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Lina Meruane: “Soy afuerina y por tanto sospechosa”

Por Berna González Harbour
Publicado en http://cultura.elpais.com/
15 de abril de 2016


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He aquí la paradoja: sus personajes luchan contra enfermedades graves que pueden matarlos, someterlos o concederles una gran razón para luchar o resistir; pueden morir. Pero sus libros reviven como si la terapia hubiera funcionado, al menos, para ellos. Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970) acaba de ganar el Premio Cálamo por la novela Fruta podrida, escrita hace 10 años pero traída a España recientemente por la editorial Eterna Cadencia.

“Mis libros están vivos, sí”, cuenta, contenta, a su paso por España. “Este libro resucita”. Ella es un ejemplo del potencial, del camino lento pero creciente que puede vivir la literatura en el mundo hispanoamericano: los libros saltan de año en año, de país en país, recobrando nueva vida y encajando con la trayectoria de esta escritora chilena de ascendencia palestina que es profesora en Nueva York. Pura globalidad para su intenso mundo interior. Y paradigma de estos tiempos.

Meruane ha trabajado durante 10 años en el tema de la enfermedad en la literatura y ella misma ha aportado una “trilogía involuntaria”: las novelas Fruta podrida  y Sangre en el ojo, y el ensayo  Viajes virales.

“Estos tres libros conversan entre sí y las dos novelas parten de una misma pregunta: ‘¿Qué hacer ante el discurso imperante de la salud a cualquier precio?”. Fruta podrida es un libro sobre la resistencia a ese discurso a partir de la tensión entre una hermana pequeña enferma de diabetes que se niega a curarse y su hermana mayor, que lucha por salvarla y por la perfección de la fruta de exportación chilena que fue símbolo de la emergencia económica del país en tiempos de Pinochet y motor económico de su dictadura. En  Sangre en el ojo  la respuesta es la contraria. “La protagonista se hace cargo de la promesa de salud a cualquier precio”. “Son respuestas antitéticas, y es que quería llevar la promesa de salud a los extremos. Es ahí donde uno ve las paradojas, las fisuras”.

Ella es diabética desde los seis años y como tal le interesó y ha estudiado la estigmatización que ciertas enfermedades han conllevado en todas las sociedades y épocas. Si primero fueron las psiquiátricas y la tuberculosis, luego el cáncer y más recientemente el sida, siempre ha habido males que —cita a Susan Sontag— “han sido curables e incurables, y los incurables han tomado un significado para cada época que viene de atrás, de la religión, como un castigo divino. Por ello se ocultan”.

La diabetes no la ha estigmatizado, pero sí la convirtió en objeto de las lecciones que el mundo quiso darle sobre lo correcto. “Desde pequeña, cuando decía que no quería tarta o pedía algo ­light, siempre alguien me acusaba de hacer dieta por vanidad. Aprendí a lidiar con eso, dejaba que hablaran y cuando terminaban el sermón les decía: es que soy diabética. Pero había una culpabilización, una microagresión. Tú tienes que comer lo mismo que nosotros, los demás. No es un estigma, pero sí una dificultad, porque todos se creen con derecho a decir algo sobre tu vida”.

Meruane puso fin a su etapa de concentración en la enfermedad para dar salida a otro pellizco que sentía desde que nació: su origen palestino. Nieta de palestinos emigrados a Chile, Volverse Palestina  fue el regreso a un lugar en el que nunca estuvo y también un salto literario importante. Es un libro de crónica, de memorias, pero también combina ensayo. “Es un híbrido, un libro atravesado por un yo, Lina Meruane, que primero cuenta la experiencia vital de regresar, y que luego va a la biblioteca y da cuenta de lo que sucede en el mundo intelectual en torno al tema palestino”.

Ese regreso le permitió conectarse con su identidad palestina, “pero no desde la nostalgia sino desde la conciencia política muy clara”, matiza. “Es una historia de ruinas, un darme cuenta de que no se puede volver al pasado porque el pasado no existe, los regresos son falsos, pero sí aterrizar un problema político que me vincula y me tiende el desafío de hacerme cargo de lo que está pasando allí”.

Meruane llegó a Estados Unidos en víspera del 11-S y tomó conciencia de su origen precisamente al caer las Torres Gemelas y empezar a sentir la “agresión velada y no velada” a los árabes. “Eso me asustó muchísimo y adquirí conciencia de ello, a partir de ahí sabía que yo era palestina, inmigrante, afuerina y podía ser sospechosa. Entendí mi lugar en ese lugar”. A partir de ahí empezó su búsqueda de un lenguaje de verdad dentro del lenguaje “lavado” (Gideon Levy) o “reciclado” (David Grossman). Al igual que en sus inicios como periodista en El Mercurio de Chile, chocó con la prohibición de palabras como “golpe militar, dictador, aborto o interrupción voluntaria del embarazo”, en Palestina encontró que se habla de “territorios árabes” en lugar de “palestinos” o de “entidad sionista” en lugar de “Israel”. Y muchos más. “Pensar el lenguaje es importante. Y los escritores tenemos el desafío de reponer algunas palabras o excavar en el lenguaje para entender todas las capas de sentido que hay encima y hurgar en la verdad que hay debajo. Ni es fácil ni estoy segura de que sea completamente posible, pero debemos hacer ese esfuerzo”.

Ahora afronta nueva etapa y nueva temática: la guerra y las mutilaciones. Como ella misma reconoce, de nuevo no demasiado lejos de la enfermedad.

 

Fotografía de Lina Meruane: Daniel Mordzinski



 



 

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15 de abril de 2016