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EL PLACER DE LA DESTRUCCIÓN
CARTA ABIERTA EN RESPUESTA A FRANCO BERARDI

Por Lucy Oporto Valencia
oportolucy@gmail.com



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Estimado Franco Berardi:

Finalmente he podido leer atentamente su artículo “Violencia, impotencia, sufrimiento”, publicado en italiano el 23 de diciembre de 2019 en el sitio web Comune Info y, en español, el 30 de diciembre de 2019 en el diario electrónico chileno El Mostrador, en respuesta a mi ensayo Lumpenconsumismo, saqueadores y escorias varias: tener, poseer, destruir, publicado el 17 de noviembre de 2019 en Escritores y poetas en español, letras.mysite.com.

Antes que nada, le agradezco que me haya contactado personalmente para hacerme llegar su artículo en español. Pero sobre todo que se haya tomado la molestia de leerlo y haber elaborado una respuesta a sus formulaciones. Es un ejercicio que se da poco en términos argumentativos a través de los medios, dada la necesidad y exigencia de respuestas y resultados inmediatos a todo nivel, lo cual es un reflejo más de la renuncia a la capacidad de pensar imperante, ostensible en las redes sociales sobre todo, convertidas mayoritariamente en plataformas de linchamiento.

Lo más destacable de su artículo es su aportación desde lo que usted describe en términos de una “revuelta global”, sus consideraciones acerca del estatuto de la violencia en la década de 1970 en Italia, y la cuestión relativa a la violencia desesperada y suicida en la época actual. Esto contribuye a situar la discusión en un ámbito mucho más amplio.

El foco de sus críticas se concentra en mis afirmaciones relativas a la destrucción material desplegada con ocasión del llamado “estallido social” en curso, y en mi impugnación a la legitimación de los agentes de dicha destrucción, por parte de Mariano Puga y Gabriel Salazar.

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Parto volviendo al comienzo de mi ensayo. Una de mis motivaciones para escribirlo fue que durante las primeras semanas del proceso iniciado el 18 de octubre de 2019, si bien la destrucción de las ciudades era informada, al mismo tiempo era escasamente comentada por los medios progresistas más serios. Éstos, en cambio, dieron amplia cobertura a la represión policial de los manifestantes, y a las violaciones de los derechos humanos, como si ésa fuese la única forma de violencia digna de ser considerada.

En el caso de Valparaíso, cuyo sector céntrico fue destruido por los saqueadores en forma reiterada, a mansalva, e incluso a vista y paciencia de la policía, dicha situación comenzó a hacerse verdaderamente visible cuando ya era muy tarde.

Una respuesta a todas luces forzada frente a ésta, aparecida a comienzos de diciembre de 2019, fue el eslogan: “El pueblo no saquea al pueblo”, en afiches en rojo y negro de la Mesa de Unidad Social pegados en las calles de la ciudad, que exhibían la cabeza del perro llamado Negro Matapacos, considerado emblema de la pretendida insurrección. ¿Se trataba, acaso, de algún tipo de advertencia?

Ahora bien, respecto del eslogan, la negación no constituye un argumento y, en consecuencia, no puede demostrar nada. Aun así, cabe preguntar: ¿qué se entiende aquí por “pueblo”? ¿Qué pruebas tiene la Mesa de Unidad Social de que “el pueblo no saquea al pueblo”? ¿Es ese pueblo intocable e inmune a la crítica? ¿Qué significa este eslogan, en último término?

De otra parte, según usted:

si los estudiantes no hubieran destruido algunos objetos materiales, hoy no estaríamos hablando de la situación en que se encuentra el pueblo chileno como consecuencia de cuarenta años de sistemática violencia financiera y fascista. (...) porque los medios sólo reconocen y comunican la injusticia y el sufrimiento cuando los que sufren destrozan algo y alzan la voz.

Pero las cosas no ocurrieron como usted las describe. Al comienzo, se insistió mucho y con un convencimiento a toda prueba en que la televisión, sobre todo, sólo mostraba imágenes de los saqueos, y que por eso se trataba de montajes de la derecha y el gobierno. No obstante, había radios que informaban tanto acerca de la represión y las violaciones a los derechos humanos como acerca de la destrucción material. Ésa ha sido mi experiencia, al menos, pues no participo en las redes sociales, e imágenes exhibidas por televisión he visto muy pocas.

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Antes de referirse a los estudiantes, usted observa que yo lamento “la destrucción de algunas estaciones del metro”. Pero, presentadas así, sus expresiones banalizan no sólo la destrucción de varias estaciones del metro –lo cual ha perjudicado a vastos sectores de la población en la Región Metropolitana– sino, además, mi propia exposición, en que describo varios otros hechos violentos.

