Proyecto Patrimonio - 2014 | index | Mike Wilson |
Autores |

 

 


 


 

Leñador y el sentido tácito de las cosas

Pablo Becerra Poblete

 


.. .. .. .. .. .

David Markson escribió hace décadas una novela experimental que proponía a su protagonista inmersa en la lógica del pensamiento de Wittgenstein, trasponiendo a clave ficcional un conjunto de potentes ideas epistemológicas, lo que resultaba en una protagonista de un solipsismo que bordeaba el delirio.

¿Cómo sería para un hombre, digamos, un leñador en lo profundo del Yukón, comprender el mundo que lo rodea mediante esa misma fría lógica matemática? Nuestro leñador procedería a dar cuenta de su mundo a través del lenguaje, de representaciones lógicas del mundo, agotando descriptivamente los hechos y estados posibles del mundo y sus interrelaciones.  Así inicia Leñador: con un ex pugilista y ex soldado que deja su vida pasada para radicarse (¿para huir?) en lo profundo del Yukón, talando el bosque en una comunidad de hombres leñadores.

"Combatí en una guerra, hace décadas en un archipiélago, y combatí en el cuadrilátero, hace años en las noches de la ciudad. Fracasé en las islas y en el ring. Me fui del país, buscando alejarme de todo, de la oscuridad, del pasado, de la claustrofobia, necesitaba respirar. Veía cosas que me hacían mal, escuchaba voces, me estaba perdiendo, extraviando en mi cabeza. Huí hasta llegar a los bosques de Yukón"

Esa breve introducción sitúa el escenario para luego sumergirnos en la reflexión del leñador, todo siempre en primera persona, sobre aquellas cosas que componen su mundo como es hoy: el filo del hacha, el surco de la madera, la técnica de tala, los cánticos de los hombres, todos objeto de un relato en una prosa sencilla pero meticulosa.   Las palabras del ex soldado, ex púgil, que fracasó en ambas empresas y ahora aferra el hacha en el Yukón, son la medida en que él puede conocer el árbol que tala, el hacha que empuña, el agua que sorbe o la oruga que admira.

Una de las claves del libro, que arroja luz sobre lo que ocurre a mayor escala en el relato, es lo que el leñador observa hacer a un haitiano en un altillo, que es precisamente lo que obra el personaje leñador a mayor escala y, a su vez, lo que el propio Mike Wilson emprende en su libro. El haitiano escribía y el leñador observaba atento sus páginas:

“En las hojas que leí sacaba conclusiones del entorno inmediato; particularmente de la configuración de las tablas del altillo, del corte de la madera, del color, de los patrones circulares del grano, de los vacíos de las vigas […] No lo entendí del todo, pero me pareció que aquellos silogismos eran piezas de un rompecabezas, de un criptograma cuya totalidad sólo se lograba apreciar a la distancia. Entendí que el haitiano intentaba resolver algo mayor a partir de la configuración del altillo […]”

Creo –y enfatizo el tono dubitativo de esa palabra- que Wittgenstein veía el lenguaje como un sistema lógico de representación del mundo. Que el mundo es construido a través del lenguaje; y como el lenguaje es el espejo del mundo, el mundo no puede sino estar constituido por los hechos representados por el lenguaje. Como el mundo es una inmensa recopilación de hechos sin una conexión intrínseca entre sí, el mundo se desmenuza en hechos (Tractatus 1.2) y cualquier hecho puede ser el caso o no serlo permaneciendo todo lo demás igual (Tractatus 1.21).

De ese modo, Wilson transpone problemas wittgensteinianos (qué feo suena el austriaco adjetivado) a la experiencia a un tiempo solitaria y llena del hombre en el bosque. Moldea en el texto un relato que evoca una belleza natural hoy y aquí perdida, mediada por las implicancias lógico-filosóficas de la aprehensión de ese mundo natural únicamente mediante las palabras que dotan de sentido a la experiencia, a los hechos del mundo. El leñador está obsesionado por encontrar la conexión entre las cosas y, en dicha conexión, encontrarse a sí mismo en el mundo.  Procede así el leñador -procede Leñador- por recuento de hechos, acerca de su antiguo mundo y el actual, en un lenguaje marcadamente fáctico por el que Wilson nos conduce en la espesura del bosque, infundiendo a lo que, a primera vista, aparecen como meros repositorios de datos, de una verdadera y profunda emocionalidad y sentido.

