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VARGAS LLOSA: MEDIO SIGLO CON BORGES

Marco Antonio Campos



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Aquello que se aprecia y agradece es que, quien es acaso el último gran novelista latinoamericano vivo, se acerque con la más alta admiración y con toda probidad al que es a su vez el más grande de los escritores de lengua española del siglo XX. Esa devoción de Mario Vargas Llosa por Borges, siendo escritores radicalmente distintos, no deja de conmover al lector. Si en rasgos generales la literatura rusa fue la más sobresaliente del siglo XIX, la literatura latinoamericana lo fue del siglo XX, y en esa literatura el Gran Uno se llamó Jorge Luis Borges.

El libro misceláneo, Medio siglo con Borges, editado en julio por Alfaguara México, está compuesto de dos entrevistas (1963 y 1981), tres ensayos (1987 y 1999), dos artículos, dos reseñas, y un supuesto poema que abre el libro, que quiere sintetizar la vida y la obra del argentino, y que de tan malo simplemente no es poema.

Vargas Llosa ha leído y releído la obra de Borges, pero su lectura parece centrarse en el cuentista y después en el ensayista y el crítico que en el poeta. Hay también en momentos una aproximación a la persona del Borges. Para Vargas Llosa la lectura de Borges desde sus años muy jóvenes ha sido de un deleite continuado, de alguien “cuya perfección de la prosa me hizo tomar conciencia de las imperfecciones de la mía”. Una y otra vez Vargas Llosa vuelve a la belleza del estilo y a la perfección formal borgeanas. Por ejemplo, en la página 72 resalta: “El estilo de Borges es inteligente y límpido, de una concisión matemática, de audaces adjetivos e insólitas ideas, en el que, como no sobra ni falta nada, rozamos a cada paso ese inquietante misterio que es la perfección. En contra de algunas afirmaciones suyas pesimistas sobre una supuesta incapacidad del español para la precisión y el matiz, el estilo que fraguó  demuestra que la lengua española puede ser tan delicada y exacta como la francesa, tan flexible e innovadora como el inglés”. Todo está muy bien, estamos del todo de acuerdo en sus opiniones, menos en el encomio a la lengua francesa como “delicada y exacta”. En eso convendríamos más con Schopenhahuer, quien, con su causticidad característica, al refutar la presunción francesa de que su lengua es clásica, no la baja de “jerga románica”. Escribe Schopenhahuer: “Esta lengua, cuya característica peculiar son las repugnantes nasales en, on, un, así como un espasmódico y extremadamente desagradable acento en la última sílaba, mientras que todas las otras lenguas se valen de las tranquilizantes graves; esta lengua carente de toda métrica, en que la rima, que recae casi siempre sobre é u on, constituye la única forma de poesía”, no puede –puntualiza– ser desde ningún ángulo considerada como clásica al lado de la griega y la latina. Hace notar Vargas Llosa que parte del estilo de Borges, son las frases ingeniosas y el juego múltiple. Es exactísima, con todos sus matices, esa que dijo de la Guerra de las Malvinas: “Son dos calvos peleando por un peine”; o cuando ironiza sobre la literatura española: “En España me admiran porque el panorama es tan pobre que admiran a cualquiera”; o acerca de las suntuosidades y pompa de la iglesia: “Yo creo que es mejor pensar que Dios no acepta sobornos”. Se han hecho recopilaciones con las incisivas frases o expresiones borgeanas; el libro de esta índole que me parece mejor es Borges, el palabrista (1980), de Esteban Peicovich.

