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Café Caribe (cuentos), de Luis Gutiérrez Infante

Por Leonardo Gutiérrez I.




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Los libros de Luis son resilientes. Nos dejan siempre la idea de que hay algo más, que hay problemas y hay soluciones, y que por más que la maquinaria nos muela, al final la vida continúa prevaleciendo.

Es la primera vez que presento un libro. Me lo solicitaron expresamente: “Es un libro que tiene mucho de música y tú puedes hablar sobre aquello”, me dijeron.

Café Caribe, café y música: ¿Dónde está la relación?  Café y literatura se relacionan mejor, concluyo.

Confieso que hay un libro que me hizo mirar el mundo de otra forma: Alexis Zorba de Nikos Kazantzakis, Alexis Zorba, el griego. El libro se inicia en un café de El Pireo, (el puerto de Atenas) justo antes del amanecer en una tormentosa mañana de otoño en la década de 1930.

Allí, con sabor a autobiografía, el narrador es un Kazantzakis evoca a un trabajador minero que conoció tiempo atrás. El tipo le recrimina desde el primer encuentro en el café, la insoportable manía que tienen los escritores (chupatintas) que creen que absolutamente toda la realidad cabe en las páginas de un libro, obviando o incluso evitando abrir los ojos al paisaje que los rodea: el sabor de la miel en la punta de la yema de los dedos, el vuelo de una cabellera negra como la madrugada, la música del mar o la corteza de un árbol.

“¿Hasta cuándo te la pasarás mordisqueando papel, manchándote de tinta? –dice esa madrugada Zorba y añade: “Mejor ven conmigo: miles de compatriotas griegos están al filo del abismo en el Cáucaso. Ven conmigo para intentar salvarlos juntos. Desde luego que quizá no los podamos salvar, pero nos salvamos a nosotros mismos con hacer el intento por salvarlos”.

Y aquí estoy, con este Cafe Caribe. ¿Es el café el protagonista de este libro? No. ¿Es el café Caribe el escenario donde transcurren las historias? Parcialmente quizás.

Trabajo en un medio de comunicación. El café también es un medio de comunicación. ¿Conversamos un café? ¿Qué tal un café para relajar el ambiente? Un café para matar el tiempo, un café para mejorar la concentración, para sacar ideas, para hacer una pausa, para fortalecer una reunión… las instancias son infinitas.

El café nos ayuda a escuchar. Escuchar implica no necesariamente captar las palabras, sino comprender situaciones, señales, lenguaje no verbal y, sobre todo, lo que no se dice. El café nos despierta las sensaciones y nos despierta la memoria.

¿Recuerdan sus primeros sabores del café? Yo vengo de una familia donde se bebía té, a la antigua, en té de tetera calentado a baño maría y que se mezclaba con agua hirviendo, y uno elegía el grado de concentración, más o menos cargado como le decíamos. (Vintage, antes de la bolsita aséptica).

Pero mis dos padres trabajaban, entonces a veces me dejaban con una familia donde me daban café. Café con leche, leche real, de vaca, de lechero, con mucha nata, y me gustaba ver esos granos de café que no se diluían en la nata y le daba un sabor especial. Ese sabor no se olvida. A veces, un capuchino me recuerda un poco a eso, pero es solamente un poco. Esa leche ya no existe en el comercio, pero queda la nostalgia, el sabor y el aroma.

Estoy hablando de mucho antes que naciera mi hermano Luis. Tenemos 10 años de diferencia. A inicios de los años 60, en los días de pago, mis padres hacían compras en el sector Mercado Central, en Mapocho. Compraban pasteles en La Selecta que estaba en San Pablo, y a veces pasaban a tomar café en un Café Haití que estaba en 21 de mayo, entre Catedral y Santo Domingo. Ahí recuerdo el primer aroma al “café-café”. Los locales después se fueron multiplicando lentamente por el centro de Santiago, quizás con el mundial del 62 (“esa fiesta universal, del deporte y del valor”, como cantaban los Ramblers). En realidad, a mí me compraban una leche con vainilla, pero para mis papás era café con tostadas. Recuerdos imborrables.

Por eso, el café tiene memoria. Yo fui exiliado. Salí en un avión hacia Europa sin un solo dólar en el bolsillo, así que una larga escala en el aeropuerto de Rio de Janeiro antes de cruzar el océano, fue la oportunidad de abusar de la degustación de café brasilero gratis, con promotoras. Y era un café desconocido en sabor, pero al mismo tiempo una preparación para enfrentar todo lo desconocido que venía.

Exilio. Una canción que hace 40 años nos hacía sentido a los exiliados jóvenes, era “Un Café para Platón”, de Fernando Ubiergo. De nuestra generación eran muchos quienes estaban quizás “en qué lugar del mundo tomándose un café junto a Platón”. Los cafés universitarios tienen esa vida, ese olor a tabaco, aceitoso, donde se discute y arregla al mundo, y se diseñan estrategias y tácticas, y se inventan teorías y socializan novedades intelectuales. El Café Neruda, en el Barrio Universitario de Concepción mantiene ese espíritu.