Pero usted prefiere enfocarse en el inicio del “estallido social”, reduciéndolo a la acción de un grupo de adolescentes. Sobre este punto, quisiera detenerme. Hace varios años que vengo observando una especie de capitulación de no pocos adultos ante la juventud llamada “sin miedo”. Esta descripción ya existía en 2011. Antes de esta fecha, no estoy segura. Como siempre, se trata de otro eslogan sin contenido. He visto esta actitud incluso entre personas en torno a los cuarenta años, la edad en que el intelecto y la creatividad alcanzan una primera maduración, como si sus vidas ya hubiesen terminado.

Con ocasión de la pendiente a la barbarie en curso, dicha capitulación de los adultos se ha mostrado abiertamente, con excepciones, desde luego. ¿Es que acaso regresar a la adolescencia, con su omnipotencia y megalomanía desconectadas de la realidad, es preferible a crecer? Quienes se postran ante la llamada juventud “sin miedo”, ¿no saben lo difícil que es convertirse en un adulto medianamente consciente, decente y digno? ¿Creen que eso no tiene un precio ni requiere esfuerzo?

Pues bien, usted pareciera participar de esa misma tendencia. Ciertamente hubo estudiantes que hicieron destrozos en el metro poco antes del 18 de octubre. Pero atribuirles la causa inmediata del “estallido social” es simplificar los hechos. Según esto, debiéramos agradecerles por su pretendida acción libertaria. ¿Así lo cree usted, en verdad?

Por mi parte, mantengo mi posición. Sólo algo diferente ha ido surgiendo durante las últimas semanas. Además de reafirmar que este proceso consiste en una irrupción de contenidos inconscientes largamente incubada (en el sentido de C. G. Jung), desatada con ocasión de la acumulación de tensiones sociales, a las que dicho proceso precede como un monstruoso a priori arquetípico, tengo la sospecha de que alguien más observó durante mucho tiempo ese comportamiento social, y decidió capitalizarlo en su favor, calculando en qué momento preciso de la descomposición y la anomia en movimiento abrir el pozo de los monstruos. La destrucción del metro fue, a todas luces, realizada por profesionales organizados, y no por adolescentes inexpertos. ¿Quiénes, cómo y con qué fin, exactamente? Lo ignoro.


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Usted define la violencia como “el efecto de la ineficacia de la palabra, la sustitución de la palabra por la fuerza”. Pero no a todas sus manifestaciones otorga la misma relevancia: “la violencia escandalosa no es la de algunos saqueadores, sino la de las fuerzas estatales”; “la destrucción de objetos materiales como las máquinas de control al ingreso de las estaciones, aunque sea algo lamentable y descortés, no lo llamaría violencia”. Para usted, violencia es sólo el empobrecimiento y la humillación sistemática de los trabajadores, y la desigualdad espantosa producida por el capitalismo neoliberal en complicidad con los pinochetistas. “La destrucción de objetos materiales, no se puede definir en sí misma como violencia, si bien pueda tal vez configurarse como tal porque puede provocar sufrimiento en las personas que necesitan estos objetos”. ¿Eso es todo? ¿Tal vez?

Al replantearse el significado del término “violencia” –a partir de mi ensayo, según usted–, distingue entre causa y efecto de la misma. Por un lado, la violencia (en cuanto efecto) deriva de la impotencia. Por otro, la violencia (en cuanto causa) consiste en una acción que provoca intencionalmente sufrimiento y humillación a terceros, pudiendo llegar a comprometer a toda la sociedad. A continuación, equipara la impotencia del poder estatal y de los actores sociales. No obstante, usted atribuye decididamente la violencia en cuanto efecto al poder estatal, el cual deviene violento cuando es impotente para entender y gobernar la sociedad. En cambio, los actores sociales sólo pueden volverse violentos “cuando sufren y son impotentes para cambiar la realidad social a través de la palabra”.

Por lo tanto, su definición de violencia es parcial. Si bien la impotencia aparece como la causa de la violencia tanto en el poder estatal como en los llamados actores sociales, para usted el ejercicio de la violencia en el caso de estos últimos, en cuanto “acción que provoca intencionalmente sufrimiento y humillación a los demás”, estaría plenamente justificada.