En la primera entrevista (1963) y  en un ensayo a propósito del centenario del nacimiento (1999), Vargas Llosa toca la relación de Borges con Francia. Si bien el reconocimiento internacional había empezado en 1961 con el Premio Formentor, que le habían dado en Mallorca a la par con Samuel Beckett, gracias a Francia empezó a ser tratado como un rockstar, como un gran divo de la ópera, lo cual modificaría su vida los siguientes 23 años. Resulta paradójico, porque Borges, como responde a Vargas Llosa, fue adicto sólo a unos cuantos autores franceses: en prosa, Montaigne, Flaubert y Léon Bloy, y en poesía La chanson de Rolland y las obras de Victor Hugo y Verlaine. Su dios fue Flaubert, pero curiosamente el de Bouvard et Pécuchet. De Mallarmé habló de una obra espléndida pero ininteligible. No recuerdo, en poesía, que tuviera entre sus admiraciones a los trovadores, a Villon, a Rimbaud, a Lautréamont, y ni siquiera a Baudelaire, o del siglo XX a Apollinaire, Saint-John Perse o Paul Claudel. Los surrealistas le parecieron, dijo una vez, una pandilla, y otra vez, unos meros comerciantes. En 1945, cuando murió Paul Valéry, escribió un melancólico y hondo ensayo (“Valéry como símbolo”), destacando ante todo al pensador que se dedicó a la reflexión sobre las contingencias atroces de su tiempo, pero El cementerio marino, que tanto influyó en la poesía moderna, no estuvo entre sus gustos poéticos. Escribió al final del ensayo algo que podría aplicársele a él mismo: “Paul Valéry nos deja, al morir, el símbolo de un hombre profundamente sensible a todo hecho y para el cual todo hecho es un estímulo que puede suscitar una infinita serie de pensamientos” (Otras inquisiciones).

Borges no tuvo, como Paz y Revueltas, la pasión política, ni mucho menos, redactó libros de política. Paz, por ejemplo, escribió Posdata, El ogro filantrópico y Tiempo nublado; Revueltas México: una democracia bárbara y Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, y póstumo, México 68: juventud y revolución. Aunque Borges no era hombre que leyera los clásicos de la política, decía frases filosas que abrían la cara a quienes iban dirigidas. Vargas Llosa respetó al Borges político, quien con valentía siempre dijo lo que pensaba, y el cual se autodefinía como anarquista spenceriano, algo que sólo los que han leído con cuidado a Spencer nos lo podrían explicar muy bien, pero lo cual se centra ante todo en el anhelo de que los ciudadanos mereceríamos tener menos gobierno. No creyó mucho en la democracia, pero por encima de todo fue denodadamente antifascista, antiperonista y, con excepciones, antimilitarista. Salvo las dictaduras guatemaltecas, ninguna latinoamericana fue más atroz que la última Junta Militar argentina llamada Proceso de Reorganización Nacional. El mismo Borges celebró el 24 de marzo de 1976 la caída del gobierno de Isabelita Perón, pero no imaginó, como miles, que empezaba la más sangrienta dictadura sudamericana que ha habido nunca. Aquel deshonroso ejército y aquella ignominiosa policía podrían formar parte de su propia Historia universal de la infamia. Pronto Borges se dio cuenta que lo que llegaba a Argentina era mucho peor de lo que había. En 1978 ya había denunciado, ante el desconcierto del entrevistador, en una tramposa entrevista radiofónica que quisieron hacerle para que hablara mal de las madres de Plaza de Mayo, que a las madres les asistía la razón. Fue el principio del distanciamiento con las Juntas Militares (1976-1983), que de hecho significó una ruptura. También en ese 1978 protestó firmando una carta por el conflicto con Chile, que inició la Junta Militar argentina, por la propiedad de las islas del canal de Beagle, y más tarde, desde luego, por la disparatada Guerra de las Malvinas. Esto no borra, pero atenúa, su apoyo a dictaduras militares, como las de la “Revolución Libertadora” argentina de 1955, y la legitimación a Pinochet en octubre de 1976, cuando lo elogió al recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Chile y lo volvió a elogiar al día siguiente, luego de una reunión con él en la casa presidencial, de lo cual, dijo María Kodama, Borges se arrepintió después. Borges iba a recibir ese 1976 el premio Nobel; su ida al Chile pinochetista acabó cerrándole para siempre la puerta.

