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Luis Oyarzún y su recuerdo

Por Gastón von dem Bussche A.
Publicado en El Sur, Concepción. 13 de Enero de 1974



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"Todo está donde está. Nada te sobra,
nada te falta, tierra sustentada
del mismo germen que te funda en tierra."

(Bosque del Sur, de "Alrededor", Luis Oyarzún, 1969)


Mala suerte la de mi generación esta de ir viendo desaparecer precozmente a sus mentores. Y, peor aún, venir a "enterarse" recién de que lo fueron. Por lo menos, para los que los miramos y descubrimos desde la angosta perspectiva cultural penquista adonde, sin embargo, fugaz, periódica o largamente, algunos estuvieron y aún permanecieron, se hicieron lugareños. Tomaron esta extraña condición de autoexiliados que sicológicamente cargamos todos los habitantes de esta característica, poderosa y desolada región humana de Chile.

Alfredo Lefebvre, Jaime Eyzaguirre, Luis Oyarzún forman trío de privilegio entre esos hombres que representaron lo que habremos de llamar un "humanismo cristiano" en Chile, más adentro y más afuera de partidos e instituciones (que a menudo incluso los ignoraron, es decir, los desaprovecharon, como evidentemente ocurrió en Concepción con Alfredo Lefebvre y algunas fundaciones menos culturales que conflictivas) y que, sin ánimo impositivo de dogmatismo universal absoluto, "única historia", pensamos y vivimos como la condición fundamental de nuestra idiosincrasia, nuestra tradición, nuestra cultura artística, moral y espiritual. O, para precisar mejor el complejo que esto implica, la noción en proceso, en integración, tensa y siempre creciente, de un humanismo indocristiano cuya característica modulación difiere del humanismo cristiano europeo ya en ciertas figuras mayores del continente. Lo que muy bien señalan a su respecto un Roger Caillois, un Kurt Wais, un Heine Rheinfelder, un Francis de Miomandre sobre todo. Una condición de la cual los tres nombres arriba mencionados se hicieron portadores misionales doquiera trabajaron y vivieron: un cierto franciscanismo esencial, no meramente sentimental. Un "sentimiento fraternal del cosmos", del hombre, sus prójimos y las cosas en la tierra de América: no ya el antropocentrismo dominador que engendró los imperios o imperialismos desde Asia al Renacimiento y el siglo XX, sino un sentirse "creatura entre creaturas", un ser "hermano", prójimo general, y no amo absoluta de la realidad, los seres y los objetos. Es lo que arroba y deslumbra a Miomandre descubrir en los Elogios de las Materias mistralianos. Es lo que Luis Oyarzún nos señalaba aquí, entre nosotros, en sus conferencias inolvidables, y nos repite en el cuasi perfecto estilo fino e incisivo, nítido, de sus libros como la "aptitud universalista de América" desde un fundamento de amor universal, una latente capacidad en desarrollo, imperfecta, maleada muchas veces, pero esencialmente presente y activa siempre, esforzándose a través de las generaciones por ir constituyéndose en la corriente central de nuestro espíritu.

Luis Oyarzún, a un año de su muerte, nada ha recibido ni tan siquiera una página recordatoria de aquellos que aquí formó, desde sus conferencias y lecciones filosóficas magistrales: es decir, desde el ámbito de nuestra cultura superior, a la que vino periódicamente a darle en cada ocasión semilla e impulso. El silencio, que es la última palabra de Hamlet, parece haber sido el único resto de su obra. Pequeña tradición local, la que más nos esforzarnos en mantener, y que tiene mucho del mito monstruoso aquel del titán que devora a sus propios hijos una vez que los ha engendrado... Digamos con franqueza verdadera que somos parte responsable de ese silencio, como lo somos respecto de otro de ellos cuantos fuimos formados en los años deslumbrantes de su juventud, revelación poética y comunicación del asombro en la obra y la lección de Alfredo Lefebvre, cuyo homenaje todavía no se realiza y acaso ya no se haga nunca. Otras universidades de la nación ya lo han cumplido. Otras de las que no fue hombre esencial, "constitutivo", como lo de la nuestra adonde fuera fundador del Departamento de Español, cofundador del Teatro Universitario (de triste historia posterior), animador paciente de talleres y grupos artísticos y literarios, crítico periodístico, investigador infatigable siempre hasta la pesada y cruel fatiga final de su abandono...

Nuestra excusa, en cuanto a Luis Oyarzún. es que no hemos sido los únicos que callamos y debimos decir su recuerdo. Excusa que se parece mucho al proverbio conocido: "Mal de varios (sino muchos)..."