Esta parcialidad y unilateralidad son el sustrato de la victimización que atraviesa su artículo, como queda de manifiesto en el siguiente pasaje:

Creo que la tarea del intelectual, del poeta y del activista es comprender las motivaciones de la violencia desde el punto de vista del sufrimiento. Siempre tenemos que rechazar la violencia en cuanto acción dirigida a reducir, someter y humillar a los demás, pero en sí la condena a la violencia es inútil y moralista si no entendemos que tal vez la violencia es la única manera de oponerse a lo insoportable y de despertar un cuerpo oprimido por la depresión.

De acuerdo con la entrevista que usted concedió a María José Quesada Arancibia, publicada el 15 de noviembre de 2019 en El Mostrador, esto último se relaciona con otro eslogan aparecido durante los primeros días de la “revuelta” chilena: “No era depresión, era capitalismo”. Usted atribuye a dicha revuelta y, en consecuencia, a la violencia que la caracteriza conforme a su definición en cuanto causa, propiedades terapéuticas y de sanación: “La reactivación del cuerpo colectivo es un fenómeno energético e iluminador”. Pero, volviendo a su artículo, sólo en tanto el horizonte de dicha violencia sea la conquista del poder por esos actores sociales. Tal es la posición que usted defiende.

Sin embargo, su trabajo deja traslucir un conflicto. Al respecto, son útiles sus consideraciones relativas al estatuto de la violencia en la década de 1970 en Italia y otras partes del mundo. Según usted, el horizonte esperanzador y revolucionario de la violencia en esos años, ha dado paso una impotencia y desesperación suicidas. Pues “los insurgentes de hoy saben que no conseguirán el poder político de manera revolucionaria”. De ahí que insista en la victimización de los actores sociales involucrados en la revuelta global, quienes tendrían incluso el monopolio de la desesperación, lo cual los autorizaría moralmente a destruir todo a su alrededor, aunque esto no tenga ningún sentido.


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Por otro lado, su artículo se vuelve confuso al momento de abordar mis conceptos de lumpenfascismo y lumpenconsumismo, que usted no reconstruye en su versión más fuerte. El concepto de lumpenfascismo, ya expuesto en un trabajo anterior, define el tipo humano degradado que alcanzó su maduración durante la postdictadura, bajo la égida de la Concertación de Partidos por la Democracia, como decantación de la sociedad de consumo ampliamente desplegada en Chile, aunque sin grandes resistencias ni críticas por parte de sus agentes. En cuanto tal, describe la transversalidad de la dominación, la cual se extiende desde los grandes amos hasta el más miserable de los seres, incluidos los “insurgentes”, como usted los llama. Es una especie de condición del espíritu, que supone una disposición interior, y no sólo la acción mecánica de un exterior meramente cosificador de los seres.

El concepto de lumpenfascismo no se relaciona, en principio, con el entendimiento de Pasolini acerca de la lumpenización, un asunto que en él siempre me ha resultado confuso, sino con sus consideraciones acerca del hedonismo de la sociedad de consumo al cual, en su obra tardía Escritos corsarios, describe como el verdadero fascismo, en razón de su acción niveladora y homogeneizadora, que en su tiempo había alcanzado incluso a los más pobres y a los jóvenes, de quienes decidió apartarse en sus últimos años. Su última entrevista, concedida a Furio Colombo el 1 de noviembre de 1975, da cuenta de ese cataclismo antropológico, en los siguientes términos:

Tengo nostalgia de la gente pobre y verdadera que peleaba para derribar a aquel patrón sin convertirse en aquel patrón. Como estaban excluidos de todo, nadie los había colonizado. Yo tengo miedo de estos negros rebeldes, idénticos al patrón, otros saqueadores que quieren todo a toda costa.

Por lo demás, el concepto de lumpenconsumismo define un aspecto de dicha condición del espíritu propia del lumpenfascismo. A saber, la imposibilidad de la espiritualización de la materia, como elemento constitutivo de la sociedad de consumo y su intrínseca destructividad. Usted, al parecer, identifica el lumpenconsumismo con el proceso de lumpenización social y su producto, el lumpenproletariado, distinguiéndolo del lumpenfascismo, sin considerar los matices referidos por dichos conceptos. Pues entiende y sitúa la lumpenización en términos de un “empobrecimiento moral y psíquico de una parte mayoritaria de la población en este siglo”, consistente en un doble efecto. Primero, la consideración del consumo como único valor positivo, producido por la sociedad de consumo, “la publicidad y la individualización competitiva”. Y segundo, la impotencia asociada a la explotación y el empobrecimiento como condiciones para obtener lo necesario, derivadas de “la reducción del salario y la política de austeridad neoliberal”.

Ahora bien, el proceso de lumpenización al que usted alude, está implícito en mis conceptos de lumpenfascismo y lumpenconsumismo. Pero yo me refiero a algo mucho más insidioso, a una condición del espíritu y una disposición, que es la principal diferencia entre su enfoque y el mío.