Desde luego el rechazo de Borges a la novela es un problema más de Borges que del género. Vargas Llosa arguye que la prosa de Borges es única para escribir “sus fulgurantes relatos fantásticos, la orfebrería de sus ensayos que trasmutaban en literatura toda la existencia y sus razonados poemas”, para después salir muy bien en defensa del género: “Porque la novela es el territorio de la existencia humana totalizada, de la vida integral, de la imperfección. En ella se mezclan el intelecto y las pasiones, el conocimiento y el instinto, la sensación y la intuición, materia desigual y poliédrica que las ideas, por sí solas, no bastan para expresar. Por eso los grandes novelistas nunca son escritores perfectos”. Por eso, decimos nosotros, quien haya leído extraordinarias novelas como Rojo y negro, Madame Bovary, Los hermanos Karamazov, Guerra y paz, Moby Dick, Huckleberry Finn, Cien años de soledad y Conversación en la catedral, encontrará un orbe anchuroso de emociones que no es dable encontrar en el cuento, la fábula o la crónica. En elogio de Borges es que, si no fue novelista, nadie negaría su condición de excepcional lector de novelas, alguien que hace más de cincuenta años nos descubrió o nos hizo ver de otra manera, novelas de Stevenson, Henry James, H.G. Wells, La invención de Morel, la novela policiaca y de ciencia ficción, y claro, el Quijote. Desde luego la novela no fue ni de lejos su género favorito; esto aún disminuyó cuando quedó ciego en 1955.

Pese a que más de una vez advierte que leyó y releyó toda la obra, la poesía en el libro aparece escuetamente. Vargas Llosa leyó en su vida mucha poesía pero tengo la impresión de que no la entendió en amplitud. Quizá no faltaba entusiasmo, faltaba entender que la poesía, con sus innumerables matices y sugerencias, juegos de imágenes y metáforas, ecos y resonancias, diversidad de voces y silencios, sus dobles o triples lecturas, no se lee como la prosa. Para Borges en la poesía lo importante fue la emoción. Vargas Llosa parece no haberlo entendido así. El habla de los “razonados poemas” de Borges; si fueran “razonados” los poemas de Borges no se podrían leer de fríos. Quien no se emocione con su “Poema de los dones”, con la elegía a la memoria de Alfonso Reyes, con sus poemas a los amigos y a las amigas que murieron, con sus versos a las mujeres que lo dejaron o no logró alcanzarlas, con su desolador soneto de “El remordimiento”, es que nunca comprendió en toda su extensión el gran poeta que fue. En los poemas borgeanos la inteligencia y la erudición son importantes, pero los poemas se volverían témpano o madera si no arrancaran del alma y arrancaran el alma.

Borges era consciente, ante todo por razones de formación, que de las clases sociales la superior intelectualmente era la media. El lujo le pareció siempre una vulgaridad y el dinero una mera “posibilidad de libros y de viajes”. Vivió siempre en lo que él llamó alguna vez “pobreza decente” y el mismo Vargas Llosa, cuando entró a su departamento de la calle Maipú en el microcentro porteño, se asombró con la dura austeridad. De todos los grandes escritores que me tocó conocer en una ya larga vida, Borges me pareció el más genuinamente modesto. Tiene toda la razón Vargas Llosa cuando escribe que “carecía de vanidades terrenales”. Borges creyó en la amistad, y quizá sus dos mejores amigos fueron Manuel Peyrou, con quien se permitía la confidencia, y Adolfo Bioy Casares, quien en 1991, en La Recoleta, me dijo en una entrevista que su amistad con Borges era una de las cuatro cosas grandes que le había dado la vida. Creyó Borges en el amor pero lo persiguió la desdicha, salvo quizá en los últimos años que lo acompañó María Kodama, quien continúa siendo, a través de la Fundación, su fiel memoria. Los últimos libros que Borges escribió están llenos de María Kodama. Todo eso lo entendió muy bien Vargas Llosa en este libro que es de lectura o consulta.

Se cuenta que en sus años de locura Nietzsche, a quien tanto admiró Borges, a quien tanto admiramos, repetía: “He escrito libros hermosos”. Más allá de cualquier cosa, agradezcamos que haya habido en América Latina, o en Argentina para el mundo, un creador como Borges, quien sólo escribió libros hermosos.



 

 

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VARGAS LLOSA: MEDIO SIGLO CON BORGES
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