Pero el leñador llega a comprender que la suya es una empresa vana en cuanto insista en aferrarse a las palabras que pretendidamente explican el mundo. Pues el lenguaje oculta –o más bien no puede dar cuenta de- aquella zona de la existencia que no puede decirse, que no puede ser expresada en palabras, sino únicamente mostrada, vale decir, una parcela del mundo más allá del pensamiento estrictamente lógico y por ende no articulable mediante el lenguaje como sistema lógico de representación de los hechos del mundo. El lenguaje de los hechos posibles no sirve para representar cosas que no son estados de cosas posibles, algo sobre lo cual pueda predicarse que "es verdadero" o "es falso". El leñador se aproxima así a una provincia del mundo que demanda una percepción directa, no mediada por las trampas circulares y falaces de los enunciados gramaticales; una búsqueda de un sentido tácito de la cosas, ajeno al espacio lógico del lenguaje.

“[…] comprendo que estoy complicándome, buscando respuestas a paradojas de mi propia maquinación, artificios del lenguaje que nublan la experiencia. En un momento de lucidez, abandono las falacias circulares y regreso mi atención al territorio, al cuervo que vuela sobre mí […]”

El texto resulta en una bella reversión novelada de la que es quizás, como explicaba Rusell, la tesis fundamental de Wittgenstein: para que una oración –para que el lenguaje- pueda afirmar un cierto hecho debe haber algo en común entre la estructura de la oración y la estructura del hecho; pero aquello que tienen en común no puede ser a su turno expresado en lenguaje, sino sólo ser mostrado. Llámese ello lo místico, lo espiritual, lo ético, todo ello que no es decible y por ende debe callarse, escapa la posibilidad del lenguaje lógico, el que se vuelve una trampa que vela ese otro ámbito del mismo mundo.

Una metafísica lógicamente atomizada no puede dar cuenta de lo que significa ser y sentir, acerca de la espiritualidad o el amor. El lenguaje como sistema lógico que porta esa metafísica no puede dar cuenta del mundo para el leñador respecto a esas parcelas más profundas de la existencia humana y, por ello, una vez dominado el lenguaje lógico-formal, debe –para usar la metáfora del pensador austriaco- “tirar a un lado la escalera” que le permitió subir hasta ese punto, avanzando a una experiencia directa de lo metafísico, que es inconcebible para el lenguaje como sistema lógico y que, por ello, exige superarlo.  Después de todo, como dijo el autor del Tractatus, “de lo que no puede decirse es mejor callar”.

Trascender el sinsentido para ver el mundo como es, en buenas cuentas. Confróntese:  

 “Mis proposiciones sirven como elucidaciones en el siguiente sentido: cualquiera que me entienda, eventualmente las reconocerá como un sinsentido, cuando las ha usado -como escalones- para subir más allá de ellas. (Él debe, por así decirlo, tirar la escalera después de que la ha escalado). Debe trascender esas proposiciones, y entonces verá el mundo de manera adecuada” (Tractatus 108)

Y es en ese punto, mediante esa simple pero profunda realización del personaje, que Leñador cobra toda su potencia hasta ahora algo contenida, llevando al hombre del Yukón hacia el norte extremo en un viaje que, imaginamos, sólo es de ida, la búsqueda de esa mujer inuit que el bosque quiso poner en su camino un día; de esa pulsión para la cual el lenguaje lógico no arroja clave alguna. Las últimas páginas avanzan así en una cadencia preciosa, de sonoridad marcadamente rítmica, casi musical, que sigue resonando en la mente mucho tiempo después de leída; un movimiento in crescendo hacia un desenlace tan potente como abrupto. Y calma.

Creo que Mike Wilson nos ha dejado una joya velada.

Pero Leñador no es un libro fácil. Sus más de quinientas páginas, que arrojan en el camino exhaustivas descripciones de utensilios, procedimientos y recetarios pueden poner a prueba la paciencia del lector a ratos; pero prontamente la duda se disipa y la recompensa dobla el esfuerzo. Tampoco se piense que es un sesudo análisis filosófico o un compendio inabordable de pedantería experimental, como la sola alusión a un miembro del círculo de Viena al comenzar estos bosquejos puede sugerir: ninguna palabra es gratuita, no hay adornos vacíos, no hay voladores de luces. Cada pieza forma parte de un plan más grande que sólo se hace evidente a medida que se avanza junto al leñador por el bosque rumbo al norte.   