Hoy, Lucho Oyarzún se nos vuelve, quieras que no, al recuerdo. Y en el modo que fue siempre el suyo: el de una magistralidad de "vigencia" plena. Se nos vuelve para que nos volvamos a él por necesidad misteriosa de la hora, para recuperarnos en esta circunstancia de reconfiguración nacional. Jorge Millas, con laboriosa paciencia fraternal, ha elaborado un libro póstumo "Defensa de la Tierra" que es parte del único gran libro de toda la vida que fue la creación en prosa y verso de Luis Oyarzún (Luis llenaba un enorme, numeroso cuaderno hora a hora de cada día; observación, diálogo, noticia, reflexión, precioso documento que habrá de ser una clave esencial de su obra y de nuestra historia el día que se publique): una integrada visión de la realidad, un humanismo nuestro absolutamente actual, "presente" y actuante por cada uno de sus armonizados pulsos como un contrapunto magistral donde ha quedado registrada "la escala total y melodía" de nuestra idiosincrasia "vista" (Pasión de VER) dice Millas, recordando su formidable serie de ensayos sobre la poesía de Gabriela Mistral y sobre la poesía, que Luis dejara en el que acaso sea el mejor libro de ensayismo chileno de los dos últimos decenios: "Temas de la cultura chilena", de 1967, y cuyo solo "Imagen de Chile" urge hoy reditar y difundir plenamente) desde su situación de humanista-indocristiano, de chileno e hispanoamericano esencial y universal. Porque lo que teníamos en Luis Oyarzún, en su persona y en su obra, (como bien lo recordamos sus amigos, discípulos y compañeros) fue ese logro difícil en el ámbito espiritual de Chile: no una SUMA asombrosa de informaciones eruditas, acumuladas ociosamente con un regusto de placer superfluo y pasivo, sino una integración de todo aquello —botánica, mineralogía, química, filosofía, estética, literatura, historia nacional y universal, lenguas— en una "Armonización de un sentido auténtico de lo humano", raro entre nosotros aunque, paradojalmente, parece salirnos al paso a cada rato.

Sin embargo la diferencia con Luis reside en que el suyo era realmente un "Humanismo". Es decir, implicaba una "Unidad" de visión de la realidad que nacía desde una integración realizada paso a paso, incertidumbre a incertidumbre, búsqueda a búsqueda, a un dolor a dolor, y, en fin, logro a logro, triunfo a triunfo, por la disposición de una "Auntenticidad humana verificada en la experiencia" y nunca en la teoría a priori. No a Luis, nacido pobre y considerado entre los "aristocratizantes" en nuestra cultura por algunos que ven a medias y oyen como entre sordos (en verdad era un "aristócrata" de la inteligencia, la sensibilidad y el espíritu) nada le fue "dado" graciosamente por hada madrina alguna. Corno si en él encarnara la terca definición mistraliana: "Chile o la voluntad de ser", de Gabriela, su grande amiga, hubo dentro de Luis Oyarzún, más adentro de su alegría y su aparente y suelta espontaneidad de humor y sabiduría, un esfuerzo continuo, que no se veía, hacia afuera y que lo trabajó hacia adentro, a menudo a solas, con "Pudor": otra condición chilena esencial hoy tan perdida y que él salvaguardó en sí para nosotros.

Recuerdo de Luis Oyarzún... Recuerdo, ante todo, projimal, que conduce al otro: el de su denodado esfuerzo vital por el humanismo conquistado, ganado desde la raíz de la sangre. Porque es fácil y conocido entre nosotros, (en todas las latitudes del pensamiento) un humanismo que proviene de una frecuente y hábil coyuntura entre alguna teoría filosófica general —de traducción ideológica política casi siempre— y una cierta erudición de cultura personal para poder configurarse desde una teoría aceptada por el oportunismo, la ambición y la capacidad tan solo de culturización refleja imitativa, repetitiva, asistida de moldes y mandatos ajenos, de puntos de vista de otros, en fin, del trabajo de los demás. Un humanismo que se convierte por automatización milagrosa en dogma ya petrificado y absoluto para los próximos milenios del proceso humano de la existencia. Lo curioso es que ese "humanismo definitivo" —que tiene varios apellidos— resulta de una tal plasticidad que puede "echar la honra en el arca", como decía Gabriela, según la ocasión y avenirse con todo, puntos más o puntos menos de relativa escrupulosidad, porque su facultad propia y real es la de la "metamorfosis". Y no la de ningún Arte de Amar, precisamente, sino la de un arte de adaptación a las circunstancias. ¿Quién de nosotros !ay¡ podría lanzar la primera piedra, sobre todo en Concepción, esta ciudad que fue "roja" y donde la lluvia era perpetuamente "gris" como los trajes de sus hombres?

