tienden a percibir lo que está ocurriendo como un acabo de mundo. Son los apocalípticos de los que hablaba Umberto Eco, quienes piensan que la literatura, la belleza, el arte de calidad, termina con ellos", constata Jaime Collyer.

Como hace once años, la escena de la ficción sigue dominada por Roberto Ampuero, Carla Guelfenbein y Pablo Simonetti, autores cuyas ventas giran entre los 15 y los 20 mil ejemplares. En el último tiempo se han sumado nombres como los de Francisco Ortega, que permaneció 25 semanas en la lista de los más vendidos con su novela "Logia" (2014), agotando cinco ediciones. Pero todos ellos tienen que disputar lectores con una avalancha de best sellers traducidos. Así por ejemplo, en la lista de ficción de esta semana los dos primeros lugares los ocupa Jojo Moyes, estrella en el ranking de The New York Times.

"Hay una fuerte competencia internacional", admite Melanie Josch, directora editorial de Penguin Random House. "Tenemos a George R.R. Martin, un fenómeno mundial. De los cinco libros de 'Juego de tronos' hemos vendido más de 100 mil ejemplares en Chile. Es una barbaridad. Carlos Basso, el autor de 'Código Chile', tiene que competir con él, imagínate".

La editora, sin embargo, no cree que la narrativa chilena esté disminuida. "Esa percepción es equivocada en todo sentido. En 2016 publicaremos cerca de 70 títulos chilenos, de los cuales la mitad son de ficción, entre ellos ficción comercial, literaria, infantil y juvenil. Según el registro de ISBN, el año pasado se publicaron en Chile 6.268 títulos, de los cuales 2.452 están inscritos como literatura. Se publica muchísima, pero se diversifica bastante. Antes eran menos autores, menos editoriales, menos librerías, y ahora hay más de todo. Nosotros mismos hemos crecido mucho. La no ficción era casi inexistente y hoy es un ramo del mundo del libro muy poderoso".

Josefina Alemparte, directora editorial de Planeta, coincide en que se han diversificado los géneros, pero marca la diferencia entre la narrativa literaria y aquella con "vocación masiva". Los autores de la primera se publican en Seix Barral (Gonzalo Contreras) o Emecé, reservada a narradores jóvenes o con primeras novelas, como Ileana Elordi o Cristián Geisse. Los libros de Francisco Ortega, en cambio, se editan en Planeta. De los 40 títulos incluidos en el plan de publicaciones de este año, seis corresponden a ficción literaria. Los de Emecé, con tiradas iniciales de mil ejemplares. ¿No es muy poco?

"Las cosas son en su contexto -responde Josefina Alemparte-. No creo que hace 20 años se publicaran 40 libros en un año ni que hubiera áreas como las que hay ahora para otros segmentos de público. Lo juvenil no existía en la industria editorial y los 'Crepúsculo' o los 'Harry Potter' crearon toda una generación de lectores y tendencias que hace 20 años no figuraba en los rankings . La nueva narrativa de los 90 fue un fenómeno particular, que tuvo que ver con un momento histórico y, por supuesto, con una estrategia editorial. Siento que ese referente nos pena a todos, autores y editores. Hubo un momento en los noventa en que una novela literaria vendía cuarenta mil ejemplares. Ahora lo hacen libros que convocan a otro tipo de público. Los 40 mil ejemplares que vendía Gonzalo Contreras ahora los vende Francisco Ortega".

El desalojo de la literatura de los programas escolares

Gonzalo Contreras estima que la demanda cultural que se produjo en la transición hoy parece saturada por la competencia con otros medios, que entonces no existían, como internet. "La tan anunciada cultura de masas triunfa en la actualidad, cuando en la academia se le asigna el mismo valor a un libro que a una serie de televisión y se considera que son lo mismo", afirma. "También ha consagrado al libro que pertenece a la industria del entretenimiento, no a la producción literaria. La misma crítica ha orientado a que se lea básicamente lo que produce esa industria. Son las mismas estructuras de legitimación de la escritura las que la han deslegitimado", concluye el autor de "Mañana".

