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La Tumba de Luis Oyarzún



Por Jorge Edwards
Publicado en La Segunda, 29 de noviembre de 1996

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Luis Oyarzún se sintió a gusto en Valdivia en los últimos años de su vida. He viajado a Valdivia por un día y medio, invitado por el Centro Cultural "El Austral", para participar en un homenaje con motivo de los 24 años de su muerte, y he comprendido de inmediato, desde el aire y desde tierra firme, sus razones. En Valdivia, casi mil kilómetros al sur de Santiago, hay aire, hay espacio, agua en abundancia y restos de bosque nativos. Uno baja del avión y se pone de inmediato a mirar, a respirar, a escuchar el canto de los pájaros. Un flamenco inmóvil, que parece colocado a propósito, a la orilla de unos cañaverales, demuestra que está vivo porque de repente le tiembla el cuello. Los exuberantes nenúfares, me dice alguien, son dignos de Monet. No estoy tan seguro. No sé si la visión de Monet corresponde a estas extensiones, a esta sensación de apertura, de cielo sin limites. ¿Y por qué nadie dice, respondo, que los árboles del Bosque de Boloña son dignos de don Pablo Burchard o de Agustín Abarca, insuperables pintores de árboles?

La tumba de Luis Oyarzún es un pobre nicho colocado en los confines del Cementerio Municipal, en un lugar que con tiempo inclemente resulta casi inaccesible. ¿Quiénes, qué fieles excéntricos, la habrán visitado en los últimos años? La iniciativa del Centro ha sido original, excepcional, pero la prensa, la regional y la capitalina, la ha dejado caer en un vacío casi perfecto. Vivimos en una época de letargo, de ignorancia arrogante, de lectura escasa y de revisión, reflexión, análisis casi nulos. Trato de explicar por qué es importante para todos nosotros, para la cultura chilena en su conjunto, la obra de Oyarzún, a pesar de estar bastante escondida, dispersa en sus diarios, en sus ensayos, en unos cuantos poemas, en el recuerdo de sus clases y de sus conversaciones. A Luis Oyarzún, nacido en 1920, le tocó formarse en una época en que la literatura chilena era imitativa, descriptiva hasta el agotamiento, criollista como programa; en que la torrentosa producción histórica, con pocas excepciones, era una simple enumeración de sucesos y de fechas; en que no había pensamiento original sino erudición, transmisión pasiva del pensamiento ajeno. Ya se empezaba a conocer la obra de nuestros grandes poetas, y Oyarzún, junto a pensadores como Jorge Millas o Félix Schwartzmann, fue de los primeros en captar su importancia, pero el ambiente intelectual criollo, por lo menos en su aspecto más visible, se caracterizaba por su chatura y por su dependencia.

En sus clases universitarias, en su conversación, en las páginas de diario que empezábamos a conocer, en ocasionales ensayos, poemas, discursos. Luis Oyarzún introducía factores diferentes, que no se limitaban a transmitir información, sino que nos estimulaban, nos llevaban a desconfiar de los lugares comunes y de las ideas recibidas. Era, quizás, más que cualquiera otra cosa, un comentarista agudo y apasionado, un divulgador brillante, un crítico incisivo, pero esos roles hacían una falta enorme en nuestro medio. En materia literaria, Oyarzún ponía el acento en lo creativo, en la sensibilidad, en las nociones de juego, de sorpresa, de magia. Fue de los primeros en hablarnos de Lord Dunsany, de Marcel Schwob, de Jorge Luis Borges. Conocía los laberintos de la obra de Marcel Proust como si los hubiera practicado desde su adolescencia y era capaz de hacer una lectura singular, iluminadora, de autores como Franz Kafka, T.S. Eliot y, por qué no, William Shakespeare. En seguida, frente a los problemas del pensamiento, de la historia, de la política, ensayaba siempre una interpretación personal, recurriendo a diversas disciplinas, y solía proponer matices y relaciones sorprendentes.

Los escritores de la especie atípica de Luis Oyarzún, difícil de clasificar, de encasillar en géneros, son frecuentes en otras literaturas, no en la nuestra. José Bergamín solía decir que los franceses y los ingleses tienen una literatura a la carta, en tanto que la nuestra es de menú fijo. Es posible, también, que los escritores de lengua española que no son poetas, novelistas, dramaturgos, sino dueños, en definitiva, de un lenguaje personal, de una visión propia de las cosas, no sean debidamente apreciados por nuestra critica. Porque somos desconfiados, temerosos, incapaces de autonomía intelectual, y sentimos una especie de atracción irresistible por las ideas hechas. Los tontos graves se renuevan en nuestro país con fecundidad digna de mejor causa; se ponen a circular por nuestra paisaje desde edades muy tempranas.

Veo a Lucho Oyarzún en estos días como el reverso de nuestra tontería grave, de nuestro espíritu de sistema, de nuestras supersticiones tribales. Lo veo como personaje informal y curiosamente contradictorio: entre la tribuna académica y el bar de mala muerte, entre los adoquines de las ciudades y las excursiones a campo traviesa, entre el equilibrio diurno y las noches dionisiacas. Mientras los demás se quedaban enredados en las trampas y las tentaciones nocturnas, él sabía replegarse a tiempo. Uno encuentra en sus diarios la expresión de un sentimiento religioso intenso y a la vez discreto, natural, no excluyente, desprovisto de dogmatismo. Es el reverso de lo que ocurre en estos días, en que uno tiene la sensación a veces de que la religión es parte de la propiedad privada, capítulo del estado de situación.

Mi generación, la de los años cincuenta, solía encontrarse con Luis Oyarzún, con Nicanor Parra, con Eduardo Molina, en el club llamado de los alemanes de la calle Esmeralda. Alguien había dicho que la sal servía para quitar las manchas de vino. A mí me gustaría quedarme con la imagen de Lucho de pie, disertando con ojos brillantes, con la cara en estado de erupción volcánica, con humor singular, como filósofo cínico de los alrededores del Mapocho, filósofo que al día siguiente se convertiría en místico, contemplativo de flores silvestres y nubes de paso, y que a esa hora, en medio del humo y de las carcajadas, estaba lleno de círculos de sal en el traje oscuro.

 

 

 

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