No, no era así en Lucho. Recuerdo: yo estaba enfermo en Santiago, con el común mal de nuestro siglo, esa neurosis "demasiado humana" que nos trajina los nervios y suele llegar a volverse el monstruo interno propio que vencer. El era decano de Bellas Artes, Rector Subrogante de la Universidad de Chile. Yo le había conocido antes, siendo yo estudiante "mechón", por una circunstancia que es otro "recuerdo" de Luis Oyarzún y que significa una de las grandes cosas que le debo a la vida: en 1950, embriagado telúricamente con la lectura reciente —el verano del alto de Digüeño, junto a Curapalihue— de "Tala", luego del golpe de pasión poética que remeciera volcánicamente mi adolescencia al leer "Desolación", no pude conmigo mismo y le escribí a Gabriela Mistral la primera de mis largas, interminables cartas confesionales de los diecinueve años de todo poeta, grande o pequeño, capitalino o provincianisimo como yo era. Se inició así una breve correspondencia que es uno de los grandes acontecimientos de mi modesta existencia, honrada por su palabra y exaltada por su confidencia. Luego, en 1954 —cuando se la trajo a Chile— un poco también de circunstancias, y ella lo sabía, aunque prefirió "pasarlo por alto" en beneficio de los chilenos, la enorme y alta y profunda leyenda viva cuya voz fabulosa recibía yo en sus recados epistolares, se corporizó y llegó a Chile desde el mar. Luis Oyarzún, conocedor de mi pasión, me invitó por pura generosidad artística ( ¡y esto si que es lo menos hallable en Chile!) con una credencial diplomática (yo tenía 24 años...) para asistir a la hoy legendaria ceremonia de su investidura como primera Doctora Honoris Causa de la Universidad de Chile. Había concertado para después un encuentro entre ambos, pero la hora y media de la palabra formidable y conmovida de Gabriela, —rotos los protocolos y abandonados los esquemas discursivos, dirigiéndose directamente a cada uno de nosotros— fue mucho para el pobre muchacho "chorero" y penquista. Y la conmoción reverencial que me produjo la presencia de aquella mujer delgada y alta, de cabeza de leche y cuyo ojo verde se posó un rato sobre mí de modo que me sentí "revelado" y temblé, fue tal que hui del centro del gran Claustro Pleno con sus decanos togados y sus anchos collares, de los embajadores y escritores, ministros, rectores (don E. Molina estaba allí) y presidentes de la Corte, y Lucho apenas si me lo reprochó. No, no lo hizo. Lo lamentó acaso...

Esta otra vez, enfermo yo, vagabundeaba al azar pertinaz de mis obsesiones por las calles polvorientas, el Santiago de la profusa desolación urbana, del libro de Luis recién aparecido (véase en el capítulo "Santiago y el Smog"). Y Luis me halló, me tomó de la mano y me llevó a su casa, donde su madre. Me hizo dormir. Entre el sueño acogedor por fin, escuchaba yo el tecleo incesante de una maquinilla —casi como mi lluvia del sur—: era Luis Oyarzún que trabajaba, aprendía, consultaba textos, musitaba, leía, y, finalmente, resolvía el párrafo urgente. Traducía. Una obra inglesa. No recuerdo ya cual. Buscaba los cuévanos, los entresijos de las inflexiones con transpiración y sensibilidad por mitades iguales. Me pareció increíble que un hombre de su "posición académica" y su prestigio intelectual debiera "ayudarse" económicamente con esa tarea, noble pero que, en una cultura donde el trabajo intelectual mereciera la paga que su esfuerzo reclama, debiera haber bastado para mantener el sobrio decoro de su vida. Y no era así. El sueldo no alcanzaba. Era pequeño —¿verdad, señora?— el departamento que ustedes compartían, y Luis era famoso pero pertinazmente, casi de-li-ca-da-men-te estaba ubicado en el segundo plano de la actualidad rutilante del éxito comercial e institucional. Ya entonces. Después fue peor, sus cargos le fueron simplemente arrebatados, y no tan solo suspendidos, como igualmente a Jorge Elliott y otros: estos recuerdos son frescos, son de tres años. Sí, tenía que ayudarse con traducciones encargadas por editoriales extranjeras. Y si uno entiende, desde la radical mezquindad chilena, que la obra rigurosa y magistral de Luis no haya merecido nunca el premio Nacional de Literatura, ni en Poema ni en Ensayo, ni las páginas narrativas maestras que nos dejara. Y algunos que publican una reseña de libro ajeno por año le critican que "trabajaba poco y paseaba mucho". Y ellos, que han paseado casi lo mismo o no han salido jamás de su aldea mental, no sabían que Luis era una lección permanente, en marcha, a la mesa o echado sobre la tierra.