A diferencia de Contreras, Diamela Eltit no ha sido una escritora de libros que figuren en los rankings ni le preocupa el tema. "La literatura -dice- nunca ha sido central en los imaginarios sociales. Joyce vendió muy poco". Sin embargo, desde hace un tiempo está reflexionando en el daño que ha representado para la lectura una decisión del sistema educativo que pasó inadvertida.

"En el minuto en que sacaron literatura de los programas escolares, especialmente en la enseñanza media, bajo el argumento de que era aburrida, latosa, innecesaria y podía separar a los jóvenes de la lectura, me pareció muy complejo. La literatura ponía un elemento que no es negociable: la cuestión de la metáfora. Fue una política de Estado, aliada al mercado, desalojar lo literario de los programas y cambiarlo por Lenguaje y Comunicación. Esa es la matriz, el punto de partida de todo lo que estamos hablando en relación con narrativas locales. A cambio, se opuso una lectura preocupante: lo que se entiende por literatura juvenil. Esta es una producción masiva, unida al consumo escolar, que configura un megamercado. Yo no entiendo bien adónde apuntan esta clase de libros o cómo establecen un destinatario, porque una persona de 15 años puede leer cualquier texto, a mi juicio. Los efectos de segmentar la literatura con esta nueva categoría no solo se ven en estos momentos, sino que van a marcar un futuro bastante negativo para los lectores. Se revivieron la saga y las historias románticas de vampiros, o sea una literatura pauteada básicamente por los grandes imperios económicos de producción de libros. Eso es a mi juicio el gran problema".

Degradación de la intelectualidad

Jaime Collyer conoció el mundo de la edición por dentro en los años noventa, desde su cargo como editor de Planeta. A su juicio, uno de los orígenes de la pérdida de espacios para la narrativa en nuestros días está en que en Chile "nunca se han diferenciado bien los nichos de los escritores y se suelen mezclar autores masivos con minoritarios, por así llamarlos, quizás porque es un mercado muy reducido". Otros factores, sigue Collyer, que han configurado el actual escenario fueron el fin de los comités editoriales que existían en los 90 y la aparición en escena de los ingenieros comerciales, que supeditó la toma de decisiones al departamento comercial y a la visita de ejecutivos enviados desde España a revisar las cifras de ventas.

Luego vino el boom informático. "La literatura minoritaria ha desaparecido en el vendaval tecnológico. Hoy casi nadie tiene tiempo para leer libros, solo para fenómenos mediáticos que ocurren en Facebook y que duran dos días", dice. "Esto tiene que ver con la degradación de nuestra intelectualidad. Este país solía tener una burguesía intelectual, estar constituido por una vasta clase media que se enorgullecía de educar a sus hijos, de enviarlos a la universidad, de comprarles libros y de inculcarles el hábito de la lectura. En mi generación y entre los cabros más jóvenes, incluso, hay gente que todavía relata cómo sus padres les impedían leer historietas y en vez de eso esperaban que leyeran libros. Para la clase media ya no es un factor de prestigio intelectualizar a sus hijos, comprarles libros, convertirlos en lectores. Se perdió ese criterio como signo de estatus. Eso yo creo que es consecuencia de la dictadura, que degradó el escenario y destruyó a la intelligentsia local".

