Rulfo
a publicado dos libros indispensables para la narrativa de habla española (para la literatura, completemos), El Llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), y ha creado a través de ellos un peculiar mundo literario con esos grandes paisajes de polvo, muerte y desolación. Sin embargo, al releer con los años este par de libros e imaginar esa sola y fúnebre visión, siento corno si algo faltara, como si ese mundo estuviera incompleto. Los dos libros de Rulfo no son obra: son dos islas esplendentes en la literatura, que no alcanzan a crear una totalidad. Todo el mundo sospechó que la novela que Rulfo declaraba estar escribiendo, La cordillera, sólo existía en los papeles de su imaginación. Después —lo que era otra mistificación—decía estar haciendo un libro de narraciones cortas, Días sin Floresta. Par Lagerkvist declaró alguna vez en una entrevista que para que Rulfo lo convenciera necesitaba haber escrito diez libros más; yo, modestamente, me hubiera conformado con tres o cuatro. Rulfo (el escritor, no el hombre) estaba comprometido con la literatura. Cualesquiera que hayan sido las causas de su silencio, éste ha sido para la narrativa un vacío imposible de llenar. Más que un reproche (y lo es), entiéndase lo mío como nostalgia.
EL LENGUAJE
Una de las particularidades de los libros de Rulfo es la voz. Sus libros son esencialmente hablados y hallamos en ellos —cuando no habla la poesía— el lenguaje popular y, más concretamente, el de los campesinos de ciertas regiones de Jalisco. Representan, en el mejor sentido, la raíz oral del cuento: éste, antes de ser manifestación escritural, corría de boca en boca a través de las generaciones, hasta que algún escrupuloso recopilador los redactaba. Pero cabe adicionar que a pesar de la voz, Rulfo conserva la distancia correcta frente al texto, particularmente en los cuentos narrados por niños (Macario, Es que somos muy pobres) donde las cosas se cuentan simples, con inocencia virginal; desde otra perspectiva; los ha realizado admirablemente el argentino Cortázar.
En otros, más menudamente descriptivos, como Talpa, hallamos impecables cuadros de putrefacción, o en Luvina, donde graba señaladamente la imagen de la desolación paisajística.

Otras particularidades en el lenguaje son la creación de imágenes y metáforas vívidas, giros coloquiales, repeticiones, incorrecciones sintácticas, contestaciones indirectas. Algunos críticos han resaltado la capacidad de Rulfo para la concreción de imágenes sensoriales, de modo que nos parece verlas, oírlas, olerlas, gustarlas, tocarlas. Veamos esta gustativa y táctil: "A mí se me ha olvidado el sabor de las cosas dulces. ¿Recuerda usted las guayabas que teníamos en el seminario? Los duraznos, las mandarinas aquellas que con sólo apretarlas soltaban la cáscara". Esta auditiva y visual: "Había chuparrosas. Era la época. Se oía el zumbido de sus alas entre las flores del jazmín que se caía de flores." Rulfo aún puede llegar a la sensualidad como en los fogosos pasajes de la relación carnal entre Natalia y su cuñado en el cuento de Talpa y en las recreaciones evocativas que hace Susana San Juan imaginándose con su marido. Son asimismo inolvidables trabajos de colores, como los cenicientos crepúsculos en la peregrinación a Talpa o las vacilantes tonalidades del blanco en el pueblo de Luvina y en pasajes de Pedro Páramo. Quizás el relato de Luvina sea el antecedente más directo de la novela, donde además de la atmósfera desolada, ya comienzan a grabarse y manejarse frases e interrogaciones abiertas que crean situaciones dobles donde parece estarse contemplando el hilo imperceptible que divide la vida y la muerte:
"—Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí? —le pregunté.
—Sí, allí enfrente...Unas mujeres.
Las sigo viendo. Mira, allí tras la rendija de esa puerta veo brillar los ojos que nos miran... Han estado asomandose para acá... Mírala."
Y de la conversación de Miguel Páramo y de Eduviges:
"—No. Ella me sigue queriendo —me dijo. Lo que sucede es que yo no pude dar con ella. Se me perdió el pueblo. Había mucha neblina o humo o no sé qué: pero sí sé que Contla no existe. Fui más allá, según mis cálculos, y no encontré nada. Vengo a contártelo a ti, porque tú me comprendes. Si se lo dijera a los demás de Comala dirían que estoy loco, como siempre lo han dicho que lo estoy.
—No. Loco no, Miguel. Debes estar muerto. Acuérdate que te dijeron que ese caballo te iba a matar algún día. Acuérdate, Miguel Parámo. Tal vez te pusiste a hacer locuras, y eso ya es otra cosa."
SUSANA SAN JUAN
¿Por qué—me pregunto— se ha quedado tan profundamente encajado en mí el personaje de Susana San Juan? ¿Dónde radica la razón de esa permanencia emocional? No, me digo, en los recuerdos apasionados y delirantes de Susana imaginando —poblando—la figura de su marido Florencio. Tampoco en su carácter de personaje dinámico, pues sólo tiene una cara: la locura. ¿Dónde, entonces? Creo haberlo encontrado más que nada a través del que es para mí el personaje relevante de la novela, a pesar de las dudas de Rulfo: el que arma, desarrolla y destruye el pueblo: Pedro Páramo. Susana San Juan está en esos retazos desgarradores que son las evocaciones del cacique implacable. Está como tallo del desesperado e imposible amor: el del hombre que está amando otra Susana, la inalcanzable, la que sólo puede contemplar a través de las ventanas temblorosas del recuer-do en el jardín irrecuperable de la infancia.
En esa pedacería esplendente está forjado básicamente el personaje femenino más intenso de nuestra narrativa.
EL DERECHO Y PEDRO PARAMO
Pedro Páramo —no descubro el Mediterráneo— es en cierta forma un retrato síntesis de la política nacional, donde las leyes están supeditadas a la voluntad y caprichos del poderoso. Cuando el administrador de la Media Luna, Fulgor Sedano, informa a Pedro Páramo que las mediciones de la tierra hechas por Toribio Aldrete son correctas, Páramo contesta que derrumbe los lienzos si es preciso. "¿Y las leyes?" —interroga Fulgor. "¿Cuáles leyes, Fulgor? Las leyes de ahora en adelante las vamos hacer nosotros." Así, para apoderarse del pueblo y de la Media Luna, Pedro Páramo concerta matrimonios, mata gente, hace a un lado acreedores, dándole siempre barniz legal por medio de un abogado, al cual también, en determinado momento, dará una indiferente recompensa.
Pero Pedro Páramo no sólo quería controlar las leyes terrenas sino, hasta donde puede, las divinas. El Padre Rentería estaba supeditado al dinero del cacique, porque de los pobres "no obtenía nada"; por eso acepta dar misa por Miguel Páramo, a pesar de que éste había matado a su hermano y violado a su sobrina; por eso da la comunión a Susana San Juan, aunque le insinue y le llene los oídos de imágenes aterradoras. Al final, el Padre Rentería abandona el ejercicio eclesiástico y se va a luchar al monte en los días de la Revolución, a batallar terrenalmente por esos pobres de quienes "no obtenía nada".