Acaso, —su poesía lo dice— hasta en el sueño, por una vez en nuestra lírica, sueño puro de armonía fundamental, sin excrecencia: "mediodía"...

Mis recuerdos de Luis Oyarzún son, en verdad, una suma de deudas invalorables y, por lo tanto, impagables que mi generación le debe y recibió de él con gesto tranquilo y gentil. Se ha hablado siempre de los "del 38" como mentores de toda una problemática posterior chilena, pero el grupo ha sido siempre "seleccionado", y dentro de él apenas se le nombra, como tampoco a Millas, a María Luisa Bombal, a Jorge Millas, a González. Los otros ya constituyen majadería de puro repetidos y reiterados como "maestros". Sin embargo, el suave pero más hondo y persistente liderazgo magistral de Oyarzún, de María Luisa de Lefebvre, de Millas, ha sido mayor y de más grávidas consecuencias, porque no fue circunstancial sino esencial. Por eso, ese recuerdo es hoy no "memoria", ni "crónica", ni "historia", sino vigencia más que nunca necesaria. Carecieron de toda solemnidad —quizá porque carecieron del mínimo ápice de la tontería chilena conocida— y por lo tanto se burlaron de ellos muchas veces, de Alfredo, de Eyzaguirre, de Oyarzún. Daban sonriendo y riendo, viviendo amistosamente, cordialmente la vida. No fueron hedonistas. En efecto, sus amores, pasiones, voluptuosidades y satisfacciones estomacales y de garganta incluso, han sido muy menores que las de "los otros", y somos muchos, muchos para comprobarlo aquí en esta Concepción de Chile, de lacerantes recuerdos. Fueron inocentes, ingenuos, en ese sentido poético da la buena fe esencial de que los demás carecemos. Y el humor los asistía como ángel personal. Los otros quisieron a veces torpemente aprovecharle para ser también angélicos y resultaron siempre sólo vengativos, difamadores y mezquinos. El humor nace de la generosidad del ánimo, y su luz de inteligencia se enciende sólo cuando hace contacto un ser cordial y la realidad circundante, contra viento y marea. La mordacidad no es alegría.

RECUERDO DE LUIS OYARZUN... Recuerdo, deuda, vigencia... Pago de Chile, de Concepción. De chilenos, de penquistas... Estas pobres palabras no pueden remediarlo.

Recibí de Luis no tan sólo la amistad inmerecida y la lección permanente de su "Sabiduría" (nunca de su mera información) sino algunos hechos que él "hizo" acontecer así como si sucedieran por "golpe del azar". Íbamos caminando por los montes algo ralos y en mucho plenos —duros y cordiales— de nuestro paisaje del Andalién adentro. Se detenía, me mostraba el secreto de un matorral, me explicaba la estructura de una flor cuyo nombre naturalmente —como chileno— yo no conocía. O se alegraba cuando "sí" conocía el nombre de éste, aquel árbol entre los cuales me criara desde cuando mi niñez abandonó ya el mar. Anotaba en aquel cuaderno incluso nuestros diálogos, me interrogaba como si él necesitara saber. Me inducía a preguntarme a mi mismo por la clave, y daba yo la respuesta. ¡Platónico maestro de poesía viva y marchante, sin acrimonia nunca y comprensión siempre, que difícil remplazarte, que trabajo esperar que reaparezcas en dos o tres generaciones más!

Un día sin alharacas, me preguntó por Alain Fournier y el Gran Meaulnes. Hube de confesar ml ignorancia completa, sin decir nada, al día siguiente me trajo una edición en español con una dedicatoria inolvidable. Ese libro signó mis años de dolor y soledad de enfermo con la salud de la tierra y el ensueño, la doble lucidez que cristianisimamente encarnaba en aquel hombre —apenas diez años mayor que yo— y que me parecía un padre y era, ahora lo entiendo, mi hermano, uno de los pocos hermanos fundamentales que he encontrado en la vida y, por eso, uno de mis maestros y de toda mi generación.

Sus últimas cartas desde Valdivia eran de fatiga y desencanto, pero prometían su resurrección... Ahora la sabe.



 

 

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Luis Oyarzún y su recuerdo
Por Gastón von dem Bussche A.
Publicado en El Sur, Concepción. 13 de Enero de 1974