Comparto sus puntos de vista acerca del capitalismo, el neoliberalismo, y el crecimiento económico sin límites incluso a costa de la destrucción final del planeta y la extinción de la vida humana. Sin embargo, usted atribuye la lumpenización sólo a causas exteriores. Mientras que yo, además de éstas, considero las disposiciones del alma, que está muy lejos de ser una tabula rasa, en la que pudiera introducirse cualquier contenido, como si el sujeto afectado fuese una cosa carente de libertad, capacidad de conciencia y capacidad de tomar decisiones. Para mí también el capitalismo es una invención nefasta y letal. Mis objeciones a sus planteamientos se resumen en un solo punto básico: la consideración de la responsabilidad personal y la conciencia individual en medio de procesos tan destructivos.

Contrariamente, para usted dicho aspecto carece de relevancia. Por eso, no distingue mis conceptos, ni mi apelación a Pasolini, de su entendimiento de la lumpenización. Más bien, los hace desaparecer. Y, en estricto rigor, tampoco discute con mis conceptos, sino que reafirma, sin más, su modo de entender la lumpenización con anterioridad a su lectura de mi ensayo. Lo mismo hace cuando revisa su entendimiento del término “violencia”.

De ahí su recurso a la victimización, una vez más: el empobrecimiento moral y psíquico de la mayoría de la población, se debe a la violencia económica del capitalismo financiero, la destrucción de la educación pública, la elevación de la competencia como único valor social reconocido, y “la reducción de la vida social a un desierto competitivo y precario”. El lumpenproletariado no es imputable a las víctimas, sino que es una consecuencia de dicha reducción.

Comparto en gran parte sus afirmaciones, pero no su unilateralidad victimizadora. Usted no considera la transversalidad de la dominación, ni la complicidad de amplios sectores de dicha población con la sociedad de consumo y sus prestigios envilecedores. Ellos también tomaron decisiones. ¿O hay que considerar a sus agentes como cosas y pesos muertos carentes de discernimiento?

Por eso, tampoco puede usted compartir “la identificación de lumpenconsumismo con lumpenfascismo”. Pero aquí no se está refiriendo al lumpenconsumismo, ni tampoco al hedonismo de la sociedad de consumo en términos de Pasolini, sino a la lumpenización conforme a su manera de entenderla. En suma, para usted es inaceptable y escandaloso que dicho proceso de corrupción moral y psíquica coincida con la transversalidad de la dominación, ya que esto invalidaría la victimización de los insurgentes.


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Ahora bien, yo no lo le he aportado nada nuevo. Pero usted a mí sí: la cuestión relativa a la violencia desesperada y suicida de los actores sociales o insurgentes, ante la evidencia de que “no conseguirán el poder político de manera revolucionaria”. Es un elemento que yo no había considerado. Tal vez, porque las imágenes que he visto los muestran gozosos, orgullosos y omnipotentes en su éxtasis destructivo. Y porque dudo que ellos tengan cabal conciencia de dicho horizonte, aunque es significativa esa reiteración hasta la náusea de la “criminalización de la protesta social” cuando es conveniente, como si se tratase de acciones sin consecuencia para terceros. Y no para algunos, sino para varios, como los habitantes en torno a la Plaza Baquedano. Su designación populachera en términos de “Plaza de la Dignidad” es una demostración de dicha omnipotencia a mansalva que después apela cobarde y cínicamente a la victimización en los términos referidos, como si su derecho a destruir estuviera plenamente legitimado e, incluso, deificado.

Luego de referirse al entendimiento de la violencia en la Italia de la década de 1970, y a la imposibilidad de conquistar el poder político a través de la revolución, usted formula el problema central de su artículo: “¿Entonces por qué lo hacen, por qué saquean y destruyen?” Y, a continuación, argumenta en favor de la justificación y legitimación de los saqueadores, y de otras formas de destrucción, como el sabotaje.

En su entrevista del 15 de noviembre, hace explícita su posición en los siguientes términos, en respuesta a la pregunta de si los actos de violencia de los manifestantes son actos de resistencia a la infelicidad:

En cuanto a la violencia, me parece que ha sido desencadenada por las fuerzas policiales, no por los manifestantes. No sé nada de la discusión que se está desarrollando en el movimiento chileno sobre este tema, pero conozco la dinámica de la violencia en las calles. Tal vez el sabotaje se hace necesario para proteger el derecho de expresión y de manifestación, y tal vez para proteger una comunidad es preciso desmantelar estructuras físicas de poder.