Pues Leñador es un libro sobre el viaje, o los viajes, tanto el interno como el exterior. El arribo del leñador al destino físico del Yukón marca el inicio del libro y el comienzo del segundo viaje, uno que transcurre no tanto por los senderos del bosque que transita como por la revisión íntima y con frecuencia dolorosa de las decisiones que le han llevado por esos senderos y las que guiarán de aquí en mas el caminar.  

Me atrevo a sugerir que Leñador es también, quizás, un tributo a un pensador atormentado por los derroteros áridos de una lógica elevada y abstrusa, de un filósofo austriaco que emprendió la más ardua de las expediciones, esa que se libra confinada, para usar una frase de J.G. Ballard, al diámetro del propio cráneo. Pero el leñador quiere escapar a los confines del cráneo. Y al recordar la frase de Ballard, de inmediato regresa la siguiente escena del leñador, que, examinando un cráneo trepanado que descansaba junto a una chimenea, piensa:

“Quise habitar en ese lugar […] Luego pensé y me di cuenta que ya lo hacía, que ya era prisionero de un cráneo, que la verdad era que deseaba escaparme de ese encierro y encontrar mi lugar fuera de mí […]”.

De serlo, el suyo es un homenaje discreto y elegante, que sólo se hace plausible por dos datos: la cita que abre el libro; y una obra posterior que ilumina, en retrospectiva, acerca de la propuesta de Leñador. Me refiero, desde luego, a su reciente “Wittgenstein y el sentido tácito de las cosas” (Orjikh, 2014).

Leñador es además, en alguna forma, una despedida o un tránsito. Luego de ser publicado, decidoramente omitiendo el nombre del autor en la cubierta, Wilson humildemente anunciaba que se retiraba de la literatura. O de la ficción (que no del oficio de escribir, como muestra su ensayo sobre W.). Que la literatura, o el mundo literario, dejaron de tener sentido para él y por ello debía transitar hacia otras empresas, quizás donde sentido y verdad todavía fueran objetivos posibles, me imagino. Una década, cinco libros: Una obra temprana que desconozco (Nachtrópolis, 2003), el extraño El Púgil (2008), Zombie (2009), Rockabilly (2011), Leñador (2013) y silencio. Es dable especular que Wilson llegó a un punto en que debía arrojar a un lado la escalera que le permitió subir hasta ese punto, avanzando en su propia experiencia más directa y por ende más verdadera del mundo, replicando así el tránsito wittgensteiniano de su personaje leñador. Quizás uno y otro, leñador y escritor, alcanzaron la convicción de que la literatura-como-lenguaje, al menos la que se hace hoy y aquí, no ofrece sino sofismas y razonamientos circulares. Páginas vaciadas de contenido. Páginas –y por ende autores y un ambiente literario- que ocultan, en lugar de mostrar. Lo que, de ser así, tornaría Leñador en una paradoja, pues pocas veces tiene uno la suerte de toparse con literatura tan auténtica.

Y es que Leñador es una novela especial (dudo en usar la palabra novela), un libro extraño en la forma que las grandes obras son extrañas: literariamente profundo, estéticamente bello, originalmente distinto, abierto a interpretaciones sobre los más básicos problemas. Una historia riquísima en imágenes, cruzada por una filosofía que trasciende. Cada palabra es cuidadosamente labrada, cada oración articulada con pulso firme. La erudición de Wilson descuella discreta y dosificada. El texto manifiesto nos ofrece una prosa medida y elegante, puro goce estético; su texto oculto nos ofrece un sondeo de esos temas esenciales que son el amor, la soledad, el sentido de pertenencia y de lo verdadero. El agote que puede producir su recurso a la descripción analítica es anchamente compensado por el sentido profundo que trasunta de la interrelación de los hechos del mundo del leñador y cómo éste trasciende esas proposiciones para ver el mundo de manera adecuada, de manera verdadera. Ello hace de Leñador un libro que, una vez arrojado al anaquel, te sigue penando, vuelve y te sostiene, vibra como el cabo del hacha al morder el tronco del árbol y permanece resonando en el aire ya largamente cerrada su última página.



 


 

Proyecto Patrimonio— Año 2014 
A Página Principal
| A Archivo Mike Wilson | A Archivo de Autores |

www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez Solorza.
e-mail: letras.s5.com@gmail.com
Leñador y el sentido tácito de las cosas.
"Leñador" Mike Wilson. Orjikh Editores, 2013.
Pablo Becerra Poblete