En la actualidad, Collyer percibe una creciente desorientación de los lectores chilenos. "Un asunto que influye en esto es cierta propensión criolla de algunos editores y reseñistas a meter en el saco de la novela y del cuento cosas híbridas que distan con mucho de entrar en ese saco. En cualquier lugar del mundo, una novela es más o menos lo que hacían Dostoievski o Fitzgerald. Aquí, en cambio, se estila publicar mucho mamarracho improvisado que le surge a alguien -alguien normalmente incapaz de escribir una novela o un cuento- en momentos de ocio, listas de compras, intercambios electrónicos íntimos o, por ejemplo, recopilaciones de sus columnas de opinión -en esto, Matías Rivas es el adalid-, textos, en fin, que no son más que eso y a los que se les rotula con grandilocuencia como 'escritura en los márgenes', 'novela disfrazada de crónica', 'novela epistolar', 'hipertexto', y así sucesivamente. La narrativa local está siempre demasiado poblada de impostores, ese es un problema no menor".

Bernardo Subercaseaux, autor de "Historia del libro en Chile", coincide con el diagnóstico de la confluencia entre nuevas tecnologías y criterios mercantiles. "Vivimos en una sociedad mercadocéntrica y en una hiperinflación de la cultura de masas. Las grandes editoriales transnacionales funcionan con una suerte de people meter , olfatean las sandías caladas, como ha ocurrido con '#Chupaelperro...' del youtuber Germán Garmendia (más de 26 millones de seguidores), gran éxito pero dudosamente el tiempo lo integrará al acervo cultural. En todo caso es mejor leer literatura comercial que no leer".

El profesor de la Universidad de Chile se pregunta quién recuerda hoy clamorosos éxitos en su tiempo, como "Don Lucas Gómez, o sea, El Huaso en Santiago" (1885), obra de la que se editaron en pocos años 30.000 ejemplares. "El tiempo es el gran indicador de la significación y trascendencia de una obra literaria y no su éxito de venta", advierte el académico.

Editores independientes renuevan la escena

Subercaseaux ve una salida en las múltiples editoriales fundadas en los últimos años. "Colectivos jóvenes que se han creado recientemente, agrupados en La Furia, están dando pie a una nueva generación de narradores, tiradas pequeñas pero de autores de distintas vertientes estéticas que están renovando la narrativa y que son, a mi juicio, tanto o más interesantes que los escritores de la generación anterior", señala.

Del mismo parecer es Diamela Eltit. "Las editoriales independientes han roto y siguen perforando los cánones. Cumplen una función de pluralizar los espacios. En este sentido, es un buen momento para la narrativa por esta experiencia de la proliferación literaria".

Tania Encina, vicepresidenta de la Cooperativa Editores de la Furia, también se muestra optimista. "Estamos haciendo un gran esfuerzo por editar primeras obras y levantar autores. Me parece que la narrativa vende bastante y se ha retomado el género del cuento, que estaba botado hace años. No sé cómo se hacen los rankings ni lo representativos que sean, pero si revisas los premios de los últimos años te vas a dar cuenta de harta narrativa que está siendo reconocida", afirma. "El canon que movían los grandes grupos editoriales lo dejaron de publicar hace años. Una de las quejas contra las transnacionales es que hay muy pocos autores chilenos y casi no apuestan por nombres nuevos", dice la editora de Das Kapital.

Incluso Collyer, aunque abrumado por la invasión tecnológica, ve caminos de salida. "Umberto Eco hablaba de los integrados, que absorben los medios tecnotrónicos, los contenidos de las historietas, la cultura popular, y los transforman en parte de su narrativa. El propio Eco escribió novelas en que aplica conocimientos deliberadamente relacionados con la cultura masiva y nadie podría calificarlas de prescindibles. Quizás Álvaro Bisama sería un representante de eso, siendo muy buen narrador. Entre los apocalípticos y los integrados hay un camino medio, como dirían los budistas, que es entender lo que está ocurriendo con las series televisivas, que son muy buenos relatos y convocan mucho a los espectadores. Ves el primer capítulo de 'House of Cards' y quedas enganchado para siempre. Quizás llegó el momento en que los 'narradores serios' atiendan a esos procedimientos de la narrativa audiovisual, sin hacer concesiones en el contenido, en la temática ni en el espesor. No creo que haya que escribir basura. Hay que modificar los procedimientos".


 

 

 

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