(...) El problema de la violencia en los conflictos sociales no es moral, es pragmático: la fuerza armada pertenece al poder y no podemos esperar ganar el combate militar. Pero, tal vez, no se puede evitar el enfrentamiento.

Pues bien, ésta era su posición antes de la publicación de mi ensayo, y es la misma después de haberlo leído. Para usted la violencia en los conflictos sociales no es un asunto moral, a menos que el “cuerpo social que sufre” sea cuestionado en su victimización, como expresa usted al final de su artículo. Conforme a su posición, el sabotaje del metro y la destrucción de infraestructura pública y privada, habrían tenido por finalidad “proteger el derecho de expresión y de manifestación” y “proteger una comunidad”. ¿Proteger ese derecho en qué casos, exactamente? ¿Cuál comunidad, exactamente? ¿Y cómo, exactamente?

Su posición queda mejor esclarecida a la luz de sus consideraciones acerca del carácter desesperado y suicida de la violencia de los insurgentes (más allá del jolgorio carnavalesco y vociferante que la caracteriza). Si su premisa es correcta, y dicha violencia se vuelve suicida ante la imposibilidad de conquistar el poder, sería una muestra más del carácter oscuro, sórdido, sacrificial, envilecedor y regresivo, de todas las luchas por el poder y todos los fascismos.

Pero sigue siendo una defensa, casi corporativa, se diría, de la victimización manipuladora de los agentes de dicha violencia. Más aún, usted espera que la acción del intelectual, el poeta y el activista, imite la actuación del terapeuta en favor de aquéllos, en el sentido de:

entender y analizar el síntoma, traducirlo a través de la palabra, del fármaco y el ejemplo. La condena pertenece al juez y no necesitamos jueces cuando el cuerpo social está sufriendo.

Con estas sentencias concluye su artículo. Obviamente, la última está dirigida a mí, aunque no me nombre. Párrafos antes, se refiere al deber del intelectual y el activista en términos de “la organización de un movimiento autónomo y radical que haga posible la salida del sistema dominado por el capital financiero y sus servidores políticos”, en orden a “evitar que el empobrecimiento se vuelva fascismo” y, así, detener el crecimiento incontrolado de la violencia.

Es una posición filosófica y una opción posible. Seguramente ha sido la suya durante mucho tiempo. No la impugnaré, pues es enteramente válida como opción de vida. Pero apunta a un objetivo enorme, que supone autodisciplina y autoexigencia irrestrictas, y una capacidad de involucrarse con los fenómenos asociados a esta violencia evitando ser destruido, además de recursos profesionales, psíquicos, materiales y económicos, de los que muy pocos pueden disponer. Particularmente en Chile, cuyo desarrollo cognitivo y consciente es más bien opaco, tendiente a la anomia, la disolución, la falta de rigor, la autocomplacencia y el marasmo en términos espirituales.

Y, sobre todo, supone energía y fe en la intrínseca bondad de ese “cuerpo social”, al que usted no reconoce ninguna responsabilidad en el desarrollo extendido de las condiciones que desembocaron en esta crisis.


7

Usted no es el único extranjero que idealiza el actual proceso chileno. Algunos suponen que es semejante al que tuvo lugar durante el período de la Unidad Popular.

He pensado mucho en Salvador Allende. Sólo él permanece en toda su imponente dignidad para mí, en esta hora. Y no dejo de preguntarme llena de dudas, atendiendo a mis límites temporales, si éste es el pueblo por el que tanto luchó, y con el que tanto se comprometió, al punto de ofrendar su vida a través del suicidio, siguiendo el ejemplo del Presidente José Manuel Balmaceda, en lugar de sobrevivir en y para la ignominia y el oprobio.

En su entrevista del 15 de noviembre, atribuye al actual proceso chileno posibilidades excepcionales, heroicas y trascendentes:

Una Constitución para la salida de la oscuridad absolutista del capitalismo neoliberal es la tarea que el movimiento chileno se propone, si quiere durar en el tiempo. Una indicación estratégica que tendría un valor ejemplar para los demás en el mundo.

Es posible. Pero esto supone gran disciplina, nobleza, sentido del honor, autoridad moral, generosidad, lucidez, capacidad reflexiva y capacidad de amar. Por desgracia, el alma chilena carece de esa estatura, salvo casos excepcionales. Más bien, tiende a un entreguismo autocomplaciente a la barbarie, un estado de inconsciencia impenitente, y una disolución sin límites, que acaban siendo siempre el problema de alguien más, o la destrucción de alguien más.