Un café para Platón. Un mediodía de hace más de tres décadas ingresé a un café en el centro de Atenas, en Grecia, para sortear el calor con un café, ese café griego mínimo, con mucha borra, y que se bebe a sorbitos pequeñitos, y fue como regresar 30 o 40 años en la historia, en un local cuya decoración, muebles, tazas, vasos, mozos y servicio eran una tradición. Los rostros, la vestimenta de los parroquianos, me daba la sensación de estar en una película de Indiana Jones. Me dio lástima salir de allí, no recuerdo su nombre ni su ubicación, pero fue fascinante.

Cuando me fui al exilio, mi hermano Luis tenía 10 años. Cuando pude retornar, era un estudiante en su último periodo en la Universidad, lleno de libros y apuntes, y que estaba escribiendo y escribiendo, cosas que nunca conocimos, pero donde estaba generando esa forma de expresarse. En aquella época compartíamos algunos cafés y unos completos (combinación exclusivamente chilena), y en momentos familiares muy tristes, se generó una relación distinta, que no contemplaba el período de la ausencia, imposible de reponer, pero que marcaban la vida de ese minuto.

Y debo reconocer que en el retorno, en esa integración al mundo de las organizaciones clandestinas, había muchas reuniones en cafés o restaurants, que tenían un espacio en un segundo piso, o en un subterráneo, donde se podía vigilar quien entraba o salía, y conversar con un mínimo de confianza y tranquilidad.

¿Y qué tiene que ver esto con Café Caribe, con el café, con la vida? Eso, hay recuerdos que tienen olor, sabor y sonido del café que nos correspondió degustar. Hasta en el más triste velorio.

Y este libro, como la mayor parte de los escritos de Luis tiene eso. Son ficción, pero a partir de personas y personajes de carne y hueso, de diálogos, tragedias y alegrías reales que se entremezclan en distintas situaciones que se convierten en cuentos.

Quienes somos parte de su círculo nos auto descubrimos cuando los leemos, con otros nombres, en escenarios o situaciones ficticias o que tienen una base real, así como ese letrero que aparece en algunas películas que dice “Basados en hechos de la vida real, los nombres han sido modificados para proteger a los protagonistas”.

Auto Ficción, decía Mercedes. A nosotros, que involuntariamente somos protagonistas invitados a esas historias, a veces nos duele leer a Luis, dolor genuino, dolor imposible de evitar, porque estamos todos, pareja, hijos, hermanos, familiares, amigos, como cada uno jugando un rol extemporáneo que perteneció a otra historia, convertidos en ficción, en escenarios imaginarios, con acompañantes de otras situaciones entremezclados, que nos traslada, que nos superpone, que nos desnuda.

Y es como un café, que nos traslada de lugar, de época y tiempo, que nos sitúa en otro espacio y donde el final nos sorprende, porque el gusto lo comparamos con otro anterior.

Hace cinco años, Luis nos reunía en torno a su novela Adónde van, también de raíz en la realidad, y ficción en su narración, y estaban los mismo elementos que han marcado su oficio: su círculo cercano como los personajes, la ciudad y sus barrios como escenario, lo que acontece en la calle y al interior de las casas como contexto, y la música , la música como clave para comprender la sensibilidad o identificar al personaje o el instante, porque la música (como el café), deja su huella en la memoria y los sentimientos.

Canta Silvio Rodríguez en Adónde Van:
¿Adónde va el mantel de la mesa, el café de ayer?
¿Adónde van los pequeños terribles encantos que tiene el hogar?

Los personajes de los escritos de Luis quedamos enganchados… adónde vamos, acaso nunca volveremos a ser algo salvo reaparecer en otra historia, porqué nos vamos, adónde vamos.

A propósito de café y música, hay una canción de Sting, titulada “Coffe Song”, que tiene una historia que se desarrolla en el café de una estación ferroviaria, una historia de amor, de olvido y nostalgia. Y esa historia bien pudo suceder en el Café Caribe, o en el Café Do Brasil, o en el Haiti. El Café Santos, o el mítico Il Bosco, en Alameda entre Estado y San Antonio, en los años 60 del pasado siglo; o el Café Central en la plaza de Osorno.

Por mucho tiempo, y hasta hoy, los cafés son el lugar predilecto de enamorados, amigos, gente de negocios, intelectuales e incluso autoridades. Los cafés son utilizados como puntos de encuentros para entablar conversaciones, decirse palabras de amor, cerrar tratos o simplemente pensar. A los cafés llegan con frecuencia artistas, escritores y pensadores, quienes ayudan a consolidarlos como espacios sociales de convivencia. También, como lugares de reunión. O lugares de desamor.

Café Caribe me recordó una canción de Piero de inicios de los 70:

Tomamos un café
después otro café
y ahora yo recuerdo
historias ya pasadas.
Me pregunto en tus ojos, sobre el amor y el mar
vivo una duda hoy
o es quizás tal vez
imaginación será... Eso puede ser.”

