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Conjeturas sobre el hielo
(Sobre La pista de hielo, novela de Roberto Bolaño)

Por Lina Meruane
Publicado en revista Lucero, Volumen 10, Issue 1, 1999



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En esta novela inaugural, la primera en solitario, Roberto Bolaño ejercita su filosa escritura. Cortante como lo serán todas sus siguientes: cada palabra precisamente recortada, a navaja surcado el perfil de cada personaje.

Cortante, digo, como las cuchillas del patín de la patinadora que se ejercita sobre la pista de hielo. Fría como la navaja que la extravagante anoréxica encubre bajo su blusa. Tan aguda como la punta del puñal que sangrará a una operática y calamitosa mendiga, tijereteando de esa espantosa manera los afectos de su amante, el Recluta.

Afilada escritura, la de Bolaño, en esta obra tajante.

Por encima del hielo, la novela se va deslizando con toda su tensa estética hacia una zona húmeda, resbaladiza: la ensangrentada escenografía del crimen.

Y es que una muerte es la pirueta desencadenante de esta historia, que tres inquietantes narradores relatan en reversa.

Un transeúnte chileno con pretensiones de escritor, que ha ejercido toda clase de oficios eventuales en su periplo hacia un anónimo ayuntamiento español. Un mexicano, también poeta, también apátrida, que come en sucuchos y sobrevive a base de vigilancias nocturnas. Un empeñoso catalán, capaz de embaucos por el amor nunca consumado de la patinadora, esa chica con menos talento que capricho.

Todos giran en un concertado sin ton ni son por la pista glacial construida dentro de una casona abandonada; todos presintiendo que cada palabra es un estilete que pende sobre sus cabezas. De fondo, la música del sarcasmo; la burla impía que se escucha con arrobo como si se tratara de La danza de fuego que la patinadora repite en el tocacin-tas durante las interminables horas de ensayo.

Las versiones del asesinato van trenzándose firmemente en esta imprevista sucesión de hechos. El escritor urde su trama como las tejedoras, realizando una maniobra de enlaces y nudos que no se permiten siquiera un pespunte de hebras sueltas. Tal vez sólo las necesarias elipsis, los pertinentes cambios de perspectiva, las versiones a ratos inconciliables de esos narradores raros y originales, que se asoman al abismo de los residuos amorosos, y a los vestigios del mal.

Aquí y allá se devanea el misterio.

Estas voces suculentas se han urdido para develar el móvil de la mente asesina y sus entretelones. Pero la reconstitución de la escena pronto se descubre como mero pretexto: el artificio de toda escritura.

Tal vez el verdadero acertijo sea la identidad que se oculta bajo este narrador terciado. Porque quien narra, ya se ha dicho, es siempre un impostor, un invitado que se hace pasar por el que escribe.

Dice Bolaño: "Es todo ficción, es todo cien por ciento biografía”. Que sólo ofrece una historia: así dice, un poco en sorna, para tapizar la confesión que esgrimen sus palabras.

Me digo: éste es un ardid de doble filo. Es la verdadera ley del hielo de su escritura. Es su habilidad para sacar las convenciones de norma.

Porque esta novela simula ser negra reciclando los manidos códigos de ese género. Y hace propia la conjetura. Se prenda de la sucesión testimonial, el gran acto de toda ficción, aparentando ser, simplemente, un racconto amoroso de héroes fallidos, malvividos, que circulan con el abrigo de la derrota sobre los hombros, de país en país, de mujer en mujer acaso, llevados por el sino aparentemente trágico del desarraigo.

Tras el ardid de tal peripecia, de la fascinante alquimia de esta novela, toda su complejidad pareciera quedar travestida. Pero bajo el ropaje aparecen señas de identidad de una literatura comprometida consigo misma. La literatura: amante que se entrega en la ausencia, sabiéndose imposible, inolvidable. Literatura que para serlo ha debido saltarse las barreras de contención.

Queda en evidencia: la estrategia del riesgo estructura la prosa de Bolaño.

La innovación es la forma que el escritor propone, un campo minado de pistas, un tupido campo de hitos imperceptibles por el cual es posible transitar sin enterarse del peligro que acecha. No es necesario saber que cada una de esas minas pudiera estallar para avanzar por el relato y disfrutarlo, simplemente. La superficie del argumento es suave, y transitable, y su narrativa severa carece de lirismos distractores.

Bolaño es un escritor fino, un poeta consciente de la penosa trivialidad de las palabras y de la gravedad extrema de un verbo bien situado.

Pese a todo, el filo de la lectura finalmente realiza la fisura que el texto merece. ¿Y entonces? He ahí que las tripas asoman, el corazón en sacrificio de un escritor armado.



 

 

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Conjeturas sobre el hielo
(Sobre La pista de hielo, novela de Roberto Bolaño)
Por Lina Meruane
Publicado en revista Lucero, Volumen 10, Issue 1, 1999