Debió venir al Congreso Futuro –participación que usted decidió cancelar, en repudio a declaraciones de Piñera en el plano internacional (El Mostrador, 9 de enero de 2020)–, y percibir los fenómenos por sí mismo. La polarización en las formas de trato y la incertidumbre, avanzan día a día. Piñera ya no gobierna. Es un fantasma, una especie de alma en pena. El estado de derecho se extingue.

He visto grafitis en las paredes de la Biblioteca Pública Nº 1 “Santiago Severín”, y otros edificios y paredes de Valparaíso, llamando a quemar carabineros, lo cual ha acontecido, en efecto, periódicamente.

A partir del 28 de enero, la escalada de la violencia ha comenzado a intensificarse. Un integrante de una barra brava, la Garra Blanca, fue atropellado por un camión de Carabineros que transportaba caballos, el cual era atacado con piedras en las inmediaciones del Estadio Monumental.

El hecho consistió en un atropello con resultado de muerte. El chofer, un carabinero, fue imputado de cuasidelito de homicidio. Pero la interpretación a que da lugar cualquier hecho similar a éste se ha ido tornando repetitiva e insidiosa en forma casi automática. El hecho en cuestión se convirtió inmediatamente en otro caso de derechos humanos.

Por otro lado, nada es suficiente para la horda. Esa muerte, causada por la acción del carabinero, fue la excusa para atacar unas veinte comisarías en la Región Metropolitana en una sola noche, realizar saqueos a supermercados en forma organizada, quemar buses, y atacar e incendiar la Gobernación de Chacabuco, en Colina. Hubo disturbios durante tres noches consecutivas, en Santiago y otras ciudades, y a lo menos dos muertos más en el contexto de los saqueos e incendios.

Pero estos hechos violentos y la tortura moral que provocan, no tipifican como violaciones a los derechos humanos. Sólo tipifican en cuanto tales las acciones de los carabineros, por ser representantes del Estado chileno.

Hace tiempo ya que la policía entró en una espiral de locura, como parte del irracionalismo y primitivismo imperantes. Por lo demás, numerosas comisarías han sido atacadas por hordas en las últimas semanas, incluido un regimiento. Casi se diría que ahora los chivos expiatorios son los carabineros, en el sentido de la unanimidad victimaria del todos contra uno que define la violencia colectiva y persecutoria, conforme a la concepción de René Girard.

La jueza que formalizó al carabinero involucrado en el atropello fue amenazada de muerte y “funada” frente a su casa, lo cual es una forma de linchamiento encubierto, en la misma línea del todos contra uno.

Con seguridad, todo esto favorecerá la expansión territorial de las mafias del narcotráfico y el crimen organizado, con el fin de que algún día todos acabemos vendiéndonos a sus agentes, como el lumpenproletariado, que se vende al mejor postor. ¿O considera estas mafias como otra manifestación del “cuerpo social que sufre”, en cuanto víctimas con fuero y privilegios especiales? ¿Es que en verdad sufren?

Debió venir, y constatar por sí mismo la horrible e irreductible materialidad de los hechos, como la destrucción del centro de Valparaíso, en camino de convertirse en la imagen de una ciudad fantasma. O la destrucción de la Plaza Baquedano, convertida en la ignominiosa “Plaza de la Dignidad”,  y haber recorrido sus inmediaciones. Por ejemplo, una academia de música ubicada en las galerías del Hotel Crown Plaza, saqueada el 3 de enero –junto con varios otros locales, que incluían tiendas de instrumentos musicales; una de ellas, perteneciente a un ex integrante de la Orquesta Sinfónica de Chile, mayor de setenta años–, en un país donde cualquier iniciativa cultural noble y permanente en el tiempo es una hazaña. Estos hechos coincidieron con el saqueo e incendio de la iglesia de San Francisco de Borja, construida en el siglo XIX, destinada a los servicios religiosos de Carabineros, y también ubicada cerca de la Plaza Baquedano.

¿Me dirá que esta destrucción es “lamentable y descortés”, relativa a la sensación subjetiva de los afectados, o necesaria para “proteger el derecho de expresión y de manifestación”, “para proteger una comunidad”, o que fue iniciada por la policía?

Aquí, y en otros casos, también hay “violencia, impotencia, sufrimiento”. Pero para usted carecen de significado, pues los afectados no califican como víctimas conforme a su modo de entender el sufrimiento.

A propósito de la victimización, le aclaro que las fuerzas estatales no “han matado a decenas de manifestantes”, como usted cree. Los muertos, a la fecha, son treinta y uno. Varios de ellos, en el marco de los saqueos e incendios.