Ha sido esa concurrencia la que ha permitido que estos cafés se extiendan por el mundo. En cada ciudad respetablemente grande hay una o varias cafeterías. La gente no siempre se queda en casa a beber café. A veces nos repetimos el café, al igual que los escritos de Luis, hay que releer párrafos para no perderse, para no confundirse de narrador, para no salirse del carril del destino.

Por eso el café es directo, como la música. Bob Marley tiene una canción para las despedidas de amor: One cup of coffee, then I'll go. (Ahora su hijo nos vende el café Marley, el “Marley Coffee”, que cultiva su hijo Rohan).

En 1995, en su primer libro de cuentos, Nunca se sabe, Luis ya hablaba de cosas similares, coincidentes con estas canciones. Son otras formas de percibir la vida, las patologías que nos acechan, nos emboscan. Nos sacan de la trayectoria, nos desvían del camino y se extiende como mancha de aceite en la lluvia hacia el entorno inmediato.

El año 2010, en La Ciudad y la Furia, Luis nos daba a entender que la enfermedad estaba en el escenario, en la ciudad, en sus olores y colores grises, en sus submundos, y nos impregnaban y contagiaban, pero que al final es la vida, que a veces es alegre y a veces es penosa, y se alterna como péndulo y nos sorprende desprevenidos.

De vez en cuando la vida
Toma conmigo café
Y esta tan bonita que da gusto verla
Se suelta el pelo y me invita
A salir con ella a escena.
(Serrat)

Así es, la vida nos invita a tomar café y a revivir. Como cantaba Bob Dylan:

One more cup of coffee for the road
One more cup of coffee 'fore I go
To the valley below.

En Café Caribe se retrata una pasión adquirida recientemente por Luis, el tango, cuyas historias son como la historia de la humanidad. Los cuentos de Luis son como un tango, avanzan cadenciosos, se mueven, se desplazan y caen al final en un tan tan, para entender de qué se trataban.

A propósito de tangos, los cafés de Buenos Aires te permiten pasar las horas y leer todos los diarios y revistas acompañados de un café, y eventualmente de alguna luna, y de ahí surgen historias, como “11 y 6”, de Fito Páez.

Porque el tango es doloroso, es ciudadano, refleja la ciudad y la furia. Enrique Santos Discépolo, el mismo de “Cambalache”, supo describir con habilidad inusual las principales características del café en su impecable “Cafetín de Buenos Aires”, que de la mano de la música de Marianito Mores y la extraordinaria versión de Edmundo Rivero, constituyen un documento excepcional:

“De chiquilín te miraba de afuera/ como a esas cosas que nunca se alcanzan…/ La ñata contra el vidrio/ en un azul de frío, / que solo fue después viviendo/ igual al mío…/ …En tu mezcla milagrosa / de sabihondos y suicidas, / yo aprendí filosofía, dados, timba / y la poesía cruel / de no pensar más en mí…”.

Cuando regresé del exilio, una de las primeras cosas que compartimos con Luis fue la música: un concierto de Los Prisioneros en la medialuna de Maipú, una peña semi clandestina en la “Chile Ríe y Canta”, en solidaridad con Juan Pablo Cárdenas, director de revista “Análisis”, procesado y condenado por la dictadura. O ir a ver a Schwenke y Nilo a otro café legendario: el Café del Cerro, en el barrio Bellavista:

Vamos madre
llegó la noche a mirar T.V.
tomemos el último café
acuéstate.
Y que pasó antes y después
te juro madre que no lo sé
se acaba el tiempo de estar aquí.

(fragmento de “Canción de cuna para mi madre”, de Schwenke y Nilo, cuya atmósfera y contenido evocan el cuento “Alzheimer”).

Café Caribe es todas esas cosas. Los libros de Luis son resilientes. Nos dejan siempre la idea de que hay algo más, que hay problemas y hay soluciones, y que por más que la maquinaria nos muela, al final la vida continúa prevaleciendo, como La ruta de los cisnes, que es otra experiencia.

Una metáfora que aparece en el libro La resiliencia, de Anna Forés y Jordi Grané, explica bien la idea de fortalecerse, de cambiar a mejor, con las dificultades de la vida. Se narra ahí una historia en la que un padre se encuentra cocinando y haciendo café cuando llega su hija a contarle su “gran problema”; el padre no dice nada y pone a hervir una zanahoria y un huevo. La hija enojada le dice: “¿Pero papá, es que no vas a decirme nada, o es que ni me estas escuchando?”. Entonces el padre saca la zanahoria y el huevo ya cocidos, sirve una taza de café y le pregunta: “¿te acuerdas de cómo eran la zanahoria y el huevo antes de hervirlos? El agua caliente ha vuelto blanda a la zanahoria y duro al huevo, pero ¿qué ha hecho el café? No solo no ha perdido su esencia (el café molido), sino que ha transformado el medio que le rodea, el agua caliente. ¿Qué quieres ser tú, zanahoria, huevo o café?”

Ya lo han visto, el café tuvo, tiene y seguirá teniendo gran importancia en la socialización humana. Por eso, si quieres conversar con alguien, invítalo a tomar café, así es poco probable que te diga que no. Y seguro que la charla le dejará mejor sabor en la boca y en el alma.



 

 

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