Pero si esta violencia y destructividad generalizadas son suicidas, ¿qué espera que hagan los afectados? ¿Hacerse cargo de los insurgentes, cosificados desde una victimización idealizada y legitimada? ¿Ser sus terapeutas? ¿Cómo? Y sobre todo, ¿por qué? ¿Y cómo podría un intelectual o un poeta hacerse cargo de sus taras sin ser destruido física, psíquica o moralmente?

Aun en medio de la incertidumbre, el irracionalismo y la locura desatada son ostensibles y cada vez más virulentos. Un ejemplo patente es la vociferante apelación a la dignidad, sobre la base de la destrucción de otros, en definitiva. Pues la destrucción de objetos materiales, que para usted “no se puede definir en sí misma como violencia”, precede a la destrucción de las personas identificadas con éstos. Y si la destrucción de los objetos precede a la destrucción de las personas, entonces la imposibilidad de la espiritualización de la materia y de los objetos precede a la imposibilidad de la espiritualización y la conciencia de las personas, o a su disolución y pérdida, manifestadas en su cuerpo y su alma arrojados al abismo.

Pues la ignorancia es un poder y una eficiencia, cuya insidia consiste en mezclar la verdad con la mentira promiscuamente, creando así una ilusión victimizadora, manipuladora y extorsionadora, funcional al lumpenfascismo y sus lacras. Y todo aquel que se sitúe fuera de su unanimidad monolítica y mecánica continuará siendo castigado.

Esto es claro en relación con la Plaza Baquedano, “resignificada”, conforme a otro indolente eufemismo de la barbarie y su impulsividad básica, en términos de “Plaza de la Dignidad”, donde confluyen las hordas “empoderadas”, en medio del jolgorio. He visto imágenes de éstas, transportando durante el crepúsculo la estatua del perro llamado Negro Matapacos, considerado líder, estandarte y monumento del movimiento social. Pero éste es, más bien, el ídolo antropomórfico de la horda en su primitivismo, como si se tratase de una jauría de perros conducida por su rey o su santo patrono.

Es la horda que se adora a sí misma, en su gozosa pendiente a la barbarie y la muerte.

Si esta violencia es suicida debido a la imposibilidad de la conquista del poder, no se limitará sólo a sus agentes directos. Intuyo cada vez con mayor fuerza que una parte importante de los insurgentes, empezando por la mitificada “primera línea” y sus “daños colaterales” –con este eufemismo designan ellos su daño intencional–, conforme al lenguaje militar que se placen en utilizar durante sus juegos a la guerra y la revolución, espera secretamente que se desencadene una masacre, para así justificar su épica rastrera, vacía, autorreferente y carente de autocrítica, sin otro horizonte que el placer de la destrucción, que los hace sentirse algo en medio de su nada.

La guerra privada entre los encapuchados y la policía se ha convertido en un oscuro centro autorreferente, cuya mezquindad organizada persevera ávida de plenos poderes, reconocimiento y legitimación social. Pero sus agentes protagónicos han acabado siendo los insurgentes sin rostro, cuyo único horizonte de sentido consiste en no poder ya vivir sin la policía.

Así las cosas, las demandas sociales han ido disociándose paulatinamente de esta “revuelta chilena”. Tal vez, desde el principio, aquéllas no hayan sido más que una excusa y una oportunidad para la expansión de una violencia cuyo único sentido pareciera comenzar y terminar en sí misma, pero como imagen de un inasible poder en las sombras, sin humanidad ni rostro.

Finalmente, si su premisa acerca de la violencia suicida es correcta, entonces, ¿cuál es la diferencia de principio entre la destructividad hedonista y sacrificial del capitalismo, dispuesto a destruir el mundo y la especie humana misma con tal de mantener su poder, y la violencia suicida de aquellos insurgentes dispuestos a destruir todo a su paso porque nunca alcanzarán el poder?


8

Como al finalizar su artículo usted me interpela directamente, aunque no me nombre, reafirmando su posición de solidaridad incondicional con las hordas de saqueadores y saboteadores victimizadas en cuanto “cuerpo social que sufre”, sin que yo le haya aportado nada, me veo en la obligación de reafirmar una vez más mi posición de repudio a las mismas, pero teniendo ahora presentes los elementos que usted me ha aportado.

Me referiré al final de mi ensayo. “Farewell” significa “despedida”, entre otras de sus acepciones. Existen varias obras con ese nombre. Yo pensaba en la Fantasía Nº 3 para laúd, así llamada, del inglés John Dowland (1563-1626): una composición melancólica y fúnebre, de una extrema delicadeza, fineza y silencio, que contrasta ferozmente con la horrible materialidad de los hechos y sus vociferaciones estentóreas de linchamiento.

Así se titula también la última sección del ensayo que usted leyó: Farewell. Pues en un determinado sentido se trataba de una despedida.

Pues bien, no espero nada de esta “revuelta social”. No espero nada del Estado chileno para mí. No puedo entregarme a la barbarie, ni a las seducciones de lo indiferenciado, ni a las extorsiones manipuladoras y victimizadoras calculadas por el lumpenfascismo y su mezquindad organizada, incapaces de reconocer el amplio espectro de esta violencia en su maligno despliegue.

Las hordas y las turbas me repugnan absolutamente. No las defenderé bajo ninguna circunstancia. Ni ahora, ni nunca.

No me postro ni me postraré ante la juventud, ni ante la ceguera de los adultos obsecuentes con su impulsividad barbárica. Me dan lo mismo los exámenes de pureza ideológica que pretenden ver en una parte importante de ellos a héroes inmunes a la crítica, con fuero para destruir todo a su paso porque nunca alcanzarán el poder, o porque “todo les han destruido”, en términos del sacerdote Puga, y a quienes, no obstante, habría que agradecer su “labor”.

Sigan ustedes disfrutando del privilegio de la impunidad de los amos como hasta ahora, realizando su abyecto deseo de tener, poseer, destruir. Sigan disfrutando de su violencia suicida y a mansalva, mientras la anomia continúa su avance. Pues las otras víctimas de este horror carecen de relevancia, presencia y realidad, no sólo para usted, sino también para las correccionales burocráticas, políticamente correctas y bienpensantes en materia de derechos humanos, tanto en Chile como en el extranjero.

Pero un día las hordas prepotentes en su hedonismo se disolverán. Las falsas solidaridades y encuentros quedarán al descubierto. La primavera de los “sin miedo” se marchitará, y éstos quedarán solos ante el vacío de su alma. Cuando ese momento llegue, ni todas las consignas ensordecedoras y repetidas hasta la náusea los salvarán del terror ante su propio abismo. Sólo resistirán los pocos que tengan una auténtica capacidad de transformación interna y estén dispuestos a resistir sus intrínsecos rigores. Jamás una horda, ni una turba.

Ese día llegará. Ahora, o cuando alcancen su maduración, o queden enquistados en la postración de su adolescencia eterna reproduciéndose en más de lo mismo, para así satisfacer su autocomplacencia, rememorando su épica miserable y su estética de sitio eriazo.

Yo haré lo único que soy capaz de hacer, responsable e individualmente: dedicar mis esfuerzos a pensar la realidad a partir de sus imágenes simbólicas.

No moriré por un país en que mi vida no vale nada.

Dios no necesita signos, pues es capaz de ver todas las cosas al mismo tiempo, y de conocer todo en forma directa. Pero el ser humano es constitutivamente incapaz de esta concentración espiritual. Dada su finitud y precariedad, para conocer necesita signos, símbolos, alegorías, analogías, emblemas, enigmas, cifras, metáforas, imágenes y conceptos.

Me dedicaré a estudiar filosofía patrística, y esa acción invisible será como orar en medio de catervas y proliferaciones seriadas de monstruos, escorias varias y escombreras, hasta cuando pueda. Hasta que mi destino me alcance.

Hasta que valga la pena morir.

 

Valparaíso, 19 de enero al 6 de febrero de 2020




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LUCY OPORTO VALENCIA
(Viña del Mar, 1966)
Investigadora independiente. Licenciada en filosofía. Autora de: Una arqueología del alma. Ciencia, metafísica y religión en Carl Gustav Jung. Editorial USACH, 2012. El Diablo en la música. La muerte del amor en El gavilán, de Violeta Parra. 1ª edición, Altazor, Viña del Mar, 2008. 2ª edición, corregida y aumentada, Editorial USACH, 2013. Los perros andan sueltos. Imágenes del postfascismo. Editorial USACH, 2015. La inteligencia se acrecienta en la Nada. Ediciones Inubicalistas, Valparaíso, 2016. Cine, humanismo, realidad. Textos reunidos, de Sergio Salinas Roco. Tres volúmenes. Introducción, compilación, transcripción y notas críticas, a cargo de Lucy Oporto Valencia. Editorial USACH, 2017. Lumpenconsumismo, saqueadores y escorias varias: tener, poseer, destruir. Publicado el 17. 11. 2019, en Escritores y Poetas en Español, http://letras.mysite.com/lopo171119.html, Archivo “Chile despertó”.        



 

 

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El placer de la destrucción. Carta abierta en respuesta a Franco Berardi.
Por Lucy